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Lecciones de la vida de Ana
Lecciones de la vida de Ana

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Mujer e identidad

Lecciones de la vida de Ana

A Grullón 19 noviembre, 2024

La historia de Ana es fascinante desde el primer momento. Encontramos a esta mujer envuelta en un dolor profundo: años de esterilidad, el anhelo insatisfecho de ser madre y las burlas constantes de su rival Penina. Cada año, ella, su esposo Elcana y la familia entera subían a celebrar el sacrificio anual —un evento social y familiar que, lejos de brindarle alivio, parecía multiplicar su angustia (1 Sam. 1:4-8). El peso de sentirse inferior, menospreciada y olvidada por Dios era insoportable. ¿Nos resulta familiar ese dolor?

Los eventos sociales suelen convertirse en terreno peligroso cuando atravesamos una espera difícil —ya sea la soltería prolongada, la infertilidad u otro anhelo que no llega a cumplirse—. Es entonces cuando la gente, muchas veces sin querer, nos hiere con preguntas, comparaciones y presiones que cortan hondo. Pero lo que el texto de 1 Samuel revela es algo que, en medio de su tristeza, Ana eligió bien. Y vale la pena detenerse a aprender de esa elección.

Lo que Ana no hizo: Siete Reacciones que Evitó

El versículo 6 nos dice algo que a primera vista resulta desconcertante: era el mismo Dios quien había cerrado el vientre de Ana. Nuestro buen Padre, en Su soberanía, la había colocado en esa situación. A veces el Señor permite o dispone circunstancias dolorosas por razones que solo Él conoce —disciplina, formación del carácter o, como en el caso del ciego de nacimiento en los Evangelios, una plataforma para manifestar Su gloria—. Ana no sabía cuál era la razón. Solo sabía que dolía tanto que «no comía» (1 Sam. 1:7). Y sin embargo, su respuesta fue notable.

Primero, Ana no fue ante su esposo a acusar a Penina ni a exigirle que tomara partido. Sembrar división entre quienes nos rodean movidos por el dolor es una reacción comprensible, pero pecaminosa. El Señor enumera en Proverbios 6 siete cosas que aborrece, y entre ellas se encuentra «el que siembra discordia entre hermanos» (Prov. 6:19). Dejar que Dios sea nuestro defensor es siempre más sabio que forzar a otros a elegir bando.

Segundo, no fue con sus amigas a quejarse de su suerte. Quejarse es, en el fondo, levantar una acusación contra Dios, quien ha permitido u orquestado nuestra situación. Hay una diferencia crucial entre desahogarse con sabiduría y murmurar contra la providencia divina.

Tercero, no dejó de asistir a los eventos anuales del sacrificio. Esconderse para evitar la vergüenza revela un corazón que otorga demasiado peso a la aprobación humana —y eso tiene nombre: orgullo—. Ana se presentó año tras año, aunque cada viaje le costara lágrimas.

Cuarto, no se vengó de Penina. Elcana amaba más a Ana, lo cual le habría dado cierta ventaja, pero ella no la usó para devolver mal por mal. Quienes hemos sido perdonados por Dios tenemos la obligación —y el privilegio— de extender esa misma gracia a quienes pecan contra nosotros. Y cuando el sentido de justicia nos atormenta, la promesa del Señor nos ancla: «mía es la venganza, yo pagaré» (Rom. 12:19).

Quinto, no buscó al Sumo Sacerdote como mediador ante Dios. A veces creemos que otros con mayor apariencia de espiritualidad tienen mejor acceso al Señor. Pero ese razonamiento ofende a Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim. 2:5). Ana fue directamente al Señor, y fue escuchada.

Sexto, no trató mal a su esposo ni lo culpó de su situación. La amargura busca culpables. Recordarle al alma que el Padre Celestial es soberano —que «está en el cielo y hace todo lo que quiere» (Sal. 115:3)— es el antídoto contra esa tendencia.

Séptimo, y quizás lo más poderoso: no acusó a Dios ni se alejó de Él. Al contrario, corrió hacia Él.

La Trampa de Hacer Justicia por Cuenta Propia

En todo esto, hay una tentación recurrente que vale la pena nombrar con claridad: el deseo de que se haga justicia, pero de nuestra manera y en nuestros tiempos. La Escritura ya nos advierte que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Sant. 1:20). Y la razón es sencilla pero profunda: solo Dios conoce los corazones. Quien a nuestros ojos merece una condena severa puede ser juzgado con más misericordia por Dios, que conoce sus circunstancias. Y quien creemos que ofendió de forma leve puede ser juzgado con mayor rigor, porque el Señor conoce las intenciones que nosotros nunca vimos. La justicia de Dios es perfecta precisamente porque Él conoce lo que nosotros ignoramos.

Si el sentido de justicia te atormenta, recuerda que Él ha dicho: "mía es la venganza, yo pagaré". Deja que Dios sea Dios y sea quien juzgue, condene y perdone.

La Decisión que lo Cambió Todo

Un día, Ana tomó una decisión: llevar todo su dolor y frustración a los pies del Señor. Se acercó a Él con reverencia, reconociendo que era Dios mismo quien le había negado los hijos. No llegó con exigencias, sino con fe. Y el Señor la bendijo y respondió su petición más allá de lo que ella podía imaginar.

Que el Señor nos ayude a imitar a Ana: a responder con sabiduría cuando somos heridos, a perdonar con generosidad, a confiar en la bondad del Padre incluso cuando Sus caminos nos resultan incomprensibles. Él puede hacer lo mismo en nuestra vida que hizo en la de Ana. Ánimo. Acércate a Él.

A Grullón

A Grullón

A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.

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