IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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A Grullón • 28 febrero, 2023
El cerebro humano nunca se detiene. Como afirmó el psicólogo Ignacio Morgado: «El pensamiento es la actividad mental o cerebral que tiene lugar en ausencia de la cosa misma en la que se piensa. Mientras el cerebro funcione, estamos pensando de un modo u otro, o procesando información de forma inconsciente». Esto no es solo un dato científico curioso; es una realidad con implicaciones profundas para la vida cristiana.
Lo que ocupa la mente importa. Nuestros pensamientos influyen en nuestros deseos, estados de ánimo, decisiones, reacciones e incluso en nuestra salud. De lo que llenemos nuestras mentes se llenarán nuestras vidas. Si algo ocupa nuestros pensamientos de manera constante, tarde o temprano impactará lo que deseamos y las decisiones que tomamos. Es sobre esa misma premisa que funciona el principio de trazarse metas e ir tras ellas. El cerebro trabaja, aun de forma inconsciente, para conseguir aquello en lo que nos enfocamos. De ahí que, mientras dormimos, soñemos con lo que ocupa nuestras mentes.
En la Biblia, cuando se habla del «corazón» se hace referencia al ser interno del ser humano —sus pensamientos, emociones y voluntad—, lo que incluye la mente. Como creyentes, estamos llamados a llenar nuestras mentes con la Palabra de Dios, a pensar y meditar en Él y en sus caminos. La orden del Señor en Colosenses 3:16 es clara: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones» (Col. 3:16).
Vale la pena detenerse en la palabra «habite». Habitar significa vivir habitualmente en un lugar, ocupar, permanecer. Cuando algo habita en la mente, está constantemente en los pensamientos; cualquier otra cosa que se piense termina siendo unida a ello. El Señor nos manda a llenar nuestra mente con Su Palabra, a tenerla presente, a vivirla y compartirla. Sin embargo, obedecer este mandato no es tarea sencilla. Una de las estrategias principales del enemigo es la distracción, y nunca antes ha habido tantas luces brillando sin parar para llamar nuestra atención.
Vivimos en la generación más distraída que ha existido sobre la tierra. En nuestros teléfonos tenemos un millón de opciones para dispersarnos: redes sociales, juegos, videos, mensajes. Las plataformas de streaming, por su parte, mantienen una oferta adictiva de series y películas que pretenden llenar cada espacio en el que no estamos mirando la pantalla del celular. Estamos bombardeando nuestros cerebros con muchísima información nueva de forma constante, lo cual no les permite concentrarse. Pero hay algo más preocupante que la simple distracción.
Existe un denominador común en casi todo lo que consumimos a través de los dispositivos tecnológicos: el pensamiento del hombre. Estamos llenando nuestras mentes de ideas humanistas, relativistas y vinculadas a ideologías mundanas que imperan en este momento de la historia. Cada serie, cada película, cada perfil en redes sociales transmite un mensaje y vende un estilo de vida. Nuestro cerebro procesa esa información de forma inconsciente. Las redes sociales, diseñadas para ser adictivas, promueven la búsqueda de aprobación: cada «me gusta» produce un estímulo en el cerebro y va creando una dependencia. Y dado que los seres humanos estamos diseñados para imitar —así comenzamos la vida siendo niños—, estos mensajes terminan moldeando nuestras actitudes y conductas sin que nos demos cuenta.
Si comparamos el tiempo que dedicamos a ingerir las Escrituras con el que dedicamos a consumir el pensamiento del hombre, la conclusión es inmediata. Lo que domina la mente termina afectando los deseos, las decisiones y la voluntad. Si lo que abunda en nuestra mente no es la Palabra de Dios, estamos desobedeciendo el mandato del Señor y debilitando nuestro ser interior frente a las tentaciones.
De lo que llenemos nuestras mentes se llenarán nuestras vidas.
Hay esperanza. Es posible cambiar el rumbo de la mente si así nos lo proponemos. Para obedecer al Señor y propiciar que Su Palabra habite en abundancia, estas disciplinas pueden servir como punto de partida:
1. Pasar tiempo en la Palabra de Dios. Leerla, meditarla, deducir sus implicaciones y analizar cómo aplicarla a la vida diaria. Una forma práctica es instalar la aplicación de la Biblia en el celular y, en los momentos en que el impulso sea entrar a las redes, entrar en cambio a las Escrituras.
2. Orar los Salmos. Leer los Salmos y convertirlos en oraciones dirigidas a Dios, incluyendo la situación personal. Observar la confianza y la fe del salmista, y decidir imitarlas. A lo largo del día, hacerse la pregunta: ¿Qué espera Dios de mí en este momento?
3. Apropiarse de las promesas de Dios. Buscarlas, preguntarse cómo se aplican a la situación presente y volver a ellas con frecuencia durante la rutina diaria. Por ejemplo, ¿cómo aplica «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13) a la tentación concreta que se enfrenta hoy?
4. Compartir lo aprendido. Dar testimonio de cómo una promesa de Dios sostuvo en un momento difícil. «De la abundancia del corazón habla la boca» (Lc. 6:45): cuanto más se comparte la Palabra, más sellada queda en el corazón.
5. Cantar la Palabra. Una de las mejores maneras de llenar la mente con el pensamiento de Dios es cantar canciones que declaren las Escrituras y narren el evangelio, mientras se trabaja, se conduce o se cocina. El cerebro procesa lo que se canta de forma inconsciente y lo va sellando en el corazón.
Estas son solo algunas ideas. Quien se lo propone irá desarrollando sus propias disciplinas para hacer que la Palabra y las promesas de Dios habiten de forma abundante en su corazón. A medida que uno se llena de ellas, se fortalece el ser interior y se disfruta de Su paz. El salmista lo expresó con precisión: «Mucha paz tienen los que aman Tu ley» (Sal. 119:165). Que Dios nos ayude a llenar nuestras mentes de Sus promesas.
A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.
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