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Cultivando la bondad en una era de indignación
Cultivando la bondad en una era de indignación

Foto de Liza Summer en Pexels

Vida cristiana

Cultivando la bondad en una era de indignación

Aurora Almánzar de Crespo 11 julio, 2023

Cuando el Señor Jesús preguntó: «pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (Lc. 18:8), lo hizo en el contexto de una viuda que clamaba por justicia ante un juez sin temor de Dios. La pregunta resuena con igual urgencia hoy. Y junto a ella surge otra, inevitable: cuando Cristo regrese, ¿hallará bondad en la tierra?

Jesús mismo advirtió que «por el aumento de la maldad, el amor de muchos se enfriará» (Mt. 24:12). Vivimos en esa era. La indignación se ha normalizado, el rencor circula libremente en redes y conversaciones, y la frialdad afectiva amenaza incluso las comunidades de fe. En este panorama, cultivar bondad no es un gesto sentimental; es un acto de resistencia espiritual y un testimonio urgente del evangelio.

El terreno del corazón debe ser preparado

La bondad no puede sembrarse en cualquier terreno. Oseas 10:12 nos convoca: «Sembrad para vosotros en justicia, segad en misericordia; haced para vosotros barbecho, porque es tiempo de buscar al Señor hasta que Él venga y haga llover justicia sobre ustedes» (Os. 10:12). Como el campo abandonado que necesita ser arado, limpiado y regado antes de recibir la semilla, el corazón humano requiere un proceso profundo de arrepentimiento y limpieza ante Dios para poder dar fruto de bondad.

Hebreos 12:15 advierte con precisión quirúrgica: «Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, de que ninguna raíz de amargura brote y cause dificultades, y por ella muchos sean contaminados» (Heb. 12:15). Un corazón endurecido por la amargura estorba la obra del Espíritu Santo; incapacita para reflejar bondad. Por eso, el mismo pasaje señala la dirección correcta: «Hagan sendas derechas para sus pies, para que lo que es cojo no se descoyunte, sino que se sane» (Heb. 12:13). El Señor no solo exige el camino recto; promete sanidad a quienes lo buscan.

Esa sanidad y ese fruto solo son posibles permaneciendo arraigados en la Palabra. El salmista declara: «¿Con qué limpiará el joven su camino? Guardando Tu palabra» (Sal. 119:9) y «En mi corazón he atesorado Tu palabra para no pecar contra Ti» (Sal. 119:11). La Escritura no es un complemento devocional; es el medio principal por el cual Dios renueva, limpia y forma el carácter de sus hijos. Por eso el apóstol Pedro exhorta a desearla «como leche espiritual pura, para que por ella crezcan en su salvación» (1 P. 2:2).

Instrumentos de la bondad de Cristo en el mundo

La bondad no es virtud privada; tiene dirección y destino. El Señor nos colocó en este mundo para ser sal y luz (Mt. 5:13-14), de modo que, cuando los hombres vean nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre celestial (Mt. 5:16). Y esa gloria es enteramente suya, porque estas obras no proceden de una virtud propia: somos «vasos de barro» (2 Co. 4:7), «hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef. 2:10).

El apóstol Pablo lo formula con claridad pastoral: «Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe» (Gá. 6:10). La bondad tiene amplitud —«a todos»— y tiene prioridad —«en especial a los de la familia de la fe»—. Pero no se detiene en los límites del creyente. Jesús mismo lo demostró cuando se acercó a la mujer samaritana (Jn. 4), rompiendo barreras culturales y religiosas con amabilidad, conduciéndola al encuentro con el agua de vida eterna. Muchas veces, cultivar bondad implica quebrantar nuestras propias barreras de comodidad, prejuicio y egoísmo para reflejar a Cristo ante quienes tanto lo necesitan. Un acto genuino de bondad puede ser la puerta que Dios use para llevar a alguien a la salvación.

Nosotros somos recipientes del mayor acto de bondad hecho en el mundo. Cristo murió en la Cruz del Calvario por nuestros pecados.

Esa es la raíz de todo. Dios nos entregó a su único Hijo, y en Él recibimos el don incomparable de la salvación, la adopción como hijos y la herencia compartida con Cristo (Ro. 8:17). Nada se compara con esa bondad. Y precisamente porque somos sus recipientes, debe ser nuestra oración más profunda convertirnos en fuentes de esa misma bondad hacia un mundo que perece.

Sembremos bondad: el llamado de cada discípulo

Frente a la maldad multiplicada, la respuesta del discípulo no es la devolución ni la desesperanza. «No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto, sino más bien bendigan, sabiendo que fueron llamados a heredar bendición» (1 P. 3:9). El Salmo 37 traza el camino con serenidad: no nos impacientemos por los malignos (Sal. 37:1), esperemos callados en el Señor (Sal. 37:7), porque Él es el sostén de los justos (Sal. 37:17) y hay «un futuro para el hombre de paz» (Sal. 37:37).

Seamos, pues, instrumentos de bendición. Preparemos el terreno de nuestro corazón —con arrepentimiento, con la Palabra, con desprendimiento del rencor— para cultivar bondad en esta era de indignación. Porque si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu (Gá. 5:25), dando por gracia lo que por gracia hemos recibido (Mt. 10:8). Lo que es imposible para nosotros, no lo es para Dios (Lc. 18:27).

Aurora Almánzar de Crespo

Aurora Almánzar de Crespo

Aurora Almánzar de Crespo fue rescatada por Dios hace más de cuatro décadas. Es médico de profesión y agradece el privilegio de llevar la Palabra a quienes buscan sanidad física sin reconocer su necesidad espiritual. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, esposa del pastor Enrique Crespo, madre y abuela.

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