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Elías, un hombre necesitado del Señor, como tú y como yo
Elías, un hombre necesitado del Señor, como tú y como yo

Foto de Sameel Hassen en Pexels

Vida cristiana

Elías, un hombre necesitado del Señor, como tú y como yo

Luz Tavárez 8 noviembre, 2023

Hay algo profundamente consolador en la forma en que Dios inspiró a quienes escribieron las Escrituras. A diferencia de nosotros, que tendemos a filtrar la realidad y adornar nuestras historias para que parezcan más presentables, Dios no usa filtros. Sus siervos aparecen en la Biblia tal como son: con sus virtudes y fortalezas, pero también con sus miedos, debilidades e inseguridades. Esa honestidad no es una falla del relato; es precisamente su mayor fortaleza.

Hoy quiero que nos detengamos en la historia de un hombre que muchos admiramos por su valentía: Elías. Su historia es conmovedora porque fue alguien que verdaderamente amaba al Señor y, aun así, como señala Santiago, era «un hombre con una naturaleza como la nuestra» (Stg. 5:17). Eso lo hace cercano. Eso lo hace nuestro.

El contexto de Elías: victorias reales, amenazas reales

Elías vivió en tiempos del rey Acab, quien «hizo lo malo ante los ojos del Señor más que todos los que fueron antes que él» (1 R. 16:30). Acab se casó con Jezabel, mujer extranjera, idólatra, profetisa de Baal y de carácter perverso y dominante. Su influencia fue devastadora: Acab no lideró a su esposa ni al pueblo conforme al mandato de Dios, sino que adoró a Baal e hizo que Israel pecara con él (1 R. 16:31; 21:22). Era contra esta pareja que Elías se estaba enfrentando.

Y lo hizo con valentía. Confrontó al rey Acab, anunció la sequía, desafió a los 450 profetas de Baal en el monte Carmelo y salió victorioso. Pero luego Jezabel lo amenazó de muerte, y Elías huyó al desierto y se escondió en una cueva. Muchos se preguntan cómo puede ser el mismo hombre: el que enfrentó a cientos sin vacilar ahora huye de una sola mujer. La respuesta es que sí es el mismo hombre, sencillamente en un estado diferente.

Elías estaba agotado física y emocionalmente. Tenía miedo. Estaba triste, profundamente triste. Y cuando estamos agotados, la razón se nubla; las amenazas reales se agrandan y la perspectiva se distorsiona. Jezabel no era una enemiga menor: era una mujer con poder, sin temor de Dios, capaz de ordenar el asesinato de un hombre inocente —Nabot— levantando un falso testimonio solo para satisfacer el capricho de su esposo (1 R. 21). Si alguien así te persiguiera, ¿no sentirías miedo?

Puede que tu situación no sea igual a la de Elías, pero tal vez estás atravesando tu propia forma de persecución: una amenaza que escapa de tus manos, un agotamiento acumulado, una soledad que se ha vuelto demasiado pesada. El cuadro es reconocible porque la condición humana no ha cambiado.

La respuesta de Dios: ternura, no reproche

Lo que sucede a continuación en 1 Reyes 19 es uno de los pasajes más tiernos de toda la Escritura. Elías se sienta bajo un enebro en el desierto y pide morirse. Y Dios no lo reprende. No le dice que su temor es inapropiado después de tantas victorias. No lo desecha. En cambio, envía un ángel que lo toca y le dice: «Levántate y come» (1 R. 19:5). Hay agua y pan. Elías come y vuelve a acostarse. El ángel regresa y le dice: «Levántate y come, porque largo camino te resta» (1 R. 19:7). Y Elías se levanta.

Con la fuerza de esa comida camina cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb. Allí, no en el viento recio ni en el terremoto ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa apacible, Dios le habla. Le pregunta: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 R. 19:13). Y después de escucharlo, con amor, le da instrucciones claras sobre lo que debe hacer a continuación.

Nuestro Dios es manso, humilde y tierno, exactamente como lo describe su Palabra. Si trató así a Elías en su momento de mayor quebranto, hará lo mismo con nosotros. El miedo que sentimos no lo sorprende. No lo escandaliza. Él conoce nuestros corazones mejor que nadie, y su respuesta no es el reproche sino el sustento y la dirección.

Mi temor, a veces, hace que yo vea al hombre o las circunstancias grandes, y vea a Dios pequeño. Es como una especie de amnesia temporal: me olvido de lo grande que es nuestro Dios y de lo pequeñas que son las circunstancias.

La memoria como antídoto contra el temor

El problema no suele ser que no conozcamos la verdad sobre Dios; el problema es que la olvidamos cuando llega la aflicción. Por eso el salmista se habla a sí mismo: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios. Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades; el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de bondad y compasión» (Sal. 103:2-4). Recordarle a nuestra alma quién es Dios y lo que ha hecho no es un ejercicio sentimental; es una disciplina espiritual necesaria para no perder el norte.

Tal vez te identificas con Elías: has visto obras poderosas del Señor en tu vida y, sin embargo, una situación amenazante te ha paralizado. El temor, cuando no se lleva ante Dios, puede magnificar la circunstancia hasta hacerla parecer más grande que Él. Pero cualquier temor que enfrentemos, aunque parezca gigante, es enano delante del Señor. Y el hecho de que Él nos ame es el mayor consuelo que tenemos.

Por eso las palabras de Jesús siguen siendo el mejor cierre para cualquier momento de temor: «Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33).

No temamos. Confiemos.

Luz Tavárez

Luz Tavárez

Luz Tavárez es hija de Dios, salva por gracia y misericordia desde temprana edad. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional y graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente cursa una concentración en Consejería Bíblica.

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