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Dando gracias a Dios por Su palabra
Dando gracias a Dios por Su palabra

Foto de Tara Winstead en Pexels

Vida devocional

Dando gracias a Dios por Su palabra

Anny Mañón de Mirabal 21 noviembre, 2023

La primera vez que alguien me preguntó cuál era la razón principal por la que le daba gracias a Dios, mi respuesta fue inmediata: «Jesucristo». Aquel que me ha dado salvación (Jn. 3:16), perdón de mis pecados (Ef. 1:7), vida en abundancia (Jn. 10:10), comunión con el Padre y no solo novedad de vida terrenal, sino vida eterna (Jn. 3:36). Esa respuesta no ha cambiado con el tiempo, pero los años han profundizado mi comprensión de algo fundamental: la Palabra de Dios es Jesucristo hecho hombre para la redención de la humanidad. «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14).

Cuando comencé esta relación personal con Jesús, era poco lo que conocía de Él y del plan perfecto que tenía para mi vida. Sin embargo, Dios, en Su gracia, ha dispuesto de un regalo adicional, un verdadero tesoro: Su Palabra, la Biblia. Por medio de ella, sus hijos pueden conocerlo más profundamente, descubrir el camino por el cual deben andar y seguir las huellas del Señor.

La Palabra como alimento y formación espiritual

Como recién nacida en la fe, la Palabra de Dios fue el preciado alimento que permitió el crecimiento y el desarrollo de los músculos de la fe y de la perseverancia. Hebreos 5:14 habla de quienes, por la práctica, tienen los sentidos ejercitados para discernir entre el bien y el mal. Eso es exactamente lo que la Escritura hace en nosotros: nos entrena. Nos enseña a correr esta carrera con los ojos puestos en Jesús, en sus pisadas, en el ejemplo de cómo vivió su vida terrenal, transmitiendo sus enseñanzas y leyes como guía espiritual y moral para todo aquel que cree.

Su Palabra ha tenido tal impacto transformador que ha sido un instrumento de renovación de la mente, la voluntad y los deseos, brindando dirección, sabiduría y consuelo en los momentos más difíciles. El Salmo 119 lo expresa con claridad y profundidad a lo largo de sus 176 versículos. Allí encontramos al salmista declarando que la Palabra de Dios guía y da dirección como lámpara a sus pies (v. 105), consuela y fortalece en la aflicción (vv. 50, 76), vivifica, renueva y transforma el corazón (vv. 25, 40), protege contra el pecado (vv. 11, 133), ofrece esperanza y confianza en el futuro a través de las promesas de Dios (vv. 49, 114) y otorga entendimiento y sabiduría (vv. 98–99). Cada una de estas realidades es motivo genuino de gratitud. No son beneficios secundarios: son manifestaciones del cuidado activo y personal de Dios por cada uno de sus hijos.

Saturados de Su Palabra para vivir y proclamar el evangelio

El apóstol Pablo, en su carta a los Colosenses, lo expresa con una exhortación poderosa: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones» (Col. 3:16). El llamado no es a un contacto superficial con la Escritura, sino a estar saturados, llenos, habitados por ella.

¿Para qué? En primer lugar, para que las promesas de Dios —fieles y verdaderas— estén siempre presentes en nuestra memoria, especialmente en los momentos de prueba. En segundo lugar, para recordar que las obras de Dios son las mismas ayer, hoy y por la eternidad. Pero también, y esto es crucial, para que como embajadores de Cristo podamos presentar Su evangelio con fidelidad: las enseñanzas, el mensaje y la obra de Jesús tal como están revelados en la Biblia, sin contaminación ni distorsión.

Necesitamos estar saturados, llenos de Su Palabra para que no solo podamos ser recordados de Sus promesas que son fieles y verdaderas, sino también para que podamos, como embajadores de Cristo, presentar Su evangelio con fidelidad.

Esta tarea no es opcional para el creyente. Presentar el evangelio es el acto de amor y compasión más grande que podemos ofrecer a quienes nos rodean, con el genuino deseo de dar lo que solo Jesús puede dar: la salvación. La esperanza de la seguridad eterna, de la cual brota a raudales la gratitud por todo lo que Dios ha provisto.

Una gratitud que transforma la perspectiva de lo terrenal

Dar gracias por la Palabra de Dios no es un ejercicio piadoso de superficie. Es reconocer que en ella habita Cristo, que en ella Dios habla, corrige, consuela, guía y sostiene a los suyos. Es admitir que sin ella estaríamos a la deriva, sin dirección ni esperanza. Esa gratitud genuina cambia la manera en que vivimos lo terrenal, porque quien tiene sus ojos puestos en las promesas eternas de Dios no puede ver la vida cotidiana de la misma forma. La Palabra nos ancla en Cristo, nos orienta hacia la eternidad y nos envía al mundo con el mensaje más urgente que existe.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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