IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El relato de Mateo 15:21-28 nos presenta a una mujer cuya historia, a primera vista, parece menor. No pertenece al pueblo escogido; ni siquiera ocupa un lugar prominente en las narrativas del Antiguo Testamento. Sin embargo, Jesús mismo la señala con palabras que pocas personas en los evangelios reciben: «Grande es tu fe» (Mt 15:28). En esa afirmación sencilla se condensa una lección que atraviesa los siglos y que sigue interpelando a todo creyente.
Antes de entrar al relato, conviene situar a esta mujer en su contexto. Era gentil, descendiente de los cananeos, aquel pueblo que Dios había ordenado exterminar en tiempos de Josué a causa de su profunda inmoralidad. Por la desobediencia de Israel, algunos sobrevivieron, y esta mujer era descendiente de esos sobrevivientes. No tenía acceso a los pactos de la promesa, no había crecido escuchando sobre el Mesías esperado y, según toda lógica religiosa y cultural de su tiempo, no tenía derecho a acercarse al Hijo de David. Estaba, como describe Pablo, «sin tener esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2:12). Y aun así, fue a Jesús.
La escena comienza con un grito. La mujer cananea corre tras Jesús llamándolo «Señor, Hijo de David» (Mt 15:22), un título mesiánico reservado al pueblo judío. Su audacia incomoda a los discípulos, quienes, más interesados en el silencio que en la compasión, le piden a Jesús que la despache. La respuesta del Señor llega primero como silencio y luego como una declaración que parece cerrar la puerta: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15:24).
Ante esto, muchos habrían dado media vuelta. Ella no. En lugar de retroceder, se acercó más, se postró y redujo su petición a tres palabras: «¡Señor, ayúdame!» (Mt 15:25). El relato paralelo en Marcos 7:24-30 añade un detalle significativo: Jesús había entrado a una casa sin querer ser visto, y ella entró igualmente y se postró a sus pies. No esperó una invitación. Su necesidad era mayor que su vergüenza.
Jesús entonces la prueba una vez más, con palabras que en nuestra cultura suenan duras: «No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos» (Mt 15:26). Los discípulos también necesitaban esta lección —no solo la mujer—, pues Jesús estaba enseñando algo sobre la fe que ningún argumento teológico habría transmitido con igual claridad. La mujer no discute el término. No se ofende ni lo corrige. Lo acepta. Ella sabe quién es delante del Señor y, precisamente desde esa conciencia de indignidad, responde: «Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15:27).
Es en ese instante donde la fe de esta mujer alcanza su mayor expresión. No reclama lo que no le corresponde; pide desde la misericordia de Dios, no desde su propio mérito. Y esa actitud es la que mueve el corazón de Jesús.
Jesús no solo sana a la hija de esta mujer; la elogia públicamente. «Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15:28). Esta conclusión no es un giro narrativo accidental. Es una declaración teológica: Dios honra la fe que se aferra a su gracia sin apoyarse en méritos propios.
Para quienes hoy somos parte del pueblo de Dios —no por linaje sino por gracia—, este relato tiene una resonancia particular. Como escribe Pablo: «ahora en Cristo Jesús, ustedes que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2:13). Esa es nuestra historia también. No llegamos a Dios con credenciales; llegamos como esta mujer: con una necesidad real, con fe persistente y con la certeza de que su misericordia es más grande que nuestra indignidad.
El corazón de Dios es movido al ver la fe de alguien interceder por otro, sin importar la condición o la situación, porque más que un acto de pedir para recibir, es un acto de dar reconocimiento a nuestro Dios.
La mujer cananea nos deja una imagen que vale más que cualquier tratado sobre la oración: una persona postrada, sin argumentos, sin méritos y sin vergüenza de su necesidad, que se aferra a la misericordia de Jesús. Esa es la postura de la fe genuina. No la que exige, ni la que negocia, ni la que se rinde al primer silencio. La fe que Dios honra es la que reconoce su propia insuficiencia y, aun así, avanza.
Como dice el autor de Hebreos, podemos acercarnos «con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura» (He 10:22). Esa es la herencia que comparten todos los que, en otro tiempo lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Y desde ese lugar —no desde la autosuficiencia, sino desde la gracia recibida— podemos venir a Él en cualquier momento, con cualquier necesidad, sabiendo que nuestra fe no cae en el vacío.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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