IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Los cuatro Evangelios presentan a Jesucristo desde ángulos distintos y complementarios. Mateo lo muestra como el Rey prometido, hijo de David y heredero del pacto con Abraham. Marcos lo introduce como siervo, proveniente de Nazaret de Galilea. Lucas traza su genealogía hasta Adán, presentándolo como el Hombre Perfecto. Los tres primeros evangelios se concentran principalmente en lo que Jesús hizo y enseñó. Juan, en cambio, abre su relato elevando la mirada hasta la eternidad misma para decirnos quién es Jesús antes de todo tiempo y toda creación: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).
Con esas palabras, Juan no solo presenta a Cristo, sino que sienta uno de los fundamentos más sólidos de la fe cristiana: la Trinidad. El Padre y el Hijo —el Verbo— son igualmente Dios, junto con el Espíritu Santo: un solo Dios en tres Personas. Y si esto ya es deslumbrante, lo que Juan añade a continuación lo es aún más.
«Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3). El Verbo es el agente de toda la creación. Soberanía, omnipotencia y majestad se despliegan en esa sola declaración. Sin embargo, Juan no deja a Jesucristo entronado en una lejanía inalcanzable. La afirmación más extraordinaria de todo su prólogo —quizás de todo el Nuevo Testamento— es la que sigue: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).
Ese Dios eterno, Creador de todas las cosas y Gobernador del universo, decidió, en el Hijo, hacerse carne. Sin dejar de ser Dios, se despojó de su gloria y descendió en forma de siervo. No fue un gesto casual ni una demostración de poder: fue una decisión redentora nacida de su amor por los seres humanos que, perdidos en sus delitos y pecados, necesitaban ser buscados y rescatados.
Visualicemos esto por un momento: el Dios Todopoderoso cargado como un bebé en manos humanas. El amor de Dios latiendo a través de un corazón de carne. Su sabiduría hablada mediante labios humanos. Su misericordia expresada con brazos y manos que podían tocarse. Jesús es la expresión física del Dios invisible. Tuvo familia, amó y fue amado, ejerció un oficio, sintió hambre y sed, comió, bebió, durmió, se cansó. Sintió dolor, lloró, se regocijó, se maravilló y fue movido a ira y a compasión.
Todo esto tiene implicaciones profundas para la vida de quienes creemos en él. Porque el Verbo se hizo carne, podemos confiar plenamente en aquel que «no es un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (Heb. 4:15). Podemos decir con certeza que él conoce nuestras emociones, nuestras luchas y nuestros sufrimientos. No es un Dios abstracto ni distante: es un Dios tangible y real, presente e involucrado en nuestras vidas, que se identifica con nuestras dolencias, nos ofrece su gracia y nos busca personalmente.
Él pudo haber escogido encarnarse como un juez y todos hubiéramos sido hallados culpables delante de Él y sentenciados a un castigo eterno. Y eso hubiera sido lo justo, pero… el Verbo se hizo carne para revelar una gloria divina llena de gracia y de verdad.
Es vital que los creyentes vivamos con esta convicción: tenemos un Dios personal al que podemos acudir y en quien podemos confiar plenamente. Él no vino como juez, aunque habría tenido todo el derecho de hacerlo, pues todos somos hallados culpables ante su santidad. Vino, en cambio, para derramar su gracia sobreabundante sobre nosotros. Se hizo carne para vivir perfectamente donde nosotros fallamos, y para morir en nuestro lugar, porque solo su sangre nos cubre y basta, de una vez y para siempre.
La encarnación no fue un fin en sí misma, sino el camino hacia la cruz. El Verbo tomó carne para poder morir, y murió para que nosotros viviéramos. En ese madero se encontraron la justicia y la misericordia de Dios; allí resplandeció en toda su plenitud aquella gloria que Juan describió como «llena de gracia y de verdad» (Juan 1:14). Conocer quién es Jesucristo —Dios eterno hecho hombre, siervo sufriente, sumo sacerdote compasivo— no es un ejercicio meramente teológico. Es el fundamento sobre el cual descansa toda nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra vida.
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