IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Ángel Ramírez Flores en Pexels
Anny Mañón de Mirabal • 5 febrero, 2023
Hay momentos en la vida en que conocemos de antemano que el camino delante de nosotros será doloroso. Quizás un diagnóstico terminal, una pérdida irreparable o una prueba que no elegimos ni comprendemos del todo. El corazón se acelera solo de anticiparlo. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que ningún sufrimiento llega a nuestra vida sin propósito, y que el mayor acto de amor en la historia fue, precisamente, el sufrimiento más injusto jamás padecido.
Jesús, el Hijo de Dios, renunció voluntariamente a su gloria para llevar a cabo lo que solo Dios mismo podía hacer: restablecer la relación con el ser humano perdida en el huerto del Edén a causa de la caída. Toda la humanidad quedó marcada por el pecado e imposibilitada de acercarse a su Creador. La solución fue la encarnación del Hijo: «aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:5-8).
Los capítulos 26 y 27 del Evangelio de Mateo recogen las últimas horas de la vida de nuestro Señor con una claridad que asombra. En cada escena —traición, arresto, juicio, burla y cruz— queda en evidencia la soberanía y la providencia de Dios obrando en medio de su perversa creación. Hombres que actuaban en la oscuridad, movidos por la codicia y el odio, ejecutaban sin saberlo el plan eterno de Dios.
Jesús lo anunció con anticipación: «Ustedes saben que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado» (Mt. 26:1-2). Y lo reiteró momentos después: «Mi tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con Mis discípulos» (Mt. 26:18). No había sorpresa ni improvisación. Todo lo que ocurriría en las horas siguientes estaba diseñado para que se cumplieran las Escrituras (Mt. 26:56), totalmente bajo el control de Dios.
La palabra «pasión» proviene del latín passio, derivado de pati, que significa «sufrir», «padecer», «tolerar». Por eso las últimas horas de Jesús llevan ese nombre: fueron horas de aflicción profunda, sin paralelo en toda su vida terrenal. Fue traicionado con un beso por uno de los suyos a cambio de un puñado de monedas (Mt. 26:14-16; Lc. 22:47-48). Fue abandonado por sus discípulos en el momento más oscuro (Mt. 26:56). Fue acusado por testigos falsos, calumniado (Mt. 26:59-61), escupido (Mt. 26:67), golpeado a puñetazos y bofetadas (Mt. 26:67; 27:38), insultado y despreciado (Mt. 27:39-43). Procesado ilegalmente en dos juicios —uno religioso y otro civil—, sin encontrar una sola voz que se alzara en su defensa con compasión genuina.
Y sin embargo, en cada momento tuvo el poder de detenerlo todo. Pudo abrir sus labios para responder a las acusaciones, pero eligió callar para que las Escrituras se cumplieran: «como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, Él no abrió Su boca» (Is. 53:7). Pudo romper las ataduras, pudo defenderse, pudo descender de la cruz. No lo hizo. Las cuerdas que lo sujetaban no eran de soga ni de clavos: eran de amor y obediencia al Padre.
Lo que más sorprende en el relato de la pasión no es la crueldad de los verdugos, sino la determinación serena de la víctima. Jesús fue acusado para que nosotros no fuéramos condenados. Fue tratado como malhechor para ponernos en libertad. Se ofreció a sí mismo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn. 2:2), cumpliendo la voluntad del Padre de principio a fin.
Para Jesús, la obediencia al Padre tuvo más valor que su propia comodidad, su reputación y su vida misma (Sal. 40:8; Heb. 10:5-7). Y ese amor que lo llevó a la cruz es el mismo amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5:5).
No hay sufrimiento que pueda llegar a nuestras vidas que nuestro Amado Salvador no haya experimentado, y en ningún sufrimiento hubo despropósito.
Ante semejante despliegue de gracia, la pregunta no puede evitarse: ¿cómo debemos responder? El texto nos señala tres caminos concretos.
Primero, conocerlo más cada día: leer y meditar su Palabra, conocer sus atributos, su persona y su voluntad, honrándolo en adoración y oración. Segundo, amarlo: no con el amor imperfecto y mundanal del que somos capaces por nosotros mismos, sino con el amor que Él mismo ha hecho posible en nosotros —con todo el corazón, el alma, la fuerza y la mente. Tercero, obedecerlo: caminar en la misma senda que él anduvo, donde la obediencia al Padre es más importante que la comodidad personal.
Estas últimas horas de la vida de Jesús nos dejan algo claro e inapelable: ninguna época de aflicción llega sin propósito a la vida del creyente. El mismo Dios soberano que orquestó la pasión de su Hijo para redimir a la humanidad es quien gobierna cada detalle de nuestras circunstancias. Solos no podemos andar ese camino, pero con el auxilio del Espíritu Santo que habita en nosotros, sí podemos. La oración del salmista sigue siendo la respuesta más honesta y más valiente que podemos ofrecer: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno» (Sal. 139:23-24).
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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