Toda persona lleva dentro una sed que no es de agua. Puede llamarse vacío, búsqueda de propósito o necesidad de plenitud, pero su nombre verdadero es necesidad de salvación. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana en Juan 4 no trata principalmente sobre satisfacción emocional, sino sobre reconciliación con Dios. Esta mujer necesitaba que Cristo le perdonara sus pecados, no simplemente que llenara su corazón de felicidad.
El relato complementa la conversación previa con Nicodemo. Uno era un hombre judío, poderoso, respetado, que se consideraba justo; la otra era una mujer samaritana, marginada, de dudosa reputación. Dos extremos de la sociedad, pero ambos igualmente necesitados de Cristo. Jesús no tenía que pasar por Samaria —los judíos evitaban esa ruta—, pero eligió hacerlo. Superó prejuicios culturales, de género y de clase social para extender su mano a quien el mundo despreciaba.
Cuando la mujer pidió el agua viva pensando en soluciones prácticas, Jesús cambió abruptamente el tema: "Ve, llama a tu marido". No era crueldad, sino gracia. Para recibir el agua que sacia, hay que ser honesto con el propio pecado. Agustín de Hipona buscó satisfacción en logros intelectuales y placeres, hasta que entendió que inquieto estaría su corazón hasta descansar en Dios. La mujer samaritana lo descubrió ese día junto al pozo: dejó su cántaro, olvidó su sed física, y corrió a contar que había encontrado al Cristo.
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La semana pasada estudiamos el tercer capítulo de Juan, donde leímos, explicamos y expusimos la conversación que Jesús tiene con Nicodemo. Vimos lo que esa conversación y el relato de la misma nos puede decir a nosotros en cuanto al nuevo nacimiento. Veíamos cómo Jesús, a este hombre, un gobernante judío, un hombre teológicamente preparado, le fue muy directo y le dejó saber que la religión no me introduce al reino de los cielos, que la devoción personal no me introduce al reino de los cielos, sino que lo único que hace posible que yo pueda entrar en el reino de los cielos es el nuevo nacimiento. Un nacimiento espiritual que lo produce Dios en nosotros; es algo que Él hace, no que yo hago, pero es algo para lo cual yo tengo que arrepentirme y venir a Cristo en arrepentimiento y en sumisión para que Él haga su obra en mí.
Luego de ese relato en el capítulo 3 de Juan, llegamos al capítulo 4 y nos encontramos entonces con otro encuentro que Jesús tiene, ya no con Nicodemo, un hombre judío, sino con una mujer samaritana. La mayoría de nosotros conoce este relato, lo ha oído, lo ha incluso escuchado expuesto, y yo quisiera que fuéramos nuevamente a este relato y extrajéramos algunas lecciones para nosotros. El texto que vamos a leer hoy es un poco largo, más largo de lo que habitualmente es, pero leerlo de manera fraccionada nos va a dejar con el mensaje a medias. Por eso entonces vamos a leer dentro de unos minutos los primeros 26 versículos del capítulo 4.
Sin duda alguna, este relato de la conversación con la samaritana no es casual que esté después de la conversación con Nicodemo. Hay una interrelación entre ambos relatos; son complementos el uno del otro. Hay un mensaje individual que ambos relatos transmiten, pero cuando los vemos juntos hay un mensaje conjunto que ambos relatos transmiten. Yo quisiera dentro de unos minutos entonces que viéramos algunas observaciones del pasaje, y a diferencia de lo que yo he hecho en ocasiones anteriores, que hay una idea central que vincula todo, lo que vamos a tratar de extraer son algunas enseñanzas prácticas que este pasaje nos deja.
Así que comencemos leyéndolo, capítulo 4 de Juan, desde el 1 al 26: "Por tanto, cuando el Señor supo que los fariseos habían oído que Él hacía y bautizaba más discípulos que Juan —aunque Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos—, salió de Judea y partió otra vez para Galilea. Y tenía que pasar por Samaria. Llegó a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la parcela de tierra que Jacob dio a su hijo José, y allí estaba el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta. Una mujer de Samaria vino a sacar agua, y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a comprar alimentos a la ciudad. Entonces la mujer samaritana le dijo: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Porque los judíos no tienen tratos con los samaritanos. Respondió Jesús y le dijo: Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva. Ella le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del cual él bebió, y sus hijos, y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá. Respondió la mujer y le dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad. La mujer le dijo: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad. La mujer le dijo: Sé que el Mesías viene, el que es llamado el Cristo; cuando Él venga nos declarará todo. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo."
Como le decía al principio, este es un texto muy conocido. La famosa expresión de Jesús de agua viva y de que Él nos dará un agua que brotará del interior de nosotros es algo que muchos de nosotros, la mayoría de nosotros, ha escuchado. Quisiera hacer mi primera observación acerca de este texto, porque en el proceso de estudio me percaté que la mayoría de aquellos maestros que han abordado este pasaje lo enseñan presentando como tema central la satisfacción del ser humano. Se nos presenta la sed como esa necesidad de satisfacción que nosotros tenemos y que buscamos en el mundo, esa necesidad de plenitud, esa necesidad de felicidad, y se nos presenta a Cristo como aquel que suple y que llena esa necesidad de satisfacción que yo tengo en la vida. Ciertamente, ese es un mensaje que puede ser deducido de este pasaje, pero en realidad la idea central no es satisfacción, sino salvación.
Lo que esta mujer necesitaba no era que Cristo llenara su corazón de plenitud y satisfacción, sino que le concediera el regalo de la salvación que solamente obtenemos a través de Jesús. Ciertamente la persona salva, si abraza todo lo que implica esa salvación, va a estar satisfecha, pero esa no es la razón por la que Cristo le ofrece el agua viva. Cristo le ofrece el agua viva no porque ella está insatisfecha con la vida, sino porque ella está perdida en su pecado.
Nosotros tenemos que entender que nuestra principal necesidad y la principal razón de buscar a Dios no tiene tanto que ver con nuestra falta de propósito, que la tenemos, con nuestra falta de plenitud, que la tenemos, con esa sed de llenar nuestros corazones, que tenemos, sino con la necesidad que tenemos de reconciliarnos con Dios, de pedirle perdón por nuestros pecados y acercarnos a Él en sus términos y no en los nuestros. Ese es el mensaje principal de este texto. Ciertamente hay muchos cristianos que han recibido salvación pero que aún están insatisfechos, y es sencillamente porque no han abrazado todas las implicaciones de la salvación para sus vidas. Ahora, difícilmente encontremos un ser humano sin salvación satisfecho, porque la necesidad última del ser humano, la necesidad más profunda del ser humano, es reconciliarse con su Creador, y eso solamente lo logramos a través de la persona de Jesús. Haciendo esa observación entonces, tengamos en la mente que la idea central del texto es salvación, y en consecuencia, si obtenemos salvación y entendemos lo que esa salvación implica para nosotros, obtendremos satisfacción, pero es secundario a la salvación.
Lo segundo que yo quiero observar de este pasaje, y que es algo hermoso verlo en la persona de nuestro Señor Jesús, es que Él es aquello que todos nosotros necesitamos. Jesús es una provisión de Dios para la necesidad de todo ser humano. Como le decía al principio, estos dos relatos de Juan 3 y Juan 4 se vinculan, se unen. En Juan 3 nosotros vemos a un hombre, Nicodemo, judío, un hombre respetado, un hombre poderoso. Aquí en este relato de Juan 4 vemos no a un hombre, sino a una mujer; no judía, sino samaritana; no poderosa, sino sencilla y desplazada socialmente. Vemos dos extremos de la sociedad: un extremo en Nicodemo y un extremo en la mujer samaritana.
A Nicodemo lo vemos como un hombre informado, respetado, ortodoxo en su religiosidad, devoto, conocedor de la teología. Ese es Nicodemo: un gobernante de los judíos, un maestro de la ley. Pero en esta mujer vemos a una mujer sin educación, sin influencia, despreciada y con una religión que parece folclórica, una religión inventada por los samaritanos a partir de su propia interpretación de la ley.
Pero no importa, hermanos, fíjense, dos personas. No importa si estamos hablando de un Nicodemo, respetado, poderoso y judío, o una mujer sin influencia, sin educación y samaritana: ambos están en la misma necesidad de Cristo. Nicodemo necesita nacer de nuevo; esta mujer necesita agua viva. Son dos términos para lo mismo: necesitamos que Dios haga una obra en nosotros y que nos dé nueva vida, que nos dé esa plenitud que solamente obtenemos en Cristo.
Por lo tanto, un mensaje claro de estos dos capítulos, Juan 3 y Juan 4, es que todos necesitan de Jesús. Necesita de Jesús el que no cree que necesita de Jesús, y necesita de Jesús el que piensa que no es digno de Jesús. Nicodemo era un hombre que se consideraba justo a sí mismo, era un hombre que pensaba que había hecho las cosas bien. Por eso, cuando Jesús le plantea que tiene que nacer de nuevo, él no lo entiende, él no lo comprende. Era un hombre devoto de su ley, devoto de la religión del Dios verdadero, era un hombre conocedor de la ley, era un hombre recto, era un hombre de hecho que pertenecía a la secta de los fariseos, quizás la secta o el grupo religioso más estricto en el cumplimiento de la ley.
Cuando Jesús le dice a Nicodemo que tiene que nacer de nuevo, él no comprende. ¿Cómo puede ser, si yo ya soy parte del reino de Dios, yo soy hijo de Abraham? Él no se consideraba necesitado de la salvación; él entendía que para él era un default, era un fly al catcher entrar al reino de los cielos. Él había heredado esa posición, y Jesús le dice: "No, no importa que tú te creas bueno, que tú te creas justo, que tú te creas recto. Tú necesitas nacer de nuevo, tú necesitas venir a Dios arrepentido de tus pecados y ver a Cristo como la solución a tu pecado personal."
Pero luego vemos a una mujer como la samaritana, donde ella no se consideraba que estaba dentro del reino de Dios. Quizás ella se consideraba tan pecadora, habiendo tenido cinco maridos, y con el que vivía en ese momento no era su marido; por lo tanto, está en una relación adultera, o más bien fornicaria. Esta mujer quizás se pensaba indigna. La salvación a ella le resultaba algo distante, algo que ella no podía obtener por sus propios medios. Pero de manera conmovedora, Jesús también se acerca a esta mujer en su condición, que no se considera digna, y le dice: "Yo te puedo dar agua viva."
¿Se fijan cómo los dos relatos se complementan? Cómo nos habla de dos grupos: uno en la clase alta, pudiente y poderosa de la nación; otra en la clase despreciada y más baja de la población. Y en la escala moral, un hombre que se considera justo y recto, y una mujer que se considera indigna. Y ambos están en la necesidad de nuevo nacimiento, o de agua viva, o de salvación, como queramos llamarle, de parte de Jesús. Porque solo Él nos puede hacer cara a Dios, solo Él nos puede hacer cara a Dios.
Y cuando seguimos viendo este relato, nos damos cuenta en el capítulo cuatro cómo Jesús no solamente trae un mensaje extraordinario, un mensaje de gracia, un mensaje de misericordia. Jesús hace todo lo que pueda, todo lo que esté a su alcance, para acercar este mensaje a la mujer samaritana.
Si leemos en el versículo cuatro, Juan nos dice que Jesús salió desde el tres: "Salió Jesús de Judea a Galilea." Judea estaba en el sur, Galilea estaba en el norte, Samaria estaba en el medio de ambas regiones. Y cuando leemos el capítulo cuatro: "Y tenía que pasar por Samaria," pudiéramos interpretar que geográficamente, si Jesús iba de Judea a Galilea y Samaria estaba en el medio, tenía que pasar por Samaria.
Pero sabemos que no necesariamente Él tenía que pasar por Samaria, porque la animosidad entre los judíos y los samaritanos, el odio entre ambos pueblos, era tal que lo que típicamente hacía un judío para llegar a Galilea, en lugar de pasar por Samaria, era que tomaba un bote en el río Jordán, bordeaba a Samaria y llegaba a Galilea directo. Y como yo dije en el culto anterior, el bote aterrizaba en el puerto de Galilea. Esa era lo que normalmente se hacía para evitar el trato entre judíos y samaritanos.
Esta expresión de Juan, "y tenía que pasar por Samaria," Él no tenía que pasar por Samaria. Él podía haber obviado Samaria como todos los judíos hacían, pero Él tenía que pasar porque Él tenía un encuentro con esta mujer, personal, único, para ofrecerle salvación. Y no sé si a ustedes les pasa, pero cuando yo pienso que Jesús hizo eso por esta mujer, a mí me da gozo saber que mi Señor y mi Salvador está dispuesto a hacer un esfuerzo personal por extender su mano al que está en necesidad de salvación.
Pero no solamente Jesús hizo un esfuerzo de movilizarse hasta Samaria, no teniendo que hacerlo, sino que Jesús superó, se impuso a diversos prejuicios que había en la época alrededor de esta mujer.
Lo primero que nosotros vemos que Jesús superó y se impuso fue al prejuicio cultural. El versículo 9 claramente la mujer le dice: "¿Cómo es que Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" Paréntesis, dice el evangelista: "Porque los judíos no tienen tratos con los samaritanos." Ellos no hablaban entre sí, a menos que fuera estrictamente necesario. Esto era algo raro, extraño. A la mujer le choca que Cristo le inicie una conversación, sobre todo considerando a Jesús un rabí judío. A ella le choca. Pero a Jesús no le importó; su amor fue mayor que el prejuicio cultural. Y no le importó hablar con una persona así, que era considerada por los judíos como alguien de clase inferior, porque los samaritanos eran una mezcla de judíos con paganos, de judíos con gentiles, y los judíos entendían que los samaritanos eran una raza contaminada. Pero Jesús, en su gracia, en su amor —vamos a ponerlo en dominicano—, no le dio mente a eso. Se acercó a ella, le extendió su brazo, su mano de salvación.
Él no solamente superó ese prejuicio cultural; Él superó un prejuicio de género. Un rabí judío nunca hablaba en público con una mujer. La mujer era considerada un ser de segunda categoría en la época. Contrario a lo que muchos dicen, que la Biblia considera a la mujer una persona o un ser de segunda categoría, no: la cultura de la época, lamentablemente compuesta por hombres y mujeres pecaminosos, tenía este entendimiento. La mujer no era llamada a declarar en un juicio porque se entendía que la mujer no era confiable.
Hoy en día todavía el libro de oración judío, el Sidur —que es el título de un libro de oración y de devociones judío que recitan todavía los judíos ortodoxos— tiene esta oración todos los días. Dice: "Bendito eres tú, Hashem" —Hashem es el Nombre— "Bendito eres tú, Hashem, Rey del universo, por no haberme hecho un gentil." Gentil somos nosotros. Luego dice la próxima frase: "Bendito eres tú, Hashem, Rey del universo, por no haberme hecho un esclavo." Eso es gratitud, eso hay que agradecerlo, ¿verdad? Porque la condición de esclavo es difícil. Pero la tercera dice: "Bendito eres tú, Hashem, Rey del universo, por no haberme hecho una mujer." ¡Wow! Así de degradada estaba la imagen y la posición de la mujer en esa cultura.
Jesús se acerca a una mujer samaritana. Pero no solamente se extiende hasta ahí, sino que era una mujer samaritana probablemente aislada socialmente. No es casual que en el versículo 6 se nos dice que Jesús se sentó en el pozo como a la hora sexta, y ahí vino esta mujer. La hora sexta era las doce del día. Los judíos comenzaban a contar su hora desde las seis de la mañana, y las doce del día era la hora sexta. Jesús llega al pozo a esa hora y se encuentra con esta mujer.
Esa no era la hora tradicional, típica de sacar agua. Esa era la hora más calurosa del día. Las mujeres no sacaban agua a esa hora; la sacaban en grupo, en compañía, al principio del día. Saben que a la mujer le gusta hacer cosas en grupo. El hombre muchas veces dice: "No, no, yo hago la cosa solo." Pero a la mujer le gusta hacer mucho las cosas en compañía, y era típico que las mujeres fueran a sacar agua en grupo. Pero vemos una mujer que llega a las doce del día, con el calorazo, sola, a sacar agua del pozo. ¿No nos dice eso algo?
Probablemente —y aquí estamos especulando por lo que dice el texto— que ya tenía cinco maridos y tenía uno que no era de ella. Obviamente eso habla de su reputación, quizás en la comunidad. Quizás ella se estaba escondiendo, quizás estaba avergonzada, quizás tenía una reputación que a la gente no le agradaba. La gente hablaba de ella, hablaba a sus espaldas.
Y Jesús entonces, en su esfuerzo por extender su gracia y su agua viva a esta mujer, se desplaza a Galilea, pasa por Samaria sin tener que pasar por Samaria, se acerca a una mujer samaritana de dudosa reputación y le dice: "Dame de beber." Y ahí la mujer se sorprende: "¿Cómo es que tú me hablas?" Si ella supiera... Y eso es lo que Jesús le dice próximamente: "Si tú supieras quién es el que te habla..." Jesús le pide: "Dame agua de beber." Pero si tú supieras quién es el que te pide agua, tú le pedirías a Él agua.
Pero esas son las primeras observaciones que vemos en este texto. Todos necesitamos de Cristo: el que piensa que no lo necesita, como Nicodemo, que se consideraba justo; el que piensa que es indigno del mensaje, como esta mujer. Jesús extiende geográficamente, culturalmente, y rompe los prejuicios para acercar su mensaje de salvación.
Y llegamos al versículo 10, donde está el corazón del pasaje, el corazón de lo que queremos exponer, que tiene que ver con el agua viva que sacia la sed del hombre o la sed de la mujer, la sed del ser humano. Y vemos en el versículo 10 lo primero que vemos con relación a esta agua viva, con relación a esta sed: es que el ser humano, hermanos, está sediento, y no es de agua. El ser humano está sediento y no es de agua.
Jesús le responde y le dice a la mujer: "Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice 'dame de beber', tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva." Jesús tiene una sed física, pero Él le dice a ella: "Pero tú tienes una sed espiritual de la cual quizás tú no estás percatada. Pero si tú supieras quién soy yo, tú me pedirías a mí el agua que puede saciar esa sed que tú tienes." Y es una sed que todos tenemos, es una sed que puede tomar varios nombres, puede tomar varias formas.
El famoso filósofo de la Ilustración Blaise Pascal decía que todo hombre o toda mujer tiene un hueco del tamaño de Dios en su corazón que solo Dios puede llenar. Algunos lo traducen diciendo que todo hombre o toda mujer tiene un hueco de la forma de Dios en el corazón, y a veces ponemos algo que no tiene la forma de Dios, y quedan huecos, y queda parte del hueco que no es llenado completamente. No sé si usted ha visto esos juguetes de los niños donde hay estrellitas y cuadrados y circunferencias. Ellos tratan de meter muchas veces el cuadrado donde está el círculo, y sucede que no es satisfactorio, no cabe, no se introduce, porque obviamente no está hecho para suplir o para llenar ese hueco. Y así mismo pasa con Dios.
Esta necesidad que nosotros tenemos, muchos la manejamos de diferentes maneras. Algunos la ignoramos. Algunos no vivimos en ese nivel, no entendemos, no comprendemos esas cosas. Pensamos que la vida se trata simplemente de lo que logramos aquí y lo que logramos ahora. Hay gente que ve la eternidad como una ficción, que ve a Dios como una invención, y sencillamente esta famosa hambre y sed espiritual de la cual nosotros los cristianos hablamos, de la cual Cristo habla, eso no es algo con lo que yo me relaciono, no es una realidad para mí. Hay gente que lo ignora de esa manera y lo rechaza de esa manera.
Hay otra gente que la evade, que sencillamente no quiere hablar de eso. Ellos saben que están sedientos, ellos saben que necesitan algo más, y en su cotidianidad, en su día a día, tú te percatas de que ellos están en búsqueda de algo más. Sus ansiedades te lo dicen, sus temores te lo dicen, sus preocupaciones te lo dicen, pero ellos no lo reconocen.
Pero hay otra gente que no la ignoran ni la evaden, sino que la ahogan. La ahogan con otras cosas. Hay una necesidad del alma que es de Dios, pero yo tomo cosas que no son Dios y las hago mi agua, y comienzo a beber profundamente agua de colores, agua con preservativos, agua contaminada, agua sucia que no suple la sed y que me deja sediento una vez yo la consumo.
No sé si a veces a usted le ha pasado que llega a la nevera sediento, quizás después de un juego de básquet, o la mujer después de haber salido con los niños. Uno llega un poco acalorado, abre la nevera y ve el agua y ve un refresco rojo helado. Yo veo esas dos cosas y yo tengo una información en mi mente que me dice: el refresco me produce un placer que yo quiero disfrutar. Yo sé eso, pero yo sé que no me quita la sed. Refresco dulce rojo no me quita la sed. El agua me quita la sed. Pero muchas veces hacemos así: extendemos la mano y cogemos el refresco rojo porque queremos disfrutar de ese placer inicial, aunque después lo dejemos y comencemos a beber agua.
Así nosotros suplimos nuestra sed del alma muchas veces. Sabemos lo que nos suple, lo que nos sacia la sed, y lo que no. Pero intencionalmente decimos: "Prefiero esto por su efecto inmediato y efervescente sobre nosotros." Pero sabemos que es una sed que no es saciada de manera permanente. Es corta su satisfacción, es temporal. La bebemos y prontamente estamos sedientos una vez más.
Agustín de Hipona, o San Agustín, o el teólogo Agustín y filósofo del siglo tercero de nuestra era —o sea, él vivió entre el año 350 y el año 400 aproximadamente, bien, bien temprano en nuestra era— fue quizás el teólogo más conocido, o ese uno de los teólogos más conocidos y de más influencia en la historia de la Iglesia. Y su conversión fue un poco dramática. Él tenía muchas luchas interiores, él tenía muchos apetitos carnales. Su vida era una vida desordenada, era una vida llena de pretensiones y perversiones y distracciones impuras que él tenía. Cuando uno lee su biografía, se percata de todas estas cosas y de todas estas búsquedas.
En un momento dado él comienza... Él se educa como filósofo y comienza a crecer. Se convierte en un expositor muy conocido de la época, un hombre con mucha cultura, con mucho conocimiento, con una capacidad de expresión impresionante. Y llega y logra grandes cosas.
Y alguien, relatando la experiencia de Agustín, escribe lo siguiente: "Un día, mientras paseaba con sus amigos por una calle, un tanto ensimismado en los éxitos intelectuales que había conseguido, vio a un pobre mendigo que sonreía feliz y se dijo a sí mismo: 'No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir lidiando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, este tipo vive tan contento sin hacer nada. Bueno, no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero lo que sí sé es que el que no es feliz soy yo. No es que me guste su vida; la que no me gusta es la mía. He conseguido un estatus, una posición económica y cultural, ¿y qué?'"
Es un hombre que no encuentra en lo que el mundo le puede ofrecer respuesta para su sed. Quizás su crecimiento profesional, su crecimiento intelectual le prometía plenitud y satisfacción, y a lo largo de su carrera lo logra y dice: "¿Y qué? No me siento más feliz, no me siento más pleno."
Y en su búsqueda incesante, Agustín encuentra al Señor Jesucristo y se arrepiente de la manera más infantil —a pesar de ser un gran filósofo— que ustedes pudieran imaginar. Él conocía la Biblia, él conocía la religión, él conocía el mensaje del Evangelio, pero no lo había aceptado. Y sucede que un día, habiendo conocido todo eso, él se paseaba por uno de los patios o de los jardines donde él habitaba, y oye a un niño que está diciendo en latín: "Toma y lee, toma y lee." Y sucede que él estaba leyendo en ese instante la Biblia, y se encuentra con el pasaje donde Pablo dice: "Déjense de borracheras, déjense de impurezas, y entréguense al Señor." Y ese pasaje, dice, fue como una gran luz que abrió su mente, y comprendió muchas cosas, y comprendió lo vacío de su búsqueda, y comprendió dónde debía buscar su plenitud.
Más adelante, entonces, él escribe hablando de la del Señor: "No sé si este Señor para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti". Hasta que no estemos en Cristo, en él, estaremos tratando de satisfacer una sed con cosas que no suplen y no sacian esa sed. Estaremos tratando de introducir una figura en el hueco de nuestro corazón que no encaja, la dejará siempre imperfectamente encajada. Habrá vacíos que yo no logro explicar, porque Dios llena y sacia el corazón humano, y solo él lo hace.
Jesús le informa a esta mujer en el versículo 10 que él es el que da esa agua viva. Él es categóricamente el que puede suplir esa sed que tú entiendes, de la cual quizás tú no estás informada, la cual quizás tú estás tratando de ahogar. Yo puedo suplir esa sed. ¿Con qué? Con agua viva. Es una agua espiritual, es una metáfora. No es un chorro de agua que nos va a caer cuando nos convirtamos, cuando vengamos a Cristo. Es una metáfora que simboliza su frescura, lo deseable que es. En este texto estamos hablando en la zona del Medio Oriente, Palestina, una zona sumamente árida. Hablar de aguas vivas, frescas, no contaminadas, eso es un tesoro que muy pocos tienen. Es algo deseable, y es algo que cuando tú la consumas, sacia tu sed de manera permanente. No tienes que buscar nada más, no hay nada más que beber. Toda la satisfacción que con un hombre, un ser humano, no puedo obtenerla, puedo encontrarla en Cristo: en sus promesas, en mi relación con él, en lo que él dice que yo soy, en lo que él es para mí, en lo que él dice que es la vida. Mi perspectiva cambia, mis objetivos cambian, todo lo que yo hago cambia. Yo entonces ahora puedo vivir de una manera en que todo encaja.
Ella se interesa en esta agua. Recuerden que estamos viendo este primer punto: el ser humano está sediento y no es de agua. Jesús dice que él puede suplir esa agua viva. Ella se interesa en el agua. En el versículo 15 le dice: "Señor, dame esa agua para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla". Le pasó como a Nicodemo. Jesús le dice a Nicodemo: "Tú necesitas nacer de nuevo", y Nicodemo entiende que es literal: "¿Y cómo puede un hombre siendo viejo entrar otra vez en el vientre de su madre?" No entendía, no lo comprendía. Era una realidad espiritual de la cual estaba lejos. Esta mujer entiende de la misma manera, de manera literal: "Señor, dame esa agua para que no tenga sed ni que yo tenga que venir aquí a sacarla".
Ella quería que Cristo le solucionara sus problemas cotidianos. Ella quería beber de Cristo, pero no es para los problemas profundos de su corazón, sino para sus problemas diarios. Es el que busca al Señor para que le facilite la vida, no para que le perdone, no para que lo redima, no para que lo transforme, sino para que me facilite la vida. Yo me acerco a Dios porque tengo muchos problemas y me alejo de Dios cuando los problemas se disipan. Esa es la búsqueda humana de Dios. Pero cuando Dios busca al hombre, Dios cambia su corazón, lo hace nacer de nuevo, y ahora sucede que con un nuevo corazón ahora buscamos a Dios porque le necesitamos. No para que me haga la vida más fácil, sino para que me dé redención y salvación, que es lo que yo necesito, que me dé una nueva forma de ver la vida.
Nosotros vemos en esta mujer —no sabemos si ella no entendió por torpeza o por terquedad— pero esto es representativo de nuestra actitud con las cosas espirituales. Nos hablan de las cosas de Dios, nos hablan de Cristo, pero hay algo como que no hace clic. Hay algo que yo no entiendo, hay algo que yo no comprendo, y por lo tanto no me termino de rendir porque no lo comprendo, porque lo entiendo en un plano diferente al que Cristo y al que Dios están hablando. No veo esa necesidad de la cual Cristo habla. Tenemos esa torpeza, y debe ser nuestra oración que Dios quite esa torpeza, quite quizás nuestra terquedad para las cosas espirituales, y nos permita verlo como él realmente es: como el agua que sacia nuestra sed.
Entonces, el ser humano está sediento y no es de agua, y muchas veces nosotros no vemos esa sed, pero Cristo nos la hace ver. Miren cómo Cristo hace que esta mujer vea su sed. Si usted mira el versículo 15, la mujer le pide a Jesús: "Señor, dame esa agua para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla. Dame esa agua, yo quiero". Y miren el abrupto cambio de tema de Jesús. Él dijo: "Ve, llama a tu marido y ven acá". Ella le acaba de pedir el agua viva de la cual Jesús ofreció. ¿Qué tiene que ver el marido con eso, con esa petición? ¿Por qué Jesús entra en ese tema? ¿Cuál es el propósito de Jesús al traer esta situación delicada, dicho sea de paso, de esta mujer?
Jesús quiere darle agua viva, pero aquí nos envía un mensaje, y es que si yo quiero recibir el agua viva que el Señor tiene que ofrecerme, yo tengo que entender que debo llegar a la honestidad con mi pecado delante de Dios. Yo debo reconocerme pecador. Yo debo entender que yo estoy sediento. Yo debo entender que yo he estado buscando saciar mi sed en aguas que no satisfacen el alma humana. Y Cristo le trae precisamente el área quizás más sensible, donde más claramente ella pueda ver su condición de pecado.
Ella le dice: "No tengo marido", y ahí lo deja. Ella ha dicho la verdad, dice Jesús, pero no ha dicho toda la verdad. Ella no tiene marido porque probablemente con la persona que ella vivía en ese momento no era su marido legítimo, no se había casado con él. Ella había tenido cinco maridos anteriores. No sabemos si se divorció o enviudó, pero había tenido cinco matrimonios anteriormente. Me imagino que una mujer de pocos que se casa cinco veces, cuando encuentra el sexto hombre dice: "¿Y pa' qué yo me voy a casar?" Sencillamente se juntó con él: "Vamos a vivir juntos, vamos a ver cómo nos va". Le había ido lo suficientemente mal en el pasado con los hombres. Quizás pensó: "Si me va igual, ¿para qué me voy a casar, para pasar por el proceso de un divorcio otra vez, de una separación legal?" No, sencillamente ella se unió a este hombre, y era una relación pecaminosa, una relación que no está amparada bajo el compromiso del matrimonio. Según la Palabra de Dios, es una relación pecaminosa. El nombre del pecado es fornicación. La relación sexual entre un hombre y una mujer es sagrada y es un regalo de Dios para el matrimonio, donde hay un compromiso entre la pareja, un compromiso formal. Ella no estaba en esas condiciones.
Por lo tanto, cuando ella le dice: "Dame de esa agua", Jesús le dice: "Ve, llama a tu marido". Jesús le está enrostrando con gracia que ella es una mujer pecadora, que ella necesita el agua no para facilitar que ella no tenga que venir a la fuente. Ella necesita el agua porque esa sed del alma no tiene que ver con ir a la fuente. Esa sed del alma tiene que ver con nuestra condición de pecado, con nuestra tendencia natural a hacer las cosas como a nosotros nos parece y no como a Dios le parece. Y esa fue la razón por la que Cristo le trajo esta situación a su consideración.
Si yo quiero recibir entonces el agua, yo tengo que ser honesto con Dios con relación a mi pecado. Cristo quería que ella viniera tal como ella era. No me mientas, no me digas medias verdades. "No tengo marido", ¿y qué más? Dios sabe nuestra condición, Dios conoce. No solo no podemos escondernos de él; el arrepentimiento de una persona sencillamente es ponerse de acuerdo con Dios con relación a lo que él piensa de ti. Tú no le estás informando a Dios lo que tú hiciste, sencillamente le estás diciendo: "Lo que tú sabes que yo hice estuvo mal, perdóname". Es ponerme de acuerdo con Dios con relación a lo que él ya sabe de mí.
Y continúa el relato entonces, y esta agua viva que Jesús ofrece, y esta es la otra lección que vemos, producirá en aquellos que la reciben una adoración genuina más que de rituales externos. Una relación con Jesús es más que rituales, es más que devoción, es más que venir a la iglesia, es más que cantar. Nace en el corazón, se manifiesta en lo externo, pero nace en el corazón.
Fíjense que cuando Jesús le dice: "Trae a tu marido", y ya le dice: "No tengo marido", ahora Jesús le dice: "Bien has dicho. No tienes; de hecho, has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu marido". Y en el versículo 19 ella extrañamente cambia rápidamente la conversación. La mujer dijo: "Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar". Jesús le trae lo más sensible de su vida; ella decide ignorar eso, ella no quiere hablar de eso, ella no quiere profundizar ahí.
Cualquier coincidencia, cualquier similitud, pura coincidencia. Cuando alguien quiere hablar de lo más sensible de nuestra vida, de lo malo que hemos hecho, del pecado que tenemos y que es un hábito, nosotros muchas veces lo evadimos, queremos hablar de otra cosa. Ella trajo una controversia teológica: ¿dónde se adora, en Jerusalén o aquí en Samaria?
Y Jesús, en su gracia, le responde su inquietud. Brevemente le dice en el versículo 21: "Mujer, créeme, la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre". En otras palabras: tú quieres discutir de teología, déjame decirte, eso no es lo importante. Lo importante no es el lugar donde tú adores, sino cómo tú adores. Versículo 23: "Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren".
¿Tú quieres saber, mujer, lo que es adorar a Dios? ¿Tú estás interesada en la adoración? Déjame decirte: Dios está buscando gente, no que adore allí o que ore allí en esta iglesia, sino que lo adore de corazón, en espíritu y en verdad. Que su ritual externo sea consecuente, se corresponda con una realidad interior. Que verdaderamente cuando yo levanto mis manos, yo estoy levantando mi corazón. Que cuando yo me arrodillo, yo estoy arrodillando mi corazón. No para que el otro me vea, para que Dios sea agradado.
Esta es una religión distinta. Ya no conocía esa religión. La religión de la época era una religión más de rituales que de relación. Y el que verdaderamente quiere venir a términos con Dios, primero tiene que reconocerse sediento; segundo, tiene que reconocer su pecado y su condición delante de Dios; y ahora entonces tiene que comenzar una relación con Dios donde su corazón sea dispuesto a Dios, donde su corazón se haya entregado a Dios. En espíritu, de corazón sincero, de corazón desde el interior, y en verdad, o sea, a través de Cristo.
Cristo se identifica a sí mismo en Juan 14:6 como la verdad: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no es a través de mí". ¿Tú quieres adorar al Padre? Tienes que hacerlo de corazón, a través de Cristo, en espíritu y en verdad.
El mensaje a esta mujer es claro. El mensaje es: número uno, tú estás sedienta; número dos, Cristo te muestra esa sed; número tres, arrepiéntete, mujer, de tu condición de pecado; y ven y adora a Dios de corazón, entrega lo mejor de ti. El ritual no importa, el interior importa. Ahora, un ritual sin nada en el interior es vacío, pero si yo tengo una verdadera actitud de adoración, aunque no haga ritual, es verdadera adoración. Ahora, lo que Dios quiere es que nuestros rituales externos se correspondan con una realidad interior en nosotros; de lo contrario, es hipocresía.
"Dios es Espíritu", le dice en el versículo 24, "y tiene que adorarlo en espíritu y en verdad", porque Dios es Espíritu, Dios ve el interior. Por eso es que tiene que ser así.
Y esta mujer, entonces, nosotros entendemos que ella aceptó finalmente el agua viva que Cristo le ofreció, que ella entendió el mensaje. De hecho, cuando nos vamos más adelante, luego del versículo 26, aunque yo no lo leí, quiero leerles brevemente en el versículo 28. Miren lo que dice: "Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue a la ciudad y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho. ¿No será este el Cristo? Y salieron de la ciudad e iban a él".
Ella se olvidó de su cántaro, se olvidó de su sed física. Encontró el que sacia la sed del alma, una sed más importante. "Déjame decirles a otros lo que yo he encontrado". Y nosotros seguimos leyendo el relato y sabemos que muchos vinieron a Cristo producto del testimonio de esta mujer. Una mujer sin reputación, o con una mala reputación; una mujer sin posición; una mujer discriminada por los judíos, pero atendida personalmente por el Salvador. Cambiada por él, cambiada por él.
Así que el mensaje para nosotros en el día de hoy, hermanos, es que esa sed de la cual Cristo habla, y le habla a esta mujer tan directamente, tan categóricamente, es una realidad para cada uno de nosotros. Podemos ignorarla, podemos evadirla. Quizás tú no quieres hablar de eso, pero es una realidad. Es algo que, como les dije, podemos hacer muchas cosas con ella, pero al final la sentimos, está ahí presente.
Y voy más lejos: está presente incluso en el corazón de creyentes que ya tienen a Cristo, que es la fuente de agua viva, pero no le han abrazado, no han abrazado todo lo que la salvación implica. Tienen salvación, pero no satisfacción.
Yo quiero hacer un llamado. Primero, a aquellos que no han venido a Cristo nunca, aquellos que, como la mujer samaritana, no le conocían, no lo veían a él como aquel que puede saciar la sed de su alma. Se ven confundidos, sabes, cuando se les habla de Jesús y de la Biblia. Pero yo quisiera pensar que aquí hay algunos a quienes Dios les ha hablado directamente, les ha dicho hoy: "Tú tienes una sed que yo puedo suplir". Y ustedes hoy lo han visto. Y si ha sido el caso, yo quisiera orar con ustedes.
Pero también quisiera orar con aquellos de nosotros, creyentes, que a pesar de tener la fuente de agua viva en nosotros, parecemos más desiertos secos que fuentes de agua. Porque esa puede ser la realidad, lamentablemente. Todavía el pecado está presente en nosotros, y muchas veces no bebemos en la cantidad y con la frecuencia que deberíamos beber de Cristo, y estamos secos y parecemos, como les dije, desiertos más que fuentes.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.