El deterioro del cuerpo y el fortalecimiento del alma ocurren al mismo tiempo. Esta es la primera de tres paradojas que el apóstol Pablo presenta en 2 Corintios 4:16-18: mientras el hombre exterior se va desgastando, el hombre interior se renueva día a día. La segunda paradoja es aún más desconcertante: aflicción leve y pasajera, dice Pablo, refiriéndose a azotes, naufragios, noches sin dormir, hambre, frío y peligros constantes. ¿Cómo puede alguien calificar semejante lista de sufrimientos como algo insignificante? Solo hay una manera: evaluándolos a la luz de la eternidad. Sesenta años de padecimientos, colocados junto a un tiempo interminable de gloria, pierden todo su peso.
La tercera paradoja llama a vivir viendo lo que no se ve. Es como el siervo de Eliseo, rodeado de enemigos, aterrorizado, hasta que Dios le abrió los ojos y pudo contemplar los ejércitos celestiales que lo protegían. El pastor Núñez ilustra esto con una consejería reciente: el propósito no era resolver cada problema, sino cambiar la prescripción de los lentes con los que la persona veía la vida. Porque cuando los lentes están mal graduados, todo luce borroso y distorsionado.
Las tribulaciones no solo nos preparan para la eternidad; también forman el carácter de Cristo en nosotros. La tribulación produce paciencia, la paciencia produce carácter probado, y el carácter probado produce esperanza. Esta esperanza ya no es una idea vaga sobre un mundo mejor, sino una realidad que sostiene al creyente en medio del dolor presente.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos a estar leyendo del versículo 16 al 18. Con eso continuamos nuestra serie, continuamos lo que el apóstol Pablo ha estado diciéndonos, Dios ha estado diciéndonos por algo que Él inspiró en el apóstol Pablo y que hoy nosotros tenemos como Palabra de Dios. Escuchemos cada uno de nosotros, pero en especial tú que necesitas ministración en este día.
"Por tanto, no desfallecemos. Antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día. Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas."
Nosotros concluimos el mensaje anterior revisando alguna de las enseñanzas del apóstol Pablo, donde él nos hablaba de que Dios nos había escogido a nosotros como vasos de barro. Y en esos vasos de barro, a través de esos vasos de barro, Dios estaba desplegando su poder, justamente a través de nosotros que somos lo que hemos sido calificados como vasos de barro. Y lo cierto es que Dios se propone desplegar su gloria a través de nuestras propias vidas y lo hace de esa manera para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros.
Esas son las palabras del apóstol Pablo en el texto del mensaje anterior, y de eso hablamos la semana pasada, donde Dios va asistiendo a los vasos de barro, a los vasos de debilidad. Y es esa asistencia de Dios a vasos frágiles como nosotros, como Pablo, lo que permite que él pueda escribir cosas como estas: afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos.
Además, Pablo habló de que él caminaba, de que él corría esta carrera confiado, esperanzado, en que el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos sería el mismo poder que nos levantaría a todos nosotros para estar luego por la eternidad con Él. Y eso le daba a Pablo confianza en los propósitos de Dios. Y pensar que todo este proceso de redención y este proceso de santificación, a través de estas experiencias, de acuerdo al texto del mensaje de la semana pasada, Dios lo hace por amor a nosotros.
Y tú pudieras estar pensando: "Pastor, ¿usted habla en serio, que las experiencias por las cuales Dios ha permitido que yo pase son de alguna manera, no entendible para mí, una muestra de su amor?" Y yo estoy aquí para decirte un rotundo "así dice Dios".
En el texto que nosotros acabamos de leer, nosotros encontramos tres paradojas. Recordemos lo que es una paradoja: es un evento que parece ilógico a la luz de la observación humana. Y en este texto hay tres paradojas más. Hablamos todo el mensaje anterior de forma paradójica, de cómo Dios comparaba una cosa con la otra y cómo algo que parecía de una manera, realmente lucía desde la perspectiva de la eternidad de otra manera.
En el texto que nosotros leímos hay tres paradojas. Escucha la primera: el deterioro del cuerpo mortal del creyente va sufriendo, o va experimentando, paralelamente una renovación progresiva en el interior. Hay un deterioro externo, hay una renovación interna. La segunda paradoja: las aflicciones de este mundo, consideradas por Pablo como leves y pasajeras, son leves y pasajeras, pero producen un eterno peso de gloria en nosotros. Una aflicción leve, a la luz de la examinación de aquel que pasó por ellas, está produciendo no algo leve, sino algo pesado y glorioso. La tercera paradoja es que nosotros debiéramos vivir en este mundo no viendo las cosas del mundo en el que vivimos, sino viendo las cosas del mundo que no vemos. Esa es una paradoja extraordinaria: ver lo invisible. Dios nos llama a ver lo que no se ve.
Y con eso, entonces, yo quiero comenzar exponiendo la primera de las paradojas: el deterioro del cuerpo mortal del creyente paralelamente va experimentando una renovación progresiva en su interior. La frase con la que el texto de hoy comienza es un "por tanto", y ese "por tanto" es una conclusión. Él está arribando a una conclusión, o es una consecuencia de todo lo anterior que él había venido diciendo. ¿Y qué es eso que Pablo había estado diciendo en los versículos anteriores? Bueno, tiene mucho que ver con el hecho de nosotros ser vasos de barro que pasamos por aflicciones y dificultades, siendo asistidos, sostenidos por el poder de Dios.
De tal forma que yo puse de esta manera, en mis propias palabras, un resumen de aquello que se dice desde el versículo 7, donde comenzamos la semana anterior, hasta el versículo 18, donde estamos terminando hoy. Este es mi resumen en mis palabras: a pesar de que somos vasos de barro, y a pesar de que la vida de este lado de la eternidad tiene experiencias capaces de afligir al hombre, eventos que nos dejan desconcertados, momentos donde algunos nos sentimos abandonados y ocasiones cuando somos derribados, nosotros, dice Pablo, no desfallecemos, no nos cansamos, no nos rendimos, no nos agobiamos, no vacilamos.
Esto es como un resumen de todo lo anterior con aquello que él comienza a decir en el texto de hoy. La pregunta es: ¿cómo es que Pablo llega a esa conclusión? ¿Cómo es que Pablo puede vivir de esa manera donde, a pesar de estas experiencias agobiantes, él dice que otros se cansan, otros se detienen y dejan la carrera o abandonan la carrera, pero en cuanto a nosotros no nos cansamos, no desfallecemos, no nos rendimos?
Y una de las razones por la que él puede pensar de esa forma es porque él, en el análisis de su propia vida, ha podido ver que ciertamente ha ido envejeciendo y su cuerpo exterior se ha ido gastando, y cada vez la carne va teniendo menos fortaleza física. Pero al mismo tiempo, se ha ido percatando de que el hombre interior es más fuerte, de que el hombre interior está más purificado, de que el hombre interior piensa más como Cristo y menos como la carne que se va desgastando. Experiencias que gastan y drenan al hombre exterior resulta que renuevan, fortalecen y purifican al hombre interior. Extraordinaria la paradoja de Dios en ese aspecto de la vida.
Escucha otra vez el versículo 16: "Por tanto, no desfallecemos." ¿Por qué, Pablo? "Antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo" —ahí está la palabra de contraste— "nuestro hombre interior se renueva de día en día." Es como diciéndolo de esta otra manera: nosotros vamos de gloria en gloria.
Y la palabra traducida ahí en el original como "decayendo", que tiene que ver con el cuerpo físico, es algo que se va deteriorando por medio de la corrupción, algo que se va corrompiendo o algo que se va corroyendo. Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo dice: "Es por esto que nunca nos damos por vencidos." ¿Por qué, Pablo? Por esto. ¿Qué es esto? "Aunque nuestro cuerpo está muriéndose, nuestro espíritu va renovándose cada día."
De manera que el problema no radica en lo que va desgastando el cuerpo físicamente, sino en aquello que drena, o que pudiera drenar, consumir y empobrecer el hombre interior. Ahí es donde está el problema. Si las experiencias por las que nosotros estamos pasando nos van gastando las fuerzas físicas, eso no es un problema en sí. El problema estaría si permitimos que dichas experiencias empobrezcan, debiliten, consuman, drenen mi hombre interior.
Y la realidad es que para aquellos que no conocen a Dios, cada experiencia de la vida los va acercando a la muerte y contribuye no solamente a su envejecimiento, sino que con el paso del tiempo van produciendo en ellos un sentido cada vez más profundo de hastío, de falta de propósito, de falta de significado, de falta de dirección, de insatisfacción. Como la historia de aquel paciente que yo les conté de manera anónima, que al final de sus años, aunque él todavía está con vida, le decía: "Don Fulano, usted ha sido un hombre a tu fama, tiene recursos, tiene una larga familia. Al final de sus días, ¿cómo usted se siente?" Y él me dice: "Vacío." Le pregunté que si él quería saber la razón de su vacío y él me dijo: "Claro que sí." Compartimos del evangelio y ahí entregó su vida al Señor.
Pero para el hombre que tiene la perspectiva de Dios, cada experiencia dolorosa de esta vida le ayuda a recordar que lo que realmente tiene valor está relacionado con el próximo mundo y no con este. Y lo hace desear cada vez más el llegar a aquel lado de la gloria. Hay momentos, hay días, hay semanas, que mi esposa y yo conversamos y decimos: "Estoy loco porque el Señor regrese o que nosotros vayamos." Justamente porque Dios usa los sinsabores de esta vida para hacernos anhelar una vida que de otra manera jamás nosotros desearíamos.
Satanás está detrás de que yo me descorazone a través de estas experiencias difíciles, y Dios trata de usar las mismas experiencias descorazonadoras para fortalecer el hombre interior y para prepararme para la vida eterna. Dios trabajando en una dirección y Satanás tratando de contrarrestar el trabajo de Dios.
De tal forma que nosotros necesitamos la perspectiva de Pablo todo el tiempo, que es una perspectiva por encima del sol que no es fácil de mantener día a día en medio de las luchas que nosotros libramos, porque son esas luchas las que verdaderamente están formando el carácter de Cristo en nosotros. Esa es otra de las paradojas en la revelación de Dios: que es posible irse debilitando y gastándose externamente mientras al mismo tiempo el hombre interior va fortaleciéndose, santificándose y creciendo a la imagen de Dios.
La perspectiva correcta de los hechos produce en nosotros una interpretación paradójica de lo que nos acontece. En otras palabras, si pudiéramos tener en cada evento la perspectiva que Dios tiene, eso que parece algo horroroso a los ojos humanos, a los ojos de Dios es algo glorioso. Esa es la realidad, no por el hecho en sí, sino por el fin detrás del cual Dios está obrando a través de dicho hecho.
De manera que lo que nosotros necesitamos es la perspectiva correcta de los hechos, que solamente nos la puede dar Dios. Pablo habló de sus tribulaciones de manera repetitiva a lo largo de sus cartas. De hecho, solamente en esta segunda carta a los Corintios, Pablo hace un recuento mayor o menor de sus tribulaciones en el capítulo 4, del 8 al 11; en el capítulo 6; en el capítulo 11, del 23 al 27; y en el capítulo 12, versículo 10.
Permíteme, para que tú puedas entender un poco a qué es que Pablo nos está ayudando a través de estas palabras, hacer un avance rápido, un fast forward de lo que es el texto o la carta a los Corintios, esta segunda carta a los Corintios. Déjame leerte unos versículos solamente del capítulo 11, del 23 al 27. Esto es cómo Pablo describe su vida: "Yo he estado en muchos más trabajos, en muchas más cárceles, en azotes un sinnúmero de veces, a menudo en peligros de muerte. Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces he sido golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, he pasado una noche y un día en lo profundo. Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajos y fatigas, muchas noches de desvelo, en hambre y sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez." Yo casi me canso emocionalmente de leer esta lista de experiencias.
Y Pablo reflexiona acerca de este conjunto, esta lista que a mí me parece interminable de experiencias dolorosas, y con la perspectiva que Dios le ha permitido tener, las interpreta. Y en el versículo 17 del texto que yo leí, las califica de una aflicción leve y pasajera que nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación. Yo no sé si tú pudiste como detenerte un microsegundo y poder iluminar otra vez estas experiencias, porque quizás la rapidez con la que leí el texto no lo permitió. Pero para mí ninguna de esas experiencias que Pablo relata son ni leves ni pasajeras. Para mí son grandes, abrumadoras, pesadas, y parecían interminables mientras las leíamos. Y él las califica de leve y pasajera. De hecho, en el original la palabra fue usada tempranamente para significar algo insignificante y sin importancia.
¿Qué? ¿Que esta lista de eventos es insignificante, Pablo? ¿Y quién eres tú que las calificas así, que son sin importancia? Escucha la lista: cárceles, azotes un sinnúmero de veces, peligros de muerte, treinta y nueve azotes cinco veces le dieron esa cantidad de azotes, tres veces golpeado con varas, apedreado una vez y dejado por muerto, recuerden. Tres naufragios, una noche y un día en el agua, en lo profundo, ahí afuera en el mar. Peligros en los viajes, peligro de salteadores, peligro por compatriotas, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligro de falsos hermanos. Noches sin dormir, muchos trabajos y fatigas, experiencias de hambre y sed, sin comida dice el texto también, experiencias de frío y desnudez. Yo casi lloro cuando yo leo esta lista. ¿Por qué esto le pasó a mi hermano Pablo?
Y esas son las experiencias que pasó la persona que posiblemente haya sido o tenga el registro de mayor obediencia en el Nuevo Testamento, por lo menos a mí me luce así. Esto le ocurrió a la persona que más escribió en el Nuevo Testamento. Y cada una de esas cosas por las que pasó, por causa del evangelio las pasó, por una buena causa. Imagina, eso es como paradójico, que yo esté trabajando para una buena causa, la causa del Cristo, y me pasen o me ocurran las peores cosas. Y que la persona que pasa por las peores cosas las califique de sin importancia e insignificantes.
¿Cómo es que algo tan pesado como esto puede ser calificado de tan leve? ¿Cómo es que una lista tan larga de vicisitudes puede ser considerada como algo pasajero? Piensa por un momento, ¿cómo es eso? ¿No quieres tú, no queremos tú y yo poder hacer algo similar, poder vivir de una manera similar? Hay una sola manera de poder hacer eso, y es evaluar el conjunto de estas experiencias a la luz de la eternidad.
Piensa por un momento. Las experiencias por las que Pablo pasó, asumiendo que Pablo haya vivido sesenta años, setenta años como muchos piensan, acaso realmente sesenta, alrededor de eso. Si Pablo vivió eso, si tú tomas ese conjunto de experiencias vividas a lo largo de sesenta años y las pones al lado de la eternidad, inmediatamente las experiencias pasan a ser pasajeras. ¿Por qué? Es la eternidad. Tú no puedes decir que la eternidad es un millón de años porque no lo es. La eternidad no son diez millones de años porque no lo es. No son cien millones de años porque no lo es. La eternidad es un tiempo interminable, indefinido, donde nosotros pasaremos el resto del tiempo en presencia de una gloria que nosotros, de este lado de la eternidad, jamás podremos imaginar.
Y cuando Pablo pudo contemplar sus experiencias de sesenta años a la luz de un tiempo interminable de gloria, él dice: estas experiencias son insignificantes, son pasajeras y no tienen importancia. Ahora, si vives en el plano de lo terrenal, como solemos entenderlo, toda experiencia humana parece interminable. Pero si te colocas los lentes de la eternidad, aquello que parecía largo y pesado adquiere otra dimensión.
Pablo describe sus experiencias no solamente como pasajeras a la luz de la eternidad, sino como leves. Y uno se pregunta: ¿leve, Pablo? Todo esto que tú describiste, ¿leve? Bueno, en términos reales y comparativos son leves, porque mira cuál es la comparación que él establece en el versículo 17: "Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación." Esa es la segunda paradoja que yo mencioné al principio: algo leve, o considerado leve, produce algo pesado. Pero ese peso es de gloria, que Pablo dice sobrepasa toda comparación.
Lo que Pablo ha hecho es que él ha tomado en su mente una balanza de peso, por así decirlo. En un lado ha colocado todos estos azotes, los naufragios, los días de hambre, los días de desvelos, los días de sed, los días en alta mar. Y del otro lado él colocó la gloria que ha de ser revelada, que ha de venir. E inmediatamente la balanza se fue del lado de la gloria. Y entonces él pudo concluir: esto realmente es leve, esto no es pesado.
Eso es lo que le dice a los romanos en la carta que lleva su nombre, en Romanos 8:18: "Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos, no valen la pena, no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada." Claramente en ese versículo Pablo revela por qué él puede considerar sus experiencias como livianas. Y es que realmente los sufrimientos, en primer lugar, son de este tiempo presente; la gloria que ha de ser revelada es para el resto de la eternidad. Número dos, los sufrimientos de este tiempo presente desgastan la parte externa del hombre, pero purifican, fortalecen, mueven de gloria en gloria al hombre interior. Por tanto, las dificultades y los sinsabores de este mundo pasajero no pueden, no deben ser comparados con la gloria que Dios nos ha prometido.
Ahora, yo no sé, y a la verdad que no sé, cuánto te ha pesado. No quiero minimizar tu experiencia, yo no he estado ahí, yo no sé cuánto te ha pesado la experiencia por la cual tú has atravesado. Me imagino, y en oración hace un momento atrás pude sentir parte del peso de algunas de esas experiencias que Dios simplemente trajo a mi mente y a mi corazón de una manera emotiva, si tú quieres.
Pero si en medio de la experiencia difícil pudieras detenerte, mirar hacia arriba, escúchame por un momento, y pudieras creer que el Dios que te ha amado lo suficiente como para darte lo mejor de Él, que es su propio Hijo, para tu salvación, es el mismo Dios que ha permitido la experiencia por medio de la cual o a través de la cual tú estás o has atravesado. Si tú pudieras creer que es ese mismo Dios, motivado por su mismo amor, quizás pudieras ver la experiencia de una manera distinta.
Déjame leerte esto que escribí. Quizás, y lo comienzo con esa palabra, quizás: Dios, en su sabiduría infinita y en su gracia extraordinaria, ha considerado tu pasado, tu presente y tu futuro. Y ha determinado que, dado lo que podía llegar a ti en el futuro en este mundo, dado que eso quizás pudiera ser tan horrible, Él prefirió interceptar tu vida en el presente permitiendo una experiencia dolorosa que no solamente va a cultivar en ti el carácter de Cristo, sino que posiblemente esté evitando un futuro mucho más desgarrador. Puedes creer que quizás esa es una razón, que Dios en su sabiduría infinita y en su gracia extraordinaria ha pesado tu pasado, tu presente y tu futuro, ha considerado todas las potencialidades, se adelantó a lo que venía en tu vida, consideró lo que podía venir, interceptó tu vida, permitió algo en el presente con la intención amorosa de evitar un futuro desgarrador para ti, a la medida que preparaba tu carácter.
Quizás esta ilustración nos sirva de algo. ¿Cuántas veces en mi calidad de infectólogo no me ha tocado la oportunidad de pararme al lado de un paciente a explicar la necesidad de tener que amputar un dedo del pie, o quizás los cinco dedos del pie, lo que llamamos una amputación transmetatarsiana? Porque de no hacer eso correríamos el riesgo de perder toda la pierna, o peor aún, de perder toda la vida. El paciente, cuando escucha algo como eso, en ocasiones la necesidad de amputar debajo de la rodilla para posteriormente poner algo artificial de la rodilla hacia abajo, tú puedes ver su rostro cómo se recoge de dolor. Pero el médico que le está dando la noticia entiende mucho mejor la necesidad de dicha amputación, y en ocasiones...
Dios viene a nuestras vidas y necesita crear amputaciones, por así decirlo, que hacen que nuestros rostros se replieguen al considerar el dolor posible o real. Pero nuestro Dios entiende mejor que nosotros la necesidad de la amputación. Recuerda que Dios no solamente conoce nuestro pasado; Dios conoce todo lo que pudo haber pasado. Nosotros tenemos un pasado, pero recuerda que ese pasado, si somos sus hijos, si somos sus elegidos, fue moldeado por Dios, porque él conocía también en ese pasado que resultó ser como fue todas las potencialidades. Y trabajó para evitar muchas de ellas y que ocurriera la que ocurrió.
Recuerda que no solo Dios conoce el presente, sino que Dios conoce todo lo que pudo haber llegado a mí en este presente. Dios conoce no solamente cuál será mi futuro; Dios conoce todo lo que pudiera llegar a ser mi futuro, y él hoy está trabajando en mí, preparándome para el futuro o tratando de evitarme cosas del futuro. Amados, esto que escribía anoche otra vez: amados, el amor de Dios que permite las circunstancias difíciles en nosotros, es ese el amor de Dios que lo permite, porque a través de las dificultades él produce en sus hijos el mejor fruto posible en el futuro.
Pero yo quiero recordarte algo más. Nosotros no solamente sufrimos para nuestro propio bien; nosotros sufrimos para el bien de la comunidad en la que nosotros nos encontramos. Cuando Cristo sufrió, Cristo no sufrió para ningún bien propio, de hecho. Sufrió única y exclusivamente para el bien de aquellos que Dios había elegido. Y cuando yo digo que cuando nosotros sufrimos no solamente sufrimos para nuestro propio bien, sino para el bien de la comunidad en medio de la cual nos encontramos, es porque para Dios es importante no solamente cómo nosotros vivimos y cómo nosotros morimos; para Dios es importante también cómo nosotros sufrimos.
Cristo dijo: "Seréis mis testigos. Daréis testimonio de mí". La manera como nosotros enfrentamos el dolor y reaccionamos ante el dolor da testimonio de la gracia y de la gloria y del poder de Dios en nosotros. La manera como vasos de barro frágiles pueden ser sostenidos en medio del calor sin ser aplastados testifica acerca del poder sostenedor de su gracia en medio de las peores circunstancias. Y nuestra reacción pecaminosa ante el dolor hace todo lo opuesto: no habla bien de nuestro Dios y de su poder en nosotros.
