IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Cada año se conmemora el evento más trascendental de la historia del universo: preconcebido en el corazón del Dios soberano desde antes de la fundación del mundo, y ejecutado en la persona de Su Hijo Jesucristo, quien mediante Su sacrificio en la cruz del Calvario trae redención a todo aquel que cree en Él. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16).
Sin embargo, la cultura contemporánea se encarga de bombardear con propuestas de descanso, viajes y festejos que, incluso a los mismos creyentes, logran seducir y apartar del verdadero significado de estas fechas. Tanto creyentes como religiosos e incrédulos esperan la Semana Santa, pero con motivaciones radicalmente distintas. Por eso es urgente volver a las Escrituras y recordar lo que realmente se celebra: la consumación de la promesa eterna de Dios.
La Semana Santa no surge de la nada. Es el punto de llegada de una promesa que Dios tejió pacientemente a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Desde el Edén mismo, después de la caída de Adán y Eva, Dios anunció que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza, aunque sería herida en el calcañar (Gn. 3:15). Aunque toda la humanidad quedó condenada por ese primer pecado —separada de Dios, muerta espiritualmente—, la promesa de redención fue sembrada allí mismo, en el momento más oscuro.
Esa promesa fue ratificada en Abraham, a quien Dios le aseguró que en su simiente serían benditas todas las naciones y familias de la tierra (Gn. 12:1-6; 22:18). La misma promesa fue confirmada a Isaac y a Jacob (Gn. 26:4; 28:14). Y el apóstol Pablo lo declara con claridad meridiana: esa simiente es Cristo (Gál. 3:16).
La figura más poderosa de este hilo redentor es la Pascua. La noche en que Israel, esclavizado en Egipto durante cuatrocientos años, fue liberado por mano de Moisés, Dios ordenó sacrificar un cordero sin defecto, de un año, y colocar su sangre sobre los postes y el dintel de las casas. El ángel de la muerte pasaría sobre todo Egipto, pero no tocaría ningún hogar sellado con esa sangre (Éx. 12:5-15). Esta fiesta, celebrada solemnemente por generaciones, era la sombra de algo infinitamente mayor. El apóstol Pablo lo enuncia sin rodeos: «Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada» (1 Cor. 5:7). Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29), sin mancha alguna (He. 9:14), que se ofreció voluntariamente (Jn. 10:17-18), y a quien, conforme a lo ordenado en Éxodo 12:46, no le quebraron ningún hueso (Jn. 19:36). Todo se cumple en Él, con una precisión que solo puede ser obra de Dios.
Cuando llegó la plenitud del tiempo, Jesús celebró Su última Pascua junto a Sus apóstoles en el aposento alto, la víspera de Su muerte. Con el corazón abierto, les dijo: «Intensamente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque les digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios» (Lc. 22:15-16). En esa misma noche instituyó la Cena del Señor, inaugurando el Nuevo Pacto en Su sangre. Su cuerpo fue lacerado y Su sangre derramada por nuestros pecados, cumpliendo la promesa anunciada por el profeta Jeremías (Jer. 31:31-34; He. 8).
Celebrar la Santa Cena es conmemorar nuestra Pascua definitiva. Cristo, nuestro Cordero, nos libera de la esclavitud del pecado, de la muerte y de la condenación eterna, y nos reconcilia con el Padre para siempre. Lo que la humanidad perdió en el Edén fue restaurado por Jesús mediante Su entrega vicaria. Y cada vez que los creyentes participan de ese pan y esa copa, proclaman Su muerte «hasta que Él venga» (1 Cor. 11:26), descansando en la promesa cierta de que Cristo volverá «por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (He. 9:28).
Lo que la humanidad perdió en el Edén fue restaurado por Jesús mediante su entrega vicaria.
Ante todo esto, la pregunta no es académica sino personal: ¿entendemos realmente la importancia de la Semana Santa? ¿Somos capaces de detenernos a reflexionar en la pasión de Cristo, en Su sufrimiento, en Su muerte de cruz y en Su resurrección gloriosa?
Las implicaciones son inconmensurables. Su amor y misericordia desplegados en Cristo para nuestra salvación son incuestionables, y nos llaman a la gratitud (Tit. 3:4-7). No hemos sido dejados solos: el Consolador fue enviado (Jn. 14:15-18). Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y fuimos reconciliados por medio de Él (Ro. 3:23-26). Jesús pagó la deuda que nunca podríamos haber pagado (1 Jn. 4:9-10), destruyó las obras del diablo y clavó toda maldición en la cruz (Col. 2:13-15), y al resucitar y ascender a los cielos, se constituyó en nuestro Gran Sumo Sacerdote que intercede por nosotros y nos da libre acceso a la presencia del Padre (He. 4:15-16; 10:19-23).
Esta Semana Santa, que no sea solo un período de descanso en el calendario. Que sea un tiempo de reafirmar la fe, de contemplar la cruz con ojos abiertos y de recibir con gratitud todo lo que Cristo consumó por nosotros. Porque en Él, la promesa eterna de Dios no falló.
Magdalena Enez de Núñez es cristiana desde 1983. Es esposa de pastor, madre de tres y abuela de seis. Miembro de la IBI, donde forma parte del equipo de intercesión y colabora con el programa Mujer para la Gloria de Dios. Junto a su esposo sirve en el ministerio de discipulado matrimonial.
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