IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Calil Encarnación en Pexels
Anny Mañón de Mirabal • 21 noviembre, 2022
Imagina por un momento que el tiempo no fuera una barrera. ¿Adónde irías? Hay quien elegiría épocas de esplendor cultural o momentos decisivos de la historia. Pero para quien ama a Cristo, la respuesta tiene una dirección casi instintiva: la época en que Jesús caminó sobre esta tierra. Ser una de las mujeres que le servían y le seguían (Lc. 8:1-3), sentarse a los pies del Maestro junto a María y Marta (Lc. 10:38-42), o acercarse entre la multitud para tocar el borde de su manto y ser ministrada por Él (Lc. 8:43-48). Incluso aquel momento en que Jesús, con apenas doce años, fue hallado en el templo y respondió a sus padres con una claridad que detenía el aliento: «¿Acaso no sabían que me era necesario estar en la casa de Mi Padre?» (Lc. 2:49). Antes de comenzar su ministerio público, ya dejaba establecido el propósito de toda su vida: velar por los intereses del Padre y glorificarle.
Aunque el relato evangélico es breve en comparación con la eternidad que representa, siempre encontramos en él enseñanzas inagotables, pues «todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza» (Rom. 15:4). Cuando nos imaginamos siguiendo las pisadas de Jesús, podemos ver en su caminar una obediencia y sumisión al Padre que nos deja el ejemplo de cómo vivir detrás de Él, sin importar el incremento de la maldad de esta generación, glorificando al Padre en el siglo XXI.
Desde aquella escena del templo en Lucas 2 hasta la última cena registrada en Mateo 26, transcurrieron muchas fiestas de Pascua. Cada una era un recordatorio del pacto de Dios con su pueblo, una sombra que apuntaba hacia algo más grande. Pero aquella noche particular, Jesús transformó para siempre el significado de la mesa. Leemos en Mateo 26:26-28: «Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: "Tomen, coman; esto es Mi cuerpo". Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: "Beban todos de ella; porque esto es Mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados"».
Vale notar que Jesús no celebró esta Pascua con la multitud ni con un grupo extendido de seguidores. La compartió con aquellos a quienes había elegido, conocido y amado de cerca: sus discípulos. Y sobre esa mesa reposaban dos elementos simples pero cargados de un significado que transforma la historia entera: el pan y el vino. El pan evoca el cuerpo de Cristo partido y quebrado, entregado para que obtuviéramos el perdón de nuestros pecados. El vino, la sangre del Nuevo Pacto. Durante siglos, la sangre de animales había servido como representación provisional de la expiación; después de ser derramada por Jesús, queda representada metafóricamente por la sangre de las uvas. La diferencia es radical: la sangre del Antiguo Pacto cubría los pecados de un pueblo en particular, pero la sangre de Cristo es «la propiciación por nuestros pecados; y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn. 2:2), disponible para todo aquel que cree.
Pero la Santa Cena no mira únicamente hacia atrás. En Mateo 26:29, el Señor añade: «Les digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con ustedes en el reino de Mi Padre». Con estas palabras, la mesa del memorial se convierte también en una mesa de promesa. Al participar de la Santa Cena, el pasado redentor y el futuro glorioso se unen en un mismo acto de fe. Hacemos memoria de lo que Cristo hizo y, al mismo tiempo, nos ponemos de pie en expectativa de lo que aún no hemos visto: su esperada venida.
La Santa Cena nos da esperanza, es Su promesa de que volveremos a tomar la copa con Él.
Toda promesa de Dios converge en Cristo: «Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí. Por eso también por medio de Él, es nuestro Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros» (2 Cor. 1:20). Nuestra esperanza no descansa sobre sentimientos ni circunstancias; está firme y anclada en la Persona de Jesús. Nuestra alma anhela a Cristo, morar en su presencia para siempre y contemplar su hermosura por toda la eternidad.
Cada vez que nos acercamos a la mesa del Señor, el sentido de reverencia y de nostalgia mezclada con gozo puede resultar abrumador. Al hacer memoria de lo que Cristo hizo por cada pecador redimido, la respuesta natural del corazón es una gratitud profunda que no cabe en palabras. Y esa gratitud nos lleva al mismo lugar al que apunta toda la Escritura: al anhelo de su regreso. «El Espíritu y la esposa dicen: "Ven". Y el que oye, diga: "Ven"… El que testifica de estas cosas dice: "Sí, vengo pronto". Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap. 22:17, 20).
Participar de la Santa Cena dignamente, junto a nuestros hermanos en la fe, no es un simple ritual. Es un acto de obediencia que proclama la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Cor. 11:26), que une en un mismo gesto la memoria del Calvario y la esperanza del reino. Que este sea siempre nuestro anhelo.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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