Integridad y Sabiduria
Sermones

Una adoración en crisis (parte 1)

Miguel Núñez 19 abril, 2020

La adoración que Dios recibe de su pueblo está en crisis, y lo ha estado por mucho tiempo. No se trata solo de los cantos del domingo, sino de un estilo de vida que debería brotar de amar a Dios con todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas. Cuando existe una brecha entre la pasión con que cantamos y la manera en que vivimos de lunes a sábado, algo está profundamente mal. Eso es justamente lo que ocurría en tiempos del profeta Malaquías, y es lo que sigue ocurriendo hoy.

Dios abre su disputa con Israel afirmándoles su amor, pero el pueblo responde con cinismo: "¿En qué nos has amado?" La conciencia estaba tan cauterizada que cuestionaban a Dios en lugar de examinarse a sí mismos. Luego Dios confronta a los sacerdotes: ofrecían animales ciegos, cojos, enfermos e incluso robados. Decían que servir al Señor era un fastidio. Dios prefería que cerraran las puertas del templo antes que seguir recibiendo esa adoración que lo deshonraba más de lo que lo glorificaba.

Hoy no ofrecemos corderos, pero nosotros mismos somos el sacrificio. Cuando no damos a Dios lo mejor de nuestro tiempo, nuestros dones o nuestras energías, estamos ofreciendo un cordero ciego. Nuestros ídolos —aquello por lo que estamos dispuestos a pecar para obtener o retener— revelan qué tan distorsionada está nuestra concepción de Dios. El pastor Núñez invita a usar este tiempo de retiro forzado para examinar si nuestra vida de adoración es congruente con lo que profesamos, y a no salir de esta crisis sin haber pasado primero por el arrepentimiento y luego por el regocijo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia en oración y adoración, aún desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio, somos cada uno de nosotros en quienes mora la presencia del Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

Bueno, en el día de hoy nosotros damos continuidad a la ministración que iniciamos hace unos domingos atrás a propósito de la pandemia de este coronavirus que todos conocemos y que estamos viviendo. Nosotros estamos bajo restricciones gubernamentales y por buena razón estamos tratando de evitar la expansión del virus, y no sabemos por cuánto tiempo podría darse algo como esto. Por aquí estamos retirados al interior de nuestros hogares y una vez más quizás por un tiempo indefinido. Pero al mismo tiempo nosotros pudiéramos pensar que Dios nos ha enviado no tanto al interior de nuestros hogares, sino al interior de nosotros mismos para reflexionar y para hablar con nosotros de cosas que necesitan ser enmendadas.

En el interior yo escucho mucha gente que está anhelando volver a reunirnos en el auditorio, en el templo, en el lugar donde acostumbramos a estar juntos para escuchar la satisfacción como familia otra vez, para poder adorar todos juntos en familia. Y obviamente eso debe producir una gran anticipación y, el día que ocurra, un gran gozo en medio nuestro al poder vernos los rostros otra vez. Pero parecería como que momentáneamente Dios nos ha enviado al exilio, estando todavía en la misma ciudad y en la misma localidad. Es una especie de retiro no tanto voluntario, pero sí forzado por una epidemia que nos ha impedido hacer y nos continúa impidiendo hacer lo que la iglesia ha hecho por veinte siglos. La crisis global de este virus nos ha sacado de nuestras iglesias. Hay otra forma de decirlo, y como hemos dicho ya en mensajes anteriores, nosotros no podemos darnos el lujo de salir de esta situación, de este momento, para volver a la normalidad, para volver a lo mismo de antes, sin haber tenido un periodo de arrepentimiento y un periodo de revisión.

Yo creo que más de una voz con diferentes palabras se ha levantado para decir algo similar. Yo leía en el día de ayer una cita del pastor John Piper, algo que él posteó en su cuenta de Twitter comenzando con un salmo, el Salmo 85, un par de versículos, y luego un comentario que él hacía con relación a eso que él citaba. Y esto es lo que el salmo dice en el versículo 4 de ese Salmo 85: "Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y haz cesar tu indignación contra nosotros." Pero el versículo 6 dice: "¿No volverás a darnos vida para que tu pueblo se regocije en ti?"

Es el salmista. Este es Piper ahora reflexionando: una alteración profunda debe ocurrir en la mente humana para ser movido por la ira de Dios hacia el arrepentimiento y hacia el regocijo. Hay algo extraordinario, profundo, que Dios necesita hacer para mover a uno en medio de su ira. Es como que su ira no es suficiente y como si su gracia no fuera suficiente. Y digo eso entre comillas porque obviamente Dios es todopoderoso para hacer todo cuanto él quiera, y lo hace derramando gracia en todas estas ocasiones. Pero es como si Piper está ayudándonos a entender que cuando el pueblo de Dios es movido hacia el arrepentimiento y hacia el regocijo, eso es el fruto de un profundo mover de Dios en la mente del creyente. No es tan sencillo, tan simple, tan superficial como parece.

Y este es mi deseo. Mi deseo y mi oración es que nosotros no salgamos de este periodo sin haber pasado por esas dos etapas en ese mismo orden: una etapa de arrepentimiento, seguida después de una etapa de regocijo, donde podamos venir juntos otra vez y celebrar lo que tantas veces supimos celebrar en el pasado.

El día de hoy yo he titulado mi mensaje: "Una adoración en crisis." Yo creo que la adoración ha estado en crisis por un largo tiempo, por diferentes razones. Y si eso va a cambiar, hay premisas que necesitan comenzar a cambiar. Y yo creo que la primera de esas premisas que necesita cambiar es la definición de adoración, porque para muchos la adoración no es más que cantarle a Dios, ya sea de forma individual o de forma corporativa. Pero en esencia, como que solamente estamos adorando cuando nosotros estamos juntos cantándole al Señor, o cuando yo en mi casa quizás enfocado en Dios y cantándole a él.

Pero si tú revisas el registro bíblico, te vas a percatar de que Dios llama a la adoración más bien a un estilo de vida en sumisión a su voluntad buena y santa, que resulta de amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con toda tu fuerza. Ese es el resultado de la adoración, es el resultado de amar a Dios de esa forma, y eso lleva a la criatura a hacer todo cuanto hace para la gloria del Dios trino, Creador y Redentor. Esa es como la mejor manera que yo puedo usar para recoger mis propias palabras, como yo entiendo que la adoración es expresada en la Biblia.

Hablar de adoración es exponer en palabras y en acción todo el honor, la reverencia, la gloria, la alabanza, las acciones de gracias, acompañado de una sumisión gozosa, de una total obediencia y de un servicio reverente a nuestro Dios como expresión de todo lo que él es y todo lo que él ha hecho, y que eso entonces nosotros lo podamos hacer por el resto de la eternidad. Yo creo que eso sería una adoración digna de nuestro Dios.

Yo estaba pensando esta semana que nosotros agotaríamos todos los lenguajes del mundo en todas las formas de expresión posible para entregarle a nuestro Dios todo lo que él merece. Yo creo que va a requerir de toda una humanidad redimida junto con sus ángeles, serafines, arcángeles, querubines, por el resto de la eternidad reconociendo de diferentes maneras y celebrando con palabras y acciones de gracias y acciones corporales y de servicio a nuestro Dios.

Si lo piensas de esa manera, la adoración de nuestros días necesita de una reforma. A nivel corporativo, esa adoración con cierta frecuencia —no estoy diciendo en todos los casos, no estoy diciendo en todos los lugares— pero con cierta frecuencia ha sido trivial. Ha sido un tanto superficial, liviana, mecánica, y aún orientada muchas veces a levantar nuestras emociones humanas y no necesariamente centradas en nuestro Dios. Nosotros hemos querido cuidar nuestra iglesia de esas cosas. Pero al final será Dios que tendrá que evaluar lo que hicimos y lo que cada cual le entregó a Dios en su adoración personal o individual.

Y quiero en esta mañana hablar de la necesidad de esa transformación en la adoración a partir del capítulo uno del libro de Malaquías. Casi todo el libro de Malaquías es una disputa entre Dios y su pueblo. Y en esa ocasión, su pueblo disputa contra Dios. Dios habla, Dios le señala, y Judá discute, y suena a Dios. Y todo estaba centrado —gran parte de lo que Malaquías tiene que decir— estaba centrado en la manera como ellos estaban adorando.

Pero antes de hablar de este profeta y de este tiempo y de este libro, yo necesito una vez más situarte en el tiempo y en la historia. Recuerda otra vez: el reino de Israel se había dividido en dos, muy brevemente, el reino en el norte, el reino del sur. El reino del norte fue al exilio, las diez tribus; se fue, el imperio de Asiria se lo llevó. Años después, ciento y tantos años después, el reino del sur se va a Babilonia, a otro exilio conocido como Judá.

Las razones por las que el reino del norte fue llevado al exilio fueron las mismas razones por las que el reino del sur se fue al exilio, y esas razones fueron en esencia la idolatría y la decadencia moral. Dios advirtió a Judá una y otra vez que se arrepintiera, o de lo contrario Judá sufriría la misma suerte del reino del norte. Lamentablemente, Judá no prestó atención. Judá se va a Babilonia, setenta años. Dios había decretado setenta años de exilio, justamente por la manera como el pueblo se había comportado a lo largo de los años.

Al final de ese periodo, Dios orquesta una serie de eventos y comienza a traer a su pueblo de regreso. Y el pueblo regresa bajo tres retornos distintos. El primero se da bajo Zorobabel como gobernador. Y Zorobabel entendió, aun como gobernador, que la vida de adoración del pueblo era central a este retorno que había comenzado, de manera que él se dedicó a reconstruir el templo. Y cuando comenzó a reconstruir el templo, comenzó a reconstruir el altar, el lugar santísimo.

Años después hay un segundo retorno de Babilonia bajo Esdras, el sacerdote Esdras. Y Esdras, sacerdote al fin, experto en la ley dice el texto de la Palabra, se dedica a reconstruir ya no el templo, sino la vida espiritual del pueblo que había estado en decadencia otra vez. Esdras descubre la ley, Esdras comienza a leer la ley con el pueblo. Hay un gran arrepentimiento, hay un gran avivamiento como fruto de esa ley que se estaba leyendo.

Pero faltaba un tercer retorno, y ese tercer retorno viene entonces bajo la dirección de Nehemías. Nehemías, cuando regresa, se propone reconstruir las murallas de la ciudad de Jerusalén que habían dejado la ciudad altamente vulnerable.

Con esos retornos, quizás tú te estás preguntando por qué el pastor está entrando en tantos detalles históricos. Es porque a menos que te sitúes adecuadamente, no vas a poder entender exactamente qué es lo que está pasando en Malaquías y esta disputa entre Dios y su pueblo. Con esos retornos, Dios comenzó a levantar profetas; levantó tres: Hageo, Zacarías y Malaquías.

Ahora comenzamos a ver por qué necesitamos ver estos retornos. Los dos primeros —estos tres son llamados profetas postexílicos— Hageo y Zacarías son levantados por Dios con el primer retorno y animan al pueblo a reconstruir el templo. De manera que ya estaban ahí ministrando, profetizando, educando, edificando, trayéndole la voluntad de Dios y animándolos a que el templo necesitaba ser reconstruido. Luego viene Esdras.

Esdras, entonces, se propone levantar la vida espiritual del pueblo. ¿Dónde queda Malaquías entonces? Bueno, algunos piensan que vino antes de Esdras y que, como encontró al pueblo tan mal, entonces lo que Malaquías tuvo que decir fue seguido por lo que Esdras hizo posteriormente para sanar la condición espiritual del pueblo. Pero otros piensan que no, que Malaquías vino después de Esdras, que a pesar de que Esdras logró, o Dios logró, crear un avivamiento y renovación por medio de Esdras, el pueblo volvió a lo mismo, a la normalidad anterior a la que no queremos volver después que esta pandemia haya ocurrido, y entonces eso muestra nuevamente la infidelidad de ese pueblo. Así está Malaquías: quizás antes de Esdras, quizás después de Esdras.

El pueblo regresó setenta años después y ya había olvidado la razón por la que se fue al exilio. Se fue al exilio porque había apostasía, corrupción de los sacerdotes, decadencia moral e idolatría. Uno pensaría que siete décadas, setenta años en el exilio, bajo otro poder extraño, extranjero, hubiera sido suficiente como para curar el mal espiritual del pueblo, pero no fue así. El pueblo se olvidó de la razón de la disciplina a la que Dios lo sometió. Y de hecho, el pueblo nunca vio la disciplina de Dios como parte del amor de Dios. El pueblo no creyó lo que el autor de Hebreos nos enseñó posteriormente, y es que a quien Dios ama, Dios azota; a quien Dios ama, Dios disciplina. Ellos no lo vieron así.

Es parte de la razón por la que ellos están en pugna con Dios, literalmente. Es una disputa entre Dios y su pueblo. Dios acusa a su pueblo de una serie de cosas, pero la conciencia del pueblo está tan cauterizada que ellos no tenían el más mínimo respeto y honor hacia Dios, no solamente a la hora de adorar, pero a la hora de ellos discutir con Dios. Es como que Dios y el pueblo se fueron a un tribunal legal y entonces Dios acusa al pueblo de su falta y el pueblo se levanta y contraacusa a Dios.

De manera particular, Dios comienza recordándole que él ha amado a ese pueblo, por ejemplo, del uno al cinco del capítulo uno: "Yo te he amado". El pueblo se levanta y dice: "¿De qué forma tú me has amado? Yo no lo veo". Dios reprende a los sacerdotes por pervertir los sacrificios y la ley de Dios, versículo seis del capítulo uno al dos nueve. Dios reprende al pueblo por corromper el matrimonio cometiendo adulterio, divorcio y rematrimonio con mujeres paganas, y al mismo tiempo viniendo al templo, al altar de Dios, a lloriquear, llorando, diciendo: "Tú no nos oyes, nosotros te oramos y aquí estamos nosotros, y no entendemos por qué tú no nos oyes". Y Dios le dice: "Porque tú has sido infiel contra la mujer de tu juventud". Dios reprende al pueblo y le dice: "Tú me has robado", y el pueblo le dice: "¿De qué manera te hemos robado? No entendemos, no sabemos a qué te refieres". Y Dios le dice: "Sí, me has robado en mis diezmos y ofrendas", y eso aparece en el capítulo tres de Malaquías.

En esencia, todo lo que tenía que ver con la adoración de Dios estaba en crisis. Estuvo en crisis antes del exilio, estuvo en crisis después del exilio. Ahora recuerda, nosotros no estamos llamando adoración solamente a cantar. Nosotros estamos llamando adoración a un estilo de vida que resulta, como ya dijimos, de amar a Dios con toda tu alma, toda tu mente, todo tu corazón, toda tu fuerza, y que somete toda su vida a una voluntad que es buena y santa.

Si lo piensas de esa manera, entonces para que una verdadera adoración exista no puede haber una discrepancia entre la manera como yo vivo y la manera como yo canto. No puede haber una disociación, un divorcio entre el gozo y la exuberancia y la pasión con la que yo canto y levanto mis manos el domingo en la mañana, y luego la forma, el estilo de vida que yo llevo de lunes a sábado, porque eso es justamente lo que estaba pasando en el tiempo de Malaquías y que tenía su expresión a la hora de reunirse como pueblo.

Yo creo que en este retiro, que yo estoy llamando simbólicamente en este exilio temporal en el que estamos retirados, yo creo que es una buena cosa que nosotros podamos pausar y reflexionar de manera clara, específica, objetiva, detallada, de hasta dónde ha habido una congruencia entre lo que profeso en la iglesia y lo que vivo en mi día a día durante el resto de la semana. Y con eso, a manera de introducción, no solamente a lo que quiero exponer hoy, sino de introducción al tema de la adoración y la crisis en la que la iglesia ha vivido por unos años ya un tanto largos, yo quisiera ahora entonces leer a Malaquías, capítulo uno, versículos del uno al tres. Escucha:

"Profecía de la palabra del Señor a Israel por medio de Malaquías". Esto es Dios hablando ahora: "Yo os he amado, dice el Señor. Pero vosotros decís: ¿En qué nos has amado? ¿No era Esaú hermano de Jacob?, declara el Señor. Sin embargo, yo amé a Jacob y aborrecí a Esaú, e hice de sus montes desolación y di su heredad a los chacales del desierto".

La palabra traducida como profecía es quizás mejor traducida como oráculo. Oráculo de Dios. Esto es un mensaje de parte de Dios, y el mensaje viene de parte de Dios, pero viene a una audiencia en particular: a la nación de Israel. Y no solamente viene a una audiencia en particular, viene a través de un interlocutor particular que es el profeta Malaquías. Es un mensaje que viene de parte de Dios, viene a través de un interlocutor, y viene a una audiencia particular que es la nación de Israel.

Dios tiene una gran acusación contra Israel. Sin embargo, en vez de comenzar por la acusación, Dios comienza afirmando, declarando su amor hacia Israel, y le dice: "Yo te he amado". Es como si un padre llamara a su hijo y le dijera: "Hijo, tú y yo tenemos cosas que conversar. Yo quiero, antes de decirte o antes de disciplinarte o antes de corregirte, yo quiero decirte algo que tú debes saber: yo te he amado". Tú esperarías que al hijo quizás se le llenaran los ojos de lágrimas al ver la ternura de su padre, que quiere corregirlo pero comienza con una afirmación de amor. Eso no es lo que esta gente hace. Esta gente responde con una contraacusación, y en esencia le está diciendo: "¿Que me has amado? Pruébamelo. Dime de qué manera me has amado, porque yo no lo veo y yo no lo creo".

Yo sé que esas no son las palabras exactas del texto, pero detrás del texto ese es el sentir. Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo dice, cómo el pueblo respondió: "¿De veras? ¿Cómo nos has amado?". "En serio", dirían los jóvenes de nuestro país hoy. Es una expresión muy común: "En serio, ¿tú no estás relajando, Dios?". Tú puedes verlo, cómo este pueblo está de una forma desafiante enfrentando a su Dios. Nunca vieron la disciplina de Dios como parte de su amor y de su gracia para hacerlo regresar a su cercanía y que pudieran experimentar las bendiciones de Dios. Así es como tú y yo necesitamos ver la disciplina de Dios una y otra vez.

Y esto es lo que Dios hace. Dios pudo haber hecho una lista larga y casi interminable de todas sus intervenciones desde que él llamó a Abraham hasta esos días, y hubiese sido apropiado, pero Dios no hace eso. Es como que Dios decide: "No, esa no es la manera como yo me voy a defender. En la corte yo voy a usar un ejemplo inesperado para ellos". Y en esencia Dios le dice: "Tú conoces la historia de Jacob y de Esaú. Eran dos hermanos, eran mellizos. Los descendientes de Jacob son ustedes, los hijos de la promesa, los que yo estoy trayendo al retorno. De manera que yo lo que quiero hacer es recordarte que yo los amé antes de que tú fueras nación, antes de que tú fueras un pueblo, antes de que tú pudieras imaginar que ibas a llegar a ser una nación. Y a Jacob, ustedes son sus descendientes, yo amé. A Esaú yo aborrecí". Y luego dice: "A los descendientes de Esaú yo los he destruido en sus montes. Los chacales del desierto rondan por esas áreas, y aquí estás tú de regreso otra vez a la tierra prometida".

Cuando Dios habla de que amó a Jacob y aborreció a Esaú, en esencia lo está poniendo en términos relativos: "Yo te amé de una manera especial, y yo amé a Esaú porque le di bendición por largo tiempo, pero no lo amé como te amé a ti. De tal manera que, si lo vamos a poner en una balanza, como luciría es que verdaderamente yo te amé a ti de forma especial, y a Esaú terminé aborreciendo". Y tú puedes ver que Dios está declarando varias cosas acerca de su amor. Pero ustedes, descendientes de Jacob, son los que están disfrutando de mi amor soberano.

Yo no tenía razón alguna para amar ni a Jacob ni a Esaú. Esaú resultó ser un hombre malvado. Se casó, y cuando se casó probablemente lo hizo con dos mujeres al mismo tiempo. Sus descendientes fueron hombres también malvados. Pero Esaú... Jacob, perdón, no fue mejor. El nombre Jacob implica engañador, suplantador. Jacob engañó a su padre, Jacob engañó a su suegro más de una vez. Y sin embargo, sin tener ninguna condición ni Jacob ni Esaú, sin haber hecho nada ni bueno ni malo, Dios en su amor soberano eligió a Jacob sobre Esaú. Y eso es lo que Dios le está diciendo en la corte, por así decirlo: en la corte celestial, tú eres un electo de mi amor soberano, y eso solo debería ayudarte a entender cuánto yo te he amado de forma especial. Y todavía me cuestionas, olvidando toda la historia que ha caminado desde la elección que yo te he hecho.

Dios muestra su amor soberano, muestra su amor incondicional, y muestra su amor individual, porque Dios selecciona no solamente a Jacob y no solamente a sus descendientes, pero escoge a una nación para hacerla recipiente de sus bendiciones especiales.

Bueno, pastor, ¿y cómo se aplica eso a mi vida? Porque nosotros no estamos ahí. Bueno, honestamente nosotros no somos muy diferentes, porque el pueblo está cuestionando a Dios y su amor porque a ellos como que no les fue bien en el exilio. Y a veces yo he oído de parte de hijos de Dios: "Pastor, yo creo que ya Dios no me ama". O sea, ¿Dios es cambiante? ¿Dios es caprichoso, te amó una vez y ya no te ama? "No, porque las cosas no me están yendo bien".

En otras palabras, nosotros tendemos a juzgar el amor de Dios por la manera como mi vida vaya. Si mi vida va bien, Dios me ama. Si mi vida no va tan bien, Dios se está olvidando de mí. Si estoy orando por mi hijo por salvación y tengo años orando por él y el hijo no viene a salvación, yo creo que Dios se olvidó de mí y de mi hijo también. "Yo no sé, pastor, yo no... porque yo veo que a otro como que Dios lo trata con tanto amor y a mí..." O sea, estoy orando por mi nieto y tengo días, horas, semanas, años orando por él y yo no veo ningún cambio. Yo tengo el mismo cuestionamiento.

O lo hacemos de otra forma. Nos convertimos, nacemos de nuevo, nos sentimos como motivados por el amor de Dios, le hablamos a todo el mundo de que Dios me eligió sin que yo me lo mereciera. Pasados los años, su amor no me estimula tanto. Es común, es ordinario. Es más una idea que yo conozco mentalmente que una experiencia que yo tengo día a día. El amor de Dios como que no mueve nuestras emociones. No nos conmueve, vamos a decirlo así mejor, no nos conmueve como movía emocionalmente donde quizás en el pasado hasta nos movía a lágrimas. Pero tampoco nos mueve de nuestras posiciones de comodidad.

Y la realidad es que si yo no experimento el amor de Dios como algo extraordinario, escúchame, si yo no experimento el amor de Dios como algo extraordinario, yo le voy a devolver a Dios algo ordinario. Algo digno del hombre, pero no de Dios. Tú puedes ver la importancia que tiene la experiencia, no el emocionalismo, pero la experiencia del amor de Dios en términos vivenciales. El apóstol Pablo decía: "Es que el amor de Dios me constriñe, me apremia, me empuja contra la espada y la pared y no me deja ninguna otra opción que no sea servir y vivir de la manera como yo sirvo y vivo para Él."

Dios le afirma el amor a Israel, le demuestra en la elección desde cuándo Dios venía amando a Israel o a Jacob y a sus descendientes. Y luego Dios dice: "Ok, vamos a pasar a otro ámbito ahora. Primero, simplemente te afirmé que te amo. Tú eres el que me está acusando de qué manera, cómo, cuándo y dónde."

Pero hay algo más. El versículo 6: "El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honra?" Ya no estamos hablando de amor ahora. "Y si yo soy señor, ¿dónde está mi temor? Dice el Señor de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes que menospreciáis mi nombre."

Ahora el pleito, por así decirlo, es directamente con los sacerdotes. Es como si Dios descendiera hoy y comenzara a tener una disputa con nosotros los pastores, y que Dios comienza a cuestionar la manera como le hemos servido. Y es lo que está ocurriendo ahora, y Él dice: "¿Dónde está mi honra? ¿Dónde está mi temor? ¿Dónde está la honra y el temor que ustedes sacerdotes, ustedes pastores, le han inculcado a mi pueblo para que me reverencie como Señor, para que me honre como Padre, para que me honre como amo?"

Dios dice en la primera parte del versículo 6: "Vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre." ¡Oh, wow! No el pueblo, sus líderes espirituales.

Segunda parte del versículo 6, escucha cómo el pueblo contraacusa a Dios. Estamos en una corte de acusación y contraacusación. "¿En qué hemos menospreciado tu nombre?" No tienen conciencia. No es: "Señor, perdónanos, enséñanos, perdónanos que nos hemos cauterizado, nos hemos endurecido, no vemos ni siquiera eso, ábrenos los ojos." No, no, no, no. "Tú muéstranos de qué manera nosotros hemos menospreciado tu nombre." Es como diría en inglés: "I don't get it." Yo no entiendo lo que me estás diciendo.

La generación de Malaquías está sosteniendo esta disputa. Y Dios: "Sí, ustedes han menospreciado mi nombre." Y ahora ustedes incluso me dicen que les demuestre. Yo, Dios creador, el que los retornó de Babilonia, que les demuestre cómo es que han menospreciado mi nombre. Yo digo: "Pero te voy a decir. Yo voy a descender, yo voy a descender a la corte a la que tú quieres que yo descienda, y yo te voy a decir."

Versículo 7: "Ofreciendo sobre mi altar pan inmundo." Escucha, el pueblo no se queda callado. A veces hay una expresión en nuestro país que dice: "Fulano es un gallito." Escucha lo que el pueblo le dice a Dios ahora: "¿En qué te hemos deshonrado?" O sea, Dios dice: "Tú estás ofreciendo sobre mi altar pan inmundo." Y vosotros decís: "¿En qué te hemos deshonrado? ¿Cómo? Dinos." Yo le he dicho, yo te voy a decir.

Versículo 8: "Cuando presentáis un animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Y cuando presentáis el cojo y el enfermo, ¿no es malo? ¿Por qué no lo ofreces a tu gobernador? ¿Se agradaría de ti? ¿O te recibiría con benignidad? Dice el Señor de los ejércitos."

Yo sé, hoy no tenemos sacerdotes como los tuvimos en el Antiguo Testamento. Es peor hoy, porque resulta que nosotros no tenemos sacerdotes de ese tipo. Nosotros somos sacerdotes. Y si no lo sabías, yo creo que lo sabías y no lo habías visto desde este ángulo. Nosotros somos real sacerdocio, Primera de Pedro 2:9. Nosotros no ofrecemos corderos, pero nosotros ofrecemos sacrificios. Y los sacrificios somos nosotros mismos. Nosotros somos los sacerdotes y los sacrificios al mismo tiempo.

"Pastor, pruébemelo", como diría el pueblo de Israel a Dios en este momento. Romanos 12: "Ofreced vuestros cuerpos." Eso es lo que el sacerdote hacía, ofrecía. "Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y aceptable a nuestro Dios."

De manera que Dios tendría que bajar hoy en día y disputar, si pudiéramos decirlo, no con los sacerdotes o los pastores como en un momento yo hablaba, no, con nosotros, por la manera como ofrecemos sacrificio a nuestro Dios, que debe ser vivo, santo y aceptable a ese Dios.

Cuando nosotros no le damos a Dios lo mejor de nuestro tiempo, eso es equivalente, ilustrativamente hablando, a un cordero ciego. El cordero que se suponía que se ofreciera a Dios debía ser un cordero de un año de edad, sin mancha, sin tacha, sin defecto. Pero resulta que el cordero que está siendo ofrecido a Dios es un cordero ciego. Como no ofrecemos cordero ciego y yo soy ese sacrificio, cuando yo no le doy a Dios lo mejor de mi tiempo, eso es como un cordero ciego. Cuando no le doy a Dios lo mejor de nuestros dones y talentos, eso es como un cordero cojo. Estoy comparando, obviamente, simbólicamente.

Cuando nosotros no estamos dispuestos, o mejor dicho, cuando estamos dispuestos a sacrificar lo mejor de nuestro tiempo, de nuestros trabajos, de nuestras energías físicas y emocionales, estamos dispuestos a sacrificar eso en el altar del trabajo secular, y ni siquiera estamos dispuestos a hacer algo similar para con tu familia y mucho menos para con Dios, eso es equivalente a un cordero enfermo. Porque somos sacerdotes. Somos sacerdotes y ofrecemos sacrificios.

Nosotros decimos la palabra espiritualidad, pero nuestras vidas no lo muestran. Cantamos que Dios es todopoderoso y el más pequeño microbio nos amedrenta de una manera que muchos se preguntan: "Pero yo pensaba que era cristiano y me hablaba tanto de la soberanía de su Dios." Pero seguimos afirmando que Dios es todopoderoso. Decimos que Dios es santo, pero no vivimos en santidad, no honramos en santidad, ni siquiera en medio de la pandemia. Cantamos que Dios es fiel, pero dudamos de su amor cuando las cosas no salen como yo estaba esperando. Cantamos que Dios merece la gloria, pero le damos como la sobra de nuestro tiempo y de nuestras vidas.

Decimos que Dios es nuestro primer amor, decimos eso en palabra, pero si la verdad es conocida, tenemos múltiples amantes que han robado mi corazón, que yo he colocado en el altar de mi corazón, que han desplazado a Dios de su lugar. Decimos que nuestro Dios se lo merece todo, pero luego vivimos midiendo de forma mezquina incluso el tiempo, el sacrificio, el esfuerzo. ¿Cuánto es que le voy a dar a Dios en ofrendas? ¿Cuánto es mucho? ¿Cuánto es demasiado? ¿Cuánto es ser fanático? Pero afirmamos en palabra que Dios lo merece todo.

Yo creo que tenemos que ser honestos y admitir que muchas veces hemos sido, quizás es la palabra, mezquinos. Nosotros tenemos otra palabra que esa tú la usas también: tacaños con Dios. Y no solamente tacaños con Dios, porque no solamente es la cantidad, es la calidad. Como dicen los autores del comentario de The Preacher's Commentary en el área que tiene que ver con Malaquías: "Dios, antes de recibir la ofrenda, inspecciona el corazón", permítanme usar la palabra, "del ofrendador." Dios, antes de recibir la ofrenda, inspecciona el corazón de aquel que viene a presentarla.

Si la verdad es conocida, muchas veces quienes se han llevado lo mejor de nosotros son nuestros ídolos. Nuestros ídolos nos llevan a ver la vida de una manera diferente. Y como nos ayudan o nos llevan a ver la vida de una manera diferente, nosotros construimos nuestro estilo de vida de una forma distorsionada. Construimos nuestro estilo de vida de una forma distorsionada porque estamos siendo guiados por nuestros ídolos. Los ídolos nos cambian la forma de ver el mundo y luego nos cambian la forma de vivir en ese mundo. Permítanme decir eso otra vez: nuestros ídolos nos cambian la forma de ver el mundo y luego nos cambian la forma de vivir en ese mundo. Cambian nuestros estilos de vida y ellos se llevan la mejor porción de nuestras vidas.

Y la razón por la que frecuentemente nuestros ídolos no acaban de estar destruidos, si somos honestos, es porque el corazón humano no tolera que le toquen sus ídolos. Cuando esos ídolos son cuestionados, enfrentados, confrontados, presentados, frecuentemente el adorador se resiente, se aíra, se molesta, se aleja del confrontador. Nosotros guardamos nuestros ídolos bajo llave y siete sellos, una y otra vez.

"Ahora, pastor, que yo ni siquiera sé cuáles son mis ídolos." Quizás algunas preguntas de aplicación nos puedan servir. Caí en varias. ¿Estoy dispuesto a pecar para conseguir esto? Eso que yo estoy llamando "esto" es un ídolo, porque estoy dispuesto a llegar hasta ahí para conseguirlo. ¿Estoy dispuesto a pecar si pienso que lo voy a perder? Tengo algo y pienso que lo voy a perder. No, mejor peco.

Porque quiero retenerlo, eso es un ídolo. Es esto lo que me da sentido de valor y de importancia. Si no lo tengo, como que no me siento igual, no me siento el mismo o la misma, es un ídolo. Me irrito tan pronto alguien me habla negativamente acerca de esta cosa, de esta persona, de esta propiedad, de esta posesión. Me causa malestar, es un ídolo. Es esto lo que yo necesito para sentirme seguro, es eso otro. Estoy dispuesto a sacrificar relaciones para no perder o para defenderlo. O sea, si yo tengo esto, lo que sea que sea, hasta una posición en un lugar, yo estoy dispuesto a destruir relaciones, ya sea con mi esposa, ya sea con un amigo. Estoy dispuesto a romper con el amigo porque yo no quiero perder esto que tengo. Eso es un ídolo.

Tú puedes ver que si nosotros quisiéramos ser honestos y cuestionarnos a nosotros mismos, nosotros podemos llegar a encontrar nuestros ídolos. Nuestros ídolos son revelados por nuestros estilos de vida. Déjenme decirlo de otra manera: nuestros estilos de vida revelan dos cosas. ¿Cuáles son mis ídolos? Y ¿cómo yo he concebido a Dios? Ambas cosas son reveladas por mi estilo de vida. Y eso está directamente relacionado a mi vida de adoración. Una vez más, adoración no es cánticos. Cantarle a Dios es una manera particular de adorarle, por eso a propósito nosotros no hemos cantado.

Entonces, nuestros estilos de vida revelan nuestros ídolos y la concepción que tenemos de nuestro Dios. Un estilo de vida pecaminoso revela que no hemos concebido a Dios de manera santa. Un estilo de vida materialista revela que hemos concebido a Dios para que bendiga nuestros planes. "No, pastor, porque yo pongo todo en manos de Dios." Después que yo los concebí, después que yo le di forma, después que yo incluso en ocasiones manipulé para conseguirlo. Entonces, en vez de orar a Dios le digo: "Por favor, bendice este proyecto, esta decisión, esto que estoy persiguiendo." Más que preguntar antes: "Señor, ¿cuál es el proyecto? ¿Cuál es el plan? ¿Cuál es el próximo paso? ¿Cuál es el mañana que tú tienes para mí?"

Un estilo de vida caracterizado por tomas de decisiones sin oración y sin el uso de la Palabra revela cuán autosuficiente e independiente de Dios yo me he concebido a mí mismo. Entonces, el estilo de vida revela nuestros ídolos, pero revela la manera como yo he concebido a Dios. Y la calidad de nuestra vida de adoración no es el problema en sí, es el síntoma. La calidad de la vida de adoración no es el problema en sí mismo, es solamente el síntoma. El diagnóstico radica en cómo yo he concebido a ese Dios, porque de la manera como yo conciba a ese Dios va a determinar si yo le voy a amar con toda mi alma, todo mi corazón, toda mi mente y toda mi fuerza, literalmente. La única razón por la que nosotros no amamos a Dios de esa manera es porque mi concepción de Dios no está donde Dios está. Mientras más encumbrado está nuestro Dios, de manera natural yo más le voy a amar conforme al primer mandamiento de la ley de Dios, y eso va a determinar mi estilo de vida y mi vida de adoración.

Dios estaba en este momento, a manera de regresar al texto que estaba tratando de aplicar, Dios estaba tan molesto con su pueblo que escucha lo que Él dice en el versículo 9: "Ahora pues, traten de apaciguar a Dios para que se apiade de nosotros. ¿Creen que con esta clase de ofrendas se van a ganar su favor?" Malaquías está hablando, pero está hablando de parte de Dios, porque nota cómo termina la frase: "Dice el Señor todopoderoso." Lo que Dios está diciendo es: "Porque me has tratado como me has tratado, ahora tú piensas que después de haberme deshonrado, después de haberme perdido el temor y la honra, que yo voy a estar complacido y listo para bendecirte."

Escuchen, nosotros no nos ganamos el favor de Dios porque todo lo que nosotros recibimos lo recibimos por gracia. No nos ganamos el favor de Dios o la aprobación de Dios, pero nosotros podemos ganar su desaprobación. Y eso está en múltiples páginas de la Biblia. No me gano su aprobación, pero me puedo ganar su desaprobación.

Dios estaba tan descontento con los sacrificios, con la ofrenda, que en el próximo versículo Dios dice lo impensable: "¡Oh, si hubiera entre vosotros quien cerrara las puertas para que no encendierais mi altar en vano! No me complazco en vosotros." ¿Verdad que te puedes ganar la desaprobación de Dios? "Dice el Señor de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda." ¡Escucha! Si alguien viniera y cerrara las puertas del templo, porque en la realidad es que en el ofrecimiento de los sacrificios y de la ofrenda, yo soy más deshonrado que si no me lo trajeran.

Y yo no sé, ni estoy diciendo, que quizás muchas iglesias están cerradas hoy porque algo similar quizás está en la mente de Dios, pero tampoco puedo dejar de decir, como pastor de una iglesia, que no tenemos que hacernos dicha pregunta. Dios quería un templo. Dios dio órdenes para construir el templo. Dios trajo un pueblo en un primer retorno, primero para reconstruir el templo. Dios trajo un sacerdote en el segundo retorno para reconstruir la vida espiritual del pueblo, de manera que los sacrificios pudieran volver a tener el significado que tuvieron en el pasado. Pero ahora Dios, a través de Malaquías, dice: "Yo preferiría que me cerraran el templo." Hay un momento tan bajo en la calidad de la adoración que mi pueblo me ofrece y el estilo de vida que llevan, que yo preferiría que no encendieran el fuego, que no encendieran el incienso, que no hubiera sacrificios. ¡Wow!

