Integridad y Sabiduria
Perseverando en medio de los padecimientos
Perseverando en medio de los padecimientos

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Emociones y alma

Perseverando en medio de los padecimientos

Magdalena Enez de Núñez 3 noviembre, 2020

El padecimiento es una realidad ineludible de la vida humana. Según el Diccionario de la Real Academia Española, padecer es «sentir física o corporalmente un dolor, pena o castigo; soportar agravios y pesares; sufrir algo nocivo o desventajoso». Nadie escapa a este abanico de experiencias: el sufrimiento toca lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo moral, lo relacional. ¿Acaso no has tenido que aguantar situaciones desagradables, tristes, duras, hasta vergonzosas? Si somos honestos, la respuesta es: sí, y mucho más.

Lo que la fe cristiana aporta no es la negación de esa realidad, sino su reencuadre a la luz del propósito de Dios. Se padece por ser justo y también por no serlo; por actuar bien y por haber actuado mal. Pero lo más asombroso es que, sea cual sea la causa, el Señor puede imponernos o permitirnos el sufrimiento con un propósito claro: probar nuestros corazones, afirmar el carácter y conformarnos a la imagen de su Hijo. «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito» (Ro. 8:28). El siervo no es mayor que su Señor, y así como Cristo padeció en la carne, también nosotros debemos armarnos con ese mismo propósito, para vivir no en pasiones humanas, sino conforme a la voluntad de Dios (1 P. 4:1-2).

El contexto pastoral de Pedro y la realidad del adversario

El apóstol Pedro escribió su primera carta a creyentes expatriados que sufrían persecución. A lo largo de toda la epístola los alienta a permanecer firmes, echando mano de las bendiciones recibidas en Cristo y sosteniéndose en la esperanza viva reservada en los cielos: una herencia incorruptible, guardada por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que habrá de ser revelada en el último tiempo (1 P. 1:3-5).

Hacia el final de la carta, Pedro —testigo ocular de los padecimientos de Cristo y él mismo anciano y apóstol— cumple su misión pastoral. Instruye a los líderes de la iglesia, llama a toda la congregación a la sobriedad y a la vigilancia, y les advierte sobre su adversario: «el diablo, como león rugiente, anda buscando a quien devorar» (1 P. 5:8). El enemigo busca destruir al creyente a como dé lugar, y su campo de acción no se limita al mundo visible. Como recuerda el apóstol Pablo, «nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales» (Ef. 6:12). Ante esta realidad, la respuesta de Pedro es directa y urgente: «resistidle firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo» (1 P. 5:9).

Revestirse de Cristo: las siete claves para resistir

Pedro y Pablo convergen en una misma enseñanza práctica: la resistencia no es pasiva ni meramente emocional, sino un modo de vida activo, sostenido en la obediencia y en la dependencia de Dios. Podemos identificar siete claves fundamentales para mantenerse firmes.

Primero, humillarse ante Dios: someterse a su autoridad, reconocer la propia necesidad y dependencia, echar sobre Él toda ansiedad, porque Él cuida de los suyos (1 P. 5:6-7). Quien así vive puede resistir al diablo, y este huirá.

Segundo, fortalecerse en el Señor y en el poder de su fuerza, revistiéndose de la armadura de Dios para estar firmes contra las insidias del diablo en el día malo (Ef. 6:10-11, 13).

Tercero, ceñirse con la verdad: estar arraigados en la Palabra de Dios, caminando en obediencia e integridad. Jesús es la Verdad encarnada, y oró para que sus discípulos fueran santificados en ella (Jn. 17:17; Ef. 6:14).

Cuarto, afirmar los pasos en el evangelio de la paz: paz con Dios, con uno mismo y con los demás, viviendo y proclamando las buenas nuevas (Ef. 6:15).

Quinto, atesorar las promesas de la Palabra con fe genuina, pues son fieles y verdaderas, y sirven de escudo para apagar los dardos encendidos del maligno (Ef. 6:16).

Sexto, proteger la mente —principal campo de batalla del enemigo— enfocándola en todo lo verdadero, honesto, justo y puro (Fil. 4:8-9), cubriéndola con la mente de Cristo (1 Co. 2:16).

Séptimo, empuñar la Palabra de Dios como única arma ofensiva: la espada del Espíritu, «viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos» (He. 4:12; Ef. 6:17).

Esto no es un uniforme que se pone y se quita; es un modo de vida; es estar revestidos de Cristo mismo.

La victoria ya ha sido ganada: permanecer firmes hasta el final

Todo lo anterior debe sostenerse en oración y súplica dirigidas por el Espíritu Santo, velando y perseverando con amor, atentos a las necesidades de los hermanos para interceder los unos por los otros. Revisar cada área de la vida, guardarse de todo pecado e injusticia y limpiar el caminar es la responsabilidad del creyente, para no darle oportunidad al maligno.

Es necesario perseverar, «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios» (He. 12:2). Permanezcamos firmes y seguros en Él, porque ya venció sobre todos los poderes en la cruz del Calvario (Col. 2:13-15). «En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33). Y cuando todo haya terminado, conforme a su propósito eterno, el «Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (1 P. 5:10).

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez es cristiana desde 1983. Es esposa de pastor, madre de tres y abuela de seis. Miembro de la IBI, donde forma parte del equipo de intercesión y colabora con el programa Mujer para la Gloria de Dios. Junto a su esposo sirve en el ministerio de discipulado matrimonial.

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