La crianza cristiana no consiste simplemente en alimentar, vestir y proteger a los hijos, ni en enseñarles modales o prepararlos para un mundo competitivo. Según Deuteronomio 6, criar es pasar a la siguiente generación el legado moral y espiritual que hemos recibido del Señor, con la esperanza de que lleguen a amar a Dios. Esta visión contrasta radicalmente con la crianza humanista, que busca que los niños se sientan dueños de sus vidas y sean ellos mismos sin interferencia de los padres.
El fundamento de esta tarea descansa en tres principios esenciales. Primero, los padres deben vivir lo que enseñan. Las palabras que Dios manda deben estar primero en el corazón de quien las transmite, porque resulta absurdo pedirle a un hijo que crea lo que uno no cree, que perdone cuando uno no perdona, o que reconozca sus errores cuando uno no reconoce los propios. Segundo, la instrucción debe ser constante y diligente, como quien amola un cuchillo, frotando una y otra vez hasta sacar filo. En cualquier momento surge la oportunidad: jugando, viajando en el carro, o corrigiendo una conducta que revela el pecado del corazón. Tercero, esta labor requiere presencia. No se puede instruir a distancia ni delegar completamente esta responsabilidad en la iglesia o el colegio.
Para quienes sienten que fallaron, hay esperanza: pueden pedir perdón a sus hijos y rectificar el camino. Y para las madres solteras que enfrentan solas esta tarea, el Señor honra su palabra y puede redimir incluso las situaciones que no son ideales.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Venga, abramos nuestras Biblias en Deuteronomio 6. En un momento vamos a leer ahí un pasaje breve, conocido, que vamos a exponer en el día de hoy, y tiene que ver —no sé si han colocado ya el título— pero tiene que ver con la crianza. Un tema que quizás algunos pueden sentir que no les aplica, pero si nos ponemos a pensar detenidamente, nos vamos a percatar, nos vamos a dar cuenta, que sí nos aplica. Casi a todos, si no a todos, casi a todos.
La semana pasada recuerdo que recibimos un reporte de la Escuela Dominical, del número de niños que asistió. Y aunque ya sabíamos el número de niños, como que verlo de nuevo me llamó la atención, me impactó saber que 450 niños entre 3 y 12 años reciben instrucción en los dos cultos en nuestra Escuela Bíblica Dominical cada domingo. Eso es un batallón de muchachos, como decimos. Pero si a ese batallón le sumamos los dos nursery —un nursery para infantes y un nursery para niños de 2 y 3 años— esos 450 se convierten en 520, 530 muchachos. Pero si sumamos los que están aquí, que se quedan con nosotros, que son mayores de 12 años hasta los 18, que esta es como la edad todavía de crianza, estamos hablando de casi 150 más, que pueden sumar más o menos 650, 670 muchachos jóvenes que están entre nosotros, niños y jóvenes que están entre nosotros. Es todo un batallón de personas que Dios nos ha puesto a cargo, y eso me hace ver la importancia de traer un tema como este, porque la mayoría de los que estamos aquí tenemos la responsabilidad puesta por Dios de formar a nuestros hijos, de criarlos, de levantarlos.
La mayoría. Quizás algunos no tienen hijos, pero piensan tenerlos en un futuro —los solteros que están aquí— o quizás si no tienen, si no tienen pensado tener, quizás tienen cerca a alguien que sí tiene: un hermano, un amigo cercano, y tú también ves sus hijos como tus propios hijos o niños a los que tú les amas, y quieres ver que buenas cosas ocurran en su vida. Quizás algunos ya terminaron la tarea de la crianza, pero siguen ahora a través de sus nietos, como que les llamo subcriando a través de sus nietos. O sea que el tema de alguna manera nos toca prácticamente a todos.
Y definitivamente, criar es una tarea hermosa pero extremadamente desafiante, muy desafiante. Y los que tenemos hijos y los que han tenido saben a qué me refiero. La crianza nos absorbe: nos absorbe económicamente, nos absorbe emocionalmente, y desafía completamente nuestro nivel de santidad. Hay un refrán que dice: "Dime con quién andas y te diré quién eres." Pero yo diría: "Dime, o más bien, déjame ver cómo tú crías y te diré quién eres." Porque eso saca a flote todo: lo bueno —qué buen padre, qué buena madre, qué dedicado, qué virtuoso— y lo malo. Bueno, cuando uno ve a los padres reaccionando y actuando ante las impredecibles reacciones de nuestros hijos, ahí es que sabemos quiénes son.
Y si nosotros hacemos la pregunta: "Bueno, ¿qué es criar? ¿Qué es la crianza? ¿En qué consiste? ¿Cómo se hace eso?" Y preguntamos a un grupo de personas, cristianos o no cristianos, vamos a obtener, yo diría, diversas respuestas. No hay un acuerdo en cuanto a lo que es la crianza y cómo se hace, aunque la Palabra sí sugiere y plantea qué es la crianza de manera contundente y en qué consiste. Y ese es mi propósito en el día de hoy: que nosotros podamos ir a la Palabra de Dios, ver qué indica ella acerca de qué es esta tarea, en qué consiste la tarea de los padres al levantar a sus hijos y cómo la hacemos. La idea es que estemos en la misma página en cuanto a este tema, porque si sus hijos serán los miembros de esta congregación en un futuro, yo quiero, nosotros queremos que te den buen trabajo, porque así no tendremos problemas aquí más adelante. Pero esa es nuestra idea, es nuestro objetivo en el día de hoy.
Leamos entonces Deuteronomio 6, desde el versículo 4 al versículo 9: "Escucha, oh Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón, y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos, y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas."
Entonces leímos este texto, un texto muy conocido, donde Moisés le escribe a su pueblo —o al pueblo de Dios más bien— acerca de una serie de instrucciones que el pueblo debía observar. Este texto, aunque se lee mucho en contextos de crianza, realmente el propósito, el objetivo del pasaje no es la crianza. Moisés y Dios no están detrás simplemente de criar niños, sino de preservar la nación. Ese es el objetivo de estas instrucciones, y eso es lo que ha hecho en todo Deuteronomio.
Es la despedida de Moisés. Moisés está por morir, el pueblo está por entrar a la tierra prometida, y él, antes de morir y antes de que el pueblo entre a la tierra prometida, en uno o dos sermones —literalmente es lo que se entiende que Deuteronomio es— en uno o dos sermones él expone todo, y es recogido entonces como el libro de Deuteronomio. Esta es la despedida de Moisés, y su intención era reiterar la ley que ya el pueblo había recibido años antes, cuando ellos comenzaron a peregrinar bajo la sombra del monte Sinaí. Aquí ahora, a la orilla del Jordán, están recibiendo una nueva declaración de la ley para que puedan vivirla y puedan obedecerla en la tierra que Dios les da. Y el pueblo debía entender que era vital para su preservación y su prosperidad el obedecer esta ley que Dios les había mandado.
Miren cómo lo dice el mismo capítulo 6, donde leímos, en su versículo 1 al 3. Dice: "Estos pues son los mandamientos, los estatutos y los decretos que el Señor vuestro Dios me ha mandado que os enseñe." Ya todo esto, todo este Deuteronomio, todos estos son los mandatos, los estatutos, los mandamientos que Dios ha ordenado para que los cumpláis en la tierra que van a poseer. "Para que temas al Señor tu Dios guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te ordeno, tú y tus hijos y tus nietos, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Escucha pues, oh Israel, y cuida de hacerlo, para que te vaya bien y te multipliques en gran manera en una tierra que mana leche y miel, tal como el Señor, el Dios de tus padres, te ha prometido."
¿Se fijan que es en ese contexto de preservación de la nación, de mantener la prosperidad de la nación, que Dios les da estas instrucciones? Obedézcanla, sométanse a ella, y no la dejen en ustedes, sino que pásenla a sus hijos. Obviamente, si nosotros estamos interesados en la prosperidad de una nación, en el avance de una nación, o incluso de una familia, tenemos que poner atención a nuestros hijos, porque hay una continuidad de las cosas en ellos. Nosotros decimos mucho que los niños son el futuro, ¿verdad? Los niños son el futuro, y muchos se han creído tanto ese refrán —es así— pero ellos son tan el futuro que se han olvidado del presente. Ellos son el futuro y serán un buen futuro si sembramos en ellos en el presente. Y eso es lo que Dios está haciendo en este texto: estos mandatos, estos estatutos, asúmelos tú y pásalos a tus hijos para que te vaya bien.
De esta forma entonces, con el propósito de preservar la nación, Dios le indica a su pueblo cuál es la responsabilidad de los padres para con sus hijos. Y en eso precisamente consiste la crianza: consiste en pasar a nuestros hijos aquello que hemos recibido del Señor. ¿En qué consiste específicamente, siendo más específico aún? Bueno, en pasar un legado moral y espiritual. En eso consiste la crianza según este pasaje. Dios les dice: "Estas palabras, estas palabras diligentemente las enseñarás a tus hijos." No mi parecer, no mi manera de ver la vida, no como yo pienso y vivo, sino como Dios me ha instruido a mí que yo viva y piense; de esa manera yo he de pasar a mis hijos. Nosotros tenemos el deber, la responsabilidad como padres cristianos, de enseñar con diligencia aquello que hemos recibido del Señor. Y esa es una gran encomienda.
Criar hijos no es entretenerlos solamente. Levantar una familia no consiste en enseñarles modales. No es evitarles todo el dolor para que no pasen por lo que yo pasé. No es ni siquiera tener un tipo de refugio donde le damos comida, techo y medicinas. Y a eso se limita muchas veces la crianza en muchas familias: el niño es un refugiado, aquí recibe comida, techo y medicinas. Básicamente. La crianza es mucho más que eso. Es mucho más que cuidar que no se den un golpe. Es mucho más que garantizar que reciban las herramientas para desenvolverse en un mundo competitivo. Es mucho más que eso. Es una entrega devota a la formación del carácter y de la cosmovisión de nuestros hijos, de cómo nuestros hijos ven el mundo. Nuestro deseo es formar en ellos el carácter y la cosmovisión según la Palabra de Dios, con la esperanza de que ellos lleguen a amar a Dios. Ese es el objetivo de la crianza cristiana. Eso es lo que implica este texto.
Obviamente hay diferencias en cuanto a esa visión. Este pasaje, quiero aclarar, no implica —como muchos, algunos han entendido, algunos hermanos han entendido— que el padre es el responsable total por todo lo que el hijo aprende. Con este texto delante, digamos que nosotros los padres somos responsables de enseñar a nuestros hijos; hay muchos que han entendido que eso implica que ni siquiera al colegio lo podemos mandar, porque es responsabilidad de los padres enseñarle todo lo que el hijo debía aprender. Pero la enseñanza del texto es que la parte espiritual y moral es fundamentalmente responsabilidad de los padres. La parte académica, profesional, técnica, podemos auxiliarnos de otra gente que sabe mucho más que nosotros. Pero esta parte moral y espiritual es un deber de los padres.
Y como le decía al principio, el objetivo de la crianza cristiana difiere del objetivo de la crianza secular o humanista. Para nosotros consiste en formar un carácter y darle una convicción con la esperanza de que lleguen a amar a Dios. Eso es lo que consiste la crianza cristiana.
Pero mire una definición de un estilo o de una filosofía de crianza humanista donde esta autora indica: "La crianza de un hijo implica, desde mi punto de vista..." Y eso es bueno que ya lo aclare, porque cuando uno habla de crianza hay muchos pareceres distintos. Y es un problema porque uno no sabe de qué fuente va a extraer la verdad. Ella dice: "Implica desde mi punto de vista crear un clima y condiciones suficientemente favorables para que puedan desarrollar su subjetividad. Es decir, llegar a sentirse dueño de su vida y su futuro, pudiendo al mismo tiempo ser responsables del cuidado de sí mismo."
Cuando lo vemos a simple vista pudiéramos estar de acuerdo con ese propósito de la crianza. Pero yo creo que requiere muy poco esfuerzo ayudar a un niño a sentirse dueño de su vida. Ese es el problema que yo tengo. El problema que ellos tienen es que se hacen demasiado dueños de sus vidas. Y si yo tengo como propósito de crianza hacerlos sentirse dueños de sus vidas, eso posiblemente crea un individuo excesivamente centrado en sí mismo, con tendencias narcisistas incluso, y egocéntricas. Esa es una visión desde la perspectiva de la autora en la formación de un hijo.
Otra autora dice: "La crianza natural", que es una filosofía, "tiene una visión menos catastrófica de las intenciones de los bebés y de los niños e intenta entender su mundo emocional, tratándoles de un modo más respetuoso, en muchas ocasiones de tú a tú, con el fin de permitir a los niños que sean ellos mismos y no exactamente lo que los padres quieren que sean. Que sean libres, pero que respeten la libertad de los demás y que sean responsables, amables y honrados porque crean que deben serlo."
Una vez más, si mi objetivo es que ellos sean ellos mismos sin tomar en cuenta lo que yo tengo que decir, sin tomar en cuenta lo que yo quiero que sean, eso se contrapone con el objetivo de la crianza cristiana donde Dios nos dice: "Ustedes tienen hijos, pásenle estas palabras que yo te mando hoy. Fórmelos en este contenido, con estas instrucciones, con este objetivo de formar en ellos un carácter, una cosmovisión, y que lleguen a amar a Dios." La crianza cristiana entonces se contrapone con los objetivos de la crianza humanista que hoy en día es tan común.
En esta tarea, ¿quién es el responsable? Según el texto, aquí Dios le da la responsabilidad a los padres. No es el sacerdote ni la clase sacerdotal, no es Moisés, no son las nodrizas de Israel; son los padres. De la misma manera, los responsables de la formación moral y espiritual de los hijos son ustedes, no la iglesia. Son ustedes, somos nosotros; no el colegio, somos nosotros donde recae esa responsabilidad. Y lamentablemente muchos han delegado esa responsabilidad o en la iglesia o en el colegio.
Y dentro de la misma pareja hay una dinámica distinta. A veces la madre está mucho más comprometida con la formación moral y espiritual que el mismo padre. Al finalizar el culto anterior, alguien me trajo una estadística que me pareció alarmante, pero es una persona en la que yo confío, que es una buena fuente, y me dice que ella leyó recientemente una estadística de la ONE, la Oficina Nacional de Estadística, donde indica que en este país, República Dominicana, entre los años 2001 y 2015, el 88% de los niños nacidos en Santo Domingo no tienen padre declarado o que no vive con ellos. Me explico: 88% de los niños nacidos entre el 2001 y el 2015 o no tienen un padre que los declaró o no vive con ellos el papá que los declaró. Lo cual indica que tenemos toda una generación criándose en la ausencia del padre por lo menos. Y sabemos y conocemos el trabajo titánico, el trabajo devoto de madres solteras que echan hacia adelante contra viento y marea a sus hijos, careciendo de la ayuda de un hombre en el hogar. Pero lamentablemente esa es la realidad.
En eso consiste entonces la crianza cristiana según este pasaje, la crianza bíblica según este pasaje: en formar en ellos un carácter, formar una cosmovisión y aspirar y esperar que ellos lleguen a amar a Dios en el proceso de formación. Nosotros los padres entonces somos los responsables.
¿Cómo se hace eso? Esa es la segunda pregunta que queremos responder. Ok, si esa es la crianza cristiana y bíblica, ¿cómo lo hago, por dónde comienzo? Y por eso hemos titulado este mensaje "El ABC de la crianza cristiana". El ABC porque son los principios fundamentales. No vamos a entrar mucho en los detalles y en la albañilería de la casa: si lo baño, si no lo baño, a qué hora lo baño, a qué hora lo acuesto, a qué hora lo levanto. No voy a entrar en ese detalle, pero sí voy a entrar en los principios generales que deben guiar nuestro accionar hacia nuestros hijos a la luz de lo que este pasaje nos indica.
La A de la crianza entonces sería que los padres deben hacer suyo lo que enseñan. Mire lo que dice Deuteronomio 6, versículo 6: "Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón." Esta palabra que yo te digo que las pases a tus hijos, las que tú tienes que enseñar diligentemente, tienen que estar primero en tu corazón. Tienen que encontrar albergue en tu mente y en tu corazón. Tienes que valorar lo que vas a pasar, y lo que se valora se ama, y lo que se ama se vive. En otras palabras, si tú vas a pasar algo es porque tú lo vives primero. "Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón."
Qué difícil es para un hijo captar la señal de un papá que le dice hacer algo que él no hace, que lo llama a vivir de una manera que él no vive. Es una inconsistencia de vida que produce ira en el hijo más que obediencia. Por eso viven muchos de nuestros hijos confundidos entre lo que decimos y hacemos, porque las palabras que nosotros pasamos no han hecho mella, no han marcado nuestra propia vida.
De hecho el versículo 8 y el versículo 9 agregan: "Que estas palabras las atarás como una señal a tu mano y serán por insignias entre tus ojos, y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas." Estas palabras las atarás como señal a tu mano y como insignia entre tus ojos, las atarás en tus puertas y en la entrada de la ciudad también indica.
Los judíos entendieron esto literalmente, y de hecho ellos tomaban unos rollitos donde escribían estos versículos. Literalmente escribían Deuteronomio 6 del 4 al 9, que es el Shemá judío. Es la oración más sagrada del judío practicante; la recitan en la mañana y la recitan en la noche. Y los judíos más devotos se amarran ese rollito con unas porciones de piel, se lo amarran aquí en el brazo o aquí en la muñeca, y se lo ponen aquí en la frente también. A veces en sus momentos de devoción el judío se amarra un rollito que indica que tiene impresa esta oración aquí en la frente, como que el ponerse el rollito aquí y el rollito aquí es el espíritu del mandato.
Puede ser que sea simbólico lo que ellos hacen, pero lo más importante del mandato es que te atarás a tu mano, es que todas tus acciones sean normadas por la Palabra de Dios. La mano son las cosas que hacemos, las cosas que ponemos por obra, y que entonces sea normado por la Palabra de Dios todo lo que yo hago. Pero también todo lo que yo pienso y cómo yo veo el mundo: "entre tus ojos", así mientras tus ojos, es que tu vida sea vista a través del lente de la Palabra de Dios. Ese es el espíritu de esta instrucción, y lo que Dios nos está diciendo es que estas palabras que yo te mando hoy, a que las pases a tus hijos, estarán en tu corazón, determinarán lo que tú haces y te ayudarán a ver la vida de esa manera, de la manera que Dios la ve.
Eso es lo que tú tienes que pasar a tus hijos. Pero qué absurdo, hermanos, es pedirle a un hijo que crea lo que yo mismo no creo, que confíe en quien yo mismo no confío, que viva de una manera que yo no estoy dispuesto a vivir, que aprecie cosas que yo no aprecio, que valore cosas que yo no valoro.
Siendo más específico incluso, qué difícil es enseñarle a un hijo a perdonar cuando yo no estoy dispuesto a perdonar o no pido perdón. Qué difícil es que un hijo reconozca sus errores cuando yo no reconozco los míos. Qué difícil es enseñarle a un hijo que respete a los demás cuando yo no lo respeto a él, o no respeto a su madre, o no respeto a otros con los que él tiene contacto. Es difícil, muy difícil pasar de manera efectiva el legado que Dios nos ha dado con estas inconsistencias de vida.
Y hago énfasis en la palabra efectiva, pasar de manera efectiva, porque muchas veces pasamos verbalmente el legado, pero eso no cala en el corazón del hijo, no lo cambia, no le impacta, no le llama la atención. Porque lo oye, lo oye, pero no lo ve modelado. Y tenemos entonces una desautorización en la casa, porque no hacemos y no vivimos de la manera que predicamos.
Y se da lo que alguien le dijo a una profesora o a un padre, no sé exactamente a quién fue, que solo dijo un jovencito. Le dice a esa autoridad, a su padre o a su profesora, le dice: "Tus acciones no me dejan escuchar tus palabras." Y se ha puesto de otra manera, y algunos dicen: "Es que tus acciones hablan más alto que tus palabras."
Por lo tanto, si nosotros vamos a pasar de una manera efectiva el legado que Dios nos ha dado, su Palabra, sus principios, su cosmovisión, nosotros hemos de vivir y de asimilar. Aquello que vamos a enseñar debe estar en nuestro corazón.
¿Qué hacen aquellos padres que no han hecho eso, que no han vivido de esa manera, que han sido inconsistentes, y que ahora, hablando de esto, en la medida que meditamos en este texto, nos damos cuenta que quizás hemos sido inconsistentes con nuestros hijos en algunas áreas? ¿Qué hacemos? ¿Qué hace un cristiano cuando se da cuenta que ha pecado contra otra persona? Va y le pide perdón. Le pide perdón a su hijo, no importa la edad que tenga, por la falta que usted ha cometido contra él y delante de él. Usted le pide perdón a Dios para que le entienda que usted, como él, son pecadores y necesitan redención.
Hace un par de días yo tuve un altercado con mi hijo menor, Daniel, y yo le hablé, no le hablé bien, le hablé muy alto, le hablé de manera airada. Y cuando me percato, al ratito me percato, le hablé mal. Y fui donde él, y muy compungido —y eso se puede dar también cuando tenemos hijos pequeños, él tiene cuatro años— voy muy compungido pensando que él me va a entender y demás, y le digo: "Papito, perdóname por la manera como te hablé, perdón." Le dije: "Perdóname." Y me dijo: "¿Por qué?" Entonces digo: "Bueno, por la manera en que te hablé, te hablé muy duro." Me dijo: "Ok." Yo como que no me sentí muy perdonado, pero a una su tierna edad, poco a poco él va captando la idea. Él va captando la idea de que su papá es pecador. Y de hecho ahí hicimos una oración, yo oré con él, le pedí perdón a Dios por haber pecado contra él, y eso le da una idea de que así como yo necesito perdón de Dios, él también necesita perdón de Dios. El Evangelio ilustrado en una vivencia personal.
Entonces, hermanos, esta es la A de la crianza cristiana: nosotros hemos de vivir, de tener en nuestro corazón las cosas que estamos pasando a nuestros hijos. Va a ser muy difícil que mi hijo viva lo que yo no vivo, crea lo que yo no creo, abrace lo que yo no abrazo, valore lo que yo no valoro. Muy difícil. Y a veces nos confundimos: "¿Y por qué es que él no aprende?" Revisemos cómo estamos nosotros caminando, a ver si estamos siendo consistentes con lo que estamos diciendo y viviendo.
La B de la crianza, la letra B de la crianza, es que los padres deben comprometerse con una vida de instrucción cotidiana. El versículo 7: "Y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes."
Diligentemente las enseñarás a tus hijos. ¿Qué es lo que vamos a enseñar? Primero yo quiero concentrarme ahí. ¿Qué es lo que vamos a enseñarles a nuestros hijos? ¿Cuáles son? ¿Cuál es el índice? "Pastor, ¿cuál es el índice que usted me dice que yo tengo que enseñarle a mi hijo?" Bueno, yo no te puedo dar un índice, pero sí te puedo dar algunos principios. No es que no puedo, es que no hay el tiempo. Te pudiera sugerir algunos temas.
Pero lo primero que vemos en este texto, en el versículo 4 y en el versículo 5, Dios le dice... Piensa lo que dice el versículo 4. Volvamos un poco atrás de nuevo. El versículo 4, Moisés hablando, Moisés escribiendo de parte de Dios, dice: "Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza." Y después de decir eso: "Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón."
Hay una conexión en que estas palabras que yo te mando... ¿Qué Dios le acaba de decir? ¿Qué Moisés acaba de decirle? "Recuerda Israel, escucha Israel, el Señor uno es, el Señor tu Dios es." Lo primero que debemos enseñar a nuestros hijos es la absoluta soberanía de Dios sobre nuestras vidas. Dios es todo, a Él le debemos todo, Dios lo controla todo, Dios lo gobierna todo, Dios lo permite todo, Dios lo provee todo. Él es todo y Él es el único, y no hay ninguno como Él. Eso es lo que significa la primera parte.
Que en la vida cotidiana, en mi intercambio cotidiano con mis hijos, en mi día a día —montando bicicleta, montando patines, bañándonos en una piscina, comprando comida, haciendo lo que hagamos, estudiando— siempre tengamos a Dios presente, viéndolo desde esa perspectiva. ¿Hay problemas? Oremos a Dios. ¿Hay bendición? Gratitud a Dios, gloria a Dios. Que lo vean constantemente, permanentemente, que toda nuestra vida sea literalmente bañada por la presencia de Dios y que ellos lo perciban. Ellos van a percibir entonces que Dios es uno y el Señor es nuestro Dios. Y eso es lo primero que yo debo enseñarle a mi hijo si es que yo voy a inducirlo, instruirlo en los caminos del Señor: su absoluta supremacía y poder.
Y estemos ahí entonces para responder sus preguntas. Hay cosas curiosas a veces que nos preguntan los niños. Eso va a requerir que estudiemos los papás, que los padres nos pongamos en esto, para que podamos dar respuestas contundentes y claras y precisas a las preguntas de nuestros hijos sobre Dios incluso. Y te pueden preguntar cosas muy curiosas.
En días pasados, mi hijo Daniel veníamos en el carro, venía en la parte de atrás, entonces me pregunta: "Papi, ¿Dios es a prueba de agua?" Yo no sé si era que estaba viendo un reloj o algo, me preguntó si Dios era a prueba de agua. Yo le dije: "Bueno, es que Dios es espíritu, Dios no tiene un cuerpo." Él no entiende ese concepto de la invisibilidad de Dios, de la omnipresencia de Dios. ¿Cómo le explico a un niño que Dios está en todo lugar? Él lo va a entender, él lo va a aceptar, digamos, pero es difícil para él comprender. Para nosotros lo es, para nosotros lo es. Pero él me preguntó si Dios era a prueba de agua. Yo le dije como que esa es una categoría, yo no puedo evaluar si Dios es o no a prueba... Dios lo es, porque es todopoderoso. "Ah, ok." Pero preparémonos para esas cosas.
Pero lo primero que tenemos que enseñarles a nuestros hijos es que Dios es sobre todas las cosas, Dios gobierna nuestras vidas, Él es nuestro dueño y nuestro Señor.
En segundo lugar, versículo 5, luego de declarar eso, dice: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas." Enseñémosles a amar a Dios. ¿Y cómo yo enseño a amar a Dios? Presentándole el Evangelio, presentándole el Evangelio de salvación en Cristo. Cuando yo aprecio el Evangelio, yo amo a Dios. Cuando yo veo su amor por mí... ¿No dice la Palabra que yo le amo a Él porque Él me amó primero? Cuando yo puedo ver su amor, cuando yo puedo percibir su gracia hacia mi vida, yo respondo en amor si está dentro de sus propósitos.
Presentémosle el Evangelio. ¿Y cómo yo le presento el Evangelio a mi hijo, a mi hijo de tres años, de cuatro años, de cinco años, de seis años, de diez años? Bueno, una primera cosa que yo quiero que tengamos claro en la vida de nuestros hijos es que ellos son pecadores. El que no se siente pecador no entiende ni valora el Evangelio.
Y cuando yo corrijo a mi hijo, yo tengo dos maneras de corregir: o yo corrijo su conducta, o yo corrijo su pecado del corazón. No es lo mismo yo decirle a mi hijo, por ejemplo, si él le quita un juguete a su amiguito: "No hagas eso, que no se te vuelva a repetir." Eso es corrigiendo una conducta. Pero ¿qué fue lo que lo llevó a tomarle el juguete a su amiguito? Codicia, egoísmo. Eso fue el pecado que le condujo a él a arrebatarle el juguete a su amiguito.
Cuando el niño no quiere compartir: "Comparta, comparta, tiene que aprender a compartir." Tenemos que decirle a mi hijo: "Eso es egoísmo, y el mundo no eres tú, y nosotros somos todos. Vamos a pedirle perdón al Señor por esa muestra de egoísmo. ¿Tú quieres orar conmigo? Vamos a orar."
Al entender esa condición de pecado, su condición caída, y llevarlo a los pies de la cruz para pedir perdón por su condición caída, es irle sembrando las semillas del Evangelio en su corazón. Y cuando llegue a entender entonces que es pecador y que necesita de Cristo, va a comenzar a amarlo. Y cuando yo peque contra él o contra otros en su presencia, pidámosle perdón al niño, pidámosle perdón a Dios delante del niño para que él vea el Evangelio. Una vez más repito eso.
La tarea de nosotros, la tarea principal de nosotros, hermanos, en el proceso de crianza, es ser evangelistas de nuestros hijos. Nuestros hijos no conocen a Dios, y dejados a su libre albedrío, dejados a su propia voluntad, ellos se van a desviar. Tenemos que instruirles y decirles su necesidad del Señor.
En una ocasión se le preguntó al gran evangelista Dwight Moody, quien había tenido un servicio, un pequeño servicio en una comunidad la noche anterior, y alguien le preguntó: "¿Cuántos convertidos tuviste?" Y Moody respondió: "Dos y medio." Entonces, quien le preguntó le dijo: "¿Cómo va a ser, dos adultos y un niño?" Él dijo: "No, dos niños y un adulto." Porque cuando tú conviertes a un niño, conviertes a uno para toda la vida, pero cuando se convierte un adulto ya la mitad de la vida es lo que le queda. Qué bueno sería que nuestros hijos conocieran al Señor temprano y podamos contarlo como un convertido completo para toda la vida porque han visto el Evangelio.
Y luego de explicarle entonces que Dios es supremo, que Dios es el que controla todo, gobierna todo y a Él le pertenecemos, y luego de explicarle el Evangelio para motivar su amor por Dios, enseñémosle a obedecer a Dios. El libro de Efesios, en su capítulo 6, versículo 4, nos dice: "Vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor." Guiémoslos, instruyámoslos.
Y esto requiere, este es el contenido, pero esto es una labor muy, muy sistemática, muy, muy intensa. Según este texto la describe, es como amolar un cuchillo literalmente. La palabra "diligentemente las enseñarás" a tus hijos, esa palabra "diligentemente las enseñarás" es una sola palabra en el original, que significa sacar filo. Es como que tú estás sacando filo con algo.
Aquellos de nosotros que recordamos la existencia de los amoladores, recuerdan. Los amoladores que pasaban con su rueda para amolar los cuchillos, sacábamos los cuchillos y eso amolaban el cuchillo, recuerdan. Y a veces nos poníamos ahí al lado a ver este hombre frotando, frotando, frotando, no veíamos cómo, no veíamos el cuchillo. A veces uno lo veía así, lo veía y no cortaba, pero él seguía, seguía, y pequeñas partículas de metal caían en los lados de la rueda de amolamiento. De tal manera que veíamos que el trabajo era muy gradual, pero estaba funcionando. Estaba funcionando hasta el punto que la persistencia de la amoladora hacía que el cuchillo cogiera filo.
Y es de la misma manera nuestros hijos, necesitan que nosotros les enseñemos, les instruyamos en una misma dirección, en la dirección de Dios acerca de las cosas de la vida. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. ¿Cuántas veces hemos dicho: "Pero hay que ver de mucho, yo lo entiendo, yo no sé cuántas veces yo te he dicho eso"? ¿Cuántas veces no le hemos dicho eso a nuestros hijos? ¿Cuántas veces yo te he dicho eso a ti? ¿Cuántas veces pensamos que porque se lo hemos dicho tres veces ya él lo debe captar? No, no funciona así. Hay que seguir amolando, amolando, amolando. Eventualmente, hermano, usted va a ver así y va a decir: "¡Wow, saqué filo! ¡Saqué filo!"
Porque habrá un resultado, habrá un resultado. El trabajo del padre es sembrar, sembrar, sembrar, sembrar instrucción, sembrar instrucción diligentemente como uno que amuela un cuchillo, que afila un cuchillo hasta que el filo se note y corte. Y esa es la tarea, es una tarea ardua, diligente, de mucha paciencia, que debe hacerse cuando estás en la casa, cuando vas por el camino, cuando te acuestes, cuando te levantes. En otras palabras, y de ahí la intensidad, debía hacerse en todo lugar: casa, camino; en todo momento: cuando te acuestes, cuando te levantes. En todo lugar, en todo momento constantemente estás sembrando, sembrando, sembrando, sembrando verdad, sembrando verdad.
A veces estás jugando parchís. Recuerdo que hace un par de días yo estaba jugando parchís chino con mis hijas, y entonces ustedes saben que uno, los que saben jugar parchís chino, uno sale de la casilla con el número cinco. Y estamos tirando, a mí no me salía el número cinco, no me salía el número cinco, no me salía el número cinco. Ya había dado casi la vuelta, yo estaba todavía con las cuatro fichas dentro de la casilla. Entonces una me dice: "¡Hay qué mala suerte, papi, tú tienes!" Y yo le dije: "A mí no, la suerte no existe. Dios lo controla todo. Por alguna razón Él quiere que yo esté todavía aquí."
Así de pequeña puede ser una influencia en una cosmovisión, así de pequeñita. Jugando parchís, tirando dado: "Qué mala suerte." "No, mi hija, la suerte no existe. Dios quiere que yo esté aquí." Y así multiplícalo por mil oportunidades diarias: cuando te levantas, cuando te acuestas, cuando vas por el camino, cuando estás en la casa. Constantemente estás atento, tienes que estar atento. Estemos atentos a las oportunidades que Dios nos provee para instruir a nuestros hijos en la cosmovisión de la Palabra de Dios y en conocerle a Él como supremo Señor.
Y la C de la crianza entonces, que está implícita en todo lo que hemos dicho, la vemos precisamente en este texto del capítulo 6, versículo 7, la parte B: "Hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes." La C tiene que ver con la presencia de los padres. La primera tiene que ver con ser modelo y vivir lo que nosotros enseñamos. La segunda letra tiene que ver con nosotros instruir constantemente y asumir esta tarea de instrucción permanente en la vida de nuestros hijos hasta sacarles filo espiritual y moral. En número tres, se requiere nuestra presencia en la vida de nuestros hijos.
El mejor momento para educar y para instruir un hijo, ¿cuál es? Cualquiera, cualquiera. Jugando parchís, si hay un tiempo, una oportunidad de instrucción se puede presentar, hay que aprovecharla. En cualquier momento de la vida del hijo se presenta una coyuntura, una oportunidad que me ha dado una ventana a su corazón, a su mente, a su entendimiento de las cosas, y en la medida de mis posibilidades yo debo estar ahí. Y digo, en la medida de mis posibilidades porque no siempre, lamentablemente no somos omnipresentes, no siempre podremos estar ahí, pero tenemos que hacer lo imposible por estar la mayor cantidad de tiempo con nuestros hijos en su etapa de formación.
No subestimemos el efecto que tiene nuestra presencia en la vida de nuestros hijos. La instrucción y la crianza se componen de múltiples momentos que son oportunidades que se presentan súbitamente, inesperadamente. Nadie se sienta en la noche: "Bueno, yo esta noche voy a tener una charla de crianza con mis hijos." Por eso el texto dice "cuando andes por el camino," cuando tú vas por la vida con tu hijo caminando, trabajando, manejando. Ahí es que tú le enseñas su cosmovisión, su manera de ser, su manera de reaccionar, qué valora, qué no valora, en la medida que tú andas con él por la vida. Y hay que aprovechar esos momentos.
Lamentablemente vivimos en una generación, hay un tipo de vida, la vida citadina, la vida de ciudad que complica esto, complica el estar con nuestros hijos. Hay padres que quisieran, por ejemplo, trabajan fuera del lugar, quisieran almorzar con sus hijos, pero no pueden por la distancia, por el tapón, no les da tiempo. Y no pueden. A mí me consta y lo he visto con padres, y me han expresado su frustración. En principio yo no quiero poner culpa detrás de los padres que no pueden legítimamente estar con sus hijos.
