IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
A veces, los mejores beneficios de un viaje no están en el destino, sino en el trayecto. Quienes han viajado por carretera saben que la llegada tiene su propio gozo, pero que el camino —las conversaciones, los paisajes, los imprevistos— forma el carácter de maneras que ningún destino podría reemplazar. Algo similar ocurre con la carrera de la fe: Dios no solo nos ha prometido una corona al final, sino que nos transforma profundamente a lo largo del recorrido.
El libro de Nehemías nos ofrece una ventana privilegiada a ese proceso. Con un versículo que funciona casi como aperitivo —«La muralla fue terminada el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días» (Neh. 6:15)—, la Escritura despierta el apetito por conocer quién era este hombre, qué obstáculos enfrentó y qué lo sostuvo hasta el final. Nehemías fue el tercer líder de la restauración judía. El pueblo regresaba del exilio, y Dios lo eligió para dirigir la reconstrucción de los muros de Jerusalén, una ciudad que llevaba ciento cincuenta años en ruinas. En la antigüedad, una ciudad sin murallas era una ciudad indefensa. Lo que Dios encargó a Nehemías no era un proyecto menor: era la restauración de la dignidad y la protección de todo un pueblo.
Nehemías era copero del rey, lo que significaba que probaba las bebidas reales para proteger al monarca de posibles envenenamientos. Era un oficio que exigía valentía cotidiana, precisamente el tipo de carácter que Dios eligió y capacitó para una obra de mayor envergadura.
Cuando Nehemías se enteró de la condición de su pueblo, su primera respuesta no fue un plan de acción, sino llanto, ayuno y oración. Durante cuatro meses oró antes de acercarse al rey a pedir ayuda. A lo largo del relato, cuando la oposición se levantó, cuando los enemigos intentaron atemorizarlo, cuando la presión interna y externa amenazaba con detener la obra, Nehemías oró. Los estudiosos han llamado a estas intervenciones «oraciones telegrama»: breves, directas, nacidas de una dependencia total en Dios. La oración no era un recurso de último momento; era su práctica constante, la expresión de una vida completamente orientada hacia Aquel que lo había llamado.
De la oración brotaron las demás virtudes. Nehemías evaluó con diligencia la condición de los muros antes de actuar, consciente de que toda obra —incluyendo la propia vida— debe ser examinada con honestidad. Como nos recuerda el apóstol Pablo, la obra de cada uno será probada y las intenciones traídas a la luz (1 Cor. 3:13). Esto invita a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hay grietas en nuestros propios muros que necesitan restauración?
Nehemías no operó en solitario. Consideró con cuidado qué ayuda necesitaba, a quiénes debía involucrar y cómo hacerlo según las capacidades de cada persona. Motivó al pueblo compartiéndole la visión, delegó tareas con sabiduría, supervisó la ejecución con humildad y acompañó el proceso hasta el final. Entendía que los puntos ciegos existen, y que Dios, en su gracia, ha dotado a su pueblo de hermanos y hermanas capaces de ver lo que nosotros no podemos ver en un momento dado (1 Cor. 12).
Esta dimensión comunitaria no es secundaria en el relato; es estructural. La muralla no se habría levantado si cada familia no hubiera reparado el tramo frente a su casa. La obra de Dios avanza cuando su pueblo actúa con unidad, cada quien respondiendo al llamado que le ha sido asignado.
Y sin embargo, la obra tampoco avanzó sin resistencia. La oposición fue real, sostenida y multiforme: burlas, amenazas, intrigas, intentos de distracción. Ante todo ello, Nehemías respondió con actitud controlada, prudencia y gracia, sin perder el enfoque ni el propósito. No se desvió. No cedió al miedo. Se mantuvo firme porque confiaba en que Dios respaldaba la obra.
Necesito responder a la oposición con una actitud controlada, con prudencia y gracia, sin perder el enfoque, sin olvidar el propósito ni la meta; sin distracciones que puedan desviar el accionar que inspirará a aquellos que me están mirando.
Pablo describe el final de su carrera con palabras que resumen la ambición más noble de todo creyente: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Tim. 4:7-8). La corona al final de la carrera es real y gloriosa. Pero el trayecto también tiene sus beneficios, y son inmensos.
En el camino, conocemos a Dios más íntimamente. Aprendemos a escuchar su voz, a reconocer su carácter, a dejarnos formar a su imagen. Somos usados como vasijas de barro para su obra. Somos instrumentos de unidad en medio de su pueblo. La carrera nos enseña lo que ningún destino instantáneo podría: que lo necesitamos a Él en cada paso, que su guianza no es opcional sino esencial, y que su corrección es una expresión de amor.
Así como un padre que lleva a sus hijos por los caminos de su tierra no solo quiere que lleguen al destino, sino que en el trayecto le conozcan más de cerca, así nuestro Padre celestial nos conduce. La muralla de Nehemías se levantó en cincuenta y dos días, pero el carácter que la sostuvo se fue forjando a lo largo de toda una vida de obediencia fiel. Eso mismo es lo que Dios está haciendo en cada uno de nosotros, día tras día, tramo tras tramo.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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