Nuestra reacción al dolor habla también de nuestro Dios. Después de miles de años seguimos hablando de Job. Después de Job han venido muchas personas, pero no como Job. Dejó un legado que perdura hasta el día de hoy. Miles de años después componemos canciones acerca de "Dios quita y Dios da, bendito sea el nombre del Señor", porque por la manera como un hombre de Dios reaccionó a la pérdida y al dolor en medio de la dificultad, hizo ver grande a Dios. Dos mil años después de la vida de Pablo nosotros seguimos hablando del carácter de este hombre de Dios.
En el texto de hoy Pablo claramente revela cómo es que se puede vivir de esa manera, y esta es la tercera paradoja. Al versículo 18: no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las cosas que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. Pablo, esto es como fuera de entendimiento. Esto es lo que yo veo, esto es lo que yo conozco: lo que yo veo, lo que yo palpo, lo que yo puedo saborear, lo que nuestros sentidos perciben, esa es mi realidad. Y Pablo dice: "No, eso es como parece la realidad. Tú necesitas ver las cosas que no se ven, ponerte otros lentes de tal manera que tú pudieras verdaderamente ver lo que está ocurriendo".
Es como el siervo de Eliseo. Cuando el siervo de Eliseo y su maestro Eliseo, su mentor, son rodeados, él dice: "Eliseo, perecemos, estamos rodeados". Y Eliseo mira a su siervo y dice: "Señor, abre los ojos a mi siervo para que él pueda ver lo que él no está viendo". Y de repente, cuando Dios abre los ojos de este siervo, lo que él ve es que las montañas están llenas de caballos y de ángeles, de seres celestiales montando dichos caballos. Y Eliseo, antes de que los ojos le fueran abiertos a su siervo, le dice: "No, no, no, no te preocupes, que los que están con nosotros son más que los que están contra nosotros". Pero el siervo todavía no tenía los ojos abiertos. Él habría pensado: "Por eso es que a los profetas hay que retirarlos temprano; el Alzheimer comienza a afectarlos. Somos dos y él está hablando que son más los que están con nosotros que los que están contra nosotros". Y de repente los ojos le fueron abiertos y ahora el siervo de Eliseo ve la realidad, las cosas que no se ven.
Y Pablo dice: así es como puedes vivir, así es como tienes que vivir. Es la única manera de vivir con esperanza, con gozo. Por eso yo he llegado a la convicción en mi propia vida que el mayor problema nuestro es la cosmovisión con la que vivimos, son los lentes con los que vivimos.
Viernes pasado, al final de la tarde, cerca de las seis de la tarde, yo conversaba con alguien. Y en un momento de la conversación él toma sus lentes que estaban ahí sobre mi escritorio y se los pone. Yo, cuando estoy dando consejería, escucho las palabras, pero yo observo mucho el lenguaje corporal. Me llamó la atención y yo le digo: "Yo asumo que tú te acabas de poner los lentes porque mi rostro estaba un poco desfigurado para ti y ahora lo ves más definido". Y me dice: "Sí, sí, sí". Y yo: "Bueno, pues lo que yo estoy tratando de hacer en esta consejería es cambiarte la prescripción de tus lentes con los que estás viendo la vida. Porque si logramos cambiar la prescripción de tus lentes con los que estás viendo la vida, la vida va a caer en foco y tú vas a poder vivir con otra perspectiva".
Y la realidad es que la imagen distorsionada con la que los eventos de la vida lucen tiene que ver todo con la prescripción del lente que yo estoy usando. Y yo le decía entonces en esa consejería: "Tengo una motivación nada más para esta consejería de hoy, y es cambiarte la prescripción, porque el resto va a ser mucho más fácil".
La Palabra de Dios, este es el lente a través del cual yo necesito interpretar la vida. De manera que si mis hermanos me venden como esclavo y yo termino en la cárcel acusado, y yo me pongo los lentes de Dios, cuando yo me encuentro con mis hermanos, en vez de acusarlos, en vez de tildarlos de culpables de la venta mía como esclavo, yo termino reenfocando la vista de mis hermanos y diciéndoles: "Es que ustedes lo hicieron para mal, pero Dios... pero Dios... pero Dios lo quiso para bien".
