Dios no toma a la ligera la deshonra de su nombre. Esta es la advertencia central que recorre Malaquías 2, donde el Señor confronta a los sacerdotes de Israel con una severidad que incomoda: si no honran su nombre de corazón, él maldecirá sus bendiciones —y de hecho ya lo ha hecho. La imagen que Dios usa para ilustrar la vergüenza que han traído sobre él es impactante: tomaría el estiércol de los animales sacrificados en las fiestas y lo arrojaría sobre sus rostros. Así de grave era la corrupción de la adoración en aquella generación.
El contraste con los primeros levitas es devastador. Aquellos sacerdotes caminaron en integridad, enseñaron la verdad sin mentir ni estafar, y apartaron a muchos de la iniquidad. Los sacerdotes del tiempo de Malaquías hicieron exactamente lo opuesto: se desviaron del camino y causaron que otros tropezaran. No enseñaron al pueblo a distinguir entre lo sagrado y lo profano. Peor aún, ellos mismos cometieron adulterio, se divorciaron de las esposas de su juventud y se casaron con mujeres que adoraban ídolos —y todavía se atrevían a llevar ofrendas al templo, llenando el altar de lágrimas cuando Dios rechazaba sus sacrificios.
Dios declara que odia el divorcio, no a los divorciados, porque rompe un pacto hecho ante él como testigo y deshonra lo que el matrimonio simboliza: la unión de Cristo con su iglesia. El llamado final es a prestar atención al propio espíritu y no ser desleales, reconociendo que la familiaridad con las cosas sagradas puede endurecernos hasta el punto de pecar sin siquiera percibirlo.
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Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia en oración y adoración, aun desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio; somos cada uno de nosotros, en quienes mora la presencia de tu Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.
Señor, te alabamos y bendecimos y te damos gracias por la oportunidad de poder exponer tu Palabra una vez más en esta mañana. Para una audiencia que no está con nosotros, pero que tú estás con cada uno de aquellos que en este momento están escuchando este mensaje, y otros que se están predicando y se estarán predicando a lo largo de todo el día en honor a tu nombre.
Padre, nosotros hemos querido hacer una mini serie especial a raíz de esta pandemia del coronavirus, en medio de la cual nos encontramos y en medio de la cual tú nos has llamado a reflexionar. Nos has llevado al interior de nuestros hogares y, como hemos dicho en otras ocasiones, aún más al interior de nosotros mismos.
La mañana de hoy a mí me toca predicar un pasaje que la mayoría de nosotros no escogeríamos predicar, pero tenemos que confesar que el problema no está en el pasaje, está en nosotros cuando no creemos que aquellas cosas que tú has inspirado son dignas de predicar, todas y cada una de las veces, porque representan tu mente, tu corazón, tu sentir, tu evaluación, tu veredicto en un momento dado sobre el caminar de tu pueblo, porque tú lo dejaste allí registrado para nuestra enseñanza. De manera que, desde ya, Señor, si ha habido en mí o en algún otro alguna duda de si caminar por pasajes de este tipo, te decimos perdónanos. Tu Palabra es la que nos juzga, no nosotros a ella.
En esta mañana yo quiero pedirte que me ayudes a predicar bajo la autoridad de dicha Palabra inspirada, y que por medio de ella y el Espíritu que mora en mí, tú me gobiernes mientras hablo de una forma que a ti te honre, que tu nombre sea exaltado, que tu pueblo sea edificado, que podamos ser fortalecidos, sanados, cortados, debilitados y al mismo tiempo llenados de esperanza. Tu Palabra es capaz de hacer todo eso en diferentes personas al mismo tiempo, y otras veces de comenzar hiriéndonos para terminar sanándonos en un solo mensaje. Yo te pido que tú puedas abrir nuestros ojos del entendimiento, sobre todo del predicador. Tú sabes que el mensaje siempre es primero para nosotros y luego para los que escuchen, de manera que háblanos otra vez, te lo pido en Cristo Jesús. Amén, amén.
Bueno, el mensaje de esta mañana es una continuación del mensaje, el sermón del domingo anterior, que habíamos titulado "Una adoración en crisis". Esta es la segunda parte. Esta vez el texto o la exposición está basada en el segundo capítulo del libro de Malaquías, el libro que lleva su nombre.
Habíamos hablado de que este es un mensaje, un oráculo de Dios que vino a la nación de Israel en un momento dado por vía de un interlocutor cuyo nombre es Malaquías. Es el profeta de Dios, uno de los tres profetas posexilio, uno de los tres profetas que Dios levantó después que el pueblo regresa, setenta años después de haber estado en Babilonia.
En este momento la adoración a nuestro Dios se encontraba en crisis. Había estado en crisis antes del exilio, se encontraba en crisis otra vez después del exilio, y eso es precisamente el ambiente, por así decirlo, el ambiente religioso, el estado espiritual de la nación. En ese momento había una crisis de adoración a todos los niveles: a nivel de los sacerdotes, a nivel del pueblo, a nivel de los sacrificios que se le ofrecían a Dios, a nivel de las ofrendas y los diezmos, y a nivel incluso de las uniones matrimoniales, no solamente del pueblo sino también de los propios sacerdotes.
La narración del libro tiene una cierta secuencia que vimos la semana pasada. En primer lugar, Dios presenta una verdad en forma acusatoria acerca del pueblo y cómo el pueblo le está tratando, cómo se está relacionando con él. El pueblo responde a través de los sacerdotes, de sus líderes, refutando a Dios. El profeta entonces toma la refutación y la responde de parte de Dios, y finalmente lo que Dios hace es que trae más evidencia al pueblo acerca de la primera acusación que él había presentado contra ellos.
La idea de presentar la acusación de una forma escalonada es, en esencia, cuando uno lee el texto detalladamente, desarmar todo el argumento tanto del pueblo como del liderazgo que ellos habían levantado para defenderse. Dios estaba tratando de usar eso contra ellos, no para producirles dolor, sino para llevarlos al arrepentimiento, que era precisamente lo que ellos no querían hacer, o no entendían que tenían que hacer.
El problema se da cuando la conciencia de un pueblo, la conciencia de una persona, se endurece, que es donde está este pueblo en este momento dado. Cuando la confrontación de ese pecado a ese pueblo llegó, o cuando la confrontación del pecado a nivel personal llega a una persona con la conciencia endurecida, lamentablemente de inicio no produce arrepentimiento. Más bien produce una reacción defensiva y de ira, como nosotros la vemos aquí en el pueblo judío y en los sacerdotes que le representaban en la generación de Malaquías. Y eso ha sido así desde el mismo jardín del Edén; eso no ha cambiado.
Cuando Dios confrontó a esta generación, la generación con la que nosotros estamos aludiendo ahora, la reacción del pueblo, la reacción de los sacerdotes, ellos se airaron, ellos se defendieron, ellos se molestaron, ellos se justificaron. Es más, ellos se rebelaron. Es una defensa, es una refutación de lo que Dios trae, de una manera desafiante en contra de Dios. Y así en nuestra generación, así fue la de Malaquías, así fue en el jardín del Edén. Una y otra vez, cuando la conciencia se encuentra endurecida, eso es lo que ocurre.
Dios dice en Malaquías 1:2: "Yo os he amado." El pueblo refuta en su rebelión y dice: "¿En qué nos has amado?" En otras palabras, nosotros, como vimos la semana pasada, nosotros no lo vemos. Dinos, muéstralo, pruébalo. Eso que tú llamas amor, nosotros no lo vemos así. Tú puedes ver que esa respuesta es defensiva, es desafiante, es rebelde, es acusadora. ¿Tú amarnos? No lo creo, Dios.
En Malaquías, Dios le dice: "No has honrado mi nombre." El liderazgo refuta representando al pueblo y dice: "¿En qué no hemos honrado tu nombre?" Y Dios trae más evidencia. Estoy tratando de seguir el formato para que tú vayas a entender lo que va a continuar pasando en el capítulo dos. Dios trae más evidencia y le dice: "Está bien. Cuando tú me traes un cordero ciego, ¿no es una deshonra para mi nombre? Cuando me traes uno cojo, cuando me traes uno enfermo... Es más, tú te has atrevido a traerme corderos robados. ¿No deshonras mi nombre cuando tú lo haces de esa manera y de esa forma?" Dios, entonces, comienza a apilar la evidencia contra ellos, pero aun así ellos resistían, ellos se airaban, ellos se rebelaban.
La misma reacción ocurrió, para que puedas entender nuestro corazón, porque nosotros no estamos muy lejos de ellos. Es para que puedas entender la reacción entonces a lo largo de la historia, cómo se ha dado. Los escribas y los fariseos reaccionaron en contra de Cristo de la misma manera cuando él confrontó su pecado. Cuando la persona endurecida es confrontada con su pecado, su reacción inmediata, una vez más lo voy a repetir, es una defensa, es ira, es rebelión.
Así respondió Caín en Génesis 4 cuando Dios lo confrontó. Escucha a Caín cuando Dios confronta su pecado en Génesis 4:6: "Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado y por qué se ha demudado tu semblante?" Caín, tú no has adorado correctamente, tú no me has traído la ofrenda que trajo Abel. No es tanto lo que él trajo, pero sí lo que tú trajiste; es el corazón con el que lo trajiste. Entonces ahora, ¿por qué te enojas?
Escucha ahora cómo Caín se vuelve más desafiante hacia Dios, en Génesis 4:9: "Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?" Ya lo había matado. "Y respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?" A ver, Caín, tú mataste a tu hermano, tú enterraste a tu hermano. El Dios Creador del cielo y la tierra te está confrontando con tu pecado, ¿y tú sales con un "no sé, yo no soy guardador de mi hermano"? Tú puedes ver que ciertamente la reacción de la conciencia endurecida cuando es confrontada con su pecado es la misma. Caín ya no sonaba enojado; sonaba desafiante.
Hermanos, nada es más predecible que el pecado en su comportamiento. Cien veces de cien, el pecado en el hombre se comporta de la misma manera. Esa es la razón por la que, a lo largo de mis años de consejería, yo he aprendido a decirme a mí mismo: el pecado es discernible. Es discernible y es predecible en su comportamiento, y es discernible cuando reacciona ante lo que es la confrontación; se vuelve defensivo.
Así pasó con la primera pareja. La primera pareja en el Edén, pasó con Caín, pasó con el pueblo judío en la época de Malaquías, pasó con los escribas y los fariseos. La primera pareja: Dios los confronta con su pecado de manera muy directa. "Adán, ¿dónde estás?" Adán se esconde. ¿Qué hace Adán? Él contraacusa. En ese caso contraacusa a Dios indirectamente. El pueblo en tiempo de Malaquías lo hizo directamente. Adán le dice a Dios: "En realidad, yo comí de la fruta porque la mujer..." —ahí está la acusación— "...pero que tú me diste." ¿Te das cuenta cómo el pecado se comporta cien veces de cien de la misma manera? Eva va a decir: "Yo no, fue la serpiente."
La narración de Malaquías acusa a Dios y acusa a Dios de ser injusto en sus juicios y de acusarlos sin tener evidencias para decirlo. Cuando en realidad Dios dice: "La adoración para ustedes se ha convertido en un fastidio." De la misma manera que hoy en día muchos ven la adoración simplemente como el tiempo de música y canción, y llegan a la iglesia después del tiempo de adoración.
Este primer tiempo le es fastidioso. Vienen habitualmente al mensaje, otros van a la iglesia en esencia llenando una responsabilidad, porque a la verdad no tengo como el deseo de ir, pero debo ir, es lo que me toca hacer. Y muchos lo hacen de esa misma manera. Muchas veces venimos y no disfrutamos del tiempo inicial musical porque no es mi tipo de música, ya sea muy tradicional o muy contemporáneo, como si la adoración hubiese sido diseñada para el agrado de nosotros y no para el agrado de nuestro Dios.
Cuando la iglesia contemporánea diseña sus servicios para complacer a la audiencia, esa iglesia necesita arrepentirse porque ha pensado que la adoración está centrada en el hombre y no en nuestro Dios. Eso es lo que se había corrompido en la época de Malaquías, y lo que en muchas iglesias hoy todavía permanece corrompido o corrupto. Nosotros no somos la audiencia. No se trata de adoración es de uno, es Dios al que necesitamos complacer. Y cuando entonces nosotros hayamos adorado a Dios, se puede ver claramente a ese Dios muy por encima de nosotros, y no solamente muy por encima de nosotros, muy, muy por encima de nosotros.
