IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Jeanine Martínez • 17 septiembre, 2019
Esta pregunta la han planteado tanto hombres como mujeres en distintas etapas de la vida. Las razones son variadas: cultura, economía, relaciones difíciles, deseo de autonomía. En Latinoamérica, el peso cultural es especialmente fuerte: los hijos adultos suelen permanecer en casa de sus padres casi por inercia, sin detenerse a examinar si esa decisión —o la contraria— es verdaderamente sabia. Pero precisamente porque somos creyentes, toda decisión merece ser examinada con profundidad, honestidad y a la luz de la Palabra.
Una casa es más que un edificio. Tanto para solteros como para casados, el hogar debe ser un lugar de refugio, hospitalidad y crecimiento en la relación con Dios y con otros. Por eso, la pregunta de si mudarse o quedarse no puede responderse desde el pragmatismo ni desde el egoísmo, sino desde la sabiduría y el amor.
Uno de los problemas más comunes entre jóvenes adultos en nuestra región es que nunca aprendieron a cuidar de sí mismos ni de un hogar. En muchos hogares latinoamericanos, las madres —y el personal doméstico— asumen todas las tareas: lavan la ropa, limpian, van al mercado, pagan las cuentas. El resultado es que muchos llegan a la adultez sin haber desarrollado las habilidades más básicas de la vida independiente.
Esto tiene consecuencias reales. Quienes han compartido vivienda con personas sin esas habilidades lo saben bien: facturas sin pagar, reparaciones ignoradas, desorden crónico, y al momento de mudarse, deudas y problemas que otros deben resolver. Cuando esos mismos jóvenes se casan, el estrés aumenta considerablemente, porque la convivencia matrimonial exige precisamente lo que nunca se practicó: responsabilidad compartida, administración del hogar y hábitos sostenidos en el tiempo.
Independizarse, entonces, no es simplemente cambiar de dirección. Es asumir una carga real, y es necesario preguntarse con honestidad si uno está preparado para hacerlo.
Antes de tomar esta decisión, conviene tomarse un tiempo en oración para responder con sinceridad algunas preguntas fundamentales:
¿Cuál es la motivación real para mudarse? ¿Es el deseo de huir de conflictos, evitar rendir cuentas o escapar de algo que en realidad debería enfrentarse? ¿O es, por el contrario, un paso genuino hacia la madurez? Del mismo modo, vale preguntar: ¿cuál es la motivación para no mudarse? ¿Es el temor al qué dirán, o simplemente la comodidad?
También es necesario evaluar la situación económica con realismo. ¿Hay deudas pendientes? ¿Existe un presupuesto personal? Si no se ha podido contribuir en casa de los padres, difícilmente se podrá sostener un hogar propio. Y si vivir de forma independiente implicaría mudarse a un área de menor nivel socioeconómico o reducir significativamente el estilo de vida, ¿hay disposición real para hacerlo?
Asimismo, es importante considerar si existe alguna situación de abuso en el hogar actual. El abuso no siempre es físico; también puede ser emocional o espiritual. Hay padres extremadamente controladores y manipuladores, y en esos casos establecer cierta distancia física puede ser la decisión más sana y necesaria. Finalmente, toda decisión importante en la vida cristiana debería tomarse buscando el consejo de personas mayores, sabias y espiritualmente maduras.
El mudarnos a otra casa debe ser un llamado a crecer y madurar, no un grito de independencia, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a Cristo, y todo lo que hagamos de palabra o de hecho debe ser para Su gloria.
Mudarse no significa cortar el vínculo. Quince años después de haber dejado la casa de sus padres, la autora de este artículo todavía la llama «mi casa». Sus padres la reciben cada vez que regresa, abren sus puertas, y esa generosidad merece gratitud genuina y continua. Porque los padres no tienen la obligación de seguir recibiéndonos como si nada hubiera cambiado; sin embargo, muchos lo hacen. Eso es un regalo, no un derecho.
Con el tiempo, quien administra su propio hogar comprende lo que antes daba por sentado: mantener una casa limpia y ordenada, pagar los gastos puntualmente y sostener el ritmo cotidiano requiere mucho esfuerzo. Esa comprensión debería traducirse en acciones concretas: invitar a los padres a cenar, agradecer el tiempo vivido bajo su techo, y hacer que ellos también sientan que son bienvenidos en el nuevo hogar. Vivir afuera no es licencia para exigir respeto en casa propia mientras se toma todo en la casa de ellos sin consideración.
Todo esto debe evaluarse a la luz de la cruz. El llamado cristiano es amar al prójimo como a uno mismo (Mt. 22:39), y ese prójimo incluye, en primer lugar, a quienes están más cerca. Mudarse es una oportunidad para crecer en humildad, gratitud y responsabilidad, no para declararse libre de toda obligación. En la vida del creyente, incluso las decisiones más cotidianas están llamadas a reflejar que pertenecemos a Alguien, y que todo lo que hacemos —de palabra o de hecho— debe ser para Su gloria (Col. 3:17).
Jeanine Martínez es misionera apasionada por hacer discípulos de Cristo entre todas las naciones a través de la enseñanza bíblica. Posee una Maestría en Artes en Estudios Teológicos y Liderazgo Intercultural por el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y es especialista en Ingeniería Sanitaria y Ambiental. Sirvió como misionera transcultural en el Sur y el Este de Asia por casi nueve años, enfocada en la enseñanza bíblica, el entrenamiento misionero y el discipulado. Es enviada por la Iglesia Bautista Internacional (IBI) en la República Dominicana. Le gusta cocinar, disfrutar la música y conocer personas de distintas culturas, apreciando la multiforme gracia de Dios. También procura, de vez en cuando, detenerse a oler las flores.
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