IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay temas que parecen sencillos hasta que uno intenta hacer justicia a su profundidad. Hablar de la Palabra de Dios es así. Es fácil decir que la amamos, que nos ha bendecido, que es todo para un hijo de Dios; pero encontrar palabras que la honren verdaderamente es otra cosa. Esa misma dificultad nos recuerda que solo el Espíritu que la inspiró puede iluminarnos para comprenderla y comunicarla. Antes de escribir estas líneas, fue necesario orar, y eso en sí mismo ya dice algo sobre la naturaleza de la Palabra: no se aborda sin dependencia.
El Salmo 119:105 nos ofrece quizás la definición más hermosa y precisa que existe: «Lámpara es a mis pies Tu palabra, y luz para mi camino». Imagina caminar de noche por un campo minado, sin ninguna luz, temiendo cada paso. Esa imagen —aterradora— describe con exactitud lo que sería nuestra vida sin la guía de Dios en este mundo lleno de peligros, tentaciones y tinieblas. Que Él nos haya dado Su Palabra es, en sí mismo, una razón poderosa para el gozo y la gratitud.
Somos como ovejas: con frecuencia nos extraviamos, no siempre vemos los peligros, y necesitamos un Pastor que nos dirija. Ese Pastor nos guía a través de Su Palabra. Por eso conviene detenerse en lo que ella es, no solo en lo que hace.
La Palabra de Dios es eterna: «Sécase la hierba, marchítase la flor; pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is. 40:8). Es santa, porque procede de un Dios santo: «Sean ustedes santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Es poderosa y viva: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb. 4:12). Es verdadera: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17). Y es pura: «Tu palabra es muy pura, y Tu siervo la ama» (Sal. 119:140).
Estas no son características decorativas. Son la razón por la que la Palabra puede hacer lo que hace en nosotros: transformar, confrontar, sostener y vivificar.
La gratitud genuina no es vaga; tiene nombre y apellido. Al reflexionar en lo que la Palabra ha obrado, surgen razones específicas para dar gracias: ella nos lleva a Cristo y nos revela cómo es Dios y cómo somos nosotros; nos muestra que estábamos perdidos y que en Jesús hay salvación; nos transforma y santifica; nos afirma que somos perdonados, amados, escogidos y aceptados por Dios; vivifica nuestro espíritu; nos confronta con el pecado, nos invita al arrepentimiento y nos recuerda que Cristo pagó nuestra deuda; y nos saca del error.
Hace algunos años, en un momento de inmadurez espiritual, hubo un conflicto con una hermana cuya actitud pareció desconsiderada. La molestia fue tan grande que, cuando ella pidió algo sencillo, la respuesta fue una negativa por puro enojo. Fue en ese preciso instante cuando el Espíritu Santo trajo a la memoria Proverbios 14:17: «El que pronto se enoja hará locuras». La confrontación fue inmediata. Hubo lágrimas, arrepentimiento genuino, y una petición de perdón tanto a Dios como a la hermana ofendida. Mirando hacia atrás, ese momento es motivo de profunda gratitud: la Palabra actuó como espejo y como medicina al mismo tiempo.
Puedo dar muchas gracias a Dios por haberme dado arrepentimiento en ese preciso momento, por perdonarme, y también por lo dulce que ha sido Su Palabra en medio de lo amargo que resulta mi pecado.
Esta experiencia ilustra algo fundamental: el Espíritu Santo puede recordarnos la Palabra, pero solo puede recordarnos lo que hemos leído, estudiado y meditado. Cuando hay temporadas de descuido en la lectura bíblica, inevitablemente viene el extravío, el pensamiento vano, y sus consecuentes frutos amargos. Pero Dios, en Su misericordia, trae de vuelta: «El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona hallará misericordia» (Pr. 28:13).
Todo lo que la Biblia ofrece —promesas, instrucción, consuelo, vida eterna— apunta a algo mayor. Jesús mismo lo dijo: «Ustedes examinan las Escrituras porque les parece que en ellas tienen vida eterna; ¡y son ellas las que dan testimonio de Mí!» (Jn. 5:39). La Palabra no es un fin en sí misma; es el camino hacia el Dios que habla, hacia Cristo que salva, hacia el Espíritu que mora en nosotros y nos conforta, sostiene y vivifica.
Que podamos decir y vivir, con el salmista: «¡Cuánto amo Tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal. 119:97). Y que esa meditación no sea rutina religiosa, sino el deleite de quienes han encontrado en la Palabra de Dios —más dulce que la miel (Sal. 119:103)— al propio Dios que se revela, que salva y que no suelta.
Luz Tavárez es hija de Dios, salva por gracia y misericordia desde temprana edad. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional y graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente cursa una concentración en Consejería Bíblica.
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