IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Vivimos en una época que compite ferozmente por nuestra atención. Las redes sociales, los medios de comunicación y los afanes cotidianos acaparan nuestra mente con una intensidad sin precedentes, dejando poco espacio para lo que realmente merece toda nuestra consideración. El resultado es un pensamiento superficial y una vulnerabilidad creciente: cuando llegan las pruebas difíciles, descubrimos que no tenemos reservas espirituales desde las cuales responder con firmeza.
El problema no es únicamente cultural; es profundamente espiritual. La palabra «enfocar» describe el acto de dirigir la atención hacia un aspecto o perspectiva particular. Cuando ese enfoque se fragmenta o se dirige hacia lo equivocado, la consecuencia es ansiedad, agotamiento y una sensación persistente de estancamiento. La buena noticia es que la Escritura no solo diagnostica el problema, sino que señala con precisión el único objeto de enfoque que puede sostenernos: Dios mismo y Su Palabra.
Santiago nos ofrece una descripción concreta de lo que significa vivir con este enfoque: «Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, sin haberse convertido en un oyente olvidadizo sino en un hacedor efectivo, éste será bienaventurado en lo que hace» (Stg. 1:25). Cuatro elementos emergen de este versículo y merecen atención detenida.
Primero, «mirar atentamente» implica un acto deliberado, no casual. No se trata de una lectura superficial o de un conocimiento acumulado por costumbre religiosa, sino de una atención sostenida y comprometida. Segundo, el objeto de ese enfoque es «la ley perfecta», es decir, la Palabra de Dios, que a diferencia de todo lo que ofrece el mundo, liberta y libra de toda angustia y temor. Tercero, este mirar va acompañado de perseverancia: no se trata de un momento devocional aislado, sino de una orientación que permea el diario vivir. Cuarto, la promesa es bienaventuranza genuina —una felicidad que no depende de las circunstancias— para quienes viven anclados en estas verdades.
Este enfoque no es pasivo. Exige que llevemos activamente a la memoria las promesas de Dios, que cultivemos el hábito de su Palabra y que resistamos la tentación de dejar que lo urgente desplace lo eterno.
La vida cristiana no promete ausencia de sufrimiento. El Señor Jesús lo dijo con toda claridad: «En el mundo tendrán tribulación» (Jn. 16:33a). Sin embargo, la misma frase concluye con una declaración que lo cambia todo: «pero tengan valor; Yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33b). El sufrimiento es real, pero también lo son las promesas de Dios para quienes le pertenecen.
Alguien podría preguntar con razón: ¿por qué confiar en esas promesas cuando el panorama parece sombrío? La respuesta no es sentimental; es teológica. «Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. ¿Lo dijo Él, y no lo hará? ¿Habló, y no lo cumplirá?» (Nm. 23:19). Dios es inmutable. No cambia. Sus pensamientos y propósitos permanecen por todas las generaciones (Sal. 33:11), y esa permanencia es el fundamento sobre el cual podemos descansar aun cuando nuestros ojos contemplan circunstancias que nos superan.
Al igual que Moisés, estamos llamados a ejercitar la fe «como viendo al Invisible» (He. 11:27). Esta es la postura del creyente enfocado: no la negación de la realidad, sino la convicción de que hay una realidad más grande, más permanente y más poderosa que lo que los sentidos perciben. El Señor es refugio en tiempo de angustia, y no abandona a quienes le buscan (Sal. 9:10). Su misericordia no tiene fin (Sal. 138:8).
Dios es inmutable, no cambia, y podemos descansar confiadamente en Él, aun cuando nuestros ojos estén contemplando un panorama sombrío.
Toda esta realidad nos conduce a una invitación práctica y urgente: «Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna» (He. 4:16). Este trono está abierto en todo momento, y el acceso ha sido comprado por la sangre de Cristo derramada en la cruz del Calvario. No llegamos como intrusos ni como deudores que esperan ser rechazados; llegamos como hijos que se acercan a un Padre cuya gracia es infinita.
La promesa de Isaías lo articula con belleza y precisión: «Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en Ti confía» (Is. 26:3). La paz completa no es consecuencia de circunstancias favorables, sino del pensamiento que persevera en Dios. Y ese pensamiento es, precisamente, el fruto de un enfoque cultivado con disciplina y fe a lo largo del tiempo.
Podemos llevar toda nuestra carga a ese trono. Podemos descansar en el amor inagotable de Dios, en Su poder y en la certeza de que «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Fil. 1:6). La obra no está en nuestras manos; está en las de Aquel que no falla. Nuestro llamado es mantenernos enfocados en Él, con los ojos puestos en lo eterno y no en lo temporal, glorificando Su nombre en cada circunstancia de la vida.
Aurora Almánzar de Crespo fue rescatada por Dios hace más de cuatro décadas. Es médico de profesión y agradece el privilegio de llevar la Palabra a quienes buscan sanidad física sin reconocer su necesidad espiritual. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, esposa del pastor Enrique Crespo, madre y abuela.
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