Integridad y Sabiduria
Perseverando en la palabra de Dios
Perseverando en la palabra de Dios

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Vida devocional

Perseverando en la palabra de Dios

Anny Mañón de Mirabal 9 junio, 2020

«Y así tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro, hasta que el día despunte y el lucero de la mañana aparezca en vuestros corazones» (2 Pe. 1:19). Esta imagen lo dice todo: la Palabra de Dios es una lámpara encendida en medio de la oscuridad, y mientras el día definitivo no llegue, la necesitamos. No como adorno ni como recurso de emergencia, sino como luz constante que orienta cada paso.

La carrera de la fe comienza con la Palabra y se sostiene en ella. No es posible correr bien sin conocerla, y no es posible llegar hasta el final sin perseverar en ella. «Pues habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pe. 1:23). Esa misma Palabra que nos hizo nacer es la que nos hace crecer, madurar, dar fruto y permanecer. Perseverar en la Palabra de Dios es nuestra seguridad de correr hasta el final, y de correr bien.

Una Palabra que ilumina, transforma y santifica

La Palabra de Dios no es un texto estático ni un conjunto de reglas abstractas. Es viva, activa y eficaz; ilumina el camino como lumbrera (Sal. 119:105) y otorga certeza aun en los tramos más oscuros. Nos trae a la realidad de Dios: nos enseña quiénes somos en Cristo, cambia nuestra manera de pensar y nos capacita para vivir la vida que a Él le agrada.

Además, nos santifica. En su oración sacerdotal, el Señor Jesús pidió al Padre: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (Jn. 17:17). Esa oración también fue por nosotros, y se hace realidad en el presente. El Espíritu Santo produce santidad en quienes creen, atesoran y obedecen esta Palabra. Por eso es imprescindible que nuestras mentes sean renovadas para conocer la voluntad de Dios (Ro. 12:2), que los patrones de pensamiento traídos del mundo sean reemplazados por el estándar de las Escrituras, que el deseo de nuestros corazones se vaya alineando progresivamente a los deseos de Dios y que comprendamos que somos llamados a despojarnos de lo viejo y vestirnos de lo nuevo (Ef. 4:22-24; Col. 3:5-17). Cuando los pensamientos son dirigidos por la Palabra, el resultado es paz: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera» (Is. 26:3).

Cómo perseverar en la Palabra cada día

La pregunta práctica es inevitable: ¿qué podemos hacer concretamente para mantenernos en la Palabra a lo largo de toda la carrera? La respuesta se resume en tres acciones que deben convertirse en hábitos diarios.

Leer. La Palabra es el alimento espiritual que nos mantiene nutridos y fuertes. Nos limpia y nos da a conocer los atributos y las obras de Dios. Meditar. Reflexionar sobre sus implicaciones para nuestra vida y dejar que reoriente el enfoque de nuestra mente. Obedecer. No basta con escucharla; es necesario ponerla por obra, aplicándola a cada circunstancia concreta.

Redirigir el corazón —cuya primera inclinación es alejarse de la obediencia a Cristo— requiere esfuerzo y perseverancia. Dios lo sabe, y por eso su instrucción a Josué sigue siendo vigente para todos los que corren esta carrera: «Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito» (Jos. 1:8). Josué tenía ante sí la misión de guiar al pueblo a la tierra prometida. Nosotros tenemos la misión de correr esta carrera y alcanzar la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, entregará en aquel día (2 Ti. 4:8).

Perseverar en la Palabra de Dios es nuestra seguridad de correr hasta el final, y de correr bien.

La Palabra: provisión para los tramos más difíciles

Los tiempos difíciles no nos toman a Dios por sorpresa. Cuando las circunstancias se complican, cuando el cansancio arropa, cuando la soledad o el temor se hacen presentes, Él ya sabe dónde estamos en nuestra carrera. Y justamente en esos tramos es donde la Palabra se revela como la provisión exacta que necesitamos. «La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento» (Sal. 19:7, NVI). Incluso a sorbos, ella levanta.

En medio de la dificultad, Dios obra algo maravilloso en su pueblo: nos hace ver nuestra propia incapacidad para que, al reconocerla, volvamos los ojos a la fuente verdadera de fortaleza. La Palabra que mora en abundancia en el corazón consuela, exhorta, amonesta y enseña. Los padres abrazan Deuteronomio 6:7 e instruyen a sus hijos con diligencia. La sabiduría y la bondad que menciona Proverbios 31:26 no nacen de la improvisación, sino de haber conocido y atesorado la Palabra de Dios.

No dejemos de «desear, como niños recién nacidos, la leche pura de la Palabra, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pe. 2:2). La Palabra nos acompaña desde el inicio de la carrera hasta el final. Que podamos perseverar en ella cada día, sin importar cuán oscuro sea el trecho, con la certeza de que su luz nunca se apaga.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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