Integridad y Sabiduria
Sermones

Amando como Cristo amó

Héctor Salcedo 9 abril, 2017

El mandamiento de amarnos unos a otros no es una sugerencia ni una idea poética: es una orden del Rey ante la cual todo discípulo debe someterse. En la noche antes de su muerte, Jesús dejó a sus seguidores esta instrucción como parte de su último discurso, sabiendo que sin él presente necesitarían saber cómo tratarse mutuamente. Lo nuevo de este mandamiento no está en la idea de amar al prójimo, que ya existía en el Antiguo Testamento, sino en el modelo y en la capacidad para vivirlo: ahora tenemos a Cristo como ejemplo y al Espíritu Santo como habilitador.

El modelo queda ilustrado en el lavado de los pies. Jesús, sabiendo que era Dios y maestro, sabiendo que en horas sería crucificado, se levantó de la mesa, tomó una toalla y lavó los pies de sus discípulos, incluyendo a Pedro que lo negaría y a Judas que lo entregaría. No reclamó a nadie por la falta de organización, no consideró la tarea indigna de su posición, no esperó un momento más conveniente. El amor cristiano sirve hacia abajo, no solo hacia arriba; sirve en momentos inoportunos; sirve incluso a quien nos es hostil.

El pastor Héctor Salcedo comparte una experiencia personal: aceptó transportar un piano profesional de 130 libras para una boda, sin imaginar las complicaciones que traería. Entre las incomodidades y sus propias quejas internas, entendió algo mientras preparaba este mensaje: el amor es complicarse la vida para descomplicar la del otro. Así amó Cristo, y ese amor sacrificado es el emblema que distingue a sus discípulos ante el mundo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a estar en el día de hoy meditando en torno a un pasaje que se ubica en Juan, el Evangelio de Juan, capítulo 13. Ahí vamos a leer dos versículos y vamos a estudiar lo que estos dos versículos implican para nosotros. Juan 13, versículos 34 y 35. Entiendo y creo que es un mensaje que complementa los últimos mensajes que tuve la oportunidad de compartir aquí, que tenía que ver con la iglesia y nosotros, el compromiso nuestro con la iglesia y cómo nosotros hemos de comprometernos con la familia de Dios que es la iglesia. En este sentido, yo creo que este mensaje que tiene que ver con el amor, como vamos a ver, es un complemento a eso.

Entonces leamos Juan 13, versículo 34 y 35. Hablando el Señor Jesús, les dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros."

Dos versículos apenas dentro de todo un discurso que el Señor Jesús dio ese día a sus discípulos. Todo este discurso se encuentra desde el capítulo 13 de Juan hasta el capítulo 17, son cuatro capítulos, y ese fue el último discurso del Señor antes de morir. Esto fue precisamente la noche del Jueves Santo. Esa noche, de hecho, un poco más adelante sería apresado y sería sometido a una serie de juicios: frente a Pilato, frente a Herodes, luego frente a Pilato de nuevo, luego de haber pasado por juicios frente a las autoridades religiosas judías.

Y por tanto son capítulos importantes porque es precisamente lo que Él dice antes de morir. Él sabía que ya iba a partir, Él sabía que no le quedaba más tiempo, y sabemos nosotros que lo que una persona dice antes de partir, antes de morir, es lo que más relevancia o énfasis él quiere poner en su vida. Y esto no es la excepción. El Señor aglutinó en estos versículos, en estos capítulos de Juan 13 al 17, y hay otros evangelios también con ello, muchas enseñanzas tremendamente importantes. Y una de ellas es la que vemos precisamente en estos versículos: del amor entre los hermanos.

Él sabía que su partida iba a implicar para sus discípulos un gran desafío, un gran reto en la manera como ellos habían de comportarse los unos con los otros. Ahora que Él no estaba presente y estaba ausente, ¿cómo iban los discípulos a resolver sus conflictos, sus problemas? ¿Cómo iban a continuar hacia adelante? Ellos necesitaban instrucción en múltiples cosas, y uno de los aspectos donde Él los instruye mucho es en el trato mutuo. Y es precisamente eso donde yo quisiera que nos concentráramos, porque esa no fue una enseñanza solamente para ellos, los discípulos inmediatos del Señor, sino para nosotros que vendríamos después.

De hecho, este gran sermón o enseñanza esa noche concluye con la oración de Juan 17, que es la oración de Cristo más larga registrada en la Biblia. Y es una oración que le hace al Padre por Él, pero también por los discípulos, y ahora por nosotros incluso, los que hemos de creer en el futuro. Por lo tanto, nos pone a nosotros dentro de esa oración, y nosotros estamos dentro de este gran discurso. Y todas las enseñanzas que ahí están son también para nosotros.

Hablando específicamente del tema del amor, fíjense la importancia que tiene este tema dentro de este sermón que el Señor Jesús da. En los primeros 13 capítulos de Juan, o sea, capítulos previos a este sermón, la palabra amor o el verbo amar es mencionada apenas 12 veces, o sea, una vez por cada capítulo más o menos. Pero en ese sermón, en cuatro capítulos, se menciona amar o el verbo amar 31 veces. O sea que en solo cuatro se menciona casi seis o siete veces más que lo que se menciona el amor en los capítulos anteriores. Obviamente hay un énfasis del Señor en este aspecto del amor.

Y obviamente del amor que Él habla, no solamente del amor entre nosotros —Él habla de eso—, sino también Él habla mucho del amor que hay entre Él y el Padre, y de Él hacia sus discípulos. El asunto es que el tema del amor es un tema importante en estos capítulos, en este mensaje final del Señor Jesús.

Y nosotros podemos deducir que Cristo estaba indicando que la fortaleza, la unidad de la iglesia, del grupo que Él dejaba, uno de los aspectos más importantes, uno de los asuntos más determinantes, era la unidad y el amor entre nosotros. Nosotros no tendremos ningún efecto en el mundo, a menos que el mundo vea que nosotros tenemos otra categoría de amor. De hecho, al final, el versículo 35, que fue el último versículo que leí, dice esto: "Conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros." O sea, ahí vemos la importancia de este tema.

Y yo quisiera entonces, a lo largo de mi mensaje, ver tres aspectos que están aquí presentes en estos dos versículos. El primer aspecto: el mandamiento de amar. "Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros." Ese es el mandamiento. Luego, el modelo de amor: "Como yo os he amado." Y en tercer lugar, el amor como emblema del cristiano: "En esto conocerán que sois mis discípulos si os amáis los unos a los otros." Esos tres elementos están aquí presentes, y yo quisiera que fuéramos, por decirlo así, desempacando todo lo que implica para nosotros.

Empezamos entonces con el mandato de amar, que está en el versículo 34: "Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros." Un nuevo mandamiento nos ha dado el Señor. Es extraña esta forma de comunicarse de parte del Señor Jesús, porque claramente el decir "yo les dejo un nuevo mandamiento" es colocarse a la par de Dios, agregando mandamientos, por así decirlo, a los mandamientos que ya ellos conocían. Y aunque esto no es un mandamiento distinto, Él se atribuye la autoridad de comandar al pueblo de Dios, a sus discípulos, como Dios lo hacía.

A diferencia de como Cristo lo hizo al principio de su ministerio, Él quiere ya que claramente ellos sepan quién Él es. Él es Dios en la carne. Él es aquel que tiene la autoridad para emitir un decreto y un mandato bajo el cual nosotros, sus discípulos, debemos colocarnos. Ya no hay aquello de "no se lo diga a nadie", "no le digan lo que ustedes han visto." Aquí hay obviamente que Él se atribuye esa autoridad que solo Dios tiene, de emitir un nuevo mandamiento ante el cual todos sus discípulos deben someterse.

Y hermanos, si hay algo que el cristiano debe entender muy tempranamente en su vida, muy tempranamente —quizás esto es uno de los aspectos más importantes del caminar cristiano—, es que nosotros somos gente bajo autoridad. El cristiano no es un espíritu libre, un rebelde sin causa. El cristiano es una persona que está supuesta a vivir bajo la autoridad del Señor. Si es que tú eres un seguidor de Jesús, si es que tú te consideras un discípulo de Jesús, si es que tú has visto en Él a tu Señor y Salvador y has puesto tu confianza en su sacrificio redentor y te consideras entonces cristiano, el cristiano se somete a la autoridad de Cristo expresada en su Palabra.

Nosotros no nos apoyamos en nuestra propia prudencia, como dice Proverbios 3:5. Nosotros confiamos de todo corazón en el Señor y somos entonces escépticos de nuestros propios juicios. Nosotros dudamos de las intenciones de nuestro corazón. Jeremías 17:9 lo dice claramente: que engañoso es el corazón más que cualquier cosa. Nosotros a veces hacemos cosas y pensamos que por una razón y es por otra, y nos engañamos a nosotros mismos. Y por ese engaño del corazón, por ese mal funcionamiento de nuestro corazón y de nuestro razonamiento, es que nosotros hemos decidido que nuestra vida ha de ser gobernada por nuestro Señor y Dios. Y entonces Él nos da un nuevo mandamiento ante el cual nosotros debemos someternos.

Yo no sé si yo debo explicarles a ustedes lo que implica un mandamiento. Les voy a explicar: un mandamiento es un mandamiento. Pongámoslo incluso en otras palabras: es un mandato, es una orden. Y me voy a extender ahí: una orden es una orden. Es que no hay manera de explicarlo. Si el Señor Jesús está diciendo "un nuevo mandamiento os doy", es porque esto es algo que no es una sugerencia. Esto no es una idea interesante, ni bonita, ni poética, ni opcional, ni una posibilidad. Es que nosotros estamos supuestos a buscar la manera de amarnos de manera visible y práctica los unos a los otros.

Esto es un mandato de nuestro Rey, de nuestro Señor, y no hay excusa para la frialdad, el desamor, el desafecto y el egocentrismo que es una tendencia natural en todos nosotros. Esto es un mandato ante el cual nosotros hemos de someternos.

Y algo interesante: Él dice que esto es un mandamiento nuevo. "Os doy", ¿cómo así nuevo? Porque antes en las Escrituras, en el Antiguo Testamento, ya el Señor, ya Dios había establecido que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Levítico 19, versículo 18 dice literalmente eso. De hecho, Jesús dice que el resumen de la ley y los profetas es: amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo, y amarás al prójimo como a ti mismo. Esto es algo conocido, ¿cómo así que es nuevo?

Bueno, hay dos aspectos, dos sentidos en el que este mandamiento de amarnos los unos a los otros es nuevo. En primer lugar, Él le dice: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado." Hay un nuevo modelo, hay un nuevo estándar. Cristo ahora, con su servicio de amor, con su entrega por nosotros, con lo que hizo entre ellos, les ha dado un nuevo entendimiento al viejo mandato de amarnos los unos a los otros. ¿Cómo así, Jesús? Miren cómo yo he vivido, miren lo que yo he hecho, miren cómo yo les sirvo, y así entonces ustedes han de amarse. Eso es nuevo.

Y en ese sentido él dice que es nuevo, pero no solamente en ese sentido de que tenemos un nuevo estándar y un nuevo modelo —y vamos a extender y ampliar eso más adelante—, sino que antes los discípulos no tenían el Espíritu Santo y la habilidad del Espíritu Santo, la habilitación del Espíritu Santo para vivir este tipo de amor. De hecho, Gálatas 5:22, Pablo dice que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paciencia, nueve manifestaciones, pero el primero de ellos es amor. Hay algo que pasa en el corazón que conoce a Cristo, que es regenerado, que es traído a la vida eterna, y es que brota un amor que antes no había.

Un amor por Dios primero. Nosotros no amamos a Dios antes de venir a Cristo, antes de que fuésemos regenerados por él, antes de que nos diese nueva vida. Fruto de su venida a nosotros, ahora hay un nuevo amor por Dios y comenzamos también a amar a los demás. Es algo que fluye de nosotros, no es perfecto, no es un amor cristalino como el de Cristo, pero hay una inclinación ahora a la misericordia, a la compasión, a la gracia, al perdón que antes no teníamos. Es muy común oír gente que se convierte e inmediatamente comienza a pedir perdón. Es algo que sin ni siquiera decírselo, comienza a buscar la reconciliación con los demás: con sus jefes, con sus padres, con sus hermanos, con sus hijos, con sus cónyuges, porque hay una nueva habilidad espiritual de amar al otro, de amar a Dios primero, de amar al otro.

Por lo tanto, este mandamiento que nosotros debemos obedecer es nuevo en el sentido de que ahora tenemos un nuevo modelo que es nuestro Señor y tenemos también una nueva capacidad. Ninguno de nosotros puede alegarle a Dios: "Es que yo no siento amor". Podemos decirlo, pero él nos dirá: "Bueno, proponte obedecer y yo te llenaré en el camino". Pero nos hemos de disponer a obedecer, porque nos ha dado la capacidad para amar. Y ese es el mandato que nosotros tenemos en este primer versículo 34: el mandato a amar.

Veamos entonces el modelo, el modelo de nuestro amor. El nuevo mandamiento de amarnos tiene la pequeña frase añadida, pero pequeña y grande a la vez: "como yo os he amado". ¡Wow, qué detalle! Nos acaban de decir qué es lo que tenemos que hacer: amarnos los unos a los otros. Y todo buen maestro de la Palabra, o de cualquier otra materia, cuando dice una cosa, lo próximo que dice es: "Déjenme explicarles cómo ustedes van a hacer eso". Jesús les acaba de decir: "Ámense". Ahora déjenme decirles cómo es que ustedes van a hacer eso: ustedes van a hacer eso como yo los he amado a ustedes. Y ahí sí la puso alta.

El llamado a amar como Cristo es un llamado imposible de cumplir, a menos que tengamos la ayuda de Dios, a menos que Dios cambie nuestro corazón, a menos que rindamos nuestras voluntades para que Dios haga su obra en nosotros. Es difícil, es imposible cumplir este mandato de amar como Cristo amó. Y de hecho, aun aquellos que sí tenemos al Señor en nuestro corazón, vivir a la altura de este mandato es un reto diario, y es difícil, y es complejo. Porque el mundo en el que vivimos, la gente que lo compone, es difícil y es complicada, es irritante. Y yo también lo soy, y yo también soy difícil, y yo también soy complicado, y yo también soy irritante para otros. Entonces el mandamiento no es que es sencillo, aunque tengamos la habilitación del Espíritu Santo.

Y yo voy a profundizar un poco más en eso: ¿cómo así como el Señor nos amó, como Cristo nos amó? ¿Cuál fue el patrón de Jesús, cuál fue el patrón de amor? Podemos hablar mucho de eso, pero es mi parecer que en este mismo capítulo 13 Jesús da el ejemplo del tipo de amor al cual él está apuntando. Y si nos vamos al primer versículo del capítulo 13, Juan 13:1, yo voy a leer ahí algunos pasajes hasta el versículo 15. No los voy a leer todos, sino solamente aquellos que me interesa enfocar.

Juan 13:1 dice lo siguiente: "Antes de la fiesta de la satisfacción, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin". Versículo 3: "Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó su manto, y tomando una toalla se la ciñó. Luego echó agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida". Versículo 12: "Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto y sentándose a la mesa otra vez les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?". Versículo 13: "Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros, porque os he dado ejemplo para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis".

