Integridad y Sabiduria
Perseverando a pesar de la debilidad
Perseverando a pesar de la debilidad

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Emociones y alma

Perseverando a pesar de la debilidad

Anny Mañón de Mirabal 24 marzo, 2020

La vida cristiana desconcertaba a la autora cuando comenzó a caminarla. Los creyentes hablaban de morir para vivir, de ser los últimos para ser los primeros, de encontrar fortaleza precisamente en la debilidad. Todo parecía contradecir lo que el mundo enseña. Y es que, en efecto, la vida del creyente es una paradoja: un hecho que parece contrario a la lógica. El cristiano corre contra corriente, contra lo establecido por el mundo caído en el que habita.

La Palabra de Dios ilustra esa vida como una carrera que dura toda la vida y exige perseverancia: un esfuerzo sostenido y constante. Jesús mismo lo declara: «El que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mat. 24:13). La meta es el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:14). Y para alcanzarla, Dios no nos ha dejado sin recursos.

La gracia como provisión continua para la carrera

Dios nos ha dado todo lo que necesitamos. Pedro lo afirma con claridad: «Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» (2 Ped. 1:3). Y más aún, el apóstol exhorta a añadir a la fe virtudes como la perseverancia y la piedad, porque estas no solo han sido dadas, sino que pueden abundar en quienes creen (2 Ped. 1:5–8).

Sin embargo, vivir en un mundo caído desgasta. Las circunstancias externas e internas, las tribulaciones, las limitaciones económicas y relacionales, las tentaciones y la guerra espiritual en que nos encontramos debilitan las fuerzas físicas y espirituales. Para perseverar, el creyente necesita depender continuamente de la fuente de donde proviene la gracia suficiente para cada momento.

El apóstol Pablo lo aprendió de manera profunda. En 2 Corintios 12, reconoce que sus propias capacidades eran un estorbo. Su dependencia total era del Señor. Por eso Dios, en su sabiduría, le permitió conservar ese aguijón en la carne: para mantenerlo en esa dependencia vital. La respuesta divina fue inequívoca: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor. 12:9). Nuestras debilidades no son errores en el diseño de Dios; son el espacio donde su poder resplandece. Cuanto más débil es el instrumento humano, con mayor claridad brilla la gracia de Dios a través de él. El propio Pablo lo confirma: «Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros» (2 Cor. 4:7).

Lo que la debilidad produce en el creyente

Lejos de ser un impedimento para perseverar, la debilidad cumple funciones precisas en la vida espiritual. Vale la pena considerar cuatro de ellas.

En primer lugar, la debilidad previene la arrogancia. Dios le concedió a Pablo visiones y revelaciones sublimes, pero también le permitió el aguijón «para evitar que me volviera presumido» (2 Cor. 12:7). La debilidad mantiene el ego controlado y al creyente en actitud de humildad.

En segundo lugar, la debilidad frena la precipitación. Cuando el ser humano confía en su propia fortaleza, tiende a adelantarse a los tiempos de Dios. La fragilidad reconocida enseña a esperar y a ceder el paso al Señor.

En tercer lugar, la debilidad revela la necesidad de la comunidad. Ese espíritu independiente que proclama «yo no necesito a nadie» se desvanece cuando el creyente se ve limitado. La debilidad lo lleva hacia sus hermanos en la fe.

En cuarto lugar, y como consecuencia directa de lo anterior, la debilidad produce comunión genuina. Unidos al pueblo de Dios, los creyentes son fuertes.

La Escritura está llena de hombres y mujeres debilitados por la inseguridad, el temor, el temperamento o el fracaso moral —Gedeón, Moisés, Abraham, Pedro, David— y que, no obstante, «sacaron fuerzas de flaqueza» (Heb. 11:34). Dios quiere hacer lo mismo con cada debilidad que hoy pudiera estar obstaculizando la perseverancia en el caminar con Él.

Nuestra debilidad es el mejor lugar para que Dios refleje el brillo de su poder.

Correr con la mirada hacia arriba

Estar débil no impide perseverar. Lo que la debilidad muestra con claridad es que para correr a la manera de Dios es indispensable depender de Él. Hay una diferencia significativa entre «perseverar a pesar de la debilidad» y «perseverar por causa de la debilidad». Pablo mismo lo expresa: «Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor. 12:10). La debilidad no es la excepción en la vida cristiana; es la condición que hace posible que la fortaleza del Señor obre sin la interferencia de la fortaleza propia.

La carrera continúa. Y quienes la corren —con limitaciones, con aguijones, con fuerzas que se agotan— lo hacen con la mirada dirigida hacia arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios y donde «vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col. 3:3). Esa es la certeza que sostiene cada paso: no la ausencia de debilidad, sino la presencia de una gracia que siempre basta.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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