IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Un niño de nueve años fue quien formuló la pregunta: ¿cuál había sido el año más difícil de toda tu vida? La respuesta llegó con una sonrisa. Para la mayoría, el 2020 evoca de inmediato la pandemia. Pero ese mismo año trajo a nuestra familia algo distinto: un regalo envuelto en colores de aflicción, inesperado como toda tormenta, pero sin duda permitido y dirigido por un Dios soberano que tenía propósito en él.
Uno de nuestros hijos, joven saludable y piadoso, con sueños de servir al Señor, comenzó a perder su vitalidad sin explicación. Las malas noticias se apilaban. Los tratamientos se sucedían sin resultado. Y con ellos crecía algo aún más difícil de manejar: la impaciencia. En ese contexto, las palabras de Santiago cobran una relevancia que va mucho más allá de la teoría: «Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia» (Stg. 1:2-3).
Muchas actitudes pueden emerger en medio del fuego de la adversidad: el desaliento, la queja, la autocompasión. Los creyentes no estamos exentos de ninguna de ellas. Sin embargo, Santiago no nos invita a fingir que todo está bien, sino a reconocer que las pruebas tienen propósito. No vienen a destruir, sino a edificar. Son las aliadas del Espíritu Santo para lograr en nosotros la semejanza a Cristo.
Una imagen del mundo natural lo ilustra con claridad: el proceso de cultivo del mango. Tras la cosecha viene la poda: se eliminan las ramas improductivas y se corta el sobrante para que la próxima temporada no dañe el fruto nuevo. Luego viene la sequía intencional, privando al árbol del agua para provocar la floración. Finalmente, los fuertes vientos se llevan las flores que solo tienen apariencia pero no tienen fuerza para cuajar el fruto. Todo ese proceso —poda, sed, viento— produce dolor, pero tiene un único objetivo: frutos saludables, perfectos, que no sean desechados.
Lo mismo sucede con los hijos de Dios. Las enfermedades, las pérdidas, las persecuciones, las esperas sin respuesta: todo ello es el fuego que prueba y purifica. «Estas pruebas demostrarán que su fe es auténtica. Está siendo probada de la misma manera que el fuego prueba y purifica el oro, aunque la fe de ustedes es mucho más preciosa que el mismo oro» (1 P. 1:7, NTV). Santiago nos asegura que este proceso produce paciencia, y la paciencia, madurez.
Sería deshonesto decir que durante aquel tiempo no hubo temor ni ansiedad. Los hubo. Pero también abundaron los motivos para dar gracias a Dios, y vale la pena nombrarlos.
El primero fue Su presencia. Casi palpable en los momentos más oscuros, consoladora y fortalecedora. Nuestro buen Dios no permite que Sus hijos atraviesen los valles solos: «Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre» (Sal. 16:11).
El segundo fue la certeza de que el Refinador estaba obrando. Sus ojos no se apartan de los suyos. El Señor observa de cerca a cada uno y examina a cada persona sobre la tierra (Sal. 11:4). Y en Su cercanía no hay indiferencia: «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (He. 4:15).
El tercero fue la Palabra. En los días de quebranto, los versículos atesorados encontraron camino al corazón y no permitieron que desfalleciera. Por eso es tan vital cultivar una relación diaria con el Señor antes de que llegue la prueba: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes» (Col. 3:16). En el día malo, esa Palabra será medicina y sustento.
El cuarto fue la familia espiritual. En Éxodo 17, cuando los brazos de Moisés desfallecían, Aarón y Hur se pararon a cada lado y los sostuvieron hasta la puesta del sol. Así Israel venció. Del mismo modo, en los momentos en que no quedaban fuerzas para levantar las manos, la comunidad de fe las levantó.
Cuando conocemos a Aquel que ama nuestra alma, la gratitud en medio de la adversidad y de la prueba brota de nuestras vidas, no por la seguridad de que esto pasará, sino porque entendemos que estamos en las manos del Alfarero.
El gozo en la prueba no es una respuesta espontánea; es el fruto de una fe cultivada con anticipación. No podemos esperar a que llegue la tormenta para empezar a conocer a Aquel que la gobierna. La adversidad llega sin avisar, pero Dios no. Él se ha revelado en Su Palabra, en la comunidad de Su pueblo, en la oración y en el testimonio de quienes han atravesado el fuego antes que nosotros.
Cuando la prueba arrive —y llegará—, los que han crecido en el conocimiento de Dios podrán ver en ella algo que los demás no ven: el bien mayor que está siendo forjado en lo invisible. Las evidencias del fruto del Espíritu se agudizan, Su fortaleza crece donde la nuestra falla, y Su carácter comienza a vislumbrarse en nuestras vidas.
Que Dios nos conceda gracia para ver, en medio de las pruebas, ese bien mayor que solo los ojos de la fe pueden percibir.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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