IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Humble Lamb en Unsplash
Anny Mañón de Mirabal • 27 febrero, 2024
«Mis ovejas oyen Mi voz; Yo las conozco y me siguen» (Jn. 10:27). Esta promesa no es un privilegio reservado para unos pocos: es la realidad normal de quienes han entregado su vida al Señor. Que el Creador del universo, el Dios Todopoderoso, se comunique con Sus hijos es una de las verdades más asombrosas de la fe cristiana. Al escuchar Su voz somos guiados, aconsejados, animados y consolados, siempre con propósitos eternos de paz y bien.
Sin embargo, vivimos rodeados de ruido. Voces que compiten por nuestra atención desde todos los ángulos, y en medio de ese clamor, la voz de Dios no desaparece, pero sí puede quedar sepultada bajo capas de distracción, prisa e indiferencia. Escuchar a Dios no debería sorprendernos ni parecernos algo extraordinario o inalcanzable; por el contrario, debería ser algo que anhelemos y procuremos cada día como parte esencial de nuestra relación con Él.
En una reunión de grupos pequeños, una hermana enfrentaba una situación delicada con su hija adolescente, algo que no había compartido con nadie. Sin embargo, en el tiempo de oración, otra hermana oró por algo muy similar. El libro que estudiaban tocaba el mismo tema. Una visita a una amiga lo puso nuevamente sobre la mesa. El pastor lo abordó ese domingo. Un podcast lo desarrolló casi de forma idéntica. Poco a poco, esa hermana comprendió que Dios le estaba hablando directamente, con precisión y ternura, a través de medios aparentemente ordinarios, y prestó cuidadosa atención.
Este es solo un ejemplo de las múltiples formas en que Dios se comunica con Sus hijos. La Escritura misma nos revela esta diversidad: «Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo» (Heb. 1:1-2). Desde la creación —pues «Sus atributos invisibles […] se ven claramente» en las cosas creadas (Ro. 1:20)— hasta la voz interior del Espíritu, Dios no ha dejado de hablar. Entre los medios principales que emplea se encuentran:
La práctica diaria de estar a solas con Dios no solo sintoniza nuestro corazón con el Suyo, sino que también nos entrena para distinguir Su voz entre todas las demás.
La palabra discernir proviene del latín discernere y significa distinguir: conocer la diferencia entre una cosa y otra. En el ámbito espiritual, esto implica aprender a identificar lo que viene de Dios frente a lo que no. Cuanto más lo conocemos, más claramente podemos escucharlo. La esposa en el Cantar de los Cantares reconoce al amado desde lejos: «¡La voz de mi amado! He aquí, él viene» (Cnt. 2:8). Ese reconocimiento inmediato es el fruto de una relación profunda.
Existen criterios concretos para identificar si lo que escuchamos proviene realmente de Dios:
Dios nos habla no para que le oigamos sino para que le obedezcamos.
Si no discernimos correctamente la voz de Dios, no podremos tomar las decisiones piadosas que lo glorifiquen. Caminar en la fe cristiana incluye estar abiertos en todo momento a Su voz, pues «si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gá. 5:25).
Discernir la voz de Dios no es un don que se recibe de una vez para siempre; es una disciplina que se cultiva con intencionalidad. Quienes deseen desarrollarla pueden comenzar por cuatro prácticas concretas:
La voz de Dios rodea a Sus hijos de manera real y evidente. El llamado es a afinarnos para percibirla, reconocerla y obedecerla, en medio de todo el ruido que este mundo pueda ofrecer.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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