Integridad y Sabiduria
Jesús, una vida única: ¡Un llamado a la obediencia!
Jesús, una vida única: ¡Un llamado a la obediencia!

Foto de Gera Cejas en Pexels

Vida cristiana

Jesús, una vida única: ¡Un llamado a la obediencia!

Anny Mañón de Mirabal 27 octubre, 2022

Hay una historia conocida sobre un niño inquieto en el aula que, tras ser convencido por su maestra de sentarse, le confiesa: «Estoy sentado porque así me lo has mandado, pero en mi corazón y mente estoy de pie, correteando por el aula». Con una honestidad desarmante, ese niño describió algo que los creyentes conocemos bien: la posibilidad de guardar una apariencia de obediencia mientras el corazón sigue su propio camino. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en esa misma posición delante de Dios, en desobediencia, aun sabiendo lo que es bueno, agradable y correcto?

La Palabra de Dios es clara al respecto. Samuel le declaró al rey Saúl: «¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Entiende, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grasa de los carneros» (1 Sam. 15:22). Este principio no ha cambiado. La obediencia genuina en los hijos de Dios es el sacrificio que sube a su presencia como olor fragante, un holocausto verdaderamente agradable a Él.

La obediencia que nace de la salvación, no al revés

Con frecuencia suponemos que «el hacer» es lo que agrada al Señor, y olvidamos un orden fundamental: la salvación no es por obras, sino por medio de la fe en Cristo Jesús. Es esa salvación la que produce la obediencia que nos mueve a hacer lo que agrada a Dios. No viene primero la obediencia y luego la transformación; viene primero la salvación y luego la obediencia.

Jesús, el segundo Adán, vivió una vida de perfecta obediencia y cumplió así el sacrificio suficiente para el perdón de nuestros pecados. Como leemos en Romanos: «Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos» (Rom. 5:19). Su justicia fue imputada a nuestras vidas, haciendo posible que nosotros, sus hijos, podamos caminar en obediencia.

La obediencia, entonces, es ante todo una cuestión del corazón. La condición del corazón se manifiesta tarde o temprano: cuando es obediente, los frutos de justicia son visibles. Obedecer duele porque implica negarnos a nosotros mismos. No podemos obedecer genuinamente a menos que sometamos a Cristo nuestra voluntad, nuestros deseos, anhelos, pasiones y todo cuanto habita en nuestro interior. Significa sacrificar los planes e intereses que se opongan a los propósitos de Dios para nuestra vida, sometiéndonos a su perfecta voluntad. Como señaló Agustín de Hipona: «Este costo es pequeño comparado al costo de la desobediencia».

La obediencia como prueba de amor y adoración verdadera

Fuimos creados para adorar, bendecir, alabar, y dar honor y gloria al nombre de Dios. Pablo lo expresa con claridad en Efesios: Dios «nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado» (Ef. 1:5-6). Esa adoración, para ser genuina, debe nacer de un corazón que ha caminado en obediencia delante de Él.

El Señor Jesús mismo lo dejó establecido con toda claridad al hablar a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Juan 14:15). La obediencia a Dios es, por tanto, una expresión y una prueba del amor por Él. Es una marca del creyente que testifica al mundo que Dios ocupa el lugar supremo en su vida. Por eso no hay sacrificio de labios que alaben, de manos que sirvan ni de pies que lleven las buenas nuevas, sin obediencia.

D. L. Moody lo dijo con precisión: «No habrá paz en ningún alma hasta que esté dispuesta a obedecer la voz de Dios». Y cuando obedecemos, Él nos guía y nos lleva, no necesariamente a donde quisiéramos ir, sino a donde nuestro buen Padre sabe que es el mejor lugar para cumplir el propósito que ha dispuesto para nosotros.

No hay sacrificio de labios que le alaben o de manos que le sirvan o de pies que lleven las buenas nuevas, sin obediencia.

Cristo, nuestro modelo y fuente de obediencia

Dios nos ha dado su Espíritu Santo para alcanzar victoria sobre la desobediencia. Como el niño en el aula, podemos aparentar obedecer, pero Dios conoce el corazón y puede ver todos sus matices, desde algo tan grave como guardar raíz de amargura por falta de perdón, hasta algo que parece menor, como resistirse a estar quietos y esperar delante de Él en silencio. Él desea que experimentemos los beneficios de la obediencia: la sabiduría para vivir en esta tierra, la novedad de vida que comienza con la salvación y la esperanza de la vida eterna en su presencia.

El ejemplo supremo y definitivo lo encontramos en Cristo: «En los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Heb. 5:7-9). La obediencia de Cristo es imputada a nuestras vidas. Es una entrega total a la voluntad de Dios, íntimamente ligada a la fe, y es precisamente por la fe que podemos participar de ella.

¿Cómo estamos obedeciendo? ¿Lo estamos haciendo con gozo, para agradar a Aquel que padeció lo que a nosotros nos correspondía sufrir? ¿Podemos identificar un área de nuestra vida en la que no estamos obedeciendo? Que nuestra respuesta sea ofrecer al Señor el sacrificio de adoración que Él merece, puestos los ojos en Jesús, hasta llegar al disfrute de su presencia eterna: «Al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (1 Tim. 1:17).

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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