Habiendo dicho todo eso a manera de introducción a este capítulo 2 y a la temática del mismo, yo quería para aquellos que no habían estado con nosotros, y para aquellos que quizás habían olvidado parte de lo que recogimos, poder traer una introducción que nos conectara, porque ahora Dios lo que va a hacer es continuar el mensaje que había iniciado ya un capítulo antes.
Y Dios hace dos cosas en esencia para iniciar: los acusa de no honrar su nombre, y todo lo que sigue después de eso son formas como ellos no estaban honrando su nombre. Pero lo primero que Dios hace es que los acusa de no honrar su nombre, y luego les advierte que de ellos no cambiar, los maldeciría. Y estaba hablando a los sacerdotes; en este caso seríamos nosotros los pastores.
En el mismo ejercicio de su función, escucha el texto ahora en versículo uno, capítulo dos, el libro de Malaquías: "Y ahora para vosotros, los sacerdotes" —vea lo directo que es el mensaje— "este mandamiento: si no escucháis y no decidís de corazón dar honra a mi nombre, dice el Señor de los ejércitos, enviaré sobre vosotros maldición y maldeciré vuestras bendiciones. Y en verdad ya las he maldecido, ya llegó, porque no lo habéis decidido de corazón".
El mensaje llega, vea, Malaquías, para los sacerdotes. Si Dios da hablar hoy sería para los pastores, pero en otro sentido, en otra dimensión, para todos nosotros, porque ya dijimos en el mensaje anterior que a la luz del Nuevo Testamento todos nosotros somos sacerdotes, somos real sacerdocio, y nos dice Pedro en su primera carta en 2:9. De hecho, ese concepto ni siquiera es nuevo. Dios dice en Éxodo 19 que Israel era una nación sacerdotal. Y más adelante le dice a la nación a través del profeta Oseas: ya no serás mis sacerdotes. Tú puedes ver que aun el Antiguo Testamento había un concepto de una nación sacerdotal, que hoy en el Nuevo Testamento es un individuo sacerdote delante de Dios, de manera que este mensaje no es solo para los líderes, es para todos nosotros.
Y Dios dice: voy a maldecir vuestra bendición, y en realidad ya lo he hecho, dice Dios. Una de las funciones principales del sacerdote en el Antiguo Testamento era bendecir al pueblo. No sé si cada uno de nosotros estaba tanto de eso, pero había un cierto poder venido de Dios desde arriba, un cierto poder que fluía a través de las palabras de un sacerdote que caminaba en santidad delante de Dios. Y yo creo que cuando bendecía al pueblo, ciertamente Dios traía sobre ellos bendición.
Yo creo que muchos de nosotros estamos familiarizados con esa oración sacerdotal en Números 6:24-27. Escucha, porque hay una relación entre el nombre de Dios, la bendición que pronuncia y lo que yo estoy tratando de comunicar: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia. El Señor alce sobre ti su rostro y te dé paz". Escucha ahora: "Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré". ¿Te das cuenta? Una de las funciones sacerdotales era poder pronunciar por la palabra y nombre de Dios bendición. Y Dios dice: si ustedes caminan conmigo, invocan mi nombre de esa manera y pronuncian bendición sobre el pueblo, yo los bendeciré.
¿Por qué yo estoy enfatizando eso? Porque Dios dice ahora a través de Malaquías: yo voy a maldecir su bendición. Cuando ustedes oren sobre el pueblo bendición, yo voy a hacer todo lo opuesto. Así de severa se había corrompido la adoración a nuestro Dios. Así de provocado, de airado estaba Dios porque no habían honrado su nombre.
Ahora yo quisiera que pudiéramos entender algo, y quizás no todos lo habéis entendido, es que Dios ha dejado ver claramente que él tiene una preocupación especial por la santidad de su nombre. Y lo ha hecho ver desde el principio de su revelación. Pero para comenzar en el Nuevo Testamento y regresar: cuando los apóstoles le pidieron a Cristo que les enseñara a orar, la famosa oración que nosotros hoy conocemos como el Padre Nuestro, la primera petición muy al inicio de la misma, ¿cuál es? "Padre nuestro, santificado sea tu nombre". Eso no está ahí por accidente. Eso no está ahí porque suena poético. Eso está ahí porque es la prioridad número uno del creyente: poder santificar el nombre de Dios. No es solo con los labios de su boca, no es solo en la mente, en palabras, sino también con su manera de vivir.
Y Cristo lo pone al principio de la oración no solamente para que entendamos la prioridad que Dios le da a la santidad de su nombre, sino porque él también sabe que el problema número uno del creyente a lo largo de los siglos ha sido deshonrar el nombre de Dios. Y deshonrar su nombre ha producido mucho ruido en el pueblo no creyente en contra de Dios.
Dios conoce la importancia de que nosotros entendamos lo que su nombre representa. Cuando él le da a la nación de Israel la primera constitución, diez leyes, la tercera de esas leyes sería dedicada a la honra de su nombre, como nosotros leemos en Éxodo 20:7 cuando dice: "No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano". Es la forma negativa de la verdad expuesta. No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano. La forma positiva es —los reformadores siempre decían que los mandamientos tenían una forma positiva y una negativa o al revés— en este caso, la forma positiva es: honrarás el nombre de Dios. "Porque el Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano".
Hemos dicho en otras ocasiones que tomar el nombre de Dios en vano es vaciarlo de su contenido. Dios está diciendo: si mi nombre, que me representa, que representa quién yo soy, mi esencia, mi reputación, si lo usas de una manera, si vives pronunciando mi nombre, diciendo que me perteneces, pero tu manera de vivir es contraria a la santidad de mi nombre, estás vaciando mi nombre de su contenido.
Y para esta época del libro de Malaquías, o del profeta Malaquías, el nombre de Dios para los líderes no significaba gran cosa, ni para el pueblo tampoco. Su conciencia estaba tan endurecida que no solamente ellos habían deshonrado el nombre de Dios, pero tampoco les importaba que el resto del pueblo lo hiciera. Es como iba el sacerdote, así iba el pueblo detrás de ellos.
El mandato de no tomar el nombre de Dios en vano, que es la acusación número uno a lo largo del libro de Malaquías, va seguido de una advertencia o de una consecuencia para aquellos que violen el mandato, cuando Dios dice que él no lo tendrá por inocente. Esta frase es más fuerte de lo que suena. Es lo que ha sido conocido como una meiosis. Una meiosis es una frase que dice más de lo que parece decir.
Si tú estás en un juzgado y un juez que te va a juzgar, te está juzgando, te dice: "Si yo fuera tú, yo no hiciera eso", el juez no simplemente te está dando una sugerencia. El juez está diciendo: si tú haces eso, tendrás que verte con la justicia de frente. Eso es exactamente lo que ocurre con esto: Dios no tomará al culpable por inocente, o lo tomará por culpable, al violar su nombre. Porque Dios juzgaría a aquellos que violen su nombre, que representa su reputación, todo lo que es, su esencia.
Dios tiene un interés, Dios ha revelado un interés a lo largo de toda su revelación en hacer su nombre glorioso. Escucha cómo diferentes autores lo han dicho. Salmo 8:1: "Oh Señor, Señor nuestro, ¡cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!". El salmista observó la creación: Señor, ciertamente todo esto refleja quién tú eres, y tu nombre hace la misma cosa. Salmo 106:8: "No obstante, los salvó por amor de su nombre, para manifestar su poder". La salvación que Dios trae lo hace por amor de su nombre. Salmo 111:9: "Él ha enviado redención a su pueblo, ha ordenado su pacto para siempre; santo y temible es su nombre".
Una y otra vez, de forma reiterativa, Dios muestra el deseo que él tiene de afirmar la gloria, la majestad, la santidad y el honor de su nombre. Nadie lo ha dicho mejor que el salmista en el Salmo 138:2: Dios ha exaltado su palabra y su nombre por encima de todo.
Ahora escucha por qué el Padre Nuestro comienza como comienza y los Diez Mandamientos tienen uno de los primeros de ellos para salvaguardar la integridad del nombre de Dios. Cuando uno de nosotros, creyentes, cristianos, comienza a entrar en una vida de pecado —no es cuando peca un día, vea, y se arrepiente esa noche, pero él comienza a entrar en una práctica de pecado— eso no ocurre sin que primero haya iniciado él o ella a incurrir en una insensibilización hacia el nombre de Dios. Primero irreverenciamos el nombre de Dios en nuestro interior, y luego nosotros proclamamos eso en nuestra vida exterior, o lo profanamos. Primero lo irreverenciamos en nuestra actitud interior, y luego nosotros lo profanamos en nuestra vida exterior.
Lamentablemente, cuando el creyente ve la profanación del nombre de Dios, que no es más que la vida de pecado del creyente, él tiene una inclinación natural a deshonrar a ese Dios que él todavía no conoce. Y eso es exactamente la acusación de Pablo a los romanos en 2:24, porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros, tal como está escrito. Ustedes, su Dios, que tiene la ley, que han conocido al Señor por siglos, sobre quien se invoca su nombre, se han comportado de una manera que los gentiles ahora tienen dificultad en creer en el Dios que ustedes invocan.
Y nosotros pudiéramos preguntarnos: ¿cuántas veces amigos o familiares, o en el caso de nosotros los pastores, podría haber la ocasión cuando nuestro comportamiento pudiera llevar a otros a cuestionar la santidad, la validez, la fidelidad, lo justo de nuestro Dios? Cuando nosotros no vivimos, cuando nosotros no damos un buen ejemplo a aquellos que nos observan. Solo tenemos que recordar que rendiremos cuenta a Dios de todo cuanto hayamos hecho con las ovejas que Él ha puesto bajo nuestro cuidado.
Ahora, algunos han dicho: "Bueno, pastor, pero no estamos bajo el antiguo pacto, donde esas cosas eran de esa manera y donde Dios era tan severo". La realidad es que cuando tú estás construyendo el Nuevo Testamento, el nuevo pacto de la gracia, solamente empeora mi situación. Escucha lo que el autor de Hebreos, capítulo 10, dice del 26 al 29: "Porque si continuamos pecando deliberadamente, después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados, sino cierta horrenda expectación de juicio y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios. Cualquiera que violó la ley de Moisés, antiguo pacto, muere sin misericordia, por el testimonio de dos o tres testigos". Nuevo pacto ahora: "¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que ha hollado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado" —hablando de un creyente—, "por la cual fue santificado, y ha ultrajado al Espíritu de gracia?"
¿Te das cuenta que lo que el autor de Hebreos está diciendo? Aquel pacto fue un pacto de menor gracia, y sin embargo, aun bajo ese pacto, la gente fue tratada severamente cuando violó la honra del nombre de Dios. ¿Cuánto más tú piensas que merecería el peso de la justicia de Dios alguien que ha sido santificado por la sangre y que ahora, en su manera de vivir, está ultrajando el Espíritu de Dios? Vivir bajo la gracia de Dios no rebaja el estándar. Simplemente aumenta mi responsabilidad por lo mucho que yo he recibido.
En aquella ocasión, Dios estaba tan airado con los sacerdotes —y recuerda que hoy somos sacerdotes todos nosotros— estaba tan airado con los sacerdotes que Él prometió dos cosas, dos reproches.
Reproche número uno: Dios reprendería a sus hijos. En otras palabras, sus hijos serían receptores en parte de la disciplina que Dios traería sobre los padres. Escúchalo como Dios lo dice en el versículo 3: "He aquí, yo reprenderé a vuestra descendencia". He ahí el primer reproche. A primera vista aparece como injusto de parte de Dios que Él traiga parte de la vergüenza de estos líderes sobre la próxima generación, hasta que nos percatamos que esta es la problemática: los sacerdotes, los líderes del pueblo, no habían honrado el nombre de Dios. Eso que Dios tiene como lo más preciado, ellos se habían olvidado de esa honra. Dios dice: "Una manera de llamarte la atención es olvidándome de aquello que tú tienes como más preciado, que son tus hijos. Por tanto, si tú te olvidas de lo más preciado para mí y ni siquiera te importa, quizás si yo hago algo con aquellos que son más preciados para ti, quizás eso te llame la atención y tú vuelvas y regreses al camino".
Eso es exactamente lo que Dios dice literalmente en Oseas 4:6. Escúchalo: "Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento. Por cuanto tú has rechazado el conocimiento, yo también te rechazaré para que no seas mi sacerdote" —le está hablando a la nación Israel como nación sacerdotal—. "Yo te voy a rechazar para que no seas mi sacerdote. Como has olvidado la ley de tu Dios", eso que representa mi carácter, "yo también me olvidaré de tus hijos". Ahí está la correlación hecha directamente: has olvidado mi ley, que representa mi carácter, mi nombre; yo me olvidaré de tus hijos.
Nosotros pudiéramos volver a argumentar: "Pastor, esto es Antiguo Testamento". Pero escúchame. Pablo les escribió a los corintios en el Nuevo Testamento, y en la primera carta, en el capítulo 10, dos veces en un capítulo Pablo les recuerda que las historias que están ahí registradas del Antiguo Testamento quedaron allí bajo registro con la intención expresa de que sean un ejemplo para nosotros y enseñanzas para nosotros, ambas cosas. Que me enseñen de lo que pasó y cómo Dios reaccionó, y que al mismo tiempo sean ejemplos e ilustraciones de cosas que ocurrieron a un pueblo que Dios quisiera que no ocurrieran a este pueblo ahora de su iglesia.
Entonces, reproche número uno: yo voy a reprender a vuestros hijos. El reproche número dos, si tú no supieras que yo estoy leyendo la Biblia y no lo hubieses leído, no me creerías que está en la Biblia, porque escucha lo que Dios dice en el reproche número dos: "Yo os echaré estiércol en la cara", a la cara de los sacerdotes. "El estiércol de vuestras fiestas, y seréis llevados con él", como el estiércol. ¿Qué? Yo no sé si Dios —y los académicos tampoco lo conocen— si Dios dijo eso de manera literal o simbólica. No importa, cualquiera es lo suficientemente fuerte. En otras palabras, lo que ustedes han hecho con mi nombre es tan vergonzoso que la única forma como yo puedo ilustrar la vergüenza que han traído sobre mi nombre es si yo tomara el estiércol de los animales que traen al templo para sacrificarlos.
Los animales venían, eran muchos sobre todo. Dios dice: "El estiércol de los animales de sus fiestas". ¿Por qué de sus fiestas? Bueno, porque ahí es donde más animales se acumulan. Los animales venían y se ponían nerviosos con la multitud, con los gritos de animales que estaban siendo sacrificados, y en eso, pues, defecaban. Y Dios dice: "El estiércol que se acumula durante las fiestas, yo lo voy a tomar y lo voy a colocar sobre sus rostros, y cuando estén así de embarrados, entonces el estiércol, cuando lo sacan del templo durante las fiestas, ahí mismo saldrán ustedes con él". ¡Wow!
Yo creo que estas ilustraciones de parte de Dios... Yo creo que el mejor libro de ilustraciones es la Biblia. Estas ilustraciones nos dejan ver hasta dónde Dios entendía que ellos habían avergonzado su nombre. A mí no me cabe la menor duda de que aquí hay un principio para nosotros los pastores y para todos los sacerdotes en el Nuevo Testamento. Cuando estas consecuencias caigan sobre los levitas, Dios dice: "Entonces sabréis que yo les había dado este mandato, que me había tomado muy en serio cuando se los di".
Entonces ahora Malaquías avanza en los versículos 5 al 7, y describe muy bien cómo debían hablar y qué debían modelar los sacerdotes. Y lo hace haciendo alusión a cómo los primeros sacerdotes se comportaron, lo bien que caminaron, lo bien que lo hicieron. Lo voy a leer de la Nueva Traducción Viviente esta vez; había estado en la Biblia de las Américas, Nueva Traducción Viviente ahora: "El propósito de mi pacto con los levitas era darles vida y paz, y esto fue lo que les di, claro, porque ellos caminaron conmigo. De ellos se requería que me reverenciaran, y lo hicieron en gran manera, y temieron mi nombre. Comunicaron al pueblo la verdad de las instrucciones que recibieron de mí, no mintieron ni estafaron, anduvieron conmigo y llevaron vidas buenas y justas, e hicieron volver a muchas personas de sus vidas pecaminosas".
Dios está definiendo la función sacerdotal a través de la vida que llevaron los primeros levitas, que esta gente no estaba llevando. Versículo 7: "Las palabras que salen de la boca de un sacerdote deberían conservar el conocimiento de Dios, y la gente debería acudir a él para recibir instrucción, porque el sacerdote es el mensajero del Señor de los ejércitos celestiales". ¡Wow!
Los sacerdotes del pueblo de Dios, llamados levitas, en esencia tenían dos instrucciones. Número uno: ministrarían los sacrificios en el templo. Y número dos: proveerían instrucción para el pueblo. En el pueblo de hoy, nosotros los pastores somos los encargados de esas dos funciones. Y en los versículos 5 y 6, que yo acabo de leer, Dios mostró que esta gente había comenzado muy bien. Ellos reverenciaron el nombre de Dios; los levitas del tiempo de Malaquías no reverenciaron el mismo nombre. Los primeros sacerdotes supieron enseñar al pueblo la verdad de Dios; estos sacerdotes, no. Dios dice de aquellos: "Ellos ni mintieron ni robaron". En este caso, el pueblo, o los sacerdotes, no estaban enseñando la verdad ni vivían la verdad. Ellos sí mintieron y ellos sí estafaron, los de este tiempo.
No hay nada más odioso para Dios que la mentira, porque es la antítesis de lo que Él es. Dios dice: "Ellos, los primeros, no mintieron; ustedes sí. Ellos no estafaron; ustedes sí". Y Dios claramente revela a través del libro de Proverbios cosas que Él odia, y dos veces Él menciona la mentira: "Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para Él: ojos altivos, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos". Siete cosas Dios odia; de esas, dos tienen que ver con la mentira.
Ahora, en el contexto de los sacerdotes del tiempo de Malaquías, Dios dice: "Mis sacerdotes primero no mintieron" —entiéndase, ustedes sí—. "Ellos no estafaron" —entiéndase, ustedes sí lo hicieron—. Esta gente caminó bien en sus inicios, y esa es una de las grandes tragedias de los hijos de Dios: que comienzan bien, comenzamos bien, tenemos aprecio por las cosas sagradas de nuestro Dios.
La sagrada Palabra, después de haber sido tratada con cuidado, pasa a ser una sugerencia conveniente con los años. El Dios tres veces Santo pasa a ser un padre tres veces indulgente. El santo nombre de Dios se convierte en una fórmula de invocación para que Él me bendiga. Decimos "Padre nuestro que estás en los cielos", pero luego no nos comportamos como sus hijos aquí en la tierra.
