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Efectos de la tecnología en el cristianismo
Efectos de la tecnología en el cristianismo

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Cultura, sociedad y ética

Efectos de la tecnología en el cristianismo

A Grullón 25 octubre, 2022

El matrimonio fue diseñado por Dios como una unión en la que las diferencias entre el hombre y la mujer se complementan, no se enfrentan. Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, los dotó de dones, talentos, habilidades y formas de ver el mundo distintas; y esas diferencias, lejos de ser fuente de conflicto, son una bendición. Sin embargo, en la sociedad contemporánea es frecuente que se perciban de forma antagónica.

En este contexto, vale la pena dirigirse a los esposos con una pregunta concreta: ¿cómo pueden bendecir a sus esposas? La mejor forma de responderla es examinar con honestidad lo que la Palabra de Dios les demanda. A continuación se presentan siete responsabilidades que todo esposo tiene con su esposa, según las Escrituras.

Liderazgo, amor y santificación: los tres pilares del matrimonio

La primera responsabilidad es el liderazgo espiritual. Efesios 5:23 afirma: «El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo» (Ef. 5:23). Este liderazgo no se limita a la oración familiar, el devocional o la asistencia a la iglesia —cosas importantes, pero secundarias—. Se trata de algo más profundo: que la conducta, las palabras, las decisiones y el estilo de vida del esposo sirvan de inspiración a su esposa, de tal manera que, después de cinco, diez, quince o veinte años de matrimonio, ella se parezca más a Cristo por haber sido guiada por él.

La segunda responsabilidad es el amor incondicional. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef. 5:25). Amar es una responsabilidad del esposo, y el modelo es Cristo: Él amó primero. No se trata de esperar reciprocidad antes de dar; se trata de modelar ese amor antes de pedirlo. El mismo pasaje añade: «Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia» (Ef. 5:28–29). De la misma manera en que un hombre nunca olvida atender sus propias necesidades, así debe estar pendiente de las necesidades de su esposa.

La tercera responsabilidad es contribuir a la santificación de la esposa. Efesios 5:26 muestra que ese amor incondicional debe conducir al esposo a trabajar por la santificación de su cónyuge. Así como Cristo santificó a la iglesia y la lavó de su pecado, el esposo es llamado a seguir ese mismo ejemplo. Esto añade peso al liderazgo: no se trata solamente de guiar, sino de ser un agente activo en el proceso de santificación de su esposa.

Comprensión, honra, provisión y halago: el amor en lo cotidiano

La cuarta responsabilidad es ser comprensivo. El apóstol Pedro ordena a los esposos «convivir de manera comprensiva con vuestras mujeres» (1 P. 3:7). Pedro reconoce, por inspiración del Espíritu, que hay una fragilidad particular en la mujer —vinculada a sus emociones, a su corazón y a la forma en que Dios la diseñó para nutrir y dar vida— que exige del esposo un trato distinto al que tendría con otro hombre. En una cultura donde la rudeza se ha normalizado en las relaciones entre géneros, esta llamada a la delicadeza resulta urgente y contracultural.

La quinta responsabilidad es honrar a la esposa. Pedro concluye ese mismo pasaje con una advertencia directa: el esposo debe honrar a su esposa «como a coheredera de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean estorbadas» (1 P. 3:7). La esposa no es inferior; es coheredera de la gracia. Y el incumplimiento de este llamado tiene consecuencias espirituales concretas: oraciones sin poder. Proverbios 31:10 refuerza esta perspectiva: «Mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Su valor supera en mucho al de las joyas» (Pr. 31:10). Es Dios quien trae a esa mujer a la vida del esposo, y es Dios quien declara que su valor supera al de cualquier cosa en este mundo.

La sexta responsabilidad es proveer para el hogar. Aunque ningún texto bíblico lo declara de forma explícita con esas palabras, la historia redentora lo deja ver con claridad. Tras la caída, Dios habló a cada uno según su función: a Eva, sobre el dolor del parto; a Adán, sobre el trabajo: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra» (Gn. 3:19). El esposo es el proveedor primario, especialmente en la etapa en que la esposa se dedica a cuidar y criar a los hijos.

A los que no nos resulta natural, tendremos que hacerlo contra natura, por así decirlo, pero todavía sigue siendo nuestra responsabilidad.

La séptima responsabilidad es halagar a la esposa. Proverbios 31:28–29 describe al esposo de la mujer virtuosa alabándola: «Muchas mujeres han obrado con nobleza, pero tú las superas a todas» (Pr. 31:29). Muchos esposos atribuyen la falta de halago a su temperamento, pero la Palabra de Dios no excusa a nadie de sus responsabilidades por razones de carácter. Quien no lo haga con facilidad deberá esforzarse más, pero la responsabilidad permanece. Reconocer y expresar en voz alta las virtudes de la esposa es un deber, no una opción.

Un llamado que no admite excusas

Estas siete responsabilidades —liderazgo espiritual, amor incondicional, santificación, comprensión, honra, provisión y halago— no son un ideal inalcanzable ni una lista de sugerencias. Son el diseño de Dios para el esposo cristiano. Cumplirlas no garantiza un matrimonio perfecto, pero sí uno orientado hacia Cristo; un matrimonio en el que la esposa es bendecida, no por mérito propio del esposo, sino porque él respondió fielmente al llamado que Dios le hizo desde el principio.

A Grullón

A Grullón

A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.

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