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Palabras que distinguen a una mujer amable
Palabras que distinguen a una mujer amable

Foto de Liza Summer en Pexels

Mujer e identidad

Palabras que distinguen a una mujer amable

Ezer 6 febrero, 2024

«El aceite y el perfume alegran el corazón, y el consejo del hombre es dulce para su amigo» (Prov. 27:9). Con estas palabras, el rey Salomón captura algo que todos hemos experimentado: la conversación con un amigo amable tiene poder para rejuvenecer el alma. No es solo cuestión de carácter; las palabras mismas —sobrias, sabias y llenas de esperanza— son el instrumento con el que ese amigo nos consuela, nos sana y nos fortalece.

Pero este tipo de conversación no surge de manera espontánea. Hablar de forma que beneficie a los demás requiere disciplina, formación y una dependencia activa de Dios. ¿Qué significa, concretamente, ser ese tipo de amigo para quienes nos rodean?

Hablar con dominio propio: el corazón antes que las palabras

Imagina a una niña que toca el piano inventando su propia música. Es encantador por unos minutos, pero pronto puede volverse molesto. Dale lecciones, sin embargo, y en pocos años su música será un gozo para todos. La instrucción y la autodisciplina le dan el dominio del instrumento. Algo semejante ocurre con las palabras: el dominio propio transforma el habla impulsiva en expresión que bendice.

Las Escrituras son directas al respecto. «El que no tiene dominio propio es como ciudad asaltada y sin muros» (Prov. 25:28). Cuando la boca no está guardada, las palabras necias y pecaminosas salen con facilidad y causan daño. Por eso, cultivar el dominio propio en el habla comienza en el corazón: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno» (Lc. 6:45). El primer paso, entonces, es confesar y abandonar los pensamientos, motivos y actitudes impíos, y someter el control del corazón al Señor.

El segundo paso es pensar antes de hablar. La franqueza sin filtro puede sentirse como virtud, pero conduce a la ruina. Proverbios nos llama a guardar cuidadosamente nuestras palabras: «El que guarda su boca, guarda su alma» (Prov. 13:3). Una pregunta práctica puede ayudar: ¿Lo que voy a decir es verdadero, amable y necesario? Verdadero, en el sentido de que esté libre de falsedad y exageración; amable, en el sentido de que sea considerado y gentil; necesario, en el sentido de que sirva para lo que es bueno y correcto en ese momento.

Finalmente, el dominio propio en el habla se manifiesta en la búsqueda activa de la unidad. El apóstol Pablo exhorta a estar «procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4:3). Esto implica conceder y buscar perdón, hablar bien de los demás y proteger sus reputaciones. Un amigo amable no es chismoso, sino digno de confianza; no difunde rumores, sino que guarda las confidencias: «El que anda en chismes revela secretos, pero el de espíritu fiel los guarda» (Prov. 11:13).

Hablar con sabiduría y esperanza: el alma que edifica a otros

Las palabras sabias comunican comprensión profunda y buen juicio aplicado a situaciones reales de la vida. Son como la guía de un artesano experimentado que nos ayuda a evitar errores innecesarios y a avanzar con destreza. El libro de Proverbios describe a la mujer virtuosa con estas palabras: «Abre su boca con sabiduría, y en su lengua hay enseñanza de bondad» (Prov. 31:26). Esta sabiduría no es una capacidad intelectual que se desarrolla sola; tiene una fuente definida: «El Señor da la sabiduría; de su boca proceden el conocimiento y la inteligencia» (Prov. 2:6).

Cultivar esta sabiduría requiere tres hábitos entrelazados. Primero, temer al Señor, que es el principio de toda sabiduría (Prov. 1:7). Este temor no es pánico, sino esa mezcla de reverencia y deleite que llena el corazón cuando se contempla quién es Dios y lo que ha hecho: una disposición que nos avergüenza de lo que le desagrada y nos mueve con gozo hacia lo que le honra. Segundo, estudiar las Escrituras con diligencia y constancia, tal como Esdras «había preparado su corazón para estudiar la ley del Señor, para practicarla y para enseñar sus estatutos» (Esd. 7:10). Tercero, orar pidiendo comprensión: «Abre mis ojos, para que vea las maravillas de Tu ley» (Sal. 119:18). Esta es una oración que Dios se deleita en responder (1 R. 3:10–12).

Las palabras sabias encuentran su expresión más poderosa cuando van cargadas de esperanza. Para el creyente, la esperanza no es un deseo incierto, sino una expectativa confiada en las promesas de Dios. Un amigo que habla con esperanza no ofrece optimismo vacío; fortalece la fe de los demás con la fidelidad pasada de Dios y sus promesas futuras. Así como Aarón sostuvo los brazos cansados de Moisés durante la batalla (Éx. 17:11–13), el amigo esperanzador sostiene la fe de quienes están agotados o abrumados.

Sus palabras se caracterizan por la confianza en los atributos y promesas de Dios. Ella tiene un gran concepto de Él e inspira a otros a confiar en Él con recordatorios de su fidelidad.

Sin embargo, ofrecer esperanza exige discernimiento. Las palabras de aliento pueden resultar insensibles si se pronuncian sin atender el momento y el estado del otro. Antes de compartir versículos bíblicos o expresiones de esperanza, conviene preguntar: ¿Estoy siendo sensible al dolor de esta persona? ¿Le estoy dando espacio para expresarse? Bombardear a alguien con clichés cristianos en lugar de sostener una conversación genuina puede hacer más daño que bien. A veces el mayor regalo es simplemente escuchar; otras veces, es ofrecer con cuidado la esperanza que Dios nos ha dado. En la duda, siempre es posible preguntar amablemente si la persona desea recibirla.

Palabras que transforman porque vienen de un corazón transformado

El consejo de Salomón sigue siendo vigente: las palabras de un amigo amable son como aceite y perfume para el alma. Pero esas palabras no emergen de la nada. Nacen de un corazón rendido al Señor, disciplinado en el dominio propio, formado en la sabiduría de las Escrituras y lleno de una esperanza genuina en Dios. Quien desee ser ese tipo de amigo no busca simplemente mejorar su comunicación; busca, ante todo, ser transformado desde adentro por la gracia de Aquel cuyas palabras son «espíritu y vida» (Jn. 6:63).

Este artículo es una adaptación del libro Cuando las palabras importan más: hablar la verdad con gracia a sus seres queridos, de Cheryl Marshall y Caroline Newheiser.

Traducido por el Equipo Ezer con permiso de Crossway.org.

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