Statamic
Mujer, ten cuidado con tu lengua
Mujer, ten cuidado con tu lengua

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Mujer e identidad

Mujer, ten cuidado con tu lengua

Aurora Almánzar de Crespo 22 octubre, 2024

Hay imágenes de la infancia que no se olvidan. La autora de este artículo recuerda con claridad las ilustraciones de un libro que leyó en casa de su abuela: de los labios de una niña salían sapos y culebras; de los de la otra, rosas y claveles. Era una historia sencilla sobre el poder de las palabras, pero dejó una marca profunda. Con el paso de los años y la gracia de Dios, esa imagen encontraría su fundamento más sólido en la Palabra de Dios.

Las Escrituras no son ajenas a este tema. Todo lo contrario: lo tratan con una urgencia que debería detenernos. El apóstol Pablo escribe: «Ninguna palabra corrompida salga de su boca, sino solo la que sea buena para edificación según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan» (Ef. 4:29). La palabra traducida como «corrompida» evoca algo descompuesto, que pudre todo lo que toca. Una advertencia poderosa para quienes hemos sido llamados a llevar vida, no muerte, con nuestras palabras.

La lengua: pequeña, pero capaz de incendiar todo

El apóstol Santiago dedica un pasaje extenso al peligro de la lengua, y sus palabras no tienen desperdicio. En el capítulo 3, nos advierte que no aspiremos a ser maestros en exceso, pues los que enseñan serán juzgados con mayor rigor —en parte porque todos fallamos en el hablar, y quien no puede controlar su lengua revela una falta profunda de dominio propio—. Luego añade algo que resulta perturbador en su precisión: «La lengua es un fuego, es un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es inflamada por el infierno y puede inflamar el curso de nuestra vida» (Stg. 3:6).

La palabra traducida como «infierno» en ese versículo proviene del griego gehena, que hacía referencia al valle de Hinom, ubicado al suroeste de las murallas de Jerusalén en tiempos de Cristo. Aquel lugar funcionaba como vertedero de desechos y ardía de manera permanente. Que Santiago compare el origen del fuego de la lengua con ese lugar debería llevarnos a una reflexión seria. ¿Cuántas veces hemos dejado que ese fuego arda sin control, dañando en vez de sanar?

El libro de Proverbios también aborda este contraste: «Hay quienes hablan como con golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana» (Pr. 12:18). Y Santiago lo lleva aún más lejos al señalar la contradicción que tantas veces vivimos sin notarla: «Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, quienes han sido hechos a la imagen de Dios; de la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así» (Stg. 3:9-10). La misma boca que alaba a Dios el domingo puede herir a un hermano el lunes. La misma fuente no puede dar agua dulce y amarga.

Corazón renovado, palabras transformadas

Aquí es donde la fe cristiana ofrece algo que ningún libro de autoayuda puede dar: no solo una exhortación a hablar mejor, sino la promesa de una transformación real desde adentro. Cuando recibimos a Cristo como Señor y Salvador, el Espíritu Santo viene a habitar en nosotros y somos nuevas criaturas. Esa renovación no es cosmética; alcanza la manera en que pensamos, sentimos y, por supuesto, hablamos.

Jesús mismo lo explica con claridad: «El hombre bueno de su buen tesoro saca lo bueno; y el hombre malo de su mal tesoro saca lo malo» (Mt. 12:35). Las palabras no surgen de la nada: son el eco de lo que habita en el corazón. Por eso la transformación del habla comienza por la transformación interior. Y Jesús añade algo que sobria a cualquiera: «Pero yo les digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio» (Mt. 12:36).

De la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.

Un corazón lleno de Dios produce palabras que sanan

La conclusión es tan práctica como urgente: si de la abundancia del corazón habla la boca (Mt. 12:34), entonces la tarea más importante no es vigilar cada palabra que sale, sino velar por aquello que llenamos el corazón día a día. Eso implica acudir a la Palabra, cultivar la oración, y pedir a Dios que nos llene de su amor, su bondad y su mansedumbre, de modo que lo que salga de nuestra boca sea un reflejo genuino de su carácter.

Que nuestra oración diaria incluya esta súplica: que nuestras palabras sean medicina y no espada, edificación y no ruina, bendición y no maldición. Que lo que sale de nuestros labios dé gracia a quienes escuchan, y gloria a quien nos transformó por dentro.

¡Ayúdanos, Dios! Amén.

Aurora Almánzar de Crespo

Aurora Almánzar de Crespo

Aurora Almánzar de Crespo fue rescatada por Dios hace más de cuatro décadas. Es médico de profesión y agradece el privilegio de llevar la Palabra a quienes buscan sanidad física sin reconocer su necesidad espiritual. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, esposa del pastor Enrique Crespo, madre y abuela.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner