IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida no es predecible. Puede estar marchando bien durante una temporada —la familia en armonía, el trabajo estable, las finanzas en orden, la salud intacta— y, de repente, llega lo inesperado: alguien cercano enferma, el trabajo desaparece, los ahorros se agotan, surge una pandemia. Lo que parecía sólido se vuelve frágil e incierto en cuestión de días.
En esos momentos surge la pregunta inevitable: ¿cómo confiamos en la bondad de Dios cuando no entendemos lo que está pasando? ¿Cómo descansamos en Su voluntad cuando no vemos ninguna salida? En tiempos de bonanza, confiar parece natural. Pero cuando los tiempos se endurecen, queda al descubierto cuán pequeña puede ser nuestra fe. Incluso los creyentes caen, a veces, en la desesperanza, la ira, la frustración y la amargura, actuando como si Dios no existiera o no importara.
Confiar en Dios significa creer en Su fidelidad, en Su Palabra, en Su sabiduría y en Su fuerza. La Biblia afirma que Dios no puede mentir y que siempre cumple Sus promesas (Núm. 23:19); que nada nos separa de Su amor (Rom. 8:38–39); y que Su bondad y favor nos rodean (Sal. 5:12). Confiar en Él es creer que todo lo que dice sobre Sí mismo, sobre el mundo y sobre nosotros es verdad.
Pero esta confianza no se reduce a un simple ejercicio intelectual. Es una elección deliberada de actuar en fe conforme a lo que Dios dice, aunque nuestras emociones o circunstancias nos sugieran lo contrario. Creer en Él es actuar con fe. Los sentimientos cambian; las circunstancias pueden transformarse en un instante. Dios, en cambio, no cambia. Él es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb. 13:8) y, por esa razón, es completamente digno de nuestra confianza. Confiar en Dios es vivir una vida de creencia y obediencia a Él, aun cuando hacerlo resulte difícil.
Dios no nos deja sin herramientas. En Su Palabra nos invita a echar toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros (1 Ped. 5:7). Nos ha dado la oración como un medio de gracia para acercarnos a Él, conversar con Él como Padre y Amigo, y presentarle todas nuestras peticiones (Fil. 4:6). Pasar tiempo con Dios nos permite conocerle mejor y comprender Su voluntad con mayor claridad.
También nos llama a actuar en obediencia —haciendo lo que Su Palabra ordena— y a confiar en que Él se encargará del resto. Como creyentes, el Espíritu Santo habita en nosotros y es nuestro ayudador constante: nos señala a Jesús (Jn. 14:26), nos consuela, nos recuerda la verdad y nos guía en la obediencia.
Busquemos la verdad en la Palabra de Dios. Él sabe que necesitamos un lugar completamente fiable e inmutable al cual acudir cuando nos sentimos inseguros. La Biblia registra una y otra vez cómo Dios ha respondido en tiempos difíciles, y nos recuerda que Él es digno de confianza sin importar cuáles sean nuestras circunstancias.
Seamos honestos y confesemos nuestra incredulidad. Podemos pedirle a Dios que nos ayude con nuestra falta de fe, que nos recuerde quién es Él y lo que promete, reconociendo que Su carácter es bueno y digno de confianza (Mr. 9:24). Al humillarnos, Él escucha nuestras peticiones y las responde.
Caminemos juntos. El Señor no solo camina a nuestro lado; también nos da una comunidad de creyentes con quienes recorrer el camino (Flm. 1:6). En otros hermanos en la fe podemos encontrar sabiduría, exhortación, ánimo y estímulo; vidas con quienes compartir nuestras luchas y repartir nuestras cargas.
Demos gracias en todo tiempo (1 Tes. 5:18). No permitamos que los tiempos difíciles empañen nuestra mirada. La gracia de Dios está presente en todas las cosas; Él actúa siempre y en todo.
Confiar en Dios es vivir una vida de creencia y obediencia a Él, aun cuando hacerlo resulte difícil.
Finalmente, esperemos en el Señor. Él actuará en nuestro favor según lo que Él sabe que es bueno para nosotros (Rom. 8:28), haciendo lo que nunca podríamos lograr por nuestra propia cuenta. «Pero los que esperan en el SEÑOR renovarán sus fuerzas. Se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán» (Is. 40:31).
Esperar en Él nos recuerda que no tenemos el control. Él es más grande que cualquiera de nuestras circunstancias. Él nos sostendrá y hará crecer nuestra fe en medio de la espera. No esperamos en el vacío; esperamos en un Dios fiel que ha demostrado, una y otra vez a lo largo de la historia, que Su Palabra no falla y que Su amor nunca cede.
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