Integridad y Sabiduria
Permanecer en Cristo bajo las luchas y presiones de la vida
Permanecer en Cristo bajo las luchas y presiones de la vida

Foto de Roger Bradshaw en Unsplash

Vida cristiana

Permanecer en Cristo bajo las luchas y presiones de la vida

Magdalena Enez de Núñez 14 julio, 2020

La palabra «permanecer» puede parecer simple, incluso pasiva. Sin embargo, cuando Jesús ordena a sus discípulos «Permanezcan en mí» (Jn. 15:4), les está describiendo una de las realidades más exigentes y transformadoras de la vida cristiana. No se trata de una postura estática, sino de una adhesión continua, viva y deliberada a la persona de Cristo, que lo abarca todo: el pensamiento, la voluntad, las emociones y las decisiones cotidianas.

El diccionario lo define con precisión: permanecer es seguir estando en un lugar durante un tiempo determinado y no cambiar el estado o situación en que uno se encuentra. Trasladado al ámbito espiritual, permanecer en Cristo significa exactamente eso: seguir en Él, no apartarse, no cambiar de fuente de vida. Significa andar como Él anduvo, guardar sus mandamientos, mantenerse en lo aprendido y recibido, para que, cuando Él se manifieste en su venida, podamos estar firmes y no alejarnos avergonzados (1 Jn. 2:6).

La realidad de las luchas y lo que revelan

El problema es que vivir no es algo estático. La vida cristiana transcurre en medio de presiones constantes —económicas, relacionales, familiares, espirituales, laborales— que sacuden el equilibrio y roban la paz. Estas luchas tienen el poder de exponer lo que realmente hay en el corazón. Y es precisamente ahí, en esos momentos de tormenta, donde la pregunta se vuelve urgente: ¿es fácil permanecer en Cristo?

La respuesta honesta es: sí y no. Y la diferencia no está en las circunstancias, sino en lo que las gobierna: el carácter formado, el temperamento, la dirección del Espíritu o la dirección de la carne. Cuando las presiones nos alcanzan, el corazón revela su estado. ¿Qué sale de él? ¿Impaciencia, desconfianza, duda, desánimo? ¿Rebeldía, ira, queja, murmuración? ¿O quizás depresión, ansiedad, sensación de derrota, la pregunta desalentadora de «¿por qué a mí?»

Ninguna de estas reacciones responde a un corazón que vive en fe. Todas ellas corresponden a un corazón que vive en la carne, alejado de Cristo y de sus propósitos. Reconocerlo no es condenación, sino el primer paso necesario hacia la restauración.

El camino de regreso comienza con honestidad delante de Dios: reconocer las actitudes y reacciones equivocadas como pecado, confesarlas, arrepentirse y volverse al Señor. Confesarle la propia escasez, fragilidad e incompetencia. Rendirse a sus pies en sumisión, pidiéndole que sostenga, dirija y llene de su Santo Espíritu, y que encamine en la senda de obediencia a su Palabra. Dios, que es fiel, no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podemos soportar, sino que proveerá también la salida (1 Co. 10:13).

Frutos concretos de permanecer en la Vid

Cuando somos guiados por el Espíritu de Dios, permanecer en Cristo en medio de las luchas se hace posible —no porque desaparezcan las dificultades, sino porque la fuente de vida no falla. Las Escrituras son abundantes al describir lo que fluye de esta permanencia:

Al reconocer a Jesús como la Vid Verdadera y mantenernos adheridos a Él, su vida nos lleva a fructificar, pues sin Él nada podemos hacer (Jn. 15:4–5). Al guardar sus mandamientos, permanecemos en su amor (Jn. 15:9–10). Al atesorar su Palabra y pedir conforme a su voluntad, tendremos lo que le pedimos (Jn. 15:7; 1 Jn. 5:14–15). Tenemos además la garantía de un Sumo Sacerdote que se compadece de nosotros y un trono de gracia al cual acercarnos para recibir su oportuno socorro (He. 4:14–16). Al someternos a Dios, podemos resistir al maligno y él huirá; y al acercarnos a Dios, Él se acercará a nosotros (Stg. 4:7–8). Revestidos de su armadura entera, podemos estar firmes contra los ataques del enemigo (Ef. 6:10–18).

Y quizás lo más liberador de todo: en vez de luchar contra el Señor y cuestionar lo que estamos viviendo, podemos reconocer su soberanía y esperar en fe lo que Él quiere obrar en nosotros, sabiendo que todo coopera para bien conforme a sus propósitos y que su intención es conformarnos a la imagen de su Hijo (Ro. 8:28).

Permanecer en Cristo es esperar en fe y confianza, con seguridad en Su persona, en Su poder, Su autoridad, Su soberanía, Su gracia, Su amor, Su bondad, Su misericordia.

La promesa que sostiene al creyente en la tormenta

Permanecer en Cristo no es una exigencia que debemos cumplir con fuerzas propias. Es una invitación a vivir de Él, en Él y para Él, especialmente cuando la vida duele y las circunstancias no tienen sentido inmediato. El llamado es a invocarle en medio de la angustia, confiando en su promesa: Él acompaña, libra y muestra su salvación. No desampara. Cumplirá su propósito en quienes le pertenecen (Sal. 91:15–16; 138:7–8).

Las luchas y presiones no son señal de abandono divino, sino oportunidad para aprender, soltar lo que no agrada a Dios, tomar decisiones que le glorifiquen y crecer en santidad. El creyente que permanece en Cristo no sale igual de la tormenta: sale fortalecido, más parecido a su Señor y más convencido de que, separado de Él, nada puede hacer.

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez es cristiana desde 1983. Es esposa de pastor, madre de tres y abuela de seis. Miembro de la IBI, donde forma parte del equipo de intercesión y colabora con el programa Mujer para la Gloria de Dios. Junto a su esposo sirve en el ministerio de discipulado matrimonial.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner