Statamic
¡Jesús como siervo!
¡Jesús como siervo!

Foto de MART PRODUCTION en Pexels

Teología y doctrina

¡Jesús como siervo!

Anny Mañón de Mirabal 28 julio, 2022

Hay algo extraordinario en las primicias: las primeras flores de la temporada, el fruto recién formado, una vida que nace de nuevo en Cristo. Quien ha experimentado la conversión reconoce esa sensación: el mundo parece más nítido, más vivo, como si los ojos se abrieran por primera vez. El cielo luce más azul, los detalles del camino cobran un significado nuevo, y todo apunta hacia Aquel que hizo posible ese nuevo comienzo.

Sin embargo, con el paso del tiempo y el crecimiento en la fe, llega algo igualmente hermoso: la madurez. Así como un fruto que alcanza su sazón concentra todos sus sabores, el creyente que madura en el conocimiento de Cristo va asentando en su carácter la identidad de quien ha recibido un reino que nada ni nadie puede sacudir. Esa madurez no silencia la gratitud inicial; la profundiza y la dirige hacia el servicio.

El reino recibido y la gratitud que despierta

Cuando nos acercamos a Jesús no como una figura histórica distante, sino como Rey, Siervo, Hombre y Dios —tal como los evangelios lo revelan—, comenzamos a entender la magnitud de lo que hemos recibido. Él es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Col. 1:15), aquel por medio de quien todas las cosas fueron creadas, y sin embargo decidió despojarse de su gloria para hacerse siervo entre nosotros. Conocerlo a Él es conocer al Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn. 14:9).

Hebreos 12:28-29 ancla esta realidad con precisión: «Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor». El punto de partida no es el esfuerzo ni el mérito, sino la recepción. Ya hemos recibido ese reino. Y esa certeza —no una promesa futura incierta, sino una herencia presente— es lo que produce en el creyente una gratitud que no puede quedarse quieta. Se convierte en motor de servicio.

Ese servicio tiene su raíz en Colosenses 1:13-16, donde el apóstol Pablo describe con asombro la obra del Padre: nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado, quien nos redimió y perdonó todos nuestros pecados. La gratitud cristiana no es un sentimiento vago; tiene un objeto preciso y una historia concreta. Agradecer es recordar de dónde se viene y reconocer a Quién se lo debemos.

El modelo del Siervo y la actitud del que sirve

El servicio cristiano no solo tiene un origen en la gratitud, sino también un modelo insuperable: Jesucristo mismo. En Juan 13, el Señor se arrodilla ante sus discípulos y lava sus pies. No lo hace con reluctancia ni como gesto simbólico vacío, sino como enseñanza deliberada sobre la actitud que debe caracterizar a quienes le pertenecen. Servir no es una carga impuesta; es una expresión coherente de quien ha sido transformado por la gracia.

Pablo desarrolla este mismo principio en Filipenses 2: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo… Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo» (Fil. 2:3, 5-7). Cristo actuó en total control y a favor de la humanidad. Su humildad no fue debilidad; fue fortaleza bajo control.

Servir con esta actitud implica morir al yo constantemente. El orgullo propio de la naturaleza caída busca reconocimiento, posición y mérito; el servicio cristiano genuino renuncia a todo eso y se orienta exclusivamente hacia Dios y hacia el bien del prójimo. La pregunta que el pasaje de Hebreos nos obliga a hacernos no es cuánto servimos, sino con qué actitud y para quién lo hacemos.

La humildad no es debilidad, es fortaleza bajo control.

Servir a un Dios que es fuego consumidor

Hay una dimensión solemne en todo esto que no puede ignorarse. Hebreos 12:29 cierra con una afirmación que pone en perspectiva correcta cualquier ligereza en el servicio: «nuestro Dios es fuego consumidor». Servimos a un Dios tres veces santo, con ojos demasiado puros para contemplar el mal. Esta realidad no debe generar en el creyente un miedo paralizante, sino un temor reverente que moldee cada acto de servicio.

El contexto del pasaje también advierte con seriedad: así como aquellos que recibieron la ley en el Sinaí enfrentaron consecuencias graves al desechar a Dios (Éx. 19–20), cuánto más grave será el juicio sobre quienes rechazan al Hijo (Heb. 10:26-31). El reino inconmovible se recibe únicamente por gracia, y debe recibirse con actitud de temor reverente ante Aquel que es fuego consumidor (Dt. 4:24).

Ante todo esto, vale la pena detenerse y hacerse algunas preguntas concretas: ¿Estoy representando a Cristo de manera agradable a Él al servir? ¿Estoy haciendo morir cada día el yo para destruir el orgullo de la naturaleza caída? ¿Estoy sirviendo considerando al otro como más importante que yo mismo? ¿Está siendo mi carácter moldeado, cada vez más, al de Cristo?

Si verdaderamente hemos confiado en Él, el objetivo de Jesús es transformar vidas —la nuestra incluida. La gratitud por el reino recibido no es un sentimiento pasajero; es la fuerza que sostiene una vida de servicio fiel, humilde y orientado únicamente a la gloria de Dios.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner