IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Liza Summer en Pexels
Anny Mañón de Mirabal • 6 julio, 2021
La salvación llegó como un regalo extraordinario: envuelto en gracia, sellado con la vida misma de Jesucristo. En la cruz, ese regalo produjo paz entre Dios y el pecador, levantó la ira que pesaba sobre cada uno de nosotros y perdonó todos nuestros pecados. Pero ese mismo regalo trae consigo algo más: la capacidad —y la responsabilidad— de extender ese perdón a quienes nos han herido y a quienes hemos herido nosotros. Meditar sobre el perdón es, en cierto sentido, meditar sobre la cruz misma. Si hay un concepto que define lo que ocurrió en el Calvario, es este.
El perdón no es simplemente una virtud moral ni una estrategia emocional para sanar heridas. Es un acto de obediencia que nos conecta con la esencia del Evangelio. Y sin embargo, pocos temas generan tanta resistencia interior en el corazón del creyente.
Uno de los mayores obstáculos para perdonar no es la ausencia de voluntad, sino la presencia de mentiras que hemos creído y alimentado durante años. Estas distorsiones actúan como muros que parecen protegernos, pero en realidad nos aprisionan.
La primera mentira dice: «Si perdono, no habrá justicia». Pero en la cruz, la justicia fue establecida tanto para el ofensor como para el ofendido. No perdonar no garantiza justicia; simplemente nos mantiene atados al dolor de la injusticia.
La segunda mentira dice: «Si perdono, pierdo el control de la situación». Ese supuesto poder, sin embargo, no se alimenta del Espíritu Santo que mora en nosotros: nos debilita en lugar de fortalecernos.
La tercera mentira dice: «Si perdono, mis heridas no sanarán». Perdonar no es ausencia de dolor. Cuando Cristo colgaba en la cruz, el dolor estaba presente y ya nos había perdonado. No siempre perdonar y salir del dolor ocurren simultáneamente, pero el perdón es el inicio del camino hacia la sanidad.
La cuarta mentira es quizás la más sutil: «Lo que siento es tan real que no puedo ignorarlo». Y es verdad que los sentimientos son reales. Pero perdonar no es una elección emocional basada en sentimientos: es un acto de la voluntad, informado por la razón y alineado con la verdad de Dios.
Las Escrituras no dejan margen para la ambigüedad: «Porque si ustedes perdonan a los hombres sus transgresiones, también su Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones» (Mt. 6:14-15). La falta de perdón no es solo un problema emocional o relacional; es un asunto espiritual que afecta directamente nuestra comunión con Dios.
Muchas veces, al constatar que el dolor y la amargura persisten, llegamos a la conclusión de que perdonar es imposible. Y lo sería, si dependiera únicamente de nuestras fuerzas. Pero hay una verdad cardinal que cambia toda la ecuación: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál. 2:20).
En esta verdad podemos anclar la esperanza de lograr lo que parece imposible. No hay nada en nuestra vida que pueda sacar a Cristo de la ecuación: Él está entretejido con nosotros. Y el Espíritu Santo ha derramado Su amor en nuestros corazones, como recuerda el apóstol Pablo: «la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro. 5:5). Nuestro amor propio no tiene el poder para empujarnos a la obediencia necesaria para perdonar, pero el poder de Dios sí.
Cuando presentamos nuestras vidas al señorío de Cristo, nuestra mente comienza a renovarse y transformarse, sustituyendo las mentiras del mundo por la verdad del Padre. Como nos exhorta Pablo: «transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Ro. 12:2). Perdonar está dentro de esa voluntad perfecta.
La falta de perdón nos mantiene presos en una cárcel que tiene las puertas abiertas, pero no lo sabemos, y envenena nuestras vidas.
Podemos descansar en Dios para perdonar y ser perdonados porque este asunto le importa profundamente a Él. Involucra Su nombre, Sus atributos, Su misma esencia. Él es misericordioso, perdonador, generoso con quienes no merecen Su generosidad. Nos perdona una y otra vez porque sabe que somos polvo y que Sus propias manos nos formaron.
El Señor conoce el final desde el principio. No hay imprevistos que puedan frustrar Sus promesas. Su fidelidad, como declara el salmista, «llega hasta el firmamento» (Sal. 36:5). Podemos descansar en Su veracidad, en Su fidelidad, en Su pacto inquebrantable.
Fuimos creados a imagen del Dios trino (Gn. 1:26). Aunque el pecado oscureció esa imagen, la victoria de Cristo en la cruz la está restaurando a lo que fue desde el principio. Y el Hijo, que nos hace libres, nos hace «realmente libres» (Jn. 8:36). Esa libertad incluye la libertad para perdonar, para ser sanados y para crecer a la estatura de Cristo.
¿Crees que hay algo tan imposible que Dios no pueda lograrlo en tu vida? ¿Piensas que Él no puede vencer los obstáculos que se levantan en tu corazón? Descansa en Él. Eres Su tesoro más preciado, y Su deseo es que seas completamente libre.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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