Nos vamos familiarizando con las cosas sagradas, con las cosas misteriosas. Vamos a un funeral, acabamos de despedir a alguien que se fue a la eternidad sin nunca haber recibido a Cristo, y no nos pesa que acabamos de despedir a alguien que entró a una eternidad de condenación. Porque lo misterioso, lo sagrado, aquello que provoca en mí cierto temor reverente, todo eso ha perdido valor y peso en mi valoración de las cosas. De manera que ni el infierno, mejor dicho, el infierno perdió su poder de persuasión con el paso del tiempo. Y todas esas cosas son sagradas. Nos acostumbramos a ellas. Perdemos la reverencia por el nombre de Dios, perdemos el norte, perdemos nuestro centro de gravedad, y lamentablemente en algunos casos como que nunca regresamos a él.
Si pudiéramos pensar en el caso de aquellos que apostataron de la fe, nunca regresaron al centro de gravedad. Pero si pensamos en aquellos que no necesariamente apostataron, sino que permanecieron en la fe, y pensamos que el centro de gravedad es su primer amor, hay un momento, o muchas veces, en que ese hijo de Dios se aleja de su primer amor, es reprendido y él hace un cierto regreso, pero nunca vuelve al centro donde él estaba en el primer lugar. Dios ha pasado a ser una parte de su vida, en vez de su vida. Dios ha pasado a ser algo ordinario, cotidiano, más negociable.
En el caso del Antiguo Testamento, Dios entendió todo el tiempo, y en gran manera eso no ha cambiado hoy, que los responsables número uno de que el pueblo hubiese llegado a esta condición muchas veces eran los líderes mismos. Escucha lo que Dios dice en Ezequiel 22:26: "Sus sacerdotes han violado mi ley", otra vez regresa a los sacerdotes, "y han profanado mis cosas sagradas. Entre lo sagrado y lo profano no han hecho diferencia, y entre lo inmundo y lo limpio no han enseñado a distinguir. Han escondido sus ojos de mis días de reposo, y he sido profanado entre ellos."
Dios dice a través de Ezequiel, Ezequiel está en Babilonia en el exilio. Malaquías es posterior a Ezequiel, ¿verdad?, porque Malaquías está ya cuando el pueblo ha salido de Babilonia, está de regreso. En Babilonia Dios le hace revelación a Ezequiel, mostrándole la razón, o una de las razones, por las cuales el pueblo está en el exilio. Le dice, mira Ezequiel, sus sacerdotes han profanado mis cosas sagradas y no enseñaron al pueblo a distinguir entre lo sagrado y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio. Bueno, es esto mismo ahora que Dios está diciendo a través del profeta Malaquías.
Nosotros a veces en el Nuevo Testamento vemos a Dios tan lleno de gracia que hemos convertido su gracia en una hipergracia, como le llama Wayne Grudem, y muchas veces entonces, en vez de estar agradecidos de esa gracia, abusamos de ella.
Escucha cómo Dios dice, de manera muy particular, uno, cómo los sacerdotes debieron haber hablado, y dos, cómo lo hicieron los primeros sacerdotes: "Pues los labios del sacerdote deben guardar la sabiduría, y los hombres deben buscar la instrucción de su boca, porque él es el mensajero del Señor de los ejércitos." La razón primaria por la que el sacerdote necesitaba, y en este caso el pastor, el líder espiritual hoy, necesita tener sabiduría en sus labios, es porque él es el mensajero del Señor para un pueblo. El pueblo debiera venir, debió haber venido al sacerdote, debiera venir a ese que representa a Dios en busca de esa sabiduría, en busca de instrucción, dice el versículo 7 de manera muy clara, como mensajeros del Señor que ellos eran.
Ellos deben exhibir una coherencia entre lo que profesan y lo que practican, entre lo que aconsejan y lo que viven, y entre lo que es el mensaje y la vida del mensajero. Hoy en día con cierta regularidad yo he escuchado líderes, a veces desde los púlpitos, tratando de justificar ciertas acciones o ciertas formas en su vida: "Bueno, gracias a Dios que es por gracia, y yo no soy más que un pecador al igual que ustedes." Y sabes que ambas afirmaciones son ciertas. Sin embargo, no hay duda de que Dios espera que los líderes de su pueblo vivamos por encima del estándar que el pueblo vive, como una manera de ser ejemplos, de tal forma que junto con el apóstol Pablo podamos decir: "Imítenme a mí como yo a Cristo." Y de no poderlo hacer, lo mejor que pudiéramos hacer para nuestro propio beneficio es abandonar la carrera ministerial.
Y alguien pudiera decir: "Pastor, ¿qué es lo que usted está diciendo?" Exactamente eso. Si nosotros no podemos ser un ejemplo para el pueblo que nos sigue, lo mejor que podíamos hacer para nuestro propio beneficio es abandonar la carrera. Y la razón por la que digo eso en este momento es por lo que sigue ahora en el versículo 8, donde ya estábamos a punto de arribar. Escuche: "Pero vosotros", le dice Dios a los sacerdotes, "os habéis desviado del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis corrompido el pacto de Leví, dice el Señor de los ejércitos."
Nota el contraste entre el versículo 6 y el versículo 8. En el versículo 6 Dios se refiere a personas que ejercieron el sacerdocio en el Antiguo Testamento, y ellos, perdón, el versículo 6: "La verdadera instrucción estaba en su boca y no se hallaba iniquidad en sus labios; en paz y rectitud caminaba conmigo y apartaban a muchos de la iniquidad." Es el contraste del versículo 6, la segunda parte del versículo 6. Aquellos sacerdotes apartaron a muchos de su iniquidad; estos, escuchen, habéis hecho tropezar a muchos en la ley. Unos apartaron a personas de su iniquidad, estos los hicieron tropezar.
Cuando una oveja se aparta, duele; al pastor le duele, a sus amigos les duele, pero frecuentemente quizás no pase de ahí. Cuando el sacerdote se aparta, cuando el pastor se aparta, cuando el líder se aparta, otros se apartan. Y servimos entonces de piedras de tropiezo.
Una de las funciones del sacerdote en el Antiguo Testamento, una de las funciones del pastor en el Nuevo Testamento, es hacer volver a los que están desviados o se están desviando, hacerlos volver al camino. Eso no es fácil ni es placentero. Recuerda lo que dijimos al principio, que cuando la confrontación se trae, la primera reacción con frecuencia es una de ira, es una de rebelión, es una de excusa, de desafío y de contraacusación. Eso ha sido así desde el jardín del Edén, pero nosotros no tenemos otra opción. El apóstol Pablo les escribía a los efesios y les dice que él los confrontó de día y de noche por tres años. Pero esto se les evitó a sus sacerdotes de la época de Malaquías, e hicieron tropezar a muchos.