Quizás una de las frases más dulces para mí hoy en día: "Pero Dios". Quizás una segunda frase dulce para mí hoy en día, y algunos de ustedes saben, es: "Dios conoce, Dios sabe". Esas frases retumban en mi mente todos los días hoy: "Dios conoce, Dios sabe". "Pero Dios, pero Dios, que es rico en misericordia".
Es extraordinario ver cómo nosotros somos capaces de interpretar de una manera completamente opuesta las intenciones de Dios o las nuestras, cómo nosotros somos capaces con los lentes de magnificar la falta de los demás y minimizar nuestras propias faltas. Todos nosotros, yo no me estoy excluyendo. Las experiencias, en la medida en que Dios nos va moviendo en grados de santificación, nos van dando mejor cuenta de esa realidad. Pero todos nosotros hemos estado ahí, o estamos ahí, o podríamos estar ahí.
Yo recuerdo, porque a veces las ilustraciones hablan mucho más claramente que las enseñanzas, o ayudan a darle color a las enseñanzas que estaban en blanco y negro. Yo recuerdo, viviendo en Estados Unidos, que por un tiempo, no sé si fueron meses o quizás un año, no sé, pero un buen tiempo yo peleaba con mi esposa porque cuando andaba manejando, yo creo que les he contado algo de esto, ella insistía que yo necesitaba lentes. Yo insistía que claro que no, que no necesitaba lentes. Finalmente yo me humillé y fui, dejé mi orgullón lado, y fui a chequearme los ojos, convencido de que no necesitaba lentes, para probarle a mi esposa que yo no necesitaba lentes. Y entonces finalmente me prescriben lentes.
Y entonces cuando me pongo los lentes, la doctora me dice: "Sal afuera y dime cómo tú ves". Y cuando yo veo, yo me digo: "Claro..." Yo no tenía, bueno, no sé, pero no tengo la transparencia para decirlo, pero me dije a mí mismo: "¡Oh! ¡Las hojas de los árboles tienen bordes nítidos!" Y yo creía que eran borrosas siempre. Y cuando tú caminas mucho tiempo con lentes así y las cosas se ven borrosas, tú crees que lo borroso es la realidad, hasta que Dios te permite en su misericordia darte nuevos lentes, una visión nueva, claridad, para que ya paremos de interpretar la vida erróneamente, para que nuestros errores, las cosas que no entendíamos, pudieran ser más entendibles.
El apóstol Pablo pasa por experiencias pesadas, interminables, y las llama leves y pasajeras. Una sola razón: el lente de la eternidad. El lente de la eternidad. A la luz de la eternidad no vale la pena comparar esto que yo estoy atravesando por algunos años con la eternidad que yo voy a vivir.
Y déjame entonces expandir un poco en los minutos que nos quedan para hablar un poquito de manera aplicativa también, expandiendo algunas ideas acerca de la experiencia del dolor que nosotros pasamos a través de este mundo. Para que tú puedas ver que realmente es un problema de perspectiva todo el tiempo, para que puedas ver que lo que yo acabo de decir a raíz del texto que tenemos también se da en otras situaciones. Por ejemplo, nosotros nos horrorizamos, nos dolemos cuando vemos a alguien que acaba de ser diagnosticado con un cáncer, por ejemplo, y es alguien cercano a nosotros, o es un niño. O cuando alguien se ha visto involucrado en un accidente de carro y realmente terminó muy mal. Algunos de nosotros que tenemos sensibilidad a los animales nos horrorizamos incluso ante un documental de la selva donde un animal salta sobre el otro y lo mata y se lo come.
Algunos de nosotros, con sensibilidad a los animales, vemos un perro muriendo de hambre en la calle y nos dolemos de eso. Y en cierta medida está bien, porque ciertamente la creación entera, dice Dios, gime junto con nosotros acerca del deterioro que estamos experimentando. Pero yo quiero que tú puedas rumiar esto un poco para ayudarte a ver cómo nosotros tenemos, aún en esas experiencias, la perspectiva errónea. Pero al hablar de la creación, cómo gime, Romanos 8:22-23: "Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro propio cuerpo."
Vemos animales morir y nos duele, pero nosotros manejamos por las calles y vemos niños que obviamente están pasando hambre y desnudez, y nos hacemos de la vista gorda. Entre tanto, nos dolemos por nuestras mascotas. ¿Qué es lo que causa eso? Hay un desenfoque del lente. El niño, el ser humano que acabo de ver en estas condiciones, es portador de la imagen de Dios. Tenemos una perspectiva errada de la creación y del hombre como portador de esa imagen.
