IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Nos rodean regalos a diario: las flores que alguien lleva en un cumpleaños, la comida que un amigo prepara cuando estamos enfermos, la belleza de un amanecer, un cielo estrellado o un paisaje visto desde la cima de una montaña. Aunque vengan de diferentes manos, todos ellos provienen, en última instancia, de la mano generosa de Dios. Sin embargo, entre todos los dones que el Señor nos concede, hay uno que no tiene igual: su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, entregado de una vez y para siempre por amor y por gracia.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16). ¿Puede imaginarse un regalo mayor? Es imposible. El Hijo de Dios se humilló, cargó la cruz y dio su vida para que no nos perdiéramos, para ofrecernos salvación plena y gratuita. En la Biblia, hombres y mujeres apreciaron, adoraron y amaron este regalo. Hoy nos detenemos en dos de ellos que lo aguardaron con fe inquebrantable: Simeón y Ana.
Simeón era un hombre justo y piadoso, parte del remanente fiel de Israel, que aguardaba la llegada del Salvador. El Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin antes ver al Cristo del Señor (Lc. 2:26). Cuando al fin tuvo al niño Jesús en brazos, sus palabras lo dijeron todo: «Ahora, Señor, permite que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel» (Lc. 2:29-32). Para Simeón, ver al Mesías antes de morir era lo más grande que podía sucederle. Ya nada más le hacía falta. ¡Cuán precioso era Jesús a los ojos de este siervo!
Ana nos presenta un retrato igualmente poderoso. Profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, había enviudado tras solo siete años de matrimonio y desde entonces había consagrado su vida al templo, sirviendo «noche y día con ayunos y oraciones» (Lc. 2:37). El comentarista William MacDonald calcula que Ana debía tener entonces más de cien años. Ochenta y cuatro años de adoración y servicio ininterrumpidos. Su edad avanzada no fue obstáculo; era, más bien, evidencia de que el Señor era para ella el tesoro más grande, digno de una vida entera de espera y entrega.
Ambos son ejemplo vivo de lo que significa valorar a Jesús como el mayor don recibido. Sus vidas no giraban en torno a comodidades ni reconocimientos; giraban en torno a Él.
La historia de Simeón y Ana nos interpela directamente: ¿estamos adorando y sirviendo a Dios como Él merece? ¿Lo vemos como un precioso tesoro? ¿Es Él, verdaderamente, nuestro mayor regalo? Cuando Jesús deja de ocupar ese lugar central, es señal de que nuestros afectos se han extraviado. Los amores divididos no son neutrales; desplazan al Señor del sitio que solo a Él le corresponde.
La buena noticia es que la misma gracia que nos salvó nos llama de regreso. El llamado es al arrepentimiento, al perdón y al primer amor. Jesús es ese primer amor, y nada ni nadie puede reemplazarlo. Su sangre nos lavó y nos compró; le pertenecemos a Él y a nadie más. Él se dio a sí mismo como ofrenda de expiación por nuestro pecado, y esa entrega no tiene parangón.
Saber que Dios me ama a pesar de mí, de mis muchas faltas, es sin dudas mi mayor consuelo.
Si Dios tanto nos amó que entregó su propia vida para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra vana manera de vivir, y para darnos vida eterna, ¿no deberíamos vivir por Él y para Él? Su amor es puro, grande, paciente, fiel, entregado e inmerecido. Pensar en ello produce un estremecimiento genuino.
¿Cómo luce una vida que valora a Jesús como su mejor regalo? Se parece a la de Simeón y a la de Ana: es una vida de alabanza, gozo, gratitud, fe, esperanza y servicio. En pocas palabras, es una vida consagrada, donde todo lo que se hace apunta a la honra y gloria de Dios. Hay una belleza indescriptible en esa consagración.
Jesús fue entregado, no con la envoltura que nuestras mentes finitas hubiesen imaginado, sino con la mejor según la voluntad del Padre: una corona de espinas, un rostro desfigurado, un cuerpo herido y clavado en un madero, cubierto con su preciosa sangre. Ese sufrimiento ha sido nuestra salvación. Ante tan grande amor sacrificial, la respuesta que corresponde no son migajas, sino gratitud plena y entrega total, sin reservas ni medida. Él es digno de recibirlo todo.
Luz Tavárez es hija de Dios, salva por gracia y misericordia desde temprana edad. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional y graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente cursa una concentración en Consejería Bíblica.
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