IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La historia del rey Nabucodonosor es una de las más impactantes del Antiguo Testamento. No porque sea la historia de un gran rey, sino porque es la historia de un hombre que necesitó perderlo todo para aprender la lección más elemental: que Dios gobierna. «Sin embargo, quedaron en la tierra el tocón y las raíces del árbol. Esto significa que usted recibirá nuevamente el reino cuando haya reconocido que es el cielo el que gobierna» (Dn. 4:26). Ese mensaje, entregado por Daniel con toda claridad, no fue ignorado por Nabucodonosor de inmediato; fue postergado doce meses por la fuerza del orgullo.
Cuando por fin el juicio llegó, llegó sin anuncio. El rey que había edificado Babilonia para desplegar «su esplendor majestuoso» (Dn. 4:30) terminó comiendo hierba como un animal, con el cabello y las uñas crecidos, viviendo fuera de su palacio y de su razón. Siete años le costó levantar los ojos al cielo. Pero cuando lo hizo, todo cambió.
Lo extraordinario del relato no es el castigo, sino la advertencia previa. Dios, en su amor y misericordia, le habló a Nabucodonosor a través de un sueño, le envió un intérprete fiel y le dio tiempo para arrepentirse. Así actúa el Señor: lento para la ira y grande en misericordia. El problema no fue que Dios no hablara, sino que el rey no quiso escuchar.
Cuando finalmente Nabucodonosor levantó los ojos al cielo y recobró la razón, sus palabras fueron las de un hombre transformado: «Su dominio es perpetuo, y eterno es su reino. Todos los hombres de la tierra no son nada comparados con él. Él hace lo que quiere entre los ángeles del cielo y entre la gente de la tierra. Nadie puede detenerlo ni decirle: ¿Por qué haces estas cosas?» (Dn. 4:34-35). Y junto con la razón recuperó el honor, la gloria y el reino, con mayor honra que antes. El Dios que humilló al soberbio fue también el Dios que restauró al humilde.
Esta progresión —orgullo, juicio, reconocimiento, restauración— no es solo la historia de un rey pagano. Es un espejo en el que cada creyente puede y debe mirarse.
Antes de señalar la terquedad de Nabucodonosor, vale la pena detenerse en la propia. ¿Cómo está Dios hablando hoy a nuestras vidas? ¿Lo vemos en los grandes y pequeños detalles, mostrándonos el camino a seguir, advirtiéndonos, confrontándonos, alentándonos? ¿Somos capaces de reconocer su divina providencia tanto en nuestra vida como en la de quienes nos rodean?
Con frecuencia, la voz de Dios no compite con el ruido del mundo; simplemente sigue hablando mientras nosotros seguimos postergando. Los ídolos que nublan nuestra visión no siempre son estatuas de oro; a veces son ambiciones, miedos, comodidades o corrientes culturales que hemos aceptado sin examen. Cuando no reconocemos el control de Dios sobre todas las cosas, nos aventuramos a vivir una vida gobernada por nuestros propios deseos pecaminosos, en total despropósito y llena de obstáculos que nos impiden ver con claridad la vida plena que Dios nos invita a vivir.
El camino que Dios propone puede carecer de lógica mundana, especialmente cuando va a contracorriente de lo que el mundo celebra. Sin embargo, quienes han elegido escuchar y seguir su voz pueden testificar que esa obediencia produce «una paz que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7). No es una paz fabricada; es la paz que solo se encuentra en rendirse al gobierno de Aquel que lo controla todo.
Cuando no reconocemos el control de Dios sobre todas las cosas, nos aventuramos a vivir una vida "controlada" por nuestros propios deseos pecaminosos, en total despropósito y llena de ídolos que nos impiden ver con claridad la vida plena que Dios nos invita a vivir.
La Escritura no deja margen para la ambigüedad: «Nuestro Dios está en los cielos y hace lo que le place» (Sal. 115:3). «Sé que todo lo puedes, y que nadie puede detenerte» (Job 42:2). «Él hace que todas las cosas resulten de acuerdo con su plan» (Ef. 1:11). Dios predice el futuro antes de que suceda, y todos sus planes se cumplen porque él hace todo cuanto desea (Is. 46:10). Es tan incomparable que incluso predice las acciones de quienes no le conocen.
Frente a esa realidad, resulta ingenuo —y espiritualmente peligroso— pretender que somos nosotros quienes tenemos el control. Somos polvo. Estamos de paso. Todo cuanto poseemos nos ha sido confiado por él para administrarlo por cierto tiempo. Reconocer esto no es una señal de debilidad; es el primer acto de verdadera sabiduría.
Nabucodonosor necesitó siete años de humillación para levantar los ojos al cielo. Quienes han sido rescatados de muerte a vida tenemos, por gracia, la Palabra de Dios, el Espíritu Santo y la comunidad de fe para aprender esa lección antes. La pregunta no es si Dios está en control; la pregunta es cuánto tardaremos en reconocerlo.
Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.
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