Déjame darte otra ilustración que nos ayuda a ver otra vez cómo es cuestión de perspectiva. Nosotros muchas veces nos dolemos, como acabamos de decir, por personas que están pasando por alguna enfermedad física, alguna dificultad física. Y sabes qué, yo creo que debemos dolernos. Y nos dolemos cuando alguna de esas personas, después de esa dificultad física, a veces larga, terminan muriendo, y yo creo que debemos dolernos. Pero nosotros, muchos, la mayoría, no experimentamos el más mínimo dolor cuando esas personas pasan de este lado de la eternidad a una eternidad de dolor interminable. ¿Por qué? Porque nosotros tenemos una perspectiva completamente errada, puramente terrenal y de este tiempo. El problema del hombre no está de este lado, está de aquel lado.
Nosotros estamos dispuestos en ocasiones incluso a contribuir, financiar económicamente, para aliviar el hambre de algunos, pero no mostramos interés en fondear, si pudiéramos decir, dar recursos para que aquellos que no han recibido el pan espiritual lo puedan recibir y alcanzar vida eterna. Dieciséis mil niños mueren cada veinticuatro horas de hambre y de enfermedades producto de la malnutrición. Eso es horrendo. Pero un mayor número de personas pasa a una eternidad de dolor interminable y no nos produce la misma reacción.
El apóstol Pablo tenía la perspectiva correcta. Escucha lo que él escribe acerca de sus hermanos los hebreos, los judíos, que no acababan de recibir el evangelio, en Romanos 9: "De hecho, cuando tú acabas de leer lo que yo estoy escribiendo, quizás tú piensas que estoy mintiendo. No, no miento. Digo la verdad en Cristo, dando testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne." Tengo dolor, continuo, profundo, porque mis hermanos no reciben el evangelio, no reciben a Cristo. Y ojalá sea yo de Dios anatema, maldición, para bendición de ellos.
Él tiene la perspectiva correcta acerca de la vida de aquel lado de la eternidad, pero asimismo tenía la perspectiva correcta de los sufrimientos y experiencias de este lado de la eternidad. Por eso son leves sus experiencias, por eso son pasajeras sus experiencias. Porque lo que le espera al hombre que no conoce a Cristo de aquel lado es tan horrible, que yo estoy dispuesto, por causa del evangelio, a pasar cualquier experiencia humana de este lado, con tal de que uno no llegue a la condenación de aquel otro lado. Esa es la razón, es la única razón, es la perspectiva.
Pablo sabe que estos azotes y naufragios y hambres y desvelos, comparados con el dolor de aquellos que están de aquel lado sin Cristo, es leve, es pasajero. Él sabía que los que no escuchan el evangelio serán condenados por la eternidad. Y mientras tanto, mientras esas cosas van pasando, estas experiencias a las que Pablo alude y califica como leves, encima de todo, son las que van produciendo el carácter de Cristo en nosotros.
Escucha a Pablo a través de Romanos 5, para ir concluyendo, versículo 2 en adelante: "Y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza."
La tribulación produce paciencia. La paciencia nos asiste para esperar por la redención de toda la creación. No puedo tener paciencia si no paso por la tribulación. Si permitimos que la Palabra interprete la Palabra, el amor es paciente. Y si el amor es paciente y la tribulación produce paciencia, de alguna manera la tribulación me enseña a amar. Y al enseñarme a amar, me enseña a ser paciente.
Entonces, la tribulación produce paciencia, la paciencia produce carácter. Claro, porque en la paciencia yo espero en medio de la dificultad, y Dios va cambiando mi perspectiva. Y en medio de esa espera, el hombre interior está siendo cambiado y renovado día a día, según vimos en el día de ayer. Y ahora yo tengo un carácter que ha sido probado. ¿Y cómo fue probado? Por medio del fuego, dice Pedro en su primera carta.
Y ahora ese carácter probado es un carácter más semejante a la imagen de Cristo. Y un carácter más semejante a la imagen de Cristo tiene una mejor perspectiva de la realidad, de cómo es. Y esa es la razón por la que el carácter probado genera esperanza, porque el carácter probado está más cerca, tiene mejor perspectiva que el carácter no probado. Y ahora puede ver los acontecimientos de una manera más clara. Y lo que antes era una vaga idea de que nos espera un mundo mejor, ahora es una realidad que lo sostiene en el tiempo presente. Ya no es una esperanza idealista, ya es una realidad que le ayuda a ver ciertamente que las circunstancias de este mundo no valen la pena compararlas con la gloria que ha de ser revelada.
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