Tenemos que recordar que en este momento el pueblo no estaba adorando a Baal. El pueblo no estaba adorando dioses paganos. De hecho, hay algo que cambió permanentemente después del exilio de Babilonia: es que el pueblo no volvió a adorar ídolos paganos de tipo Baal. Tuvo otros ídolos como nosotros, pero esos ídolos de figuras, de esfinges, de cosas hechas a mano, de madera, de metal, más nunca. Y aun así, adorando a Jehová, al Dios creador, Dios dice: "No, pero que no se trata de eso. Se trata de la calidad de lo que me ofrecen."

¿Pudiera Dios preferir hoy en día que algunas iglesias estén cerradas? ¿Pudiera Dios preferir que algunas vidas de sus hijos no le ofrezcan adoración hasta que no enderecen sus vidas? ¿Pudiera Dios preferir en algunos casos que pastores no predicaran hasta que no prediquen el consejo de Dios, y hasta que no prediquen con un estilo de vida que sea congruente con la palabra hablada?

Si nosotros pensamos en el Nuevo Testamento, como que pudiera haber ahí algo que pudiera establecer un paralelismo quizás entre lo que yo acabo de mencionar de estos sacrificios y la adoración que ha sido corrompida con algo en el Nuevo Testamento, quizás la mejor ilustración pudiera ser lo que pasó en la iglesia de Corinto con la Cena del Señor, capítulo 11 de la primera carta, donde Pablo habla que había corintios que estaban enfermos, otros que estaban débiles, otros que habían muerto precisamente porque a la hora de venir a celebrar la Cena del Señor, que es un acto de adoración sublime, a recordar, a tener memoria del sacrificio que pagó por mis pecados, justamente venían a recordar lo que pagó por mis pecados con grandes pecados en su interior, y algunos hasta perdieron la vida.

Y Dios entonces le dice al pueblo algo que probablemente los irritó. El versículo 11 y 12. Yo les estoy diciendo: "¿Sabes qué? Yo voy a hacer lo que ustedes no han hecho. Y no solamente voy a hacer lo que ustedes no han hecho, lo voy a hacer fuera de Israel. Ustedes fueron una nación privilegiada. Yo los elegí, pero ha llegado el momento donde yo voy a engrandecer mi nombre, que ustedes no han hecho, y lo voy a hacer a través de pueblos gentiles."

Si tú me preguntas dónde está eso y cómo está dicho, está en el versículo 11 y 12. Escucha: "Porque desde la salida del sol hasta su puesta, mi nombre será grande entre las naciones." Eso es lo que el pueblo no ha hecho. "Y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y ofrenda pura de cereal, pues grande será mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos. Pero vosotros..." Desde los pueblos gentiles van a llegar a conocerme, adorarme y ofrecer incluso ofrenda pura, sacrificio puro. "Pero vosotros, ustedes, pueblo hebreo, pueblo escogido inicialmente, lo profanáis."

¿Qué es lo que profanamos? Mi nombre. ¿Cuándo? Dios dice: "Cuando decís: 'La mesa del Señor es inmunda y su fruto y su alimento despreciable.'" ¿Cómo lo decían? Por lo que ofrecían. Si ofrecían cosas inmundas a Dios, pues obviamente piensan que esto que están colocando sobre la mesa lo están colocando sobre una mesa igualmente inmunda, y por eso como que una cosa cancela la otra. Eso es lo que Dios les está diciendo en este momento dado.

Escucha ahora los versículos 13 y 14, porque las cosas como que alcanzan un clímax: "También decís: '¡Qué fastidio!' Y con indiferencia lo despreciáis, dice el Señor de los ejércitos. Y traéis lo robado, cojo o enfermo. Así traéis la ofrenda. ¿Aceptaré eso de vuestra mano? dice el Señor."

¿Tú estás escuchando lo que Dios les dice? Dios les dice: "La adoración mía, para ustedes, es un fastidio. ¡Qué fastidio! ¡Qué peso! ¡Qué carga! Ahora día de reposo, ahora que ir al templo, ahora que ofrecer un sacrificio, ahora que matar un cordero." Y lo peor es que cuando ustedes vienen y me traen un cordero, ya hablamos de que a veces lo traían cojo, a veces lo traían ciego, pero escucha ahora lo que Dios dice: "No, a veces me lo traen robado."

Escucha la Nueva Traducción Viviente, versículo 13: "Ustedes dicen: 'Es demasiado difícil servir al Señor.'" Eso es demasiado. "No, que vivir para Dios así, pastor, así como Pablo y así como usted quiere vivir, no, eso es demasiado." "Y consideran un fastidio mis mandamientos, dice el Señor de los ejércitos celestiales." Imagínense: "Están presentando animales robados, lisiados y enfermos como ofrendas. ¿Debo aceptar esta clase de ofrendas de ustedes?" pregunta el Señor.

La condición moral del creyente. La generación de Malaquías debió haber aprendido de una vez y para siempre la lección: que después de 70 años en el exilio, bajo dominio babilónico y de Persia, tú puedes creer que este pueblo sí conocía la ley, quizá mejor que tú y que yo. No sé si conocía a Dios mejor que el creyente del Nuevo Testamento, pero por lo menos la ley. Este pueblo está tratando de ofrecer una adoración a Dios que se supone que es una respuesta al primer mandamiento de la ley: "No tendrás ningún otro dios delante de mí". Pero luego Cristo dice que eso implica: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con toda tu fuerza". Es el primer mandamiento de la ley de Dios.

Y están tratando de llevar a cabo la adoración en cumplimiento del primer mandamiento de la ley de Dios, violando lo que es el octavo mandamiento: "No robarás". ¿Tú puedes creer que un pueblo puede estar tan ciego y una conciencia tan endurecida, que violando un mandamiento tú piensas honrar el primero de los mandamientos? "Me traéis lo robado".

Bueno, hoy no ofrecemos sacrificios, de manera que no vamos a traer animales robados. Pero quizás sí deberíamos preguntarnos a la hora de ofrendar: ¿Cuál es la procedencia de los fondos que yo ofrezco? ¿Cómo me he ganado este dinero? ¿He sido injusto en retener parte de un salario que debía haber sido más generoso, o un pago, un honorario que debía haber sido más generoso? ¿He retenido eso que le corresponde verdaderamente a otro, y al retenerlo, de ese excedente es de donde viene parte de mi ofrenda?

Yo creo que es un buen tiempo. Si estamos retirados en nuestros hogares, y al principio retirados quizás al interior de nuestras vidas, sí creo que es un buen tiempo de hacer un alto y revisar las prácticas que tienen que ver con mi vida de adoración.

Escuchen lo que Dios dice. Y esto como que ya cierra el capítulo, y con eso vamos cerrando el mensaje. Versículo 14: "Maldito sea el engañador que tiene un macho en su rebaño y lo promete, pero sacrifica un animal dañado al Señor. Porque yo soy el gran Rey, dice el Señor de los Ejércitos, y mi nombre es temido entre las naciones".

¿Estás escuchando lo que Dios está diciendo? Tú vienes y me ofreces, tú vienes y me prometes un macho sin defecto, un cordero sin defecto, sin tachas ni manchas. Me prometes algo para que yo haga algo por ti, y luego que yo hago eso que me pediste, tú me engañas y me traes no el macho que me prometiste, sino un animal de estos que está dañado, que es ciego, que es cojo, que está lisiado, o que fue robado.

Nota una vez más, y permíteme hoy usar la NTV, la Nueva Traducción Viviente, tan frecuentemente como lo he hecho, porque es que usa palabras que nos ayudan a digerir un poco mejor lo que Dios está diciendo. Escucha el versículo 14 en la NTV: "Maldito sea el tramposo que promete dar un carnero selecto de su rebaño, pero después sacrifica uno defectuoso al Señor. Pues yo soy un gran Rey, dice el Señor de los Ejércitos Celestiales, y mi nombre es temido entre las naciones".

Imagina lo que es hacerle trampa a Dios. En una ocasión, yo estaba pasando —hace años de esto, Dessire estaba conmigo, no sé si lo recordará— pero estaba pasando los canales. Y de repente, una película que pasaba nos llamó la atención, fueron como los últimos cinco minutos. Y al final hubo una escena un tanto jocosa, pero al mismo tiempo reveladora del corazón humano, que tiene que ver con este versículo.

Porque hay un hombre que se está ahogando en alta mar. Y él se acuerda de Dios, y ahí ahogándose —y no sé cuál era el nombre de la película, ni mucho menos, porque solamente vimos este final— ahí ahogándose, él dice: "Señor, Señor, si tú me salvas, yo te prometo dar el 50% de todo lo que yo tengo, de todos mis ahorros, de todo lo que yo gane". Y él comienza, ahí se está cansando, y él comienza como a nadar un poco hacia la orilla, y entonces comienza a acercarse. "Señor, como te dije, si tú me salvas, yo te prometo el 25% de todo lo que yo te he dicho que te iba a dar, y de todo lo que tengo, y de todo lo que gane". Bueno, pero haciéndose un poco más a la orilla: "Señor, tú sabes que si tú me salvas, yo te voy a dar el 10%, el 10% de lo que yo tengo, de lo que yo gane. Señor, tú sabes que ese 10% es tuyo, solo lo que tu Palabra revela". Y al final, cuando ya él está como saliendo a la playa: "Señor, en realidad, tú no necesitas nada de eso. Gracias por salvarme. Gracias, gracias, Señor".

Es algo de lo que Dios está diciendo. Tú eres un tramposo, me prometes un carnero selecto, pero luego me sacrificas uno enfermo. Bueno, nosotros no hacemos este tipo de sacrificios, pero a veces nosotros hacemos promesas. Si debemos hacerlas o no debemos hacerlas, podemos sentarnos y hablar. Pero hacemos promesas y decimos: "Señor, el año pasado yo no leí tu Palabra, yo creo que esa fue la razón por la que en realidad mi vida estuvo tan desorganizada, indisciplinada. Yo te prometo que este año yo voy a comenzar a leer tu Palabra de una forma más disciplinada". Y hace tres semanas ya las cosas comenzaron como a lucir mejor, yo comencé a sentirme mejor, y dejé de tomarme la pastilla, que es la Palabra de Dios.

"Señor, perdóname, yo el año pasado la verdad que yo no me organicé, realmente hice más gastos de los que yo debía, hice gastos que no debía, hice viajes que no debía. Perdóname, yo te prometo que este año, comenzando ahora en enero, yo voy a ofrendar. Es más, yo voy hasta a diezmar, Señor". Y pasa enero, y pasa febrero, y en marzo nos comenzamos a enredar otra vez con diferentes compromisos. Prometemos que vamos a mejorar nuestra vida de oración, nuestro compromiso con Dios, nuestro compromiso con nuestros hijos. Prometemos que este año, Señor, vamos a comprometernos más con la iglesia local: "Yo sé que el año pasado yo fui tan inconsistente en mi vida de miembro, y yo sé que gran parte de por lo que pasé es por falta de compromiso. Yo este año lo voy a hacer, yo te lo prometo. Yo solamente te pido, Dios, que a cambio de eso tú pudieras hacer esto o aquello en mi vida". Y tan pronto se mejoran mis síntomas, yo paro el tratamiento.

Nosotros le hemos sacado el corazón a la vida de adoración. Nosotros hemos minimizado lo que la adoración es para nuestro Dios, la hemos trivializado. De hecho, muchas veces la hemos mundanalizado. Hace unos años atrás, alguien se percató que realmente eso era lo que había ocurrido, y una iglesia en particular decidió, creo que por espacio de un año, no cantar. No cantar como una forma de ayudar a los miembros a entender que adoración no es el movimiento de nuestras emociones humanas por un grupo de canciones que pudieran ser hasta bíblicas, pero rítmicas, que tienen la habilidad como de mover mis neurotransmisores y hormonas y jugos internos para producir ciertas emociones placenteras. "Qué buena estuvo la adoración hoy, pero estuvo tan buena como la de la semana pasada".

Mi vida de adoración, es por eso que esta canción —y yo cierro con esto y se puede escuchar en el trasfondo la canción completa— produce algo de esto: "Señor, yo regreso al centro de la adoración. Se trata de ti, solo de ti, Cristo. Perdóname por lo que yo he hecho, porque se trata de ti, solo de ti, Cristo. Rey de eterno valor, no puedo expresar cuánto es lo que mereces tú".

No podemos. Por la eternidad pudiéramos adorar, por la eternidad pudiéramos servir, por la eternidad pudiéramos cantar, por la eternidad pudiéramos someternos, por la eternidad pudiéramos alabar, por la eternidad recordar el sacrificio en la cruz. Al final nos quedaremos cortos de la honra que nuestro Dios merece.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo, y mientras, recordemos que dondequiera que estemos, seguimos siendo la iglesia de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo. Recuerda que, aunque nuestras actividades y ministerios permanecen suspendidos, puedes acceder a nuestros sermones, estudios bíblicos, música, artículos de interés y demás recursos audiovisuales a través de nuestros portales web: laibi.org e integridadysabiduria.org.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.