IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Jesus Vidal en Pexels
Ezer • 20 junio, 2023
En Juan 5, el conflicto entre Jesús y los líderes judíos alcanza una nueva intensidad, un antagonismo que eventualmente conduciría a su crucifixión. La hostilidad no surgió únicamente por la violación del sábado, sino porque Jesús hizo afirmaciones que le atribuían el mismo estatus que Dios. El Evangelio de Juan lo declara desde su primer versículo: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn. 1:1). Solo Dios puede salvarnos, y Jesús —Dios encarnado— es el segundo miembro de la Trinidad.
Lejos de retroceder ante la acusación de blasfemia, Jesús reclamó las obras del Padre como propias, incluida la resurrección de los muertos (Jn. 5:21). Esa afirmación quedaría demostrada de manera contundente al resucitar a Lázaro (Jn. 11), un acto que no solo profundizó la oposición de sus adversarios religiosos, sino que anticipó su propia resurrección. Honrar a Jesús es honrar al Padre (Jn. 5:23), y quien cree en él puede conocer a Dios como Padre (Jn. 1:12; 14:9).
La afirmación de Jesús en Juan 5:39–40 es tan directa como desconcertante para la religiosidad humana: «Escudriñáis las Escrituras porque pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y son ellas las que dan testimonio de mí, pero te niegas a venir a mí para que puedas tener vida». Los líderes judíos conocían las Escrituras con una profundidad que pocos podrían igualar, y sin embargo las leían sin ver a Aquel a quien señalaban. El problema no era la falta de información; era la negativa a venir a Cristo.
Según Jesús, la única manera de derivar vida de las Escrituras es verlo a él en ellas, porque toda la Biblia —desde Génesis hasta Apocalipsis— da testimonio de su persona y su obra (Jn. 5:39–40; Lc. 24:27, 44–47). A lo largo de toda la revelación bíblica, Dios despliega la gracia que culmina en Cristo. Por eso la Biblia no trata fundamentalmente de lo que hacemos por Dios, sino de lo que Dios hace por nosotros. Leerla de otra manera es reducirla a un código moral y perderse su corazón redentor.
Esta perspectiva transforma radicalmente cómo nos acercamos a las páginas de la Escritura. Los relatos del Antiguo Testamento, la ley, los salmos y los profetas no son colecciones de ejemplos morales ni instrucciones independientes: son capítulos de una historia única cuyo protagonista es Jesucristo. Ignorar esa centralidad no solo empobrece la lectura bíblica; la desvirtúa por completo.
El pasaje revela también una trampa espiritual que afecta tanto a los líderes religiosos del primer siglo como a los creyentes de hoy. Jesús señaló que los judíos preferían recibir gloria unos de otros en lugar de buscar la gloria que viene de Dios (Jn. 5:44). Proverbios lo dice con igual claridad: «El temor al hombre tiende una trampa, pero el que confía en el SEÑOR está seguro» (Prov. 29:25). Ningún pecado es más insidioso ni más destructivo que vivir para la aprobación de las personas, porque orienta toda la vida en torno a un juicio que nunca podrá satisfacer el alma de manera plena.
El evangelio de la gracia ofrece la liberación que ningún reconocimiento humano puede dar. En la cruz, Jesús cargó con el juicio que merecíamos (Jn. 5:22–24; 2 Co. 5:21) y, mediante la propiciación —la satisfacción de la justa ira de Dios—, aseguró nuestra adopción como hijos. Pasamos de la condenación a la vida no por nuestros méritos ni por el aplauso de quienes nos rodean, sino porque Él tomó nuestro lugar.
En el evangelio de la gracia, somos liberados de la necesidad de ser aprobados por las personas porque en Jesús hemos sido aprobados por Aquel cuya aprobación importa y el único cuya aprobación satisface.
Toda la Biblia apunta a Jesús, y solo al verlo en sus páginas encontramos la vida que promete. La advertencia de Juan 5 sigue vigente: es posible conocer las Escrituras de memoria y, al mismo tiempo, negarse a venir a Cristo. La familiaridad con el texto no garantiza el encuentro con la Persona. La fe que salva no es adhesión intelectual a doctrinas sobre Jesús, sino rendición personal a quien murió, resucitó y reina como Señor. Cuando leemos las Escrituras con esa convicción, la Biblia deja de ser un peso religioso y se convierte en lo que siempre fue: el testimonio vivo del Dios que nos rescata.
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