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Jesús, Su perspectiva eterna por encima del sol
Jesús, Su perspectiva eterna por encima del sol

Foto de Alejandro Quiñonez en Pexels

Vida devocional

Jesús, Su perspectiva eterna por encima del sol

Anny Mañón de Mirabal 23 febrero, 2023

Hay momentos en la vida en que las circunstancias pesan tanto que resulta casi imposible ver más allá del dolor inmediato. El sufrimiento se vuelve el único paisaje visible y el alma, agotada, pierde el horizonte. Sin embargo, las Escrituras nos ofrecen una clave transformadora: la perspectiva eterna. No como una fórmula de escape, sino como una forma de ver la realidad completa, tal como Dios la ve.

El texto de Hebreos 12:2-3 nos invita precisamente a esto: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Consideren, pues, a Aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra Él mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón» (He 12:2-3). La mirada puesta en Cristo no es un ejercicio piadoso opcional; es la ancla que sostiene al alma cuando todo tiembla.

El gozo puesto delante: cómo Jesús vio lo que nadie podía ver

Nuestro Señor Jesús pudo haberse librado de los latigazos, los escupitajos, los insultos y las burlas que experimentó durante el proceso judicial en su contra y a lo largo de su crucifixión. Sin embargo, no solo soportó todo aquello por obediencia y sometimiento al Padre, sino porque tenía una perspectiva eterna. Jesús conocía que cada detalle de aquel sufrimiento llevaría al cumplimiento perfecto del plan de Dios, gestado desde antes de la fundación del mundo. Podía ver el cuadro completo, el panorama total, lo que ningún ojo humano alcanzaba a distinguir.

Lo que estaba ocurriendo no era aceptable a los ojos de nadie, pero cada detalle cooperaba para que el fin esperado fuera alcanzado. La enemistad entre Dios y el hombre estaba por llegar a su fin para todo aquel que, en medio de aquella cruenta realidad, pudiera entender el sacrificio de la cruz, identificarse con él y contemplar el carácter del perfecto y santo amor de Dios. La salvación y la redención del ser humano era el propio gozo de Jesús. A los ojos de los hombres, estaba siendo derrotado; pero los cielos eran testigos de la victoria.

Esta perspectiva no pertenece solo a Cristo en su condición divina. Es la misma perspectiva a la que todo creyente está llamado. Pedro lo expresa con claridad al describir la identidad del pueblo redimido: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 P 2:9). Fuimos llamados de las tinieblas a la luz, y esa luz cambia la manera en que vemos todo lo demás.

Vivir por encima del sol: la perspectiva que transforma las pruebas

La expresión «la vida bajo el sol» ha sido interpretada teológicamente como la vida temporal sobre esta tierra, pero también alude a la vida separada de Dios: sin propósito eterno, sin esperanza trascendente. Quienes han sido acercados a Dios por la obra de Cristo tienen ahora una visión que debe ir en aumento, «como la luz de la aurora, que va aumentando en resplandor hasta que es pleno día» (Pr 4:18). Es cuando el sol está en su mayor esplendor.

Quien ve la vida únicamente desde lo terrenal solo percibe imperfecciones, dificultades y deseos insatisfechos. Pero quien escudriña las Escrituras y se coloca, por así decirlo, los lentes de la Palabra, descubre que por encima del sol hay una vida abundante que puede vivirse precisamente en medio de las dificultades, no a pesar de ellas.

Sin importar si las circunstancias sean buenas o malas debajo del sol, serán perlas y piedras preciosas engarzadas en hilos de oro y plata por encima del sol, ya que habrán colaborado con la obra y el propósito de Dios para esta vasija de barro, cuyo real valor es el tesoro que vive en ella.

Alcanzar y mantener esta perspectiva requiere disposición práctica y concreta. En primer lugar, la vida cristiana exige morir al «yo» cada día. El apóstol Pablo lo afirma con precisión: Jesús «por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5:15). Morir a uno mismo es la condición para abrazar el propósito de Aquel a quien pertenecemos y sostener su enfoque ante las pruebas. En segundo lugar, la comunión con Dios —la adoración, la oración, la búsqueda de su presencia— nos mantiene conscientes de que, aunque caminamos entre los hombres, andamos delante de Dios. En tercer lugar, la mente debe ser renovada de día en día mediante la lectura, el estudio y la meditación de la Palabra, y, sobre todo, mediante su práctica concreta en la vida cotidiana.

La cruz: de tragedia aparente a dulzura del alma

Antes de conocer a Cristo como Señor y Salvador, leer los acontecimientos desde Getsemaní hasta el Gólgota podía parecer una tragedia sin sentido. Bajo esa misma óptica terrenal, el propio sufrimiento se asemejaba a ese vacío de significado. Pero conocer a Jesús transforma completamente la lectura de esos eventos. Lo que parecía ajeno se vuelve íntimamente personal: aquel sufrimiento ocurrió para que cada creyente fuera una de las almas redimidas que producen gozo en su Salvador.

Dios no envía las circunstancias de la vida de forma arbitraria. Todo lo que Él permite, orquesta y envía opera como una dádiva: «Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación» (Stg 1:17). Cada prueba, cada tribulación, cada circunstancia que parece adversa es un instrumento en las manos del Padre para la transformación y santificación de sus hijos.

Que el Señor nos ayude a fijar los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe; a vivir por fe y no por vista; a permanecer, desde los lugares celestiales, con la certeza de su perspectiva eterna, sabiendo vivir sabiamente debajo del sol.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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