Ahora, analicemos delante de Dios con nuestras conciencias expuestas, señores: ¿Estoy yo haciendo mi mejor esfuerzo para estar presente la mayor cantidad de tiempo posible en la vida de los míos? Si tú estás haciendo tu mayor esfuerzo, tranquilo, tranquilo. Pero si no estás haciendo tu mayor esfuerzo, si estás optando por asignar tiempo a cosas irrelevantes, ignorando tu responsabilidad de estar presente en la vida de tus hijos, si estás delegando tu responsabilidad de criar en las manos de otros entendiendo que no, ellos están en buenas manos, pero eso no se le dio a nadie más sino a los padres, son los padres los que tienen la responsabilidad de levantar a sus hijos.
Y mi esposa y yo hemos decidido, por ejemplo, que aunque haya alguien ayudándonos en la casa o fuera de la casa, nosotros vamos a hacer por nuestros hijos todo lo que nosotros podamos hacer. Yo no le voy a dar a nadie que haga algo por mi hijo que yo puedo hacer con mis manos o con mi intelecto y mi mente. Eso a mí me toca, es a mí que me toca. Y eso es a veces difícil, a veces pesado, a veces incómodo. Qué cómodo es a veces tener a alguien que me ayude, yo me entretengo haciendo, a veces yo saco y plancho ahí, y luego... He hecho un desastre. Pero es una bendición.
Preguntémonos eso, si estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para estar la mayor cantidad de tiempo posible con nuestros hijos. ¿Hay algún ajuste que pudieras hacer para estar más tiempo con tus hijos? ¿Hay algo secundario en tu vida que tú pudieras sencillamente dejar de lado para estar más tiempo con tus hijos? Cuando estás con tus hijos, ¿estás aprovechando el tiempo como lo debes aprovechar? Porque la presencia, hermanos, la presencia es fundamental en la formación del carácter y la cosmovisión de nuestros hijos. La crianza son oportunidades, se da en oportunidades provistas por la vida cotidiana para yo sembrar en ellos esto: el carácter y la cosmovisión según la Palabra de Dios.
Y en esto consiste entonces el ABC de la crianza cristiana. La crianza es eso: formarles su carácter, formarles su cosmovisión según la Palabra. ¿Cómo lo hacemos? Con nuestro ejemplo, que nosotros vivamos y amemos lo que queremos que ellos amen y vivan. Con nuestra instrucción, tenemos que estar constantemente, sistemáticamente, comprometidos con su formación en cuanto a los asuntos de la vida, en cuanto a los asuntos de Dios, en cuanto a los asuntos del Evangelio. Y número tres, tenemos que estar presentes lo más posible, lo más posible, en la vida de nuestros hijos.
Y recalco que este es un tema que es un reto en la generación que nos ha tocado vivir. Yo me he sentado con parejas que su economía no les permite a su esposa, por ejemplo, estar con sus hijos. Y es doloroso para ellos, y a mí me consta que he visto su economía y digo: "Bueno, no puedes, no pueden ahora mismo, tendrían que trastornar todo su mundo para hacer posible que ella esté presente en la vida de sus hijos."
Si ese es el caso, donde no hay posibilidades de que uno de los padres esté en lugar, la madre esté en lugar para cuidar a sus hijos, si eso no es posible, vean cómo pueden compensar esa situación. Lo más que puedan, hagan su mayor esfuerzo, y Dios les honrará y Dios les respaldará.
Y una última palabra, quiero decir dos últimas ideas. Primero, a aquellos que quizás ven para atrás y dicen: "Si yo hubiese sabido eso antes, lo hago diferente. Pero ya mi hijo tiene doce, tiene trece, tiene catorce, está resentido conmigo, está rebelado contra mí." Hay esperanza, hay esperanza, porque si hay algo que Dios hace es cambiar las cosas. El Señor hace todas las cosas nuevas. Y yo puedo ir donde mi hijo o donde mi hija y pedirle perdón por no haber hecho lo que me tocaba, por no haberle provisto lo que él necesitaba, no la economía, no las cosas que él necesitaba, sino mi tiempo, mi persona, mis consejos, mi dirección. Pedirle perdón y reconciliar esa relación, y pedirle al Señor que me dé la oportunidad de rectificar. Si ese es el caso, eso es lo que toca. Si me he equivocado, hay que pedir perdón.
Y en segundo lugar, a las madres solteras que están escuchando todo esto y no cuentan con un esposo que les ayude en esta gran tarea, en esta desafiante tarea: el Señor les asiste, el Señor está con ustedes. Sigan sus principios, aunque estén solas, el Señor honrará su Palabra. Vivimos en un mundo caído y sabemos que las condiciones no son ideales, pero el Señor toma una situación no ideal, como fue la caída del hombre en pecado, y trajo a Cristo y redimió esa realidad. De la misma forma, el Señor puede redimir una familia donde no hay un esposo, pero hay una mujer comprometida con la Palabra de Dios. Y va a sacar de ese hogar, aun así no ideal, puede sacar grandes cosas.
Es mi oración que el Señor les consuele y se sientan respaldadas por Él en su labor de la crianza.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.