IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Yan Krukau en Pexels
Janet Adames de Lantigua • 12 octubre, 2021
Dios ha concedido a los padres uno de los privilegios más altos y desafiantes que existen: ser los principales formadores de sus hijos durante los años más decisivos de su vida. La Escritura lo declara con claridad: «Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Prov. 22:6). Este versículo no es meramente un consejo optimista; es una convicción que orienta toda la tarea de la crianza cristiana. El tiempo disponible para ejercer esa influencia es corto y, en gran medida, irrepetible.
Aunque ningún padre o madre puede conocer el futuro de sus hijos, sí puede obrar con diligencia: amándolos, moldeando sus corazones, instruyéndolos, corrigiéndolos, disciplinándolos y modelando a Cristo ante ellos. El corazón humano es como un terreno que necesita ser cultivado y abonado; abandonado a su suerte, producirá malezas. La Escritura es directa al respecto: «La necedad está ligada al corazón del muchacho» (Prov. 22:15), y «el muchacho consentido avergonzará a su madre» (Prov. 29:15). Pero también ofrece esperanza: «Corrige a tu hijo y te dará descanso, y dará alegría a tu alma» (Prov. 29:17).
Criar hijos en la fe no es un proyecto ocasional ni delegable por completo a la iglesia o la escuela. Es una labor que se vive en lo ordinario, en los momentos que la agenda no agenda. El texto del Deuteronomio lo expresa de forma memorable: «Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón, y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Deut. 6:6-7). La disponibilidad no es un método; es una postura del corazón.
A esto se suma el llamado de Efesios a criar a los hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4). El involucramiento activo en la vida de los hijos no es opcional para el padre cristiano: es parte esencial de su mayordomía. Junto a la disciplina, el amor, el cariño y la ternura son elementos que abren puertas donde el temor las cierra. Un ambiente familiar marcado por el afecto genuino favorece la comunicación, fortalece el vínculo y reduce el terreno fértil para la hipocresía y la mentira, que con frecuencia germinan donde los hijos sienten que no pueden ser honestos.
Asimismo, los padres están llamados a ayudar a sus hijos a descubrir el propósito que Dios tiene para sus vidas, y a modelar integridad viviendo lo que enseñan. Cuando existe dicotomía entre lo que se proclama en casa y lo que se practica, los hijos lo perciben con una agudeza sorprendente. La coherencia entre la palabra y la vida no es perfeccionismo; es credibilidad.
Existe una tentación sutil, pero profundamente dañina, que se ha normalizado incluso entre padres creyentes: la de criar hijos enfocándose principalmente en que «sean felices», acomodándolos a los valores y tendencias del mundo. Frente a esta tendencia, el artículo no duda en afirmar que si los padres se limitan a mimar, entretener y acomodar a sus hijos a este mundo, estarán cometiendo «el mayor acto de crueldad que un padre podría realizar contra su hijo».
La afirmación es fuerte, pero bíblicamente sólida. Si la salvación del alma es el bien eterno de todo ser humano, nada puede tener más valor que dirigir a los hijos hacia ella. Esto implica, en ocasiones, nadar contra la corriente: resistir las modas, los parámetros culturales y los vaivenes del tiempo, con los ojos puestos en lo que permanece. La sabiduría necesaria para hacerlo no surge de recursos humanos, sino de Dios mismo, quien la concede generosamente a quienes la piden (Sant. 1:5).
Enseñar a los hijos a orar y a desarrollar una relación íntima con su Creador es, en este sentido, uno de los legados más valiosos que un padre puede dejar. La Palabra de Dios no es literatura religiosa; es la voz del Espíritu Santo, viva y eficaz, capaz de transformar corazones de generación en generación.
Si nos encargamos de mimarlos, entretenerlos y acomodarlos a este mundo, enfocados en que 'sean felices', estaremos cometiendo el mayor acto de crueldad que una madre podría realizar contra su hijo.
El hogar cristiano no es solo el lugar donde los hijos duermen y comen; es el primer y más influyente espacio de formación espiritual. Los padres tienen en sus manos la posibilidad de que sus hijos aprendan allí las mejores lecciones de la vida: que Dios existe, que Su Palabra es verdadera, que el evangelio transforma, y que vivir para la eternidad tiene más sentido que vivir para el momento. Este privilegio es, al mismo tiempo, una responsabilidad sagrada. Asumirlo con seriedad, dependencia de Dios y esperanza firme en Él es la respuesta más fiel que los padres cristianos pueden dar al llamado que han recibido.
Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.
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