Dada esa condición en la que el pueblo se encontraba, escucha lo que Dios dice en el versículo 9: "Por eso yo también os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo." En otras palabras, Dios está poniendo su vergüenza ante todo el pueblo por esa razón. "Así como vosotros no habéis guardado mis caminos y hacéis excepción de personas en la ley." De la misma manera que ustedes se han comportado abiertamente, de esa misma manera yo me voy a comportar hacia ustedes también, abiertamente. Y los he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo. Yo me voy a encargar de traer mi vergüenza sobre ustedes.
Ahora, una vez más, eso no es solamente cierto para nosotros los líderes. Nosotros en el Nuevo Testamento somos llamados sacerdotes, y aun en el Antiguo Testamento la nación como un todo era considerada una nación sacerdotal, de manera que el estándar al cual Dios había llamado al pueblo, y ahora a su Iglesia, a vivir es el mismo. La diferencia está en que, como no todos llegan a vivir conforme al estándar, no todos llegan a tratar de abrazar el estándar por lo menos como su meta, aquellos que han logrado hacerlo pueden servir de ejemplo para otros. Deben ir adelante tratando de animar a otros, de fortalecer a los débiles, de corregir a los desviados, como una forma de que todos podamos llegar al mismo lugar, al mismo tiempo, para gloria de nuestro Dios.
Y Dios está confrontando justamente la condición espiritual, y de manera particular la vida de adoración del pueblo. Comenzó hablándoles de sus sacrificios: los corderos ciegos, cojos, enfermos, robados. Sigue hablándoles ahora de cómo ellos no estaban enseñándole al pueblo, de cómo la instrucción del pueblo y su estilo de vida no era congruente con la enseñanza de la ley, cómo eso había hecho que el pueblo tropezara. Pero todo eso causaba un desarreglo en lo que era la vida de obediencia y la vida de adoración de ese pueblo.
Dios dice en el versículo 10 ahora: "¿No somos hijos del mismo Padre? ¿No fuimos creados por el mismo Dios? Entonces, ¿por qué nos traicionamos unos a otros violando el pacto de nuestros antepasados?" La pregunta es: ¿cómo que nos estamos traicionando? Dios dice: si somos de un mismo Padre, lo que implica que somos de una sola familia, ¿por qué es que nos traicionamos unos a otros como si no fuéramos del mismo Padre y no fuéramos de la misma familia?
Versículo 11: "Judá ha sido infiel y se ha hecho una cosa detestable en Israel y en Jerusalén." Judá ha sido infiel y se ha hecho, no dicho, una cosa detestable en Israel y en Jerusalén. ¿Qué es lo que hemos hecho, Dios? "Los hombres de Judá han contaminado el amado santuario del Señor al casarse con mujeres que rinden culto a ídolos." Estoy leyendo de la Nueva Traducción Viviente. "Que el Señor arranque de la nación de Israel hasta el último de los hombres que haya hecho esto y que aun así lleva una ofrenda al Señor de los ejércitos celestiales."
En otras palabras, Dios prohibió el matrimonio con mujeres paganas. Y Dios dice: en Judá se ha hecho algo detestable, y es que siendo nosotros una sola familia dentro de la cual os debíais haber casado, ustedes han salido a buscar mujeres que adoran a ídolos. Y cuando ustedes se casan con ellas, terminan, como pasó una y otra vez, adorando sus ídolos. Y aún así, a pesar de hacer eso, ustedes se atreven, final del versículo 12, a llevar una ofrenda al Señor de los ejércitos celestiales, como si no hubieran hecho nada, como si no hubiesen pecado contra Dios, como si este matrimonio que ustedes han contraído fuera tan válido como el matrimonio que yo le ordené a mi pueblo en primer lugar.
Y si nos movemos al Nuevo Testamento, existe la misma prohibición, y lamentablemente muchas veces dentro del pueblo de Dios vemos la misma práctica. ¿Cuál es la prohibición? Cuando el pueblo de Dios está en un momento, cuando Pablo escribía a los corintios, no es un yugo desigual. ¿Cuántas veces hemos oído a personas que están teniendo el famoso dating o están teniendo el noviazgo con alguien que no es creyente? Y cuando tú preguntas: "¿Él o ella es creyente?", "Bueno, le está buscando." ¿Buscando qué? ¿A ti?
Pero la conciencia de la nación, del pueblo, del liderazgo, se había endurecido a tal manera que aun los sacerdotes estaban cometiendo adulterio, divorciándose de sus esposas y casándose con mujeres paganas. Escucha lo que dice el texto del versículo 13 al 16: "Y esta otra cosa hacéis: cubrís el altar del Señor de lágrimas, llanto y gemidos, porque él ya no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de vuestra mano." Estoy leyendo la Biblia de las Américas. Ustedes vienen al altar, vida de oración, me lloran, me gimen, me llenan el altar de lágrimas, y la razón es que yo les he dejado ver que no acepto sus ofrendas ni respondo a sus oraciones.
Y vosotros decís: "¿Por qué?" Vosotros me cuestionan, me preguntan como que no tienen la menor idea de qué es lo que yo estoy tratando de hacer. Yo estoy tratando, al no abrir tus oraciones y al no recibir tu sacrificio, de llamar la atención para que regreses al centro de gravedad, para que regreses a donde tú estabas en el primer lugar, para que yo no tenga que seguir maldiciendo su bendición. Eso es algo terrible. Acuérdate lo que habíamos hablado un momento atrás: la bendición se ha sobrevotado. Dios dice: "Yo llegué incluso a convertirla en maldición," porque estaban usando mi nombre de tal manera que lo único que yo pude hacer fue hacer todo lo opuesto de lo que la bendición se suponía que hiciera.
"Vosotros decís," versículo 14, "¿por qué?" Yo sí, yo te voy a decir por qué. "Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto." En otras palabras, tú entraste en un pacto con la mujer de tu juventud, un pacto en el que yo fui testigo, y un pacto que se supone representa, ahora a la luz del Nuevo Testamento, la unión de mi Hijo con la novia que yo le he dado, que es la satisfacción Iglesia de la cual tú eres parte ahora.
