IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Todos hemos oído hablar de Ester. Su historia cautiva incluso a quienes raramente abren una Biblia, porque los seres humanos somos naturalmente atraídos por las historias —especialmente aquellas donde la providencia de Dios se despliega de formas inesperadas. Sin embargo, la historia de Ester no es una típica historia romántica donde un rey bondadoso se casa con una muchacha de pueblo. Es, en esencia, la historia del amor providencial del Señor por Su pueblo: Dios usando a una joven huérfana como instrumento para salvarlo de la destrucción.
Lo que resulta especialmente fascinante es que el nombre de Dios no aparece en ninguna página del libro de Ester. Sin embargo, Su presencia lo impregna todo. Como señala Charles Swindoll en su biografía sobre Ester: «Aunque Dios puede a veces parecer distante, y aunque es invisible para nosotros, Él es siempre invencible. Esta es la principal lección del libro de Ester. Aunque Su nombre está ausente de las páginas de este libro singular de la historia judía, Dios está presente en cada escena y en la evolución de todos los acontecimientos, hasta que finalmente lleva todo a un clímax maravilloso al demostrar que es el Señor de Su pueblo Israel».
¿De dónde provenía la valentía de Ester? No de una familia influyente ni de una posición privilegiada: era huérfana, criada por su piadoso primo Mardoqueo. Su fortaleza provenía del Señor, quien orquestó cada detalle de su historia: desde el palacio hasta la corona, desde el exilio hasta la salvación de todo un pueblo. Dios no juega al azar. Todo lo que ocurre en nuestras vidas, Él lo usa para Sus propósitos.
Cuando Amán —servidor del rey Asuero, elevado por este por encima de todos los demás— tramó la destrucción del pueblo judío, Mardoqueo envió a Ester un mensaje contundente: «No pienses que estando en el palacio del rey solo tú escaparás entre todos los judíos. Porque si permaneces callada en este tiempo, alivio y liberación vendrán de otro lugar para los judíos, pero tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado a ser reina?» (Est. 4:13-14). La respuesta de Ester fue igualmente directa: «Ve, reúne a todos los judíos que se encuentran en Susa y ayunad por mí; no comáis ni bebáis por tres días, ni de noche ni de día. También yo y mis doncellas ayunaremos. Y así iré al rey, lo cual no es conforme a la ley; y si perezco, perezco» (Est. 4:16).
Esas palabras —«si perezco, perezco»— son heroicas. Ester no razonó desde su comodidad ni desde su historia de sufrimiento. No pensó: He tenido una vida difícil; ahora que estoy segura en el palacio, no voy a arriesgarme. Al contrario, antepuso el bien del pueblo al suyo propio. Esa es la marca de alguien que camina en el Espíritu.
«Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gál. 5:25). Ester fue una mujer que vivió y caminó de esta manera. No actuó impulsivamente ni cedió a los instintos de la carne. Antes de presentarse ante el rey, convocó a un ayuno de tres días —y es muy probable que ese ayuno estuviera acompañado de oración fervorosa. Ella dependía de lo que Dios podía hacer, no de su posición como reina ni de su cercanía al rey.
Aquí hay una lección poderosa para todos los creyentes. Frecuentemente, al enfrentarnos a situaciones que nos superan, el primer impulso es recurrir a otras personas: buscar consejo, pedir ayuda, llamar a alguien de confianza. Y aunque buscar consejo sabio no es malo —de hecho, es bíblico—, el principio que Ester nos muestra es que Dios debe ser el primer recurso, no el último. Antes de hablar con alguien, ir a Él. Antes de tomar el siguiente paso, buscar Su rostro. Proverbios 21:1 lo confirma: «Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place.» Esto se cumplió literalmente en la historia de Ester: el corazón del rey Asuero fue movido por Dios conforme a Su plan.
Ester entendía que el Señor es socorro, refugio, ayuda y libertador. Por eso fue a Él primero. Y esa actitud de dependencia —no de autosuficiencia— es precisamente lo que distingue a quien anda en el Espíritu de quien camina según la carne.
Si perezco, perezco.
Pocos de nosotros llegaremos a estar en una posición semejante a la de Ester. Pero eso no significa que carezcamos de un llamado. Cada creyente tiene un papel esencial en el plan soberano de Dios. Existen llamados generales para todos —glorificar al Señor, cumplir la Gran Comisión (Mt. 28:19-20)— pero también hay un llamado particular para cada hijo e hija de Dios.
La advertencia de Mardoqueo a Ester sigue siendo relevante hoy: si nos negamos a ser instrumentos en las manos de Dios, Él tiene de sobra quién pueda hacerlo. Sin embargo, nos perderemos el inmenso privilegio de ser parte de Su obra. Lo que ocurrirá con quien desobedezca es lo que ocurrió con Jonás: terminó haciendo la voluntad de Dios de todos modos, pero lo hizo enojado y a regañadientes. Esa no debe ser nuestra actitud.
No hay razón para temer la voluntad de Dios. Si Él llama, Él respaldará. Si Él manda, no abandonará a quien obedece. Así como estuvo presente en cada detalle del libro de Ester —invisible en el texto, pero irresistible en los hechos—, también está presente en cada circunstancia de nuestra vida. En la alegría y en el peligro, en la tentación y en la debilidad, en el conflicto y en la incertidumbre: Él está ahí. Lo que el Señor te ha mandado hacer, hazlo con confianza. Él es el Dios que está presente. Créelo.
Luz Tavárez es hija de Dios, salva por gracia y misericordia desde temprana edad. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional y graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente cursa una concentración en Consejería Bíblica.
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