IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Somos testigos de los estragos del pecado en el mundo. La creación entera gime esperando su liberación, como declara la Escritura, y los titulares lo confirman: terremotos, hambrunas, pestilencias, desolación. Una imagen reciente conmovió al mundo entero: una bebé recién nacida, con el cordón umbilical aún intacto, rescatada de los escombros de un edificio derrumbado por un terremoto devastador. Su madre la había dado a luz en medio del caos. La niña sobrevivió. Su familia, no. Huérfana desde el primer aliento.
Nada de esto debería sorprendernos. Las aflicciones, tribulaciones y pruebas son compañeras inevitables del peregrino en este mundo. Sin embargo, el Señor Jesucristo declara: «Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados» (Mt. 5:4). El llanto no es el fin de la historia; es el umbral del consuelo. Y ese consuelo tiene un nombre: el Padre de misericordias y Dios de toda consolación.
El apóstol Pablo abre 2 Corintios con una explosión de alabanza: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2 Co. 1:3–4). No escribe desde la comodidad, sino desde la experiencia de haber sido consolado en medio de un sufrimiento real y profundo. De este pasaje se desprenden tres verdades que estabilizan el alma cuando más lo necesita.
La primera es que el consuelo de Dios nace del conocimiento íntimo de Él. Pablo no dice «el Padre de otros», sino «el Padre de nuestro Señor Jesucristo», lo cual nos incluye. Porque Cristo es nuestro Señor, Dios es nuestro Padre, y como Padre conoce cada necesidad de sus hijos. La palabra griega parakleseos —traducida como «consolación»— evoca no solo alivio emocional, sino estímulo, aliento y presencia cercana. Es el consuelo que recuerda a una madre que acoge el corazón afligido de su hijo: «Como uno a quien consuela su madre, así os consolaré» (Is. 66:13). Es un consuelo irresistible e irrechazable. Cuanto más lo conocemos, más reconocemos su presencia consoladora en cada circunstancia.
La segunda verdad es que Dios nos hace partícipes del ministerio de consolación. El versículo 4 es extraordinario: Dios nos consuela «para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción». El sufrimiento atravesado en la presencia de Dios no se desperdicia; se transforma en ministerio. Él nos permite pasar por el fuego de la prueba precisamente para que experimentemos su ternura y su aliento, y luego seamos capaces de transmitirlos a otros. El que ha sido consolado por Dios en una prueba profunda sabe exactamente qué decir —y cómo decirlo— a quien atraviesa la misma senda. El Salmista lo captó con precisión: «Hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón» (Sal. 27:13–14).
La tercera verdad es la más poderosa: el consuelo de Dios siempre será mayor que nuestra tribulación. Pablo lo afirma en el versículo 5: «Así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo». Vivir como cristianos en este mundo implica experimentar vituperios, rechazos, hostilidad, traición y soledad. Estos son los «padecimientos de Cristo»: sufrimientos que Él padeció durante su vida terrenal y que sigue padeciendo en los miembros de su cuerpo. No los enfrentamos solos; Cristo los padece junto a nosotros, y nos consuela con su propia consolación.
Esta es la lógica del evangelio aplicada al sufrimiento: donde el dolor abunda, la gracia sobreabunda. No es una promesa de ausencia de dolor, sino de presencia sobreabundante de Dios en medio de él. Y esa presencia nos convierte en un canal de gracia para otros.
Los sufrimientos del cristiano siempre vienen acompañados con la consolación de nuestro Buen Padre.
Cuando somos consolados en medio de la aflicción, recibimos un bálsamo que no podemos guardar para nosotros mismos. La misma ternura con que Dios nos alcanzó en nuestra prueba nos impulsa a extenderla a quienes ahora atraviesan su propia oscuridad.
Dios no cambia. Sus promesas son tan firmes hoy como el día en que fueron pronunciadas. «Tus fieles promesas son nuestra armadura y protección» (Sal. 91:4). Y aunque en este mundo conocemos el consuelo de Dios de manera parcial y progresiva, su Palabra promete una consolación definitiva y total: «Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap. 21:3–4).
La pequeña bebé rescatada de los escombros no tiene padres terrenales, pero el Padre de huérfanos (Sal. 68:5) la conoce, la sostuvo y tiene un propósito eterno para ella. Ese mismo Dios nos sostiene a nosotros. Por eso, junto con el Espíritu y la esposa, elevamos la voz: «El Espíritu y la esposa dicen: "Ven". Y el que oye, diga: "Ven"» (Ap. 22:17). Anhelemos su venida, corramos con perseverancia la carrera de la fe, y consolémonos mutuamente con la certeza de que el que prometió es fiel.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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