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Cuando no entendemos lo que Dios está haciendo
Cuando no entendemos lo que Dios está haciendo

Foto de Patricia Bozan en Pexels

Vida cristiana

Cuando no entendemos lo que Dios está haciendo

Odette Armaza Vda. de Carranza 13 septiembre, 2022

Hay preguntas para las que simplemente no existe un clic que traiga la respuesta. Todos hemos estado en situaciones donde los planes que construimos con tanto cuidado se deshacen de un momento a otro: una boda que se cancela, un trabajo que se pierde, una enfermedad que llega sin avisar. Cada uno de esos eventos sacude el pequeño mundo que creíamos tener bajo control y nos enfrenta con una realidad que preferiríamos evitar: no somos quienes gobiernan nuestra historia.

Sin embargo, esos momentos de sacudida no tienen que dejarnos a la deriva. Pueden convertirse, en cambio, en una oportunidad para pararnos firmes sobre las verdades que sostienen nuestra fe. Una de esas verdades —quizás de las más reconfortantes y, a la vez, de las menos exploradas en nuestra vida cotidiana— es la de la providencia divina. Aunque esta expresión no aparece de forma literal en la Biblia, su concepto recorre las Escrituras de principio a fin y nos ofrece una base sólida sobre la cual confiar cuando el entendimiento humano simplemente no alcanza.

La providencia de Dios: más que coincidencia, más que casualidad

Entender la providencia divina significa reconocer que Dios colabora, coopera y dirige todas las cosas hacia un fin previamente establecido. Él no solo tiene una visión previa de las circunstancias que atravesamos, sino que las supervisa y las cuida con una determinación anticipada. Si esto es verdad —y lo es—, entonces los eventos que hemos vivido, los que estamos viviendo y los que viviremos se encuentran dentro de esa soberanía divina. Por eso podemos decir con plena confianza que «todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios» (Rom. 8:28).

El Salmo 37 lo expresa con una belleza particular: «El Señor afirma los pasos del hombre y se deleita en su camino. Aunque caiga, no quedará derribado, porque el Señor sostiene su mano» (Sal. 37:23-24). Esa imagen —la mano de Dios sosteniendo la nuestra incluso cuando tropezamos— no es poesía vacía. Es una promesa teológica: ninguna caída es definitiva cuando es Él quien lleva las riendas.

Esto significa que aquello que puede lucir como un obstáculo, una puerta cerrada o una situación imposible de manejar, no ocurre por casualidad ni por descuido. Si Dios cuida de las aves del cielo y viste con tanta delicadeza a los lirios del campo (Mt. 6:26-30), ¿cuánto mayor no será el cuidado y el propósito que tiene para con cada uno de sus hijos? Un Dios amoroso no olvida a quienes le pertenecen. Somos nosotros quienes, con frecuencia, olvidamos que sus pensamientos y sus caminos son infinitamente más altos que los nuestros (Is. 55:8-9).

Confiar antes de comprender

El libro de Job es mucho más que una secuencia de calamidades o una colección de preguntas sin respuesta. Es el retrato de un hombre piadoso que atraviesa sufrimientos temporales dentro de la providencia divina, mientras Dios permanece en control de principio a fin. Job no lo ve así durante gran parte del relato, y eso lo hace más humano, más cercano. Sin embargo, al final del libro llega a una conclusión que lo transforma: «Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ningún propósito Tuyo puede ser frustrado» (Job 42:2). Y luego añade algo aún más íntimo: «De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven» (v. 5). El sufrimiento vivido dentro de la providencia de Dios no solo no destruyó a Job, sino que le reveló a Dios de una manera que ninguna otra experiencia le habría dado.

Esa es precisamente la tensión que enfrentamos: no se trata de nosotros ni de nuestra comprensión de los hechos, sino de Dios y de nuestra confianza en Él. La confianza debe preceder siempre a la comprensión. No ver una salida no equivale a que no exista; equivale a que aún no nos ha sido mostrada.

No veamos una puerta que se cierra como una oportunidad que se nos niega por capricho, sino como el cuidado divino orquestado para evitar algo que no tenemos capacidad de ver o entender.

Una paz que no depende de las respuestas

El Salmo 135 nos ofrece el ancla que necesitamos para vivir en medio de lo que no podemos controlar: «Yo sé que el Señor es grande, y que nuestro Señor está sobre todos los dioses. Todo lo que el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Sal. 135:5-6). Reconocer su grandeza es el primer paso para reconocer que Él está en control, aunque no conozcamos la razón de las circunstancias que enfrentamos. Y saber quién las ha ordenado debe traer paz y seguridad, incluso cuando las preguntas permanecen sin respuesta.

No sabemos lo que cada persona pueda estar atravesando en este momento, ni la urgencia interior de encontrar un sentido a lo que vive. Pero hay dos promesas que vale la pena sostener con fuerza: «Porque Yo soy el Señor tu Dios, que te toma de la mano derecha y te dice: No temas, Yo te ayudaré» (Is. 41:13), y «Bendito sea el Señor, que cada día lleva nuestra carga; el Dios que es nuestra salvación» (Sal. 68:19). Él te sostiene. Él lleva tu carga. Eso es suficiente para seguir caminando.

Odette Armaza Vda. de Carranza

Odette Armaza Vda. de Carranza

Odette Armaza Vda. de Carranza ha estado en los caminos del Señor desde su juventud. Miembro de la IBI, donde sirve en el cuerpo de consejeros y en el Ministerio de Mujeres Ezer. Madre de Nahir, Michelle y David, y abuela de una nieta.

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