En medio de crisis sanitarias, económicas y políticas, la tentación natural del ser humano es la queja y la ingratitud. Sin embargo, el Salmo 103 revela que los hijos de Dios están llamados a ser agradecidos aun en la adversidad. La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo es eso posible?
El primer principio que emerge del texto es que la gratitud implica una lucha interna con el yo. Cuando David se dice a sí mismo "bendice, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios", está exhortando a su propia naturaleza a hacer algo que no haría espontáneamente. La ingratitud es tan natural en nosotros que a los niños hay que enseñarles a decir gracias. Romanos 1 lo confirma: el reclamo de Dios contra la humanidad es que, aunque conocían a Dios, no le honraron ni le dieron gracias.
El segundo principio es enfocarse en los tratos de Dios. El salmista enumera cinco beneficios: Dios perdona, sana, rescata, corona y colma. Los tres primeros son cosas que Dios remueve; los dos últimos, cosas que añade. La gratitud requiere percatarse de lo que Dios ha hecho y valorarlo. Como una imagen que puede verse de dos formas distintas, una misma vida puede producir gratitud o ingratitud dependiendo de dónde pongamos la mirada. Si el salmo terminara en "él es quien perdona todas tus iniquidades", ya habría razón suficiente para dar gracias.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos a orar brevemente por la exposición de la Palabra.
Señor, nosotros acabamos de cantar que nuestras faltas son muchas, muchas, pero tu gracia es increíblemente mayor. ¡Qué frase, Señor! ¡Qué verdad! Que tu gracia, Señor, cubre nuestros pecados ahora y para siempre. Te estaremos, Señor, eternamente agradecidos. Pero tú no solamente has cubierto nuestros pecados; no, Señor, tú eres nuestro guía, tú eres nuestro Señor, nuestro Dios. Y ahora como tu pueblo y tus hijos nos acercamos a ti, Señor, y venimos con humildad, Señor, a recibir de ti lo que tu Palabra tiene que decirnos. Abre nuestros oídos, abre nuestros ojos a lo que tú tengas que decir. Permite, Señor, que como decía el pastor Miguel al principio, nosotros seamos transformados al haber tenido un encuentro con tu Palabra, que el Dios de gloria, el Dios que nos ha redimido, nos hable. Eso es lo que queremos, en el nombre de Jesús, amén.
También, hermanos, pues una vez más tenemos el privilegio de compartir la Palabra con ustedes. Y la verdad que nosotros vivimos en tiempos difíciles. Aunque el pastor hizo un recuento de dificultades del siglo XX que exceden, de hecho por mucho, las dificultades que nosotros estamos viviendo, no quiere decir que esto es un trago fácil. También lo es, es un trago difícil. Hay crisis en diferentes órdenes y muchos de nosotros pues sentimos la presión, la ansiedad, la angustia de todo lo que está pasando.
Tenemos crisis en prácticamente todos los órdenes del quehacer humano. Hay una situación delicada en lo sanitario, hay una situación delicada en lo económico, hay situaciones políticas internas en cada país que son tensas, hay tensiones geopolíticas, hay deterioro moral, de los cuales nosotros somos testigos. Y aparte de todo eso están las frustraciones típicas de un mundo caído. Muchos de nosotros no tenemos la familia que quisiéramos, nosotros mismos no somos perfectos, hay conflictos familiares, hay conflictos laborales, hay tensiones ciudadanas. Bueno, y si sigo la lista no acabo.
La verdad es que humanamente hablando hay muchas razones para nosotros tener una actitud de desesperanza y de ingratitud y de queja, como que las cosas no van como nosotros quisiéramos. Pero yo quiero en el día de hoy traer un mensaje en el que somos recordados por la Palabra de que, a pesar de que tenemos un ambiente donde somos tentados a la queja y a la murmuración, los hijos de Dios estamos aun en esta circunstancia llamados a estar y ser agradecidos. Y la pregunta que yo quiero responderme hoy es: ¿cómo es eso posible? ¿Cómo es posible que nosotros en la adversidad, dado lo que yo mencioné y otras adversidades que personalmente pudiéramos decir nosotros que cada uno está viviendo, cómo podemos nosotros vivir agradecidos a pesar de la adversidad?
Y hay dos principios que entiendo están contenidos en los primeros cinco versículos del Salmo 103, que yo quisiera que fuéramos a él y los revisáramos, porque creo que es un pasaje que nos habla en esta dirección, que nos responde esta pregunta: ¿cómo puede el hijo de Dios vivir agradecido en la dificultad y en la adversidad?
Entonces voy a leer el Salmo 103 en los primeros cinco versículos. Es un pasaje muy conocido. Yo les confieso que es uno de mis pasajes preferidos de la Biblia junto con Génesis 3. Y cada vez que tengo ciertas tensiones en mi corazón y en mi mente viene a mi corazón estas palabras del salmista.
Vamos a leer entonces el primer verso del Salmo 103: "Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades, el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de bondad y compasión, el que colma de bienes tus años para que tu juventud se renueve como el águila."
Como les digo, estos cinco versículos, el texto sigue, el salmo sigue, pero todos los comentaristas de hecho están de acuerdo que esta porción se puede sacar aparte y crear digamos una idea, un pensamiento acerca de la gratitud en la vida. Y aquí hay dos principios que entiendo van a ser muy, muy aleccionadores para nosotros en cuanto a cómo mantener nosotros una actitud de gratitud a pesar de las adversidades en las que nosotros nos encontremos. El mensaje de fondo es: el hijo de Dios tiene razones aun en la adversidad para agradecerle a Dios mucho de sus tratos.
Y lo primero que yo quiero ver, y es que se fijen, es que ser agradecido implica una lucha interna con nuestro yo. El ser agradecido va a implicar una lucha interna con nuestro yo. El salmista dice: "Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios." ¿No es así? Notaron, pero David se está hablando a sí mismo. Es un salmo de David. David se está exhortando a sí mismo a hacer algo que por lo visto su yo no haría de manera natural. Le está diciendo a su yo lo que él tiene que hacer.
Esta no es la primera vez que David hace esto. Vemos en otros salmos también donde David se habla a sí mismo y se dice ciertas cosas para que su alma reaccione de la manera que la verdad de Dios le dice que reaccione. Otro ejemplo de esta práctica de David la vemos en el Salmo 42, versículo 5, donde él se dice: "¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia."
Esta autoconversación que David tiene consigo mismo se desafía a sí mismo a la actitud que él debe tener. En el Salmo 42 el problema de David era el decaimiento y la desesperanza. Sus palabras son: "¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?" De hecho, en ese mismo salmo él dice que él está deprimido, y su exhortación es: levanta tu ánimo, tú has de alabar a Dios de nuevo.
En el Salmo 103 el problema no era el decaimiento y la desesperanza; su problema era su tentación a la ingratitud y a olvidarse de los beneficios de Dios. "Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios."
Nosotros vivimos autoconversando con nosotros mismos, o sea, nosotros vivimos con una conversación interna casi siempre, y dependiendo de qué tan sana y de qué tan apegada a la verdad sea tu autoconversación, así mismo serán tus reacciones. El autor Martyn Lloyd-Jones en su libro Depresión espiritual dice lo siguiente: "Muchos de nuestros problemas espirituales se deben a que dejamos que nuestro yo nos hable a nosotros en vez de nosotros hablarle al yo." Eso parece como paradójico, como quién es el yo y quién es nosotros. Bueno, el yo es la carne en ti, la inclinación pecaminosa en ti que quiere hacer ciertas cosas, y nosotros seríamos lo que ya conocemos la verdad y tenemos que decirle a la carne, al yo: no, esto es lo que tú vas a hacer. Lloyd-Jones agrega: "Si vamos a crecer debemos aprender a hacernos cargo de nosotros mismos. Debemos recordarle a nuestro yo lo que sabemos."
Y como ya les dije, en el Salmo 103 vemos esta lucha del salmista con su alma, donde él le recuerda a su alma: no te olvides de ninguno de los beneficios de Dios. "Bendice, alma mía, al Señor." Se lo dice dos veces. "Bendice, alma mía, al Señor. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios."
Esta palabra "bendice" a veces nosotros la usamos para pedirle a Dios que nos bendiga, verdad, y a veces nosotros la usamos para decirle a Dios que lo bendecimos. Bueno, es una palabra que en este uso que hace el salmista en el Salmo 103 significa más que alabar, más que "qué bueno tú eres, Dios." Más que alabar, significa un afecto, implica un afecto profundo, implica una gratitud hacia lo que Dios ha hecho.
Este comentarista, Carson, dice que la palabra "bendice," cuando de Dios se trata, oigan cómo lo pone: cuando el Señor nos bendice, él revisa nuestras necesidades y responde a ellas. Pero cuando nosotros bendecimos al Señor, nosotros revisamos sus excelencias y respondemos a ellas. O sea que la bendición de Dios a nosotros no es la misma que la bendición de nosotros a Dios. Nosotros somos seres necesitados, vulnerables, frágiles, que necesitamos que Dios nos atienda, que Dios nos sostenga, que Dios nos fortalezca, que Dios nos dirija. Dios no necesita nada de eso de nosotros. Entonces, en ese sentido, nosotros no bendecimos a Dios de la misma manera que él nos bendice a nosotros. Dios, no lo que necesita, o más que necesita, lo que Dios merece es que nosotros reconozcamos sus excelencias, sus atributos, sus virtudes, como otros le han llamado. Y eso es lo que el salmista se dice: "Bendice, alma mía, al Señor." Reconoce, alma mía, los atributos, las excelencias del Dios que tú tienes. No te olvides de ninguno de sus beneficios.
Pero fíjense también que no solamente le dice a su alma que bendiga a Dios y reconozca los atributos de Dios, sino que le dice: "Bendiga todo mi ser su santo nombre." Eso está en la segunda parte del versículo uno: "Bendiga todo mi ser su santo nombre." En otras palabras, David: hazlo con todo. Bendice a Dios con todo lo que tú tienes. La idea de esta expresión es que el hombre, o más bien, Dios es merecedor de toda la gloria y honra que a un hombre le es posible otorgar. Con todas las facultades que nosotros tenemos, Dios es digno de toda nuestra alabanza y toda nuestra gloria, con todas nuestras facultades. Él es digno de todo eso.
Y como ya mencioné, él hace la misma expresión dos veces. "Bendice, alma mía, al Señor. Bendice, alma mía, al Señor." Lo cual, como muchos saben, en el hebreo es un recurso para enfatizar la urgencia, la importancia de algo. "Bendice, alma mía, al Señor." Y la segunda vez que lo dice, se dice: "Y no olvides ninguno de sus beneficios."
Hermanos, ¡qué fácil nosotros nos olvidamos de los beneficios de Dios! Aquí la palabra "beneficios," bueno, significa beneficios, cosas buenas que Dios nos concede. Otras traducciones dicen: "Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus buenos tratos hacia ti."
Ninguno de sus regalos, de sus recompensas, de sus dádivas. Pero choca un poco: si Dios ha concedido tantas dádivas y tantas bendiciones, que el salmista se tenga que recordar a sí mismo "no olvides ninguno de sus beneficios". Y es, hermanos, porque la gratitud, el reconocimiento de lo recibido, no es algo natural para el ser humano. Nosotros nacemos con un chip especial que se llama queja, ingratitud, murmuración. De hecho, es un departamento de la mente que está especializado en eso. No sé si es natural, pero a nosotros se nos tiene que enseñar a ser agradecidos.
Cuando Pablo le escribe a los romanos en su capítulo 1, en el capítulo 1 de Romanos, que es uno de los capítulos más precisos en diagnosticar el problema espiritual del ser humano, Pablo le dice a los romanos que Dios tiene dos reclamos contra la humanidad, dos reclamos. Y en el versículo 21, Pablo le dice esto: "Pues aunque conocían a Dios" —hablando de la humanidad— "aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido."
El ser humano en su condición caída nace sabiendo que hay un Dios. Eso es lo que dice: "Pues aunque conocían a Dios". El problema del ser humano no es que ignora que Dios existe. El problema del ser humano, según Romanos 1:21, es que no honra a Dios, al Dios que él sabe que existe, ni le da gracias sabiendo que Dios es el dador de todo. Y Dios tiene estos reclamos contra la humanidad.
Otro pasaje que nos habla de esta tendencia natural de nosotros a la queja y al no reconocimiento de los dones recibidos de parte de Dios es un evento que pasa en la vida de Jesús en Lucas 17. Ustedes lo conocen: hay diez leprosos que le gritan desde la distancia: "¡Jesús, Jesús, Jesús, ten misericordia de nosotros!" Diez leprosos. Todos saben, o muchos saben, el problema de la lepra, que no necesariamente era la lepra de hoy. Podía incluir la lepra de la época, incluía toda una serie de enfermedades de la piel y otras condiciones que hacían que la gente fuera separada de su comunidad y aislada literalmente en un sitio.
Y estos diez leprosos acuden a Jesús y le piden misericordia, y Jesús les dice: "¿Qué quieren que haga por ustedes?" "Bueno, que nos sane." Y Él los sana a los diez y les dice: "Vayan y preséntense al sacerdote", porque cuando alguien salía de su condición de lepra tenía que ser certificado por los sacerdotes para poder integrarse a la comunidad nuevamente. Y Él les dice: "Vayan, preséntense a los sacerdotes." Mientras se iban caminando fueron siendo sanados, y de los diez volvió uno.
Y cuando vuelve, en el versículo 17, respondiendo Jesús dijo: "¿No fueron diez los que quedaron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están?" A mí me sorprende que Jesús, en lugar de decir "qué bueno que tú regresaste", Él nota la ingratitud. El Señor nota la ingratitud, no le pasa desapercibida. Yo creo que estoy diciendo algo obvio, pero es bueno anotarlo: Dios nota la ingratitud del ser humano.
Otro evento donde podemos ver esto es en Números 11, donde el pueblo está en el éxodo. Y miren lo que pasa, Números 11, versículos 1 y 2: "Y el pueblo comenzó a quejarse en la adversidad a oídos del Señor. Y cuando el Señor lo oyó, se encendió su ira, y el fuego del Señor ardió entre ellos y consumía un extremo del campamento." Noten que el pueblo comenzó a quejarse en la adversidad. Uno diría: "Bueno, es normal, se comenzó a quejar en la adversidad. ¿No tenemos nosotros razón de quejarnos en la adversidad?" Por lo visto, no.
Me llama la atención que dice "a oídos del Señor". ¿Dónde estaba Dios? En su trono. ¿Y cómo Dios oyó? Porque Dios oye. Dios está presente. La presencia de Dios está alrededor de nosotros, nosotros estamos en Dios y nosotros existimos en Él. Él está entre nosotros. Entonces Él oye. Esto dice: "Cuando el Señor lo oyó, se encendió su ira." O sea, Dios se disgustó, se airó justamente. ¿Y por qué justamente? Porque ustedes saben lo que Dios había hecho para sacar ese pueblo de Egipto. ¿Será que este pueblo se olvidó de los beneficios de Dios, de todo lo que Dios había orquestado para que ellos fueran liberados de Egipto? Sí, se olvidó, por lo visto. Y en la adversidad comenzaron a quejarse y entonces ahí ignoraron todo lo que Dios había hecho anteriormente. Se encendió su ira y el fuego del Señor ardió entre ellos.
O sea, que Dios oye la queja y la ingratitud, Dios se irrita y se aíra justamente por nuestra queja y nuestra ingratitud, y Dios juzga en nuestras vidas nuestras actitudes de queja e ingratitud. No pasa desapercibido.
Cuando yo leí este pasaje de Números 11, yo me imagino la siguiente escena. ¿Qué sentiría un buen padre, un buen padre humanamente hablando, un padre humano, que invita algunos amigos de sus hijos a la casa y sus hijos se van a jugar a un lugar en la casa, y sucede que ahí, los hijos jugando, él escucha, este buen padre escucha a sus hijos hablarle a sus amiguitos de que su papá ha sido injusto, insensible, irresponsable o desatento? Yo no sé cómo ustedes se sentirían, pero yo me sentiría profundamente dolido. Si he sido un buen padre, que yo escuche a mis hijos decirle a sus amiguitos que yo he sido injusto, insensible e irresponsable con ellos.
Pero no comparemos la paternidad de Dios con nuestra paternidad caída. Dios es un Dios y un Padre perfecto que solamente sabe dar buenas cosas a sus hijos. Jesús en un momento dado lo dice: "Ustedes siendo malos les dan cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial no les dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?" Entonces no pasa por alto esto de que Dios escucha, Dios se irrita y se aíra justamente, y juzga.
En este caso, como ya les mencioné, ellos se quejaron en la adversidad. Pero realmente, hermanos, para nosotros lo más natural es ser ingratos. Eso es lo más natural para nosotros. Esa es la razón por la que digo que el primer principio de ese Salmo 103 para nosotros es que si nosotros hemos de ser agradecidos, tenemos que entender que esto va a ser una lucha con el yo, porque el yo cree que se lo merece todo. El yo entiende que el mundo está a su servicio, o debería estarlo por lo menos.
¿Por qué creemos nosotros que desde chiquitos nosotros tomamos a nuestros hijos, y cuando nuestros hijos reciben un regalo de parte de alguien, el niño lo toma y le decimos "¿cómo se dice, cómo se dice?"? "Gracias." "Dígalo otra vez." "Gracias, gracias." Al niño no le nace, al niño le enseñan. Él hace así, no le nace. Pero nosotros llevamos eso hacia adelante en la medida que envejecemos, no que maduramos necesariamente, porque hay gente que envejece y no madura. Sino que en la medida que envejecemos llevamos esa misma actitud de egoísmo, de ingratitud y de queja a lo largo de la vida, y pensamos que nos merecemos todas las cosas. Pensamos que Dios nos debe, que la gente nos debe, que la vida nos debe, que la vida ha sido injusta conmigo.
Nosotros no sabemos exactamente cuáles eran las condiciones en las que el salmista se encontraba al escribir el Salmo 103, pero sí estamos claros que la gratitud va a requerir una lucha con el yo. "Bendice, alma mía, al Señor", se dice él, "y no olvides ninguno de sus beneficios." Ojalá nuestra autoconversación nos estimule ahora, en tiempos como estos, hacia la gratitud, a no olvidar los beneficios de Dios.
Y ese es precisamente el segundo punto, y son dos puntos que tengo en mi mensaje en el día de hoy. Si la gratitud va a estar presente en nosotros, requerirá que libremos una lucha con el yo, con el yo egoísta, con el yo ingrato, con el yo que es un monstruo que nosotros nos hacemos. Pero si la gratitud va a estar presente en nosotros, vamos a necesitar entonces enfocarnos en medio de toda la niebla de la adversidad, de toda la bruma que crean los problemas de este mundo caído, para que nosotros podamos ver los tratos de Dios con nosotros.
El salmista se dice: "No olvides ninguno de sus beneficios", y es a partir del verso 3 que él comienza a hacer una lista. "Él es el que perdona todas tus iniquidades" —recuerden, el salmista le está diciendo a su alma, él se está autoconversando— "Él es quien perdona tus iniquidades, alma, el que sana todas tus enfermedades, el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de bondad y compasión, el que colma de bienes tus años para que tu juventud se renueve como el águila." ¿Tú no entiendes eso, alma? Alaba al Señor. Esto es lo que Él hace por ti.
Yo no sé si tú haces una lista de las cosas que Dios ha hecho en ti, pero es un buen ejercicio espiritual. A veces las cosas más básicas de la vida para nosotros son cosas como dadas, y yo no quiero parecer superficial, pero yo le doy gracias a Dios cada vez que me sale agua caliente por la pluma, por la llave. Le doy gracias a Dios cuando puedo beber un vaso de agua fría, cuando veo el sol radiante: "¡Guau, qué hermoso! Gracias, Señor." Y también tengo mi lucha. Pero si nosotros nos ponemos a hacer una lista de las cosas que hemos recibido de nuestro Dios, de las maneras en que Él nos ha servido, ¿cómo no agradecerle todas estas cosas?
Entonces el salmista hace esta lista de los buenos tratos de Dios hacia su vida, y este ejercicio tiene dos componentes, hermanos. Este ejercicio de darnos cuenta y de generar gratitud cuando nos damos cuenta de lo que Dios ha hecho tiene dos componentes. En primer lugar, tenemos que percatarnos de lo que Dios ha hecho, observar lo que Dios ha hecho. Como les dije, hay una bruma de adversidad que a veces tapa los tratos de Dios, pero nosotros hemos de ser capaces de darnos cuenta de lo que Dios ha hecho a pesar de la adversidad que nos circunda.
Pero además de percatarnos, tenemos que apreciar, valorar lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos percatamos y valoramos: esa es la fórmula de la gratitud. Gratitud es igual a "me percato de lo que Dios ha hecho" más "valoro lo que Dios ha hecho". A veces ni siquiera nos percatamos, a veces no nos damos cuenta de lo que Dios ha hecho, no hacemos esta lista mental, no le decimos al alma: "Recuerda los beneficios de Dios."
Los judíos en Números 11 nos recordaron las diez plagas que fueron producidas precisamente para que ellos salieran de la esclavitud, nos recordaron el cuidado de Dios con el maná, nos recordaron cuando Dios abrió el mar, nos recordaron las diferentes maneras en las que ellos fueron bendecidos, dirigidos, sostenidos, alimentados por Dios. Y yo me pregunto si a veces nosotros no somos culpables del mismo pecado, de que no nos percatamos de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. Algunos lo que les pasa es que se percatan pero no lo valoran, no lo aprecian como Dios lo aprecia.
Hay beneficios espirituales, hermanos, en nuestras vidas que no se palpan, pero los tenemos. Y si nosotros no tenemos nuestra mirada puesta en las cosas del cielo, no vamos a apreciar el valor de esas cosas que hemos recibido de parte de Dios. Tenemos que hacer una especie de ajuste en nuestros ojos espirituales para percatarnos y apreciar los buenos tratos de Dios para con nosotros. Eso es lo que el salmista hace ahora, como les dije, en el Salmo 103 versículo 3.
Él entonces hace una lista ahora de cinco beneficios y un resultado. Dios perdona, Dios sana, Dios rescata, Dios corona y Dios colma a sus hijos. Con el resultado final de que esos cinco beneficios producen en la vida de los hijos de Dios una especie de renovación, y sus fuerzas entonces se renuevan como las del águila, un ave caracterizada por su larga vida, por su vigor. El águila se muere sana, el águila se muere volando alto, y aquel que ha depositado su fe y su confianza en el Señor hace lo mismo, claro, no físicamente pero sí espiritualmente.
En donde se ve que Dios da estos beneficios: perdona, sana, rescata, corona y colma. Los tres primeros beneficios, el de perdona, sana y rescata, son las cosas que Dios remueve de nosotros. Dios remueve estas cosas: Él perdona las iniquidades, sana las enfermedades y rescata de la fosa nuestra vida. Los últimos dos beneficios, que Dios corona y colma, son las cosas que Dios añade a nuestras vidas. Esta no es una lista exhaustiva de todo lo que Dios hace por nosotros, hay muchas otras cosas que no están aquí, pero es lo que el salmista menciona. Y cuando nosotros lo vemos así, de que hay cosas que Dios remueve de nosotros que no deben estar presentes, y hay cosas que Dios concede a nuestras vidas, nosotros decimos: bueno, ¿qué gran Dios tenemos? ¿Qué gran Dios tenemos que hace todo esto en nosotros?
Pero en lo primero que el salmista se concentra y se enfoca es que él dice: alma mía, no te olvides de ninguno de los beneficios de Dios. El primero: Él es quien perdona todas tus iniquidades, el primero y más grande de los beneficios de los hijos de Dios. Nuestras iniquidades han sido borradas por la sangre de Jesucristo, aquellos que hemos venido en arrepentimiento y fe y hemos dicho: Señor, yo te necesito, yo soy un hombre, una mujer pecador o pecadora, perdóname. Hemos recibido el perdón de nuestros pecados.
Por eso es que el Salmo 32 dice: ¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto! ¡Qué dichosa es la persona a quien Dios le ha cubierto su pecado! Imaginemos el alivio que siente un condenado a muerte al que le mandan a decir: el juez te absolvió, ya no tienes que pagar tu condena. Hermanos, hay un juicio pendiente. Yo no sé si eso te causa ansiedad a ti; a mí ya no me la causa porque mi juicio ya está resuelto, yo he sido declarado inocente por la sangre del Cordero. Pero hay un juicio pendiente, y una vez muramos —y lo vamos a hacer en algún momento, a menos que Cristo llegue primero, pero si Cristo viene también tendremos un juicio pendiente— ¿estás listo para ese juicio? ¿Podrías decir que Él perdona todas tus iniquidades y estás tranquilo? ¿Eres un hombre o una mujer dichoso o dichosa de haber recibido el perdón de Dios de tus pecados?
Colosenses 2:13-14 Pablo le dice: "Y cuando estabais muertos en delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, Dios os dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz." Dios ha resuelto mi culpabilidad de pecado y yo tengo redención. Un comentarista decía, William MacDonald decía: ahora entiendo al hombre que pidió que cuando lo enterraran pusieran en su lápida no su nombre, sino "perdonado". Perdonado. Qué gran beneficio.
Él es el que perdona todas —y no pases por alto esa palabra— todas tus iniquidades. No hay pecado lo suficientemente oscuro, profundo o largo que Dios no pueda perdonar y que la cruz de Cristo no pueda cubrir.
Pero Dios no solamente hace eso, sino que el salmista dice: Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades. Y eso es una frase que ha traído controversia evidentemente, porque Dios no siempre sana todas las enfermedades. Dios las puede sanar todas, eso está claro, ¿verdad? Él pudiera hacerlo. Cuando Cristo estuvo aquí sanó todo tipo de condición, pero no sanó a todo enfermo.
Entonces, ¿qué quiere decir este verso de que me sana todas las enfermedades? ¿Será eso que, bueno, eventualmente lo hará en gloria? Sí, puede ser. Pero yo creo que el verso tiene que ver con que, aunque Dios no te sana siempre de todo, cuando te sanas es porque Él lo hace. Cuando experimentas sanidad de algún tipo, es una misericordia y una gracia de Dios. Dios puede detener una enfermedad en un momento dado, Dios puede incluso hacer que un medicamento funcione en un caso y en otro no; todo eso lo hace Dios. Entonces el salmista, eso es lo que entiendo quiere decir con esto: cuando experimentas sanidad de algún tipo, de alguna manera, es porque Dios ha tenido misericordia de ti. Él sana todas tus enfermedades. El libro de Santiago dice: "Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, del Padre de las luces."
Pero Dios no solamente entonces perdona todas tus iniquidades, sana todas tus enfermedades, sino que rescata de la fosa tu vida. También esto ha traído cierta controversia. Algunos piensan que tiene que ver con que Dios pues nos salva del infierno, y yo creo que eso es cierto. Pero en el contexto que estamos hablando es los pecados, las enfermedades, las cosas que experimentamos aquí. Nos colma de favores más adelante; estamos hablando de las cosas que experimentamos aquí.
Entonces, ¿qué significa esto de que rescata de la fosa tu vida? Bueno, Dios te libra de peligros y tragedias. No de todas las tragedias y peligros, pero cuando eres librado de algún peligro, de alguna tragedia, Dios lo hace, en su misericordia lo hace.
Yo recuerdo en un par de ocasiones, y eso lo he contado como testimonio a varios hermanos, estando en Chicago estudiando teología, en dos ocasiones mi hijo Elías, que es el mayor, se cayó de una manera que si llegaba al piso le iba a pasar algo grave, literalmente. En una ocasión fue en un supermercado. Saben esos carritos que van en la parte de adelante del supermercado, que son como de plástico, que el niño está supuesto a meterse abajo del carrito, pero él ya se subió arriba en el techo. Entonces es muy resbaloso el plástico, y él se resbaló y iba literalmente de cabeza hacia el piso. Hermano, yo no sé cómo, pero yo hice así y le tomé la cabeza a esa distancia.
Y eso mismo pasó en otra ocasión que estuvimos fuera de la ciudad. Él venía bajando, estábamos en un retiro, era un lugar como de camping. Él venía bajando como de una especie de colinita, venía corriendo, se desbocó y literalmente iba a caer de cabeza contra la calle. Y otra vez así lo tomé como a esa distancia del piso, con la frente. Señor, definitivamente Tú nos libraste. Libró a Elías de la fosa su vida.
En múltiples ocasiones Dios hace eso. Dios pudo haber decidido otra cosa, pero en esa ocasión me dio la habilidad, el reflejo que yo necesitaba para evitar esas dos caídas que hubiesen tenido un grave resultado. Definitivamente, señores, hermanos, Dios está atento a cada uno de nuestros pasos.
Entonces el salmista decía: Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades, el que rescata de la fosa tu vida. Esas son las cosas que Dios remueve de ti. Por ahora el salmista se concentra en las cosas que Dios concede, y en el versículo 4 dice: Él que te corona de bondad y compasión, Él que colma de bienes tus años para que tu juventud se renueve como el águila.
Dios te corona de bondad y compasión. La Nueva Traducción Viviente dice: "Me corona de amor y tiernas misericordias." O sea, el trato de Dios con nosotros no se corresponde con el trato nuestro hacia Dios. De hecho, eso es exactamente lo que dice el mismo salmo un poco más abajo: Tú no nos tratas según nuestros pecados ni según nuestras iniquidades, Tú sabes que somos polvo. Si Dios se ocupara de tratarnos a nosotros como nosotros merecemos ser tratados, hermano, no tuviéramos ninguna relación con Él. Dios nos trata como nosotros no merecemos ser tratados. Dios nos trata conforme a su amor y a sus tiernas misericordias.
Ese pasaje que citaban en la adoración, de que sus misericordias son nuevas cada mañana, ¿usted le ha dado mente a eso? O sea, que Dios —imaginemos, esto es totalmente imaginar y se queda muy corto— que Dios tiene un envase de misericordia para ti. Y ese envase ayer se agotó, porque necesitas tener mucha misericordia. Hoy a las cuatro de la mañana, antes de que tú te levantaras, el envase está lleno de nuevo. Nuevas misericordias fueron añadidas a tu envase para que tú las consumas, porque vamos a necesitar nuevas misericordias, hermano. Nuestro corazón está inclinado al mal, inclinado al pecado, inclinado a la ingratitud, inclinado a la queja. Gracias por la cruz, que hace posible que ese envase sea llenado todos los días en mi favor. Dios me corona de bondad y compasión.
Y no solamente me corona de bondad y compasión —esos son sus tratos, la forma como él me trata—, sino que me colma de bienes. "Tus años", o sea, me provee toda cosa buena. Toda cosa necesaria me la provee. Colma de bienes no se está refiriendo necesariamente a bienes materiales; puede referirse a provisión, puede referirse a dirección. Me provee toda cosa buena. Es el trato de Dios con nosotros. Entonces Dios remueve cosas, Dios añade cosas. El resultado de ese trato de Dios con nosotros, hermano, es que al final, al final el resultado, el final de esos tratos es que nuestra vida se renueva como la del águila.
Isaías 40 dice literalmente, a unos mancebos —versículo 30—: "A unos mancebos se fatigan y se cansan, los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, se remontarán con alas como las de las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán." Y como una especie de eco, Pablo dice en 2 Corintios 4:16: "Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior se va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva día a día."
Entonces, hermano, ser agradecido va a requerir precisamente un enfoque en las cosas que Dios ha hecho por nosotros. No solamente vamos a tener que luchar con nuestro yo interno, con nuestra tendencia natural pecaminosa a la queja y a la ingratitud, sino que vamos a tener que decirle al alma: "Vamos a enumerar los tratos de Dios, los buenos tratos de Dios hacia mi vida, y a apreciarlos." Yo diría, hermanos, que la gratitud es un tema de enfoque, de decidir qué es lo que vamos a ver en un momento dado de nuestras vidas.
Nuestras vidas son una mezcla. Hay cosas malas, cosas aflictivas, cosas dolorosas. Romanos 8:28 dice que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman a Dios, o sea que aun lo malo coopera para bien. Pero lo bueno a veces no lo vemos por razón de lo aflictivo que nos ocurre. Ojalá seamos capaces de discernir lo que Dios está haciendo en medio de las aflicciones de nuestra vida, que podamos ver la imagen como Dios la ve. Y como les digo, la gratitud es un tema de enfocarnos, de poder discernir en medio de la mezcla de circunstancias que nos ocurren lo que Dios está haciendo.
Y yo quería poner una imagen, algo que usualmente no hacemos, pero yo quisiera que ustedes pusieran atención a esa imagen y pensaran entre ustedes: ¿qué ustedes ven? Bueno, ¿quiénes ven dos rostros? OK. ¿Quiénes ven a un hombre tocando guitarra y a otro acompañándolo? Bien. ¿Quiénes ven en el hombre los dos rostros? Este es un viejo y una señora mayor, verdad, un señor mayor —o no señor mayor, y va a ser un viejo, una vieja—, pero se llega como muy raro, muy raro. ¿Quiénes ven que la oreja del viejo es realmente una joven, una ventana, pero también como que sintieron que era una oreja, verdad?
Entonces, si yo les pregunto a ustedes: "¿Qué imagen ustedes ven?", algunos me van a decir dos rostros, otros me van a decir dos paisanos tocando guitarra y digamos disfrutándose el uno al otro. Una misma imagen, una misma realidad puede tener dos lecturas distintas. El que tiene un corazón ingrato y se deja llevar por la ingratitud va a ver lo malo, va a ver lo aflictivo, va a ver lo doloroso, va a ver lo que no se le da. Pero el que tiene una decisión y le dice a su alma: "Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides de ninguno de sus beneficios", va a ver otra imagen de su vida, va a ver una imagen donde está presente la bondad, la compasión, el perdón, el rescate de Dios en nosotros. Y por lo tanto, una misma vida puede producir gratitud o ingratitud; depende de lo que tú decidas ver, de a lo que tú decidas ponerle atención.
Hoy en día conocemos cómo lo manejó el famoso puritano Matthew Henry, que nosotros conocemos por sus comentarios. En una ocasión —y esto es real, esto no es una ilustración ficticia, sino que es real— él fue asaltado, robado. Y cuando llegó a su casa —bueno, no sé si es el mismo día u otro día— él pone estas notas y escribe en su diario. Dice: "Déjame ser agradecido. Número uno, porque nunca me habían robado antes. Número dos, porque lo que se llevaron fue mi cartera y no mi vida. Número tres, porque aunque se lo llevaron todo, no era mucho. Y número cuatro, porque al que robaron fue a mí y no fui yo el que estaba robando. Gracias, Señor, por el robo."
¡Cómo tú tomas una circunstancia y la tornas en motivo de gratitud, cuando esa misma circunstancia es motivo de ingratitud en otros ojos! Por eso es que tenemos que afinar la mirada, por eso es que tenemos que afinar nuestros sentidos espirituales y darnos cuenta de lo que Dios está haciendo en medio de todo lo que nos ocurre. Ciertamente, hermanos, hay razones humanamente hablando para nosotros quejarnos, humanamente hablando. Pero ¿te has dado cuenta tú de que hay razones espiritualmente hablando para ser agradecidos?
En una ocasión, el apóstol Pablo estaba viviendo una circunstancia extremadamente difícil, y este pasaje yo lo he usado en múltiples ocasiones en diferentes momentos. Y él les escribe a los filipenses desde la cárcel, la carta a los Filipenses. Y en su capítulo uno —y hoy lean este texto un poquito largo, pero yo creo que tiene la aplicación de la imagen que acabamos de ver y tiene la aplicación bíblica o la historia bíblica detrás de lo que le pasó a Matthew Henry con el robo que les acabo de relatar—.
En su versículo 12 se dice: "Y quiero que sepáis, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en el mayor progreso del Evangelio, de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás, y que la mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la palabra de Dios sin temor. Algunos, a la verdad, predican a Cristo aun por envidia y rivalidad, pero también hay otros que lo hacen de buena voluntad. Estos lo hacen por amor, sabiendo que he sido designado para la defensa del Evangelio. Aquellos proclaman a Cristo por ambición personal, no con sinceridad, pensando causar mi angustia en mis prisiones."
"¿Entonces qué?" Miren la lectura. Ahora la lectura de Pablo de todo lo que me está pasando y todo lo que tal, él está relatando: "Que de todas maneras, ya sea fingidamente o en verdad, Cristo es proclamado, y en esto me regocijo. Sí, me regocijaré." Precioso. "Mis prisiones han ayudado a que la gente en la guardia pretoriana se entere de Cristo, y no solamente eso, sino que hay hermanos que han cobrado valor y están ahora más decididos a proclamar el Evangelio. ¡Cómo me gozo, me regocijo en todo eso!" ¿No es esa una lectura similar a la de Matthew Henry con el robo?
Oh, hermanos, que Dios quiera crear en nosotros un corazón agradecido, que estemos dispuestos, hermanos, a luchar contra la tendencia natural del yo a la ingratitud y la queja, y nos digamos entonces —necesitamos decirnos enfáticamente—: "No te olvides de ninguno de los beneficios de Dios. Pon atención a lo que Dios hace en ti y a lo que ha hecho ya por ti en la cruz de Cristo."
Si el Salmo 103 se acabara en el versículo 3, aún habría razones para darle gracias a Dios. "Él es el que perdona todas tus iniquidades." Ahí, imagínense que ahí se acabó. ¡Gloria a Dios! "Él es el que perdona todas tus iniquidades." Pero él continúa diciendo y añadiendo cosas. Abramos nuestros ojos, hermanos. Cuando las aflicciones vengan a nuestra vida, estemos atentos a verlo a través de Romanos 8:28. Digamos: "¿De qué manera esta adversidad coopera para el bien que dice Romanos 8:28 que va a cooperar?"
Primera de Tesalonicenses 5:18, y con esto concluyo: "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús." Que seamos un pueblo agradecido y que parte de la luz que nosotros arrojamos a un mundo que está viviendo en aflicción y angustia es que, a pesar de lo que estamos viviendo, nosotros sabemos decir: "Gracias a Dios, porque tú nos tienes en tus manos, y porque a pesar de todo lo que está pasando, vemos tus buenos tratos en mi vida de diferentes maneras." Dios es exaltado entre nosotros.
Vamos a orar. Señor, nosotros te alabamos, te glorificamos, te exaltamos, te bendecimos. Le decimos al alma, como le decía el salmista a su alma: "Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios." Oh, Señor, perdónanos. Hemos sido ingratos. Perdona nuestra queja. Perdónanos, Señor, que a oídos tuyos hemos hablado en contra o mal de la forma como tú has procedido con nosotros. Perdónanos, Señor. Perdónanos el haberte sin razón gritado. Ayúdanos, Señor, a darnos cuenta de que tú no nos tratas según nuestros pecados, sino según tus misericordias. Ayúdanos a saber, Señor, que tú has hecho por nosotros lo que nadie ha hecho y lo que nadie jamás hará por nosotros. Tú nos has redimido, y ahora como tus hijos, tú nos diriges, nos cuidas, nos provees, y aun aquello que nos aflige lo usas para formar en nosotros la imagen de tu Hijo. Gracias, Dios. Gracias a boca llena y a todo pulmón te decimos que todo nuestro ser diga: "¡Gracias!" A pesar de que nuestra carne se quiera quejar, nuestra alma eleva una bendición a ti, Dios, porque tú eres un Dios bueno, abundante, generoso. Y aun si la aflicción ha tocado nuestra puerta y, Señor, se está haciendo muy larga, tú dices en tu Palabra que ojo no ha visto y oído humano no ha oído las cosas que tú tienes preparadas para aquellos que te aman. Así que nuestra esperanza está en ti, Señor, nuestra seguridad está en ti. Te pedimos, Señor, que tú puedas elevar nuestro corazón al cielo y poner nuestra mirada en las cosas celestiales, aquellas cosas que no perecen y que no pasan, aquellas cosas que no son afectadas por el COVID ni por la crisis económica, aquellas cosas, Señor, que están depositadas en el cielo para nosotros por los méritos de Cristo. Señor, danos ojos espirituales para apreciar tus bendiciones y tus regalos.
Señor, ábrenos el entendimiento para comprender lo magnánimo, lo generoso que Tú has sido con nosotros. Señor, te bendecimos y te exaltamos, Dios. Al alma de nosotros le decimos: no te olvides de ninguno de sus beneficios. Amén, amén.
El Señor le bendiga.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.