Amar a los enemigos no es una sugerencia pastoral ni un ideal inalcanzable reservado para los santos: es el mandato que revela si verdaderamente somos hijos de Dios. Jesús corrige en Mateo 5 una distorsión que los rabinos habían sembrado en el pueblo: la ley decía "amarás a tu prójimo", pero ellos añadieron "y odiarás a tu enemigo". El Antiguo Testamento nunca enseñó tal cosa; al contrario, mandaba devolver el buey extraviado del enemigo y ayudar a levantar su asno caído. Si Dios ordenaba cuidar los animales del adversario, cuánto más a su dueño.
El problema surge cuando empezamos a definir quién califica como prójimo. En tiempos de Jesús, las escuelas rabínicas debatían si había que amar solo al judío temeroso de Dios o también al no temeroso. Ninguna incluía a los samaritanos ni a los enemigos. Por eso Jesús cuenta la parábola del buen samaritano y por eso aquí ordena amar incondicionalmente —con amor ágape— a quienes nos persiguen. No para ganar la salvación, sino para mostrar nuestra adopción, para que el mundo vea en nosotros el carácter del Padre que hace llover sobre justos e injustos.
¿Qué nos impide amar así? Nuestro egocentrismo que busca relaciones para sentirse amado, nuestro orgullo que guarda rencor, nuestro ajuste de cuentas que siempre quiere devolver la bola más duro. El pastor Núñez lo ilustra con fuerza: a nosotros nos duele cuando el otro se aleja porque perdimos algo; a Dios le duele cuando nos alejamos porque nosotros perdimos algo. Su amor está enfocado en el amado. El estándar es imposible de este lado de la gloria, pero sigue siendo necesario: nos recuerda cuánto dependemos de la gracia y cuánto nos falta por ser transformados a la imagen de Cristo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
«El que tiene oídos para oír, oiga». Mateo 5:43-48: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».
Padre, nuevamente, antes de exponer tu satisfacción, te pedimos que sea tu Espíritu el que la pueda exponer, que nosotros podamos ser tus micrófonos como otras veces hemos pedido. Mira este texto, Dios, y cuán lejos estamos. Danos tu gracia para entender lo que tú pides que hagamos hoy, Dios, y dinos cómo vernos en tu dirección. No nos permitas salir de aquí sin haber reflexionado profundamente acerca de tu satisfacción. Queremos ser transformados, como por el Espíritu, de gloria en gloria, pero ese es tu trabajo, Dios. Permite que tu satisfacción pueda funcionar como cincel sobre nuestras vidas. Y guarda mi boca, Dios, para que no deshonre lo que tú has honrado. En tu nombre, amén, amén.
Bueno, este es el mensaje número 16 de esta serie, el último de este capítulo 5, y este mensaje contiene probablemente la cumbre del Sermón del Monte. Coincide en una de las enseñanzas más difíciles, sino la más difícil, del Nuevo Testamento. Yo le pido a Dios, verdad, que nos ayude a entender exactamente de qué manera esto tiene su cumplimiento en nosotros, pero yo creo que hay mucho que Dios necesita ayudarnos a introyectar y aplicar a nuestras vidas, de manera que nosotros podamos ser cambiados en la dirección que Él quiere, en que Él quiere cambiarnos.
Para que puedan seguir mejor mi enseñanza, yo he dividido el texto en cinco puntos. Lo primero que yo quiero que veamos es la corrección que Jesús hace de las enseñanzas de los rabinos. La segunda es la ordenanza del Maestro. Número tres, la motivación del mandamiento. El contraste de la enseñanza como número cuatro. Y finalmente, número cinco, la medida de comparación.
Comencemos con la primera: la corrección de las enseñanzas rabínicas. Esta es la última de las correcciones que Jesús va a hacer y que fueron iniciadas todas con esta frase: «Habéis oído decir, pero yo os digo». Esta es la frase con la que comienza el versículo 21, 27, 33, 38 y ahora el 43. Como hemos dicho anteriormente, Jesús no está tratando de ampliar, de modificar, de quitar, de agregar nada a lo que fue la ley de Dios en el Antiguo Testamento. Cristo está tratando de deshacer, de corregir las distorsiones que a lo largo de los años los diferentes rabinos habían creado en la mente de los discípulos y en sus escuelas de pensamiento. Y es por eso que Jesús usa esta frase: «Habéis oído».
La frase primera que nosotros leemos aquí, «habéis oído decir: amarás a tu prójimo», eso estaba en el Antiguo Testamento. Pero la segunda frase, «y odiarás a tu enemigo», es una distorsión. No hay nada en el Antiguo Testamento que ni siquiera se parezca a esta enseñanza. Y sin embargo, para este tiempo, de acuerdo a lo que conocemos, esta era una enseñanza ampliamente aceptada. Y era de esa manera porque los rabinos se habían encargado de aplicar de una manera distorsionada las enseñanzas que ellos habían recibido de la ley de Moisés.
Mira una sola cita, una o dos citas del Antiguo Testamento, para que veas cuán lejos estaba Dios de pedir algo como eso. En Éxodo 23, versículos 4 y 5, tú lees lo siguiente: «Si encuentras extraviado el buey de tu enemigo o su asno, ciertamente se lo devolverás. Si ves caído debajo de su carga el asno de uno que te aborrece, no se lo dejarás a él solo; ciertamente lo ayudarás a levantarlo». Si esta es la manera como Dios instruyó para que pudieran cuidar de los animales de sus enemigos, tú pensarías que Dios estaría aún más interesado en cuidar de los dueños de dichos animales. Y sin embargo, a pesar de lo claro que esta enseñanza estaba, esta no fue la manera como la ley estaba siendo practicada en los tiempos de Jesús.
Mira lo que Levítico 19:18 dice: «No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor». Esto es lo que Cristo está tratando de cambiar en su mente, de deshacer. Sus mejores maestros, como vamos a ver más adelante, habían enseñado otra cosa con relación a los enemigos, y Cristo está tratando de que el pueblo pueda desaprender muchas de las cosas aprendidas para comenzar a aprender. Y esta es la primera cosa que quisiera que viéramos: la corrección que Cristo trae de las enseñanzas rabínicas.
El segundo punto que yo quisiera comentar esta mañana tiene que ver con la ordenanza misma, el mandato mismo: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen». Aquí aparece lo que ha sido llamado la regla de oro. Esa enseñanza de amar al prójimo aparece prácticamente en cada una de las religiones del mundo. Y como decíamos la vez pasada, eso no dice que todas las religiones llevan al mismo lugar, pero sí afirma claramente que la ley moral de Dios está escrita en el corazón del hombre. Y esa ley moral encuentra su expresión, aunque a veces de forma parcial y de forma equivocada, incluso en las diferentes religiones de los hombres, mostrando que en verdad Dios ha escrito una ley moral que el hombre lleva en su corazón y que él conoce.
Ahora, si esto estaba tan claro, de amar a vuestro prójimo, ¿cómo es que ellos no lo estaban haciendo? ¿Cómo es que habían entendido otra cosa? Si la enseñanza está clara... Bueno, lo que nosotros podemos hacer, y que ellos hicieron para justificar nuestras conductas, es que comenzamos a discutir acerca de la definición del prójimo. Y eso era lo que estaba ocurriendo.
Josefo nos dice que en el tiempo de Jesús, el historiador judío de esa época, había diferentes debates que estaban circulando, y que esos debates entonces eran traídos a un rabino y luego a otro, y los comparaban unos con otros. Y en cada uno de esos debates, Jesús se vio involucrado. Nosotros vamos a entender mejor hoy por qué es que los fariseos venían con ciertas preguntas en particular a Cristo: «Ese Maestro, ¿qué tú piensas?». Porque Josefo dice que los debates en esa época tenían que ver de un rabino a otro: preguntas acerca del divorcio, ¿quién es mi prójimo?, el lavarse las manos, el valor del diezmo, el mayor mandamiento, cómo heredar la vida eterna, el propósito del día de reposo, y si los gentiles podían ser sanados o no.
En cada uno de esos casos, Jesús fue arrastrado a la controversia. «Maestro, ¿qué tú piensas? ¿Quién es mi prójimo? Maestro, Moisés dijo que podíamos dar carta de divorcio. Maestro, ¿es lícito sanar en día sábado?». Shammai decía que tú no podías ni siquiera orar por un enfermo en día sábado, no fuera que se sanara. Ahora tú entiendes por qué los fariseos venían con esas preguntas, y una de esas preguntas era acerca de quién era mi prójimo.
Cristo se ve en este Sermón del Monte, en esta parte, dirigiéndose a dos de estas controversias. Ya él habló acerca del divorcio y ahora está hablando de amar a nuestros enemigos, con lo cual está hablando de quién era realmente mi prójimo.
En la época de Jesús nos dice Josefo, y otros escritos, que había no menos de siete escuelas rabínicas de pensamiento, pero las dos más famosas, las dos más conocidas, aquellas que habían ganado la mayoría del pueblo, eran la escuela de Shammai y la escuela de Hillel. La escuela de Shammai decía que tu prójimo era el judío y el judío temeroso de Dios, de manera que los seguidores de Shammai entendían que debían amar solamente a los judíos y judíos temerosos de Dios.
Hillel, por otro lado, era considerado más abierto, más liberal. Y sin embargo, en cada una de esas controversias, Jesús está del lado de Hillel y no del lado de Shammai, con la excepción del divorcio, donde Él estaba del lado de Shammai. Hillel decía que tú debes amar al judío, pero temeroso y no temeroso de Dios, sí, a los dos. ¿A los gentiles? A tus enemigos Hillel, ¿y a los samaritanos? No, a los samaritanos no. Son de raza impura, son judíos mezclados con gentiles, y a esos no tenemos que amarlos. Y ahora aparece un Rabí que dice que hay que amar a todo el mundo y hay que amar incluso a los enemigos.
¿De acuerdo? Porque cuando vinieron a Cristo le dijeron: «Maestro, ¿quién es mi prójimo?». Y la parábola que Cristo usa es la parábola que tiene que ver con el buen samaritano, porque esos eran los únicos que ambos grupos, o las siete escuelas, entendían que podían ser odiados. Y Cristo dice: «No, el samaritano es tu prójimo también».
Ahora, Cristo nos dice no solamente que debemos amar a nuestro prójimo, sino que debemos amar a nuestros enemigos, sino que debemos orar por ellos. Dios sabe, Cristo sabe lo que Él está tratando de hacer en nuestro interior. Es muy difícil decir «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre», y habiendo dicho eso, «santificado sea tu nombre», pronunciar el nombre de tu enemigo en la misma oración sin que algo comience a cambiar en ti acerca de la persona de tu enemigo. Eso es lo que Cristo nos está ayudando a entender.
Ahora, a la hora de orar, a la hora de orar por nuestros enemigos, hay varias maneras de hacerlo. Pero yo creo que la más común, en la que muchos de nosotros hemos entrado en algún momento —yo creo que todos hemos hecho eso en algún momento—, es pedirle a Dios que cambie a mi enemigo. Usualmente decimos: «Señor, cambia a Fulano, humíllalo, Dios, ábrele los ojos. Mira, Señor, yo no puedo decirte qué le hagas, pero haz lo que tú quieras con él». Pero yo no creo que eso es lo que Cristo tiene en mente. Tengo más o menos un año, un poco más de un año, prestando atención a las enseñanzas de la Palabra, y yo no he encontrado la primera que tenga que ver primordialmente con el otro.
Todas las enseñanzas de la Palabra tienen que ver primordialmente conmigo. De manera que yo no creo que esa es la manera en que Cristo está pensando que debiéramos orar por nuestros enemigos. Nosotros con frecuencia estamos viendo la paja en el otro mientras tenemos la viga en el nuestro.
Ahora, yo podría orar por mi enemigo de otra manera. Yo podría pedirle a Dios que bendiga a nuestros enemigos. O podríamos pedirle a Dios que nos perdone por no amar a nuestros enemigos. O podríamos pedirle a Dios que nos dé amor por nuestros enemigos para llenar este estándar que se nos está pidiendo.
De manera que esto es algo que Cristo está haciendo en el corazón de sus discípulos porque él entiende que estos discípulos no son como cualquier otro discípulo. Sus discípulos tienen un carácter especial del cual vamos a hablar en un momento, y es por eso que les está tratando de que ese carácter pueda salir a relucir.
De manera que ya tenemos la corrección, ya tenemos la ordenanza. Colés, la pregunta es, mi tercer punto: entonces, ¿cuál es la motivación de ese mandamiento? Y escucha cómo Cristo responde esa pregunta: "Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos."
Con esto, Cristo no nos está diciendo que la manera de nacer de nuevo, de ser hijo de Dios, o ganarme la salvación es amando al enemigo. No, no, no, no está diciendo eso. Lo que me está diciendo es: muestra tu adopción, muestra que tú eres hijo del Padre, muestra que el carácter del Padre se ha formado en ti, muestra que el amor del Padre está fluyendo a través de ti. Muéstrate distinto, muéstrate diferente. No quiero que te busques como los discípulos de Llamar, no quiero que te busques como los discípulos de Hillel. Ustedes están por encima de todo eso.
Y de hecho nosotros sabemos que es así. En la antigüedad, la manera como los discípulos seleccionaban a sus rabinos, a sus maestros, era de manera personal. Te quedabas con él hasta que te conviniera. El día que el maestro no me conviniera, yo me iba. Y de hecho muchos discípulos de Jesús hicieron lo mismo. En Juan 6:66 se nos dice que a partir de ese día muchos de sus discípulos ya no volvieron a caminar con él. Voluntariamente llegaron y voluntariamente se fueron.
Pero sí, pero Cristo le dice a los once en el aposento alto, ¿adivina qué? Ustedes no son como ellos. Ustedes no me escogieron a mí, yo los escogí a ustedes. Ustedes tienen otro llamado, ustedes tienen otra meta, ustedes tienen otro Padre, ustedes tienen otra misión, ustedes tienen otro amo, otro maestro. De manera que ustedes no pueden comportarse como los demás discípulos porque ustedes no son como ellos.
Y ahora entonces el llamado: amad a vuestros enemigos para que seáis, para que mostréis que verdaderamente son hijos de Dios, que ciertamente Dios los ha engendrado, los ha adoptado, los ha cambiado, y que otros puedan ver eso en ustedes.
La palabra usada para discípulo en el hebreo es una palabra mucho más rica que la que nosotros tenemos en español. En el griego es "mathetes", traducida como discípulo, pero piensa que podría ser como un estudiante. Pero piensa un momento: cuando tú y yo fuimos a la universidad, queríamos aprender, queríamos ganar conocimiento, pero ¿para qué? Para pasar el curso, para obtener un grado, para complacer a nuestros padres, para no repetir la materia. Esos son estudiantes, y todos decimos eso.
En el contexto hebreo ellos no se llamaban discípulos, es un concepto griego, el "mathetes". Ellos se llamaban "talmid" para el singular y "talmidim" para el plural. Y la idea de los talmidim era que los talmidim tenían que ser como su maestro. De manera que ellos no adquirían conocimiento para pasar una materia, para obtener un grado, sino para ser como su maestro. Ellos seguían a sus rabinos a todas partes, incluyendo al baño, porque al salir del baño se oraba de una manera, le daban gracias a Dios por tener orificios, y no estoy relajando. Y ellos querían saber cómo los rabinos oraban a Dios al salir del baño. De manera que esto era un veinticuatro siete continuamente.
Cristo le está diciendo a ellos: ustedes son mis talmidim. Cristo el Señor, que yo acabo de decir, escucha Cristo. Ahora lo que él dice en Lucas 6:40: "Un discípulo, un talmid, no está por encima de su maestro, mas todo discípulo, mas todo talmid, después que se ha preparado bien, será como su maestro." No sabrá lo que su maestro sabe, será como su maestro.
De tal forma que en el primer siglo se decía: si tú querías saber cómo es un rabí, tú no tienes que haberlo conocido, simplemente fíjate en sus talmidim. Como ellos son, así fue él. ¿Te imaginas que en el día de hoy el mundo observe, nos observará a nosotros los talmidim para determinar cómo era nuestro Rabí? Porque todavía estamos tratando de adquirir conocimiento y no su carácter.
Con eso en mente, escucha las palabras de Cristo otra vez: "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen." Escucha ahora: "Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos."
De nuevo, ¿para qué quiere Cristo que yo ame a mis enemigos? Para que mis talmidim reflejen lo que yo soy, porque yo hago llover sobre buenos y malos, justos e injustos. Para que mis talmidim reflejen mi carácter y el mundo, cuando los vea, pueda saber cómo yo soy. Entonces, es lo que nosotros necesitamos entender.
En el mundo hebreo, antes y hoy se dice, el rabino solamente el primer día le dice: "Si hay alguien aquí que está tomando esta clase para obtener un grado, puede salir por la puerta ahora mismo." Y le dice de manera jocosa y quizá también burlona: "Los termómetros tienen grados, y usted sabe dónde lo ponemos." No dónde lo ponemos. Es para ayudar a entender a los talmidim: la idea de esto no es conocimiento, es carácter de Dios.
Yo creo que pocas personas, si alguna aquí, podemos decir que no habíamos leído u oído que Cristo nos mandó a amar a nuestros enemigos. Yo creo que en un país eminentemente católico, la mayoría de las personas ha oído eso. La pregunta es, si habiéndolo oído, número uno: ¿por qué no lo hacemos? Número dos: ¿no nos molesta que no lo estemos haciendo? ¿No nos preocupa, no nos carga, no nos hiere, no nos entristece ni a ti ni a mí? ¿Por qué? ¿Qué es lo que está en nosotros, que nos impide, en cada uno de nosotros, que nos impide amar de esta manera?
Porque si somos honestos, si tú y yo somos honestos, tenemos que reconocer que nosotros tenemos una agudeza visual y mental para ver cuando este hermano no está amando a este hermano. Y tenemos una agudeza asimismo para ver cuando este hermano a mí no me está amando. Pero qué tú y yo somos ciegos para ver cuando yo no estoy amando a ese hermano. Y somos todavía más ciegos tú y yo para ver qué es lo que hay en mí que está dificultando que este hermano me esté amando. Yo creo que tenemos que admitir eso tanto tú como yo y arrepentirnos.
Pero ¿qué es? ¿Qué es lo que está en nosotros? ¿Qué es lo que es parte de nuestro carácter, del ser humano, aun de aquellos que hemos nacido de nuevo? ¿Qué es eso que continúa con nosotros, que nos impide ser talmidim con el carácter de nuestro Maestro? Voy a explorar esto un poquito.
Yo creo que en primer lugar está nuestro egocentrismo. Reflexionando sobre esto en el último año, reflexionando año y medio, quizás reflexionando mucho sobre estas cosas, he llegado a descubrir que somos todos tan egocéntricos que nosotros buscamos nuestras relaciones, las queremos, las deseamos, pero primordialmente para que nos amen, para que me amen a mí, para que me hagan sentir bien, para sentirme validado, confirmado en mis ideas.
¿Y qué ocurre? Que yo busco una esposa, yo busco un novio, yo busco un amigo para sentirme de esa manera. Y cuando mi esposa o mi esposo ya no me hace sentir bien, o ya no me hace sentir aprobado, a la semana o dos semanas de eso, ya yo quiero otra habitación. Y si eso se prolonga, considerar la separación, otro esposo, otra esposa, otra relación.
¿Por qué hacemos eso? Bueno, es que yo no me casé para amarlo a él o a ella. Yo me amaba a mí y yo quería que ella me amara, y así podíamos estar de acuerdo siempre. Pero ahora resulta que yo no me siento así y voy perdiendo interés en esa relación. Pero escúcheme, Cristo no fue a la cruz para sentirse amado. Él fue a la cruz para enseñarme a amar, y yo tengo que regresar, tiene que guiarme a la cruz una y otra vez.
Pero lo peor de esto es que cuando Cristo me dice en este texto que yo debo amar a mis enemigos, él no usa la palabra "fileo", que es el amor por el ser humano, como el amor de los filántropos, de ahí viene la palabra. Él pudo haberme dicho: "Amad a vuestros enemigos, filea a tus enemigos", y como que bueno, está mejorcito, yo lo voy a amar como un filántropo. Pero no me dice eso. Él tampoco usa la palabra "storge", que es el amor de los padres hacia los hijos. Pero tampoco me dice eso.
A Cristo se le ocurre usar la palabra "ágape": incondicionalmente, amad incondicionalmente a vuestros enemigos. Si lo piensas bien, es como: ¿de qué otra manera lo voy a amar? Porque si es mi enemigo, ¿qué condición le voy a pedir? La única manera que puedo amarlo es sin condiciones, porque para comenzar es mi enemigo. Y Cristo me dice: bueno, así es como lo tienes que amar.
Pero escúcheme, si somos honestos tú y yo, tú y yo tenemos que arrepentirnos todos los días. Nosotros no hacemos eso ni con nuestros cónyuges. El día que mi cónyuge no me habló muy bien, yo comienzo a distanciarme un poco, y por ese momento o esas horas ya no lo amo igual. Y si eso se prolonga, ya tú sabes. ¿Te das cuenta de cuán lejos estamos de este estándar? Y Cristo dice: ama a tu enemigo incondicionalmente.
Segundo lugar, nuestro orgullo. Nuestro orgullo que se resiente, guarda rencor, guarda resentimiento, guarda las cuentas. Eso no nos permite amar incondicionalmente.
En tercer lugar, nuestro sentido de ajuste de cuentas. Si examina nuestras vidas, yo he tratado de hacer eso conmigo mismo, llevamos como un ajuste de cuentas. Yo estaba jugando ping-pong en el pasadía familiar, y jugando ping-pong, cada vez que la bola está en tu cancha, tú quieres devolverla, y tú quieres devolverla con más rotación y con más fuerza. En el plano de las relaciones es de esa manera: cada vez que me tiran la bola a mi cancha, yo quiero devolvértela pero más duro y con más rotación. Como que siempre vivimos sacando un balance, y si está en rojo yo quiero rápidamente ponerlo en azul, por lo menos yo creo que te encierro el balance. Y cuando está en azul de mi lado, ok, ya me siento bien. Pero cuando está en rojo no puedo dormir, no estoy tranquilo, estoy nervioso, estoy ansioso. ¿Por qué? Porque estoy en rojo, estoy perdiendo. Eso no nos permite amar incondicionalmente.
Nuestro sentido de autojusticia siempre espera que el otro me ame primero para ver si yo puedo comenzar a considerar la posibilidad de quizás devolverte amor. Nada de pensar: "Yo tengo que orar sobre eso, pero quiero reconciliar, pero yo necesito tiempo, pensarlo un poco". Nuestro sentido de autojusticia, en ti y en mí, en unos más vivo que en otros, pero es parte de nuestra naturaleza humana.
En quinto lugar, nuestros ídolos del corazón. Juan Calvino decía que el corazón humano es una máquina continua productora de ídolos, y tan pronto Dios tumba uno, nosotros subimos otro, y que lo único que puede destruir eso es la predicación de la Palabra. En su hora tenemos ídolos que amamos más que a Dios, que compiten por mi amor por Dios y mi amor por el hermano. Decía en los cultos anteriores que, aunque yo no lo piense de esta manera, esto es como el corazón lo siente: el que me quiere a mí tiene que amarme con mis ídolos. Raquel, tú y yo nos vamos a casar, le dices a Jacob, vámonos. Sí, pero con mis ídolos. Yo no me voy a dejar mis ídolos atrás. Bueno, pero son de tu papá, tu papá los tiene. Me los robo, pero yo sin mis ídolos no me voy. Y Raquel se iba con sus ídolos. Nosotros no negociamos nuestros ídolos, y eso no nos permite amar incondicionalmente porque tengo que amar por encima de los ídolos.
En sexto y último lugar, no amamos al otro incondicionalmente porque, como decía Steve Brown, un pastor que yo he oído de vez en cuando, he leído de vez en cuando, lo cito: "Usted no puede amar hasta que no haya sido amado, y luego solamente puede amar hasta el grado en el que usted haya experimentado ese amor". A repetir eso: usted no puede amar hasta que no haya sido amado, y luego solamente puede amar hasta el grado en el que usted haya experimentado ese amor.
Si somos honestos, nuestros tanques están vacíos. Están vacíos muchas veces porque nuestros progenitores no nos amaron. Están vacíos muchas veces porque mi relación con Dios no es lo suficientemente íntima como para permitir que Dios lo llene cada día, y nosotros vivimos un poco pinchados. Estamos vacíos porque nosotros hemos ingeniado un estilo de vida para mantener nuestras relaciones a distancia, de tal manera que me permitan ser como yo soy, pero mantener la relación a esa distancia no permite que el amor de Dios pueda fluir a través de aquellos que Dios ha puesto a mi alrededor.
Los que fueron a la conferencia de Tim Lane escucharon cómo él decía que el cambio nuestro siempre está supuesto a ocurrir en comunidad. Comencé a leer un libro, se llama Total Church, Iglesia Total. Básicamente dice lo mismo: el cambio ocurre por medio del Evangelio y en comunidad. Por eso Dios nos ha puesto a ti y a mí uno al lado del otro, para que nos irritemos y aprendamos a amarnos unos a otros.
Tenemos los tanques vacíos. "Pastor, por mí era, que usted no sabe lo que él me hizo". No me digas eso, porque yo he querido decir lo mismo en ocasiones. Tenemos que ir donde Jesús y decirle: "Jesús, es que tú no sabes lo que él me ha hecho". Y con toda probabilidad Jesús me va a tomar de la mano, como es él, manso y humilde, me va a arrastrar hasta la cruz, me va a poner ahí delante, me va a ayudar a revivir ese momento y me va a decir: "Mírame ahora, clavado, ensangrentado, con una corona de espinas, sobre un madero cruzado en el Calvario. Mira lo que tu pecado me ha hecho. Podemos hablar".
Dios quiere que los que están en su tienda, su hijo, luzcan como él es. De hecho, el propósito número uno de Dios cuando nos eligió en la eternidad pasada, cuando me conoció, me predestinó; y cuando me predestinó, me llamó; y cuando me llamó, me justificó; y cuando me justificó, me glorificó, para que yo sea hecho conforme a la imagen de su Hijo, para que mis talmidim luzcan como mi Hijo, que fue su maestro. Eso es. Por eso que él dice: "Para que seáis hijos de vuestro Padre, que hace llover sobre justos e injustos, sobre buenos y malos".
Número cuatro, mira el contraste ahora de la enseñanza. Cristo quiere que nosotros entendamos claramente que tiene que haber una distinción entre los discípulos, la gente que se llama y se lee del mundo, y nosotros. "Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros?"
Dios sabe que el hombre fue hecho a su imagen y semejanza. El hombre es la imagen distorsionada, pero la tiene; manchada, pero la tiene. Esa imagen es capaz en ocasiones de hacer cosas que se parecen a Dios, como amar, pero a quienes le aman; como saludar, pero a quienes los saludan. Y Dios dice: "Pero si haces eso, que otros pueden hacer con una imagen que está manchada y no regenerada —no está glorificada pero está regenerada— ¿cómo vamos a conocer la diferencia entre unos y otros?" Dios quiere que yo pueda amar no solamente a quienes me aman, no solamente a quienes me hacen sentir bien, no solamente a quienes me aprueban, sino a todos, para que podáis ser como vuestro Padre.
Juan 3:16 no dice que tanto amó el mundo a Cristo que Dios le dio a su Hijo. No. Dice que tanto amó Dios al mundo —yo podía agregar: al mundo que le rechazó, al mundo que no le recibió, al mundo que no le amó, al mundo que le odió— tanto amó Dios al mundo, que Dios tomó a su Hijo y se lo dio al mundo que le odiaba. ¿Pero para qué? Porque hay gente ahí que yo quiero hacerlos como mi Hijo. Y voy a formar su carácter en ellos, y no van a ser discípulos, van a ser talmidim. Y todo talmid, cuando ha aprendido bien, será como su maestro.
Tú tomas la vida de todos los hombres y tú ves cómo murieron, y tú te das cuenta que Cristo triunfó y los hizo a su imagen. Realmente esta gente no murió porque tenían Ph.D. en su cabeza; esta gente murió con el carácter de Cristo.
Pero no tenemos el amor de Dios. El amor de Dios es un amor dador; el nuestro, consumidor del otro, de lo que el otro pueda ofrecer. El amor de Dios es un amor sacrificado; el mío quiere que se sacrifiquen por él. El amor de Dios es paciente; nosotros somos muy impacientes. Si no han logrado amarme, hacerme sentir bien y aprobarme en tres meses, lo siento, time's up, se acabó el tiempo. El amor de Dios es un amor perdonador; el nuestro lleva cuentas. El amor de Dios es un amor tolerante; el nuestro quiere que sean tolerantes con él, pero intolerante con el otro. El amor de Dios es un amor reconciliador; el nuestro: "Bueno, él que dé el paso, y luego yo lo voy a pensar, yo voy a orar porque tengo que orar esto con Dios, vamos a ver qué Dios me dice". No tenemos el amor. Los talmidim no tenemos el amor del Maestro.
El amor de Dios es un amor que ofrece a los otros cien chances sin medida. "Pedro, tú conoces, tú eres de este hombre, de los que andaban con él". "Yo no conozco a ese hombre". "Pedro, no me digas que no, tú andabas con él". "Que no lo conozco, ¿no entiendes?" "Pero mira, este es uno de los que andaba con él". "Maldita sea, no lo conozco". Esa palabra tenía que salir. Y Cristo muere, resucita. Y Cristo dice el primer día: "Vayan a mis discípulos y a Pedro".
Yo me imagino los otros: "Se lo dije, Pedro, por eso es que lo que dice el Maestro, que vinieran y nos dijeran a nosotros, pero a ti sobre todo a ti, Pedro". Y el Maestro resucita, se encuentra con Pedro, no le dice nada. ¿Para qué? Ya Pedro había recibido la convicción. No era necesaria la confrontación. El amor del Señor no guarda recuerdo de las faltas realizadas. Ama cuando él no es amado. Es un amor tan especial que perdona cuando nadie le está pidiendo perdón.
El Señor está ahí crucificado y dice: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". ¿Cuántos de los que estaban abajo estaban pidiendo perdón? Ninguno. La enseñanza que anda por ahí que dice que nosotros no tenemos que perdonar a menos que nos pidan perdón, no es bíblica. Miremos la cruz, por Dios. Es una decisión que yo tomo, no basada en las condiciones del otro, es basada en un amor incondicional que viene de Dios y que lo pone en sus talmidim.
El amor de Dios es un amor que busca al otro cuando el otro no le busca, que insiste: un profeta, otro profeta, otro profeta, otro profeta. El Señor insiste, y cuando ya no querían ninguno de ellos, envió a mi Hijo. Es un amor que no se cansa, que no se ofende cuando el hombre no le responde, fríamente lo ignora.
Y nosotros: "Hermano, ¿cómo estaba hoy? Me da la mano". "No sé qué le pasa a la hermana, me dio la mano tan fría". "Mira el diácono, ni me saludó". Hermano, ¿tú le preguntaste a la hermana, al diácono, qué le pasaba? "No, pero él siempre me saluda efusivamente". Precisamente, hermano, ¿tú sabías que el viernes le dijeron que su esposa tiene cáncer? "Ah, no, no sabía". Hermano, habla con tu hermano, tú no conoces su condición, tú no sabes por lo que está pasando. O quizás es simplemente: "Hermano, ¿qué te pasa? Porque no... siempre me saludas, yo te vi tan frío". "Mira, anoche no dormí bien, estoy cansado, eso es todo". No tiene que ser tan grave tampoco.
Pero ¿sabes por qué no cuestionamos ni una vez? Porque yo tengo una relación con ese hermano para que me ame, para que me haga sentir bien, para que me haga sentir aprobado, y hoy su saludo no me hizo sentir bien. Ya es suficiente para yo cuestionar. Tal espacio, tal tiempo, por favor, tú no sabes lo que está en su condición. Pero la razón por la que Dios me está mandando a amar por encima de todo es porque esa clase de amor solo es posible en quienes mora su Espíritu, y en quienes su Espíritu está llenando a ese individuo.
Pero hay otra razón. Y es que Dios sabe que cuando yo comienzo a amar así, esa forma de amar de forma natural va destruyendo mi egocentrismo, mi orgullo, mi rendir cuentas, mi llevar cuentas, mi autojusticia y mis ídolos. Dios te puso aquí, hermanos, para que otros hermanos te puedan amar, y me puso a mí también para que otros hermanos me puedan amar, porque yo no puedo amar hasta que no sea amado. Y luego yo solamente puedo amar hasta el grado en que yo haya experimentado ser amado. Y ciertamente Dios puede abrazarme, pero ¿sabes qué? Dios ha decidido poner su amor en hermanos cuyos brazos yo puedo sentir físicamente. Yo soy esa persona y tú eres esa persona, y algunos saben amar más que otros.
En quinto lugar, mira la medida de comparación: "Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto." De este lado de la gloria es lo imposible, pero eso no es menos necesario y eso no es menos real. De la misma manera que la ley era perfecta, imposible de ser cumplida, no la hizo menos necesaria ni menos real. Fue necesaria, y ese estándar me es necesario. De este lado de la gloria, por eso me lo han revelado, por eso me lo están diciendo, porque ese estándar me recuerda a mí cuán lejos estoy. Ese estándar me va a ayudar a ser más humilde, más tolerante y menos juzgador, porque digo: ¿cuán lejos yo estoy de lo que Dios me está pidiendo?
Ese estándar es necesario porque me va a ayudar a entender cuánto yo dependo día a día de Cristo, de su gracia, de su perdón, cuánto yo necesito arrepentirme todos los días, la necesidad de que yo entienda que es por gracia, hermano. Decía C. S. Lewis que Dios es fácil de complacer, difícil de satisfacer. ¿Qué es lo que está tratando de decir? Bueno, si Dios me ve moviéndome en la dirección de su estándar, haciendo mi mejor esfuerzo por alcanzar su estándar, tratando de realmente vivir mi adopción, mostrar mi adopción, Él está complacido en mi imperfección. Él sabe que de este lado de la gloria yo no lo voy a alcanzar, pero Él no está satisfecho, no estará satisfecho hasta que yo cruce esa línea, yo pueda ser verdaderamente como Él y yo pueda finalmente amar completamente como Él.
Pero nuestro amor no es así. Mira otra ilustración de Lewis que yo he usado en otro momento, pero no sé quién la oyó ni cuándo, ni cómo lo dije ni en qué momento. Entonces lo vuelvo a repetir. Yo estoy casado, mi esposa se aleja y a mí me duele. Pero ¿por qué me duele? Porque yo perdí algo. Se trata de mí, todo el tiempo se trata de mí. Ahora yo tengo una relación con Dios, yo me alejo y a Dios le duele, pero porque yo perdí algo. ¿Viste la diferencia? A mí me duele cuando mi esposa se aleja porque yo perdí algo. Cuando yo me alejo de Dios, a Dios le duele porque yo he perdido algo. En otras palabras, el amor de Dios está enfocado en el amado, y a Dios le duele que el amado haya perdido algo, esté en esas condiciones.
Pero muy extraño en el día a día: tú me ofendes, a mí me duele porque se trata de mí, me has herido. Yo te ofendo y no me duele porque yo no estoy herido. Pero cuando yo llego a amar como Dios ama incondicionalmente, el día que yo te ofendo a mí me duele haberte ofendido. Pero ¿por qué pasó? Porque te amo, y precisamente he ofendido a quien amo. No venimos a nuestros cónyuges, no nos duele, no pedimos perdón, porque se trata de mí y yo no estoy herido. A Dios le duele cuando el amado está herido. Pero no somos así, pero he sido llamado a tener su carácter, a exhibir mi adopción.
Ella era una mujer en una tribu de estas de las junglas, enferma, probablemente terminal. Los hombres de la tribu la tomaron, la llevaron a un lugar solitario, la abandonaron para que se muriera. Y unos misioneros la recogieron, y un médico entre ellos la trató, la sanó, la nutrió, la recuperó, la fortaleció. Un día ya se está preguntando: "Yo no entiendo a este médico. No me conocía cuando me trajeron aquí y ha luchado tanto conmigo. No me conocía para que me amara de esa manera." Y los misioneros están trabajando con ella y presentándole ese día precisamente el evangelio. El médico no está ahí, pero le están diciendo: "Tú tienes ídolos y tú tienes que abandonar tus ídolos para abrazar a este Dios." Y ella está luchando con esa idea, ella ha vivido toda la vida amando ídolos. Y en el momento en que ella está teniendo la mayor lucha, por la puerta entra el médico. Los misioneros le dicen: "Él sigue el mismo Dios que nosotros seguimos." Y su respuesta fue: "Si ese hombre sigue a ese Dios, yo quiero seguirlo." Porque aquel médico había exhibido el carácter de Dios.
Se dice que hay cinco evangelios: el de Marcos, según San Marcos, según San Mateo, según Lucas, según Juan, y el mío. El que yo vivo, que otros leen. El evangelio según Miguel, según Pedro, según María, que otros leen. "Pastor, pero es que se me hace difícil eso. Bueno, Jesús nada más puede hacer eso."
No, mira. José, sus hermanos lo vendieron como esclavo y él fue a la cárcel, sufrió mucho. Y cuando sus hermanos vinieron, en Génesis 45:15 dice que José lloró a los once, uno por uno, y los besó. Ellos no sabían que era su hermano, pero eventualmente cuando lo supieron, ellos estaban convencidos de que su hermano se iba a vengar. Y José les dice: "No, olvídense de eso. Esto que a mí me ocurrió no estaba fuera de los propósitos de Dios. Dios quiso que fuera así, y al final esto ha sido de gran bendición." José los perdonó sin sacarles cuentas, rehusó hablar de eso.
Bueno, Oseas, que se dice que es un prototipo de Cristo. Oseas amó a su esposa, y ¿sabes cuándo la amó? Cuando estaba con otro. Fue y pagó dinero: "Yo me la llevo, es mi esposa, yo la amo." Bueno, Oseas, aquel que Dios usó para extraer la historia de Dios con su pueblo. Moisés, aquella generación que impidió que Moisés entrara a la tierra prometida, Dios quería eliminarla, eliminarlos a todos y comenzar con un nuevo pueblo a partir de Moisés. Moisés le dijo: "No, Dios, no lo hagas. Te ofrezco mi vida. Perdona a ellos y llévame a mí." Moisés amó a su generación.
Esteban, a gente que no le estaba pidiendo perdón, dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." ¿Y sabes cuándo lo dijo? Mientras las piedras caían sobre su rostro, sobre su cabeza, sobre su pecho. Él amó a los que le apedreaban. Y Jesús amó a los que le crucificaron. ¿Y sabes cuándo lo hizo? No al domingo cuando el dolor había desaparecido y la muerte vencida. Mientras Él colgaba en un madero cruzado en el Calvario.
Tú y yo no lo hacemos porque nos amamos demasiado y creemos que se trata de mí. Pero si se trata de exhibir el carácter del Dios, del Padre que me ha elegido, del Hijo que me ha redimido y del Espíritu que vive en mí, yo haré de ese amor mi meta y mi propósito, estilo de vida, mi misión. La voy a perseguir y voy a ser fiel a mis promesas. Pero si la vida es acerca de sentirme bien, sentirme aprobado, de sentirme amado, no puedo hacer eso. No hay manera. Si ya tenemos que arrepentirnos hoy, mañana, pero esta vez es hoy.
Uno, de no amar como Cristo nos ha mandado a amar. Y dos, de ser tales mis días con un carácter que si la gente se fija en nosotros para determinar cómo es nuestro Maestro, como le hicieron el primer siglo, nuestro Señor va a quedar muy malparado, lo vamos a deshonrar. Pablo no hizo eso, los apóstoles no hicieron eso. Ellos, en sus imperfecciones, supieron cómo exhibir el carácter de su Maestro.