Versículo 15: "Pero ninguno que tenga un remanente del Espíritu lo ha hecho así." ¿Cómo ha sido? No, que ninguno que tenga un remanente del Espíritu ha sido adúltero, divorciado para casarse con mujeres paganas. Qué es lo que ustedes están haciendo. "¿Y qué hizo este mientras buscaba una descendencia de parte de Dios?" ¿Qué hizo Dios mientras él mismo buscaba una descendencia de parte de Dios? Preservaba la descendencia de la mujer de tu juventud. "Porque yo odio el divorcio," dice el Señor Dios de Israel, "y al que cubre de iniquidad su vestidura," dice el Señor de los ejércitos. "Guardad pues vuestro espíritu y no seáis desleales."
Una vez más, esto habla de lo endurecido que estaba el corazón de este pueblo y de su liderazgo, porque cometiendo adulterio, divorciándose de la mujer de su pacto, la mujer de su juventud, casándose con mujeres paganas, todavía fueron donde Dios y le dijeron: "No entendemos." Fueron donde Dios llorando al altar, le llenaron el altar de lágrimas. "No entendemos por qué tú no recibes nuestras ofrendas, no entendemos por qué tú no escuchas nuestras oraciones." Y Dios dice: "Ya no sigas viniendo a gemirme como que no sabes. Sécate los ojos, sécate las lágrimas y admite que has cometido adulterio, que te has divorciado, que te has casado con una mujer de la cual no se te había permitido, y te has olvidado de que yo odio el divorcio."
No los divorciados, pero sí el divorcio. Es la afirmación más clara y más severa que Dios hace en toda su revelación en contra de esta práctica. Obviamente Dios no odia a los divorciados, obviamente Dios tiene perdón para con ellos cuando ha habido un arrepentimiento genuino. Pero una vez más, cuando se produce la rotura, hay algo que ha quedado deshonrado, y es la simbolización de la unión de Cristo con su Iglesia. Hay algo que le da una mala reputación al nombre de Dios, y sobre todo a esa unión sagrada que Dios quiso representar desde el principio cuando hizo de los dos una sola carne.
Hay algo más en el texto por lo cual Dios dice: "Yo odio el divorcio." Y el versículo 15 es un versículo que en el lenguaje original ha dado mucha agua que beber a la traducción. Según los expertos en el hebreo, es porque hay una cierta dificultad para traducir lo que dice el original. Pero muchas traducciones dicen que qué andaba Dios buscando cuando de dos hizo uno, cuando tomó dos individuos, Adán y Eva, el hombre y una mujer, e hizo una sola carne. E inmediatamente después dice que andaba buscando una descendencia santa para él.
Si ese es el propósito, o uno de los propósitos por el cual Dios hace de dos uno, la búsqueda de una descendencia santa, entonces cuando tú entras en un pacto matrimonial con un inconverso, tú sabes que desde el día número uno se produce una pugna entre el cónyuge que quiere levantar, criar, educar a ese hijo bajo el señorío de Cristo, y el cónyuge que anda buscando la vida y anda buscando levantar al mismo hijo para que complazca el señorío del mundo y busque la aprobación de dicho mundo. Y eso entonces se interpone contra el propósito número uno por el cual Dios hizo uno de dos, el cual fue crear una descendencia santa para él. Hay una lucha enorme que se produce a partir de cuando esa unión se da.
Esta era la práctica en esos días. Tú puedes ver la indignación en Dios de cómo esta gente estaba viviendo, y sobre todo que esta práctica trascendió y contaminó a los sacerdotes, a los líderes del pueblo, en este caso los pastores del pueblo.
En resumen, la razón por la que Dios odia el divorcio, no a los divorciados, son: número uno, porque como bien dice Deuteronomio 23, cuando hagas un pacto delante de Dios, cuídate de cumplirlo, porque de lo contrario Dios te lo tomará en cuenta. Hemos hecho votos delante de Dios, el testigo universal de toda unión, que entiende que cuando yo los rompo, yo estoy violando la santidad de su nombre, porque esos votos han sido hechos delante de él, y su nombre representa lo que él es. Número dos, porque trata irreverentemente lo que simboliza la unión de Cristo, el Hijo de Dios, con su Iglesia. Número tres, por las grandes consecuencias que trae muchas veces sobre los mismos cónyuges, pero sobre todo sobre los hijos y la inestabilidad emocional y espiritual con la que ellos crecen. Número cuatro, un poco distinto ahora, pero Dios rechazó desde el Antiguo Testamento la unión de yugo desigual, aun de primera instancia, precisamente por el choque de valores que se produce y el debilitamiento muchas veces de la fe del cónyuge creyente por la influencia del cónyuge no creyente, y la influencia que eso tiene sobre los hijos.
Tú puedes ver entonces hasta dónde la vida de adoración del pueblo se había corrompido, porque los sacerdotes que le representaban, quienes lideraban en el templo, habían entrado en la misma práctica que el pueblo había entrado. Por tanto, ellos no habían enseñado al pueblo a respetar, a honrar, a dignificar el nombre de Dios; no habían enseñado a separar lo sagrado de lo profano, lo inmundo de lo limpio. Y Dios está confrontándolos por medio del profeta Malaquías.
Setenta años en el desierto. Cuando ellos regresan bajo Esdras hubo un pequeño avivamiento que no duró mucho. Si Malaquías vino después de Esdras, recuerden que algunos piensan que Malaquías vino antes de Esdras, pero si él vino después de Esdras, parece que no duró mucho, y el pueblo había vuelto a caer en prácticas que habían deshonrado completamente a Dios, hasta el punto que Dios dice: "La verdad, la vergüenza es tan grande, la única manera como yo puedo simbolizar lo que ustedes han hecho conmigo es si yo tomara el estiércol de los sacrificios de sus fiestas y lo colocara sobre sus rostros."
Yo creo que esa historia nos ayuda a nosotros a reflexionar en este tiempo, para que cuando nosotros regresemos con nuestra iglesia juntos, quizás cada individuo, cada matrimonio, cada familia por separado, haya podido tener un tiempo de reflexión con su Dios, de limpieza espiritual, de arrepentimiento, de encarrilamiento de las vidas, de acercamiento a ese Dios, de volver a ese Dios, de regresar al centro de gravedad, de tal forma que Dios no sea simplemente una parte de su vida, sino que sea su vida.
Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oremos para que pronto podamos volver a hacerlo. Y mientras, recordemos que dondequiera que estemos seguimos siendo la Iglesia de Jesucristo. Mantengámonos en vigilancia y en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo.
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