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Iglesia Bíblica de la Gracia
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Anny Mañón de Mirabal • 8 septiembre, 2022
Más de una vez hemos planificado unos días de descanso para escapar del agotamiento que produce este mundo caído, solo para regresar igual de fatigados —o incluso más— que cuando salimos. La escena resulta familiar y hasta provoca una sonrisa. Sin embargo, esa experiencia apunta a algo más profundo: existe una fatiga que ninguna playa ni ningún silencio creado puede remediar.
El Señor Jesús nos hace una oferta en Mateo 11:28–30 que va mucho más allá del descanso físico: «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera». Esta invitación no está dirigida a quienes primero resuelvan sus problemas o alcancen cierto nivel espiritual; está dirigida a los cargados, a los que ya no pueden más.
En Juan 17:6–11, el Señor revela dos realidades que coexisten en la vida del creyente: pertenecemos a Cristo y, al mismo tiempo, seguimos en el mundo. El mundo cansa. Su caos, su hostilidad, el peso del pecado propio y ajeno producen un agotamiento que el creyente conoce bien. Pero también es verdad que Jesús intercede por cada uno de los que el Padre le ha dado, rogando que seamos guardados.
Acercarse a Jesús como «nuestro reposo» significa depositar en Él el peso de las cargas que hemos cargado demasiado tiempo: el esfuerzo prolongado sin resultados, la espera bajo presión que desanima, y sobre todo el peso del pecado que produce ansiedad al sabernos en deuda con el Dios santo. La fe es la llave que abre esa puerta. Y Jesús, el autor y consumador de la fe, es quien la entrega.
El descanso para quien cree comienza cuando la ira de Dios es levantada y somos hechos hijos del Dios Altísimo. Quien se reconoce cargado y acude a Jesús encontrará perdón y paz: «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1). Este descanso no depende del lugar donde nos encontremos ni de las circunstancias que nos rodeen; está en Cristo y comienza con el evangelio.
El reposo no es solo un punto de llegada; es también un lugar al que se regresa continuamente. El salmista, ya anciano y habiendo atravesado tribulaciones, dificultades y pruebas, encontraba su descanso recurriendo a Dios como su roca de refugio y ubicándose voluntariamente a la sombra de sus alas (Sal. 71:3; 57:1). El secreto de su paz no estaba en la ausencia de problemas, sino en la intimidad con Aquel que da descanso al alma.
El mismo Señor Jesús nos dejó ejemplo de esto. Se apartaba con regularidad para tener quietud con Su Padre. En los momentos en que el corazón está tranquilo y confiado, es posible escuchar los latidos del corazón del Padre. La fortaleza no surge del esfuerzo constante, sino del reposo confiado: «En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza» (Is. 30:15).
Acercarnos a Jesús exige reverencia y un corazón enseñable, dispuesto a conocerle más, porque Él es nuestro Maestro. Su yugo se aligera en la medida en que avanzamos en la obra de fe, de amor y de perseverancia en la esperanza. El verdadero descanso es sentarse a los pies del Señor y escucharle, porque, ¿quién otro tiene palabras de vida eterna? (Jn. 6:68).
El verdadero descanso es sentarnos a los pies de nuestro amado Jesús y escucharle, porque, ¿quién otro tiene palabras de vida eterna?
El autor de Hebreos nos recuerda con solemnidad: «Porque los que hemos creído entramos en ese reposo» (Heb. 4:3). Pero también advierte que este reposo puede perderse por los mismos pecados que impidieron a Israel entrar en la tierra prometida: falta de fe, desobediencia e incredulidad (Nm. 13–14). El pueblo vio los gigantes en lugar de ver el poder de Dios, y fue enviado errante al desierto cuando podría haber entrado de inmediato en lo prometido. Solo Josué y Caleb, que confiaron plenamente, lo alcanzaron.
La exhortación es vigente para nosotros hoy. Para permanecer en ese reposo, es necesario poner los ojos en las cosas de arriba, en la eternidad hacia la que nos dirigimos, donde Cristo está sentado a la diestra del Padre y donde ya estamos escondidos en Él (Col. 3:1–3). Mientras caminamos hacia ese reposo eterno, podemos y debemos disfrutar del reposo en Cristo ya desde ahora.
Vale la pena detenerse a reflexionar: ¿Estoy confiando en Dios y en sus promesas en este momento de mi vida? ¿Creo que mi alma puede encontrar descanso en medio de la turbulencia de estos tiempos al mirar al que ama mi alma? ¿Estoy permitiendo que el Espíritu Santo me guíe hacia ese reposo que Dios ha prometido?
Que el Dios de paz nos santifique por completo, y que nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Aquel que llama, y Él también lo hará (1 Ts. 5:23–24).
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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