IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Decimos que Dios es bueno, perfecto, bondadoso y todopoderoso. Decimos que confiamos en Él y en Su voluntad. Sin embargo, en el momento de la prueba se nos hace enormemente difícil creerle, obedecerle y descansar en Su soberanía. El miedo se instala cuando las circunstancias no se desarrollan como esperábamos, y las palabras que tan fácilmente pronunciamos en tiempos de calma se vuelven frágiles frente a la realidad del sufrimiento.
Y sin embargo, Dios no retira Su llamado. A través de Su Palabra nos asegura que es nuestra ayuda y nuestro escudo (Sal. 115:11), que está en control de todas las cosas, y que —aun cuando fallamos— es fiel y justo para perdonarnos, amarnos y suplir todas nuestras necesidades. El llamado a obedecer no cambia con las circunstancias. Lo que necesitamos es comprender qué nos sostiene cuando obedecer cuesta demasiado.
La historia de Moisés es, entre muchas cosas, la historia de un hombre cuyo carácter fue trabajado y transformado antes de ser enviado a una misión que lo superaba por completo. Tras dar muerte a un egipcio que golpeaba a un hebreo, Moisés huye de Egipto por temor y pasa cuarenta años en el desierto de Madián trabajando como pastor de ovejas. Ese tiempo no fue un paréntesis vacío: fue el taller donde Dios moldeó a Su siervo.
Cuando el llamado llegó, Moisés presentó excusas. Pero finalmente se rindió al Señor y obedeció (Éx. 2:11–4:31). Desde ese momento, hizo todo conforme a lo que el Señor le ordenaba: enfrentó al faraón, cruzó el Mar Rojo junto al pueblo, proclamó las palabras de Dios y confió en Su providencia y protección durante cuarenta años en el desierto, a pesar de los obstáculos enormes y los sacrificios que cada paso implicaba.
No obstante, Moisés era también un hombre con naturaleza caída. En medio de un altercado con el pueblo quejumbroso —siendo considerado, paradójicamente, «un hombre muy humilde, más que cualquier otro sobre la faz de la tierra» (Nm. 12:3)— dejó que sus emociones tomaran el control y desobedeció la dirección específica de Dios al dar agua al pueblo en el desierto. Las consecuencias fueron graves: aquella acción le impidió entrar a la tierra prometida (Nm. 20:7–12). Incluso el hombre más manso puede tropezar. La obediencia no es una conquista permanente lograda de una vez por todas; es una postura que se sostiene, o se pierde, día a día.
Y sin embargo, el veredicto final sobre Moisés es extraordinario. Fue llamado «hombre de Dios» y «siervo del Señor» (Dt. 33:1; 34:5). Su evaluación final, registrada en Deuteronomio 34:10–12, lo presenta como alguien sin igual entre los profetas de Israel, a quien el Señor conoció cara a cara.
¿Qué sostuvo a Moisés hasta el final? La respuesta es inequívoca: la fe. Moisés miraba hacia el futuro, hacia «las cosas esperadas», hacia «las cosas que no se veían», buscando «la recompensa» de Dios; él «soportó, como viendo al invisible» (He. 11:24–27). Su mirada no estaba fija en hombres falibles ni en los obstáculos terrenales, sino en Dios mismo y en Sus promesas. Ese es el secreto de la obediencia a toda costa.
La misma dinámica aparece de forma perfecta en Jesús. La carta a los Hebreos nos llama a correr nuestra carrera con paciencia, «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios» (He. 12:2). Jesús pudo ver más allá de la oscuridad del Calvario y de la aflicción de Su alma. Su visión no se nubló; permaneció consciente del gozo que estaba delante de Él. Así también, nuestra fe nos capacita para mirar más allá de la oscuridad de la prueba.
Así como la luz se hace más evidente en la oscuridad, también podemos percibir de una forma más real y tangible la presencia de Dios en medio de nuestras pruebas.
Fijar la mirada en Jesús no es un ejercicio piadoso de automotivación. Es el acto por el cual nos colocamos bajo la influencia directa del único que puede fortalecer nuestra fe y movernos a cumplir la voluntad de Dios incluso cuando el precio es alto.
Nuestro Señor Jesús es el ejemplo perfecto de obediencia, y es también el autor y consumador de nuestra fe. Él corrió la carrera con paciencia, confió en Su Padre, sufrió, murió y perseveró hasta pronunciar «¡Consumado es!». Él ha ido delante. No nos pide nada que Él mismo no haya recorrido primero, ni nos deja solos en el camino. La misma fe que sostuvo a Moisés en el desierto, y que llevó a Jesús hasta la cruz, es la fe que Él mismo perfecciona en nosotros. Por eso, cuando obedecer cuesta demasiado, la respuesta no es esforzarnos más, sino volver los ojos a Él —a Sus promesas, a Su carácter, a Su victoria ya consumada— y dejarnos llevar por la fe que solo Él puede sostener.
Magna aute consectetur magna non ex.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit