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¿Es el desaliento una evidencia de falta de fe y confianza en el Señor?
¿Es el desaliento una evidencia de falta de fe y confianza en el Señor?

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Emociones y alma

¿Es el desaliento una evidencia de falta de fe y confianza en el Señor?

Odette Armaza Vda. de Carranza 23 agosto, 2022

Si esa pregunta se hiciera en un grupo de creyentes, probablemente habría respuestas divididas: algunos dirían que sí con toda convicción, mientras que otros defenderían que el desaliento es simplemente una reacción humana inevitable. Lo interesante es que ambas respuestas contienen algo de verdad. Somos seres con cuerpos que se fatigan, con emociones que se agotan, y al mismo tiempo somos llamados a una vida espiritual de confianza plena en el Señor. La pregunta no es si experimentaremos el desaliento, sino cómo responderemos a él cuando llegue.

Quienes alguna vez cantaron aquel himno —«Cansado del camino, sediento de ti, un desierto he cruzado, sin fuerzas he quedado, vengo a ti»— entendían exactamente lo que el autor quiso expresar, porque en algún momento de sus vidas habían estado precisamente en ese lugar. En aquellas palabras encontraban el lenguaje para rendirse una vez más ante el Señor. Y es que el desaliento no es ajeno a la experiencia de fe; lo que marca la diferencia es hacia dónde dirigimos los ojos cuando llega.

El desaliento en la experiencia de los hombres de fe

Una definición sencilla de desaliento es la siguiente: falta de ánimo, falta de energía o de fuerzas para resolver, continuar o emprender algo. Bajo esa descripción, ¿quién podría afirmar que nunca ha estado en ese lugar? Una madre de hijos pequeños conoce el agotamiento que traen consigo esos primeros años; quien cuida a un ser querido enfermo sabe lo desgastante que puede resultar ese tiempo, sea breve o prolongado; un proyecto que no termina de concretarse, una temporada intensa de estudio, o incluso el ministerio mismo —con sus propias cargas— pueden llevar a un desgaste genuino del ánimo y de las fuerzas.

Lo notable es que esto también se refleja a lo largo de las Escrituras. Las grandes encomiendas de Dios estuvieron, muchas veces, acompañadas de momentos profundos de desánimo. El profeta Elías es quizás el ejemplo más elocuente: luego de haber sido instrumento para manifestar la gloria y el poder de Dios de una manera extraordinaria, termina solo, bajo un enebro, deseando la muerte (1 R. 19:4). Este no fue un caso aislado; varios hombres de fe atravesaron experiencias similares. No debemos olvidar que quienes recibieron esas grandes instrucciones divinas eran hombres sujetos a debilidades y pasiones. Y precisamente en eso radica la belleza de la obra de Dios: Él escoge «lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte» (1 Co. 1:27), para que nadie pueda atribuirse la gloria que solo a Él le pertenece.

Dios no espera que seamos perfectos para cumplir lo que ha establecido para sus hijos. Solo espera que aprendamos a vivir confiando en Él, con la mirada puesta en «el autor y consumador de nuestra fe» (He. 12:2) y no en las circunstancias. Porque es precisamente al bajar la mirada que el desaliento puede convertirse en una crisis de fe. Cuando perdemos el enfoque de ver la vida a través de las verdades bíblicas, comenzamos a dar respuestas puramente humanas: evaluamos nuestras fuerzas, medimos nuestros recursos, y desde esa perspectiva todo parece más grande y más difícil de lo que realmente es.

Tres desvíos que el desaliento produce —y cómo reconocerlos

La historia de Elías en 1 Reyes 19 ofrece enseñanzas muy concretas sobre los patrones que el desaliento produce en nuestra vida espiritual. Identificarlos con anticipación puede ayudarnos a reconocer cuándo estamos desviándonos y a corregir el rumbo antes de alejarnos más del Señor.

El primero es perder el enfoque. El texto dice que Elías, «viendo el peligro, se levantó» (1 R. 19:3). Es el mismo hombre que momentos antes había contemplado el poder de Dios desplegarse de forma asombrosa y había actuado con valentía y fe. Pero bastó una amenaza de la esposa del rey para que pusiera los ojos en sus circunstancias en lugar de ponerlos en Dios. Cuando hacemos eso, olvidamos que sus promesas son fieles y verdaderas, sin importar lo que vemos.

El segundo desvío es la autosuficiencia. El mismo versículo continúa: «se levantó y se fue para salvar su vida». ¿No había sido Dios quien lo había protegido y librado en medio de una multitud hostil? Pero Elías no es —ni será— el único que, cuando las cosas se ponen difíciles, intenta resolverlas a su propio modo en lugar de recordar que Dios es su auxilio y socorro, quien da fuerzas cuando ya no quedan, y quien abre una salida cuando todo parece oscuro. «Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar», promete el Señor (Mt. 11:28).

El tercero es el aislamiento. En su momento más vulnerable, Elías deja a su criado y continúa el camino solo. Pero no está realmente solo: sus propios pensamientos centrados en sí mismo lo acompañan. La soledad y el cansancio forman el dúo perfecto para que la mente se desvíe de lo que es justo y verdadero. En esos momentos de duda y debilidad, la presencia de un hermano o una hermana fiel es un instrumento de aliento invaluable, alguien que nos recuerda que Dios, en su soberanía, está obrando aunque no podamos verlo.

La soledad y el cansancio son el dúo perfecto para que nuestros pensamientos se desvíen de lo que es justo y lo que es verdadero.

Correr a Sus pies: la respuesta al desaliento

Tenemos un llamado no solo a estar de paso por esta vida, sino a vivirla confiando y dependiendo del Señor. A veces estaremos en el valle; otras, en el desierto. Pero la certeza que nos sostiene en la carrera es que es Él quien nos mantiene en ella, y ha prometido completar la obra que ha comenzado en cada uno de sus hijos (Fil. 1:6). El desaliento no tiene que ser el final del camino ni una sentencia sobre la calidad de nuestra fe; puede ser, en cambio, una invitación a volver a Él. No permitas que te aparte del Señor. En cuanto te sientas así, corre a Sus pies en oración, a Sus brazos en busca de refugio, y a Su corazón en busca de consuelo.

Odette Armaza Vda. de Carranza

Odette Armaza Vda. de Carranza

Odette Armaza Vda. de Carranza ha estado en los caminos del Señor desde su juventud. Miembro de la IBI, donde sirve en el cuerpo de consejeros y en el Ministerio de Mujeres Ezer. Madre de Nahir, Michelle y David, y abuela de una nieta.

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