IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Cuando el mundo descubrió la electricidad, nadie imaginó que ese fenómeno físico se convertiría en el fundamento de la vida moderna. Desde la bombilla hasta el teléfono celular, hoy resulta casi imposible concebir la existencia cotidiana sin ella. De manera análoga, existe en el ámbito espiritual un principio que lo sostiene todo: la unión con Cristo. Es el punto de partida, la corriente que lo alimenta todo, y sin comprenderla y vivirla, la vida cristiana pierde su potencia.
La unión con Cristo ocurre en el momento de la conversión: cuando reconocemos que solo por el sacrificio de Cristo somos salvos, nos arrepentimos de nuestros pecados y los confesamos, recibimos por fe su perdón y nos sometemos a su señorío. En ese instante, el Espíritu Santo sella nuestro corazón y quedamos «en Cristo». La Escritura también llama a esto «estar en Él». Esta es la base de toda la vida cristiana y el recurso indispensable para enfrentar todo lo que vendrá en el caminar de fe.
Quienes hemos creído ya estamos «en Cristo». Ya contamos, por así decirlo, con la electricidad instalada en la casa de nuestro corazón. Pero así como no basta tener electricidad en el hogar si no conectamos los aparatos a ella, tampoco basta con haber sido unidos a Cristo si no conectamos nuestra mente, emociones y voluntad a Él. A ese proceso de «conectar» es a lo que llamamos «permanecer en Cristo».
Y así como se puede deducir que un hogar usa electricidad porque hay luces encendidas y aparatos funcionando, también se puede deducir que un creyente está permaneciendo en Cristo porque hay frutos visibles en su vida: una luz que brilla a través de él. Esto es exactamente lo que el Señor Jesucristo expresó cuando dijo: «Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer» (Jn. 15:4-5).
La pregunta que sigue de forma natural es: ¿cómo se permanece en Cristo? El propio Señor responde unos versículos más adelante: «Si guardan Mis mandamientos, permanecerán en Mi amor, así como Yo he guardado los mandamientos de Mi Padre y permanezco en Su amor» (Jn. 15:10). La dinámica es hermosa: nos disponemos a obedecerle, y Él nos da la fuerza para hacerlo. A medida que nos sometemos, Él nos va fortaleciendo. La ecuación hasta aquí es clara: para dar fruto, debemos permanecer en Cristo; y permanecer en Cristo implica obedecer.
Siguiendo con la ilustración, para enchufar un aparato necesitamos usar nuestras manos: tomamos el cable y lo introducimos en el conector. En la vida cristiana, esas «manos» que hacen posible el permanecer y el obedecer son el andar en el Espíritu. Pablo lo declara con claridad en Gálatas 5:16: «Anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne». Cuando andamos por el Espíritu, nos sometemos a la Palabra de Dios y crucificamos la carne al no satisfacer nuestros deseos pecaminosos.
Pero entonces surge otra pregunta obligada: ¿cómo se anda por el Espíritu? Romanos 8:6 nos da la respuesta: «Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz». Andar en el Espíritu comienza por poner la mente en Cristo, meditando en su Palabra y alimentándonos de las cosas de Dios. Más adelante, en ese mismo capítulo, el Señor define cada camino con precisión: «los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu» (Ro. 8:5). Efesios 5:18 añade otra dimensión práctica: «sean llenos del Espíritu, hablando entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor».
La ecuación completa queda así: para dar fruto → permanecer en Cristo → obedecer → andar en el Espíritu → poner la mente en Cristo.
Nos disponemos a obedecerle, y Él nos da la fuerza para hacerlo. A medida que nos sometemos, Él nos va fortaleciendo.
Todo lo anterior no es solo teología abstracta: es un llamado práctico y urgente. ¿Qué ocupa tu mente? ¿De qué se alimenta tu corazón día tras día? ¿Estás nutriendo tu carne o tu espíritu? La respuesta a esas preguntas revela el estado real de tu conexión con Cristo. Si el deseo genuino es permanecer en Él y ser lleno de su poder para perseverar, la Palabra misma señala el camino:
Vivir así produce fruto de perseverancia, porque la vida fluye desde una fuente que no se agota. No perdamos tiempo: extendamos nuestras manos, conectémonos a nuestra fuente de poder y demos la gloria que merece nuestro precioso y poderoso Señor Jesucristo. Amén.
A Grullón es cristiana que ama compartir el evangelio. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría, de la concentración de Consejería Bíblica. Vive en Santo Domingo, República Dominicana.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit