Integridad y Sabiduria
Un Dios fiel, a pesar de nuestra infidelidad
Un Dios fiel, a pesar de nuestra infidelidad

Foto de Rhendi Rukmana en Unsplash

Vida cristiana

Un Dios fiel, a pesar de nuestra infidelidad

Luz Tavárez 24 agosto, 2021

La historia de Israel es, en muchos sentidos, nuestra propia historia: la historia de un pueblo infiel y un Dios fiel. A lo largo del Antiguo Pacto vemos las grandes proezas que el Señor realizó a favor de su pueblo, pero también vemos, una y otra vez, que ante la menor dificultad Israel respondía con ingratitud e incredulidad. Luego venía el arrepentimiento, el perdón y la restauración, para que el ciclo se repitiera poco después. El escenario cambia, los personajes cambian, pero el mismo Dios fiel permanece. Y si somos honestos, reconocemos en esa historia la nuestra propia.

El pueblo acorralado y el Dios que pelea

En Éxodo 14, encontramos a Israel en una situación que humanamente no tiene salida. El Señor había endurecido el corazón del faraón, y el ejército egipcio venía en persecución del pueblo recién liberado. La reacción de los israelitas es reveladora: «Entonces los hijos de Israel tuvieron mucho miedo y clamaron al Señor» (Éx. 14:10). Hasta ahí, bien. Pero enseguida, el miedo los llevó a la queja: «¿Acaso no había sepulcros en Egipto para que nos sacaras a morir en el desierto? [...] Porque mejor nos hubiera sido servir a los egipcios que morir en el desierto» (Éx. 14:11–12). Asombra la rapidez con que la fe se desmorona. Un pueblo que había presenciado las plagas de Egipto, que había cruzado las puertas de la esclavitud con mano poderosa, ahora prefería volver a sus cadenas antes que confiar en el Dios que los había liberado.

La respuesta del Señor, transmitida por Moisés, es al mismo tiempo una promesa y un mandato: «No temáis; estad firmes y ved la salvación que el Señor hará hoy por vosotros [...]. El Señor peleará por vosotros mientras vosotros os quedáis callados» (Éx. 14:13–14). Aquí hay algo que vale la pena examinar con cuidado. El mandato no era luchar ni argumentar ni defenderse; era permanecer firmes y guardar silencio. El Señor sería su defensor. Ellos no necesitaban discutir con los egipcios ni murmurar entre sí. Solo debían confiar.

Esta misma invitación llega hasta nosotros. Cuando la prueba aprieta y la salida no se ve, la tendencia natural es hablar: quejarse, analizar sin cesar, buscar soluciones por nuestra cuenta. Pero el Señor dice algo distinto: quédate quieto. Él es el Abogado fiel. Sea cual sea el asunto, ora; y si el Señor manda a callar, calla. No es necesario defenderse cuando quien pelea por nosotros es el Dios que divide el mar.

Nuestra alma necesita que se le recuerde quién gobierna

Al igual que Israel, a quienes creemos nos resulta fácil angustiarnos cuando nos sentimos acorralados y sin salida. Lo difícil no es entender la verdad de la fidelidad de Dios, sino predicársela al alma propia en medio de la tormenta. Nuestra naturaleza caída tiene tendencia a ensimismarse, a enfocarse en el problema y a olvidar quién gobierna sobre los vientos, quién tiene autoridad sobre las aguas agitadas, quién puede mantenernos en paz.

Por eso, en esos momentos, hace falta hablarle al alma con la misma firmeza con que Moisés habló al pueblo: Confía en el Señor. Aquiétate. Enfócate en sus propósitos, en sus planes que son de bien y no de mal. Refúgiate bajo sus brazos y deja que la tormenta pase. La Escritura nos ofrece tres anclas para esos momentos: «Estad quietos, y sabed que Yo soy Dios» (Sal. 46:10); «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en Ti persevera; porque en Ti ha confiado» (Is. 26:3); y la que cierra el argumento con claridad absoluta: «Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» (2 Tim. 2:13).

No se trata de Israel, ni se trata de ti ni de mí; se trata de nuestro amado Jesús.

La fidelidad de Dios no se apoya en nuestros méritos. Israel no los tenía, y nosotros tampoco. Muchas veces hemos sido incrédulos, quejumbrosos, ingratos e infieles. Pero la fidelidad del Señor descansa sobre los méritos de Cristo, no sobre los nuestros. Y esa es precisamente la razón por la que es un fundamento que no puede moverse.

El Dios que termina lo que comenzó

El capítulo 14 del Éxodo no termina con el pueblo paralizado frente al mar. Termina con el mar dividido, con Israel cruzando en seco y con el ejército de Faraón tragado por las aguas. De todo el ejército que entró a perseguir al pueblo de Dios, «no quedó ni uno de ellos» (Éx. 14:28). El Señor salvó a Israel aquel día, no porque Israel lo mereciera, sino porque Él es fiel a su palabra y fiel a su carácter.

La misma fidelidad que dividió el mar está comprometida con cada creyente hoy. Pablo lo expresa con una certeza que no deja margen para la duda: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Fil. 1:6). Dios no abandona lo que ha comenzado. Si luchas contra el pecado, si lo aborreces y buscas al Señor en medio de tus debilidades, Él te sostendrá. No estás solo. El Señor lleva a los suyos de la mano y está comprometido con ellos hasta el final, porque su naturaleza misma es la fidelidad. Créelo.

Luz Tavárez

Luz Tavárez

Luz Tavárez es hija de Dios, salva por gracia y misericordia desde temprana edad. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional y graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente cursa una concentración en Consejería Bíblica.

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