Es mi entendimiento —nuestro entendimiento, no solo mío sino de múltiples comentaristas— que este versículo 15 indica que este es el ejemplo de amor al que Jesús hace referencia en el versículo 34: que como yo os he amado, amaos también ustedes. Ustedes tienen aquí, en esta misma cena, una ilustración de cómo se hace eso. Jesús es el ejemplo a seguir, y estos pasajes que tienen que ver con el lavado de los pies no solamente hablan del servicio, sino del amor que sirve al otro. Y hay múltiples enseñanzas que nosotros tenemos, que podemos extraer de este evento del lavado de los pies.

Pero antes de eso, yo no quiero suponer que todos conocen esta historia. ¿Qué es lo que está pasando en esta cena, en este evento? ¿Qué es lo que ocurre? ¿Y por qué Jesús finalmente oficia o hace este ejercicio de lavar los pies? Yo quiero revisar brevemente lo que esto implica, el momento en el que ellos se encontraban, para que podamos apreciar el mensaje que esto contiene.

Bueno, ya les dije que este es el Jueves Santo, este es el día antes de Cristo ser crucificado. El domingo, Jesús llega a Jerusalén montado en un pollino, montado en un burrito. Entra por Jerusalén y la multitud, una multitud de pobladores y de visitantes en Jerusalén, lo reciben con mantos, tendiendo mantos en su camino y tendiendo ramas en su camino. De ahí que hoy se celebra en la religión católico romana el Domingo de Ramos: es el domingo donde Cristo entra triunfantemente a la ciudad de Jerusalén. Él estuvo entonces lunes, martes y miércoles enseñando en el templo a múltiples personas y gente que venía de todos los rincones de Israel, porque era la semana de la Pascua, que es la principal fecha, la principal fiesta donde se celebra la liberación del pueblo judío de Egipto. De hecho, la Pascua, la primera Pascua cuando Moisés inició el calendario judío. Ahí ustedes tienen una idea de la importancia de esta fiesta en el calendario judío.

Y entonces Jesús, luego del miércoles, ya sabiendo que su apresamiento y posterior pasión se acercaba, se retira con sus discípulos. Les dice a Pedro y a Juan en Lucas 22 que prepararan la cena, la cena tradicional que celebraba toda familia de Israel, donde se celebra la Pascua. Y prepararan la cena en un aposento alto en la ciudad de Jerusalén. Entonces se retira con sus discípulos y tienen esta cena celebrando la Pascua. Dice en Lucas 22 que él tiene mucho deseo, ha deseado intensamente celebrar esta Pascua con ellos.

Era la última, comenzando por ahí. Ya él se iba, ya no iba a estar con ellos. En segundo lugar, esta Pascua le permitiría a él también tener estas enseñanzas finales donde él quería prepararlos a ellos para lo que vendría. Y en tercer lugar, yo creo que es lo más importante de esto, y es de ahí el deseo intenso de Jesús de cenar con sus discípulos: esta Pascua cierra la tradición judía de la Pascua de mil doscientos cincuenta años. Ellos tenían mil doscientos cincuenta años, más o menos, celebrando todos los años esta fiesta.

Lo que se celebraba una vez más era la liberación de los judíos del pueblo de Egipto. Pero específicamente, ¿qué fue lo que se celebró? Específicamente lo siguiente: Dios había estado tratando, o Moisés había estado negociando con el faraón la liberación de Israel. Y el faraón no dejaba al pueblo libre, y Dios tuvo que traer diez plagas. Todos conocemos, la mayoría conocemos la historia. Dios tuvo que traer sobre Egipto diez plagas. La última plaga, la décima plaga, era la peor de todas. Y Dios dijo, le dijo a Moisés: "Después de esta plaga, el faraón dejará ir al pueblo".

¿Y en qué consistía esa última aflicción que Dios trajo sobre la tierra? Consistía en que Dios produciría una mortandad en toda la tierra de Egipto, y todo primogénito, humano o animal, moriría esa noche. Los judíos que habitaban en la tierra de Egipto tenían entonces que tomar un cordero, un cabrito, un chivo dominicano digamos, de un año, perfecto, sin ningún tipo de defecto físico, sacrificarlo confiando en este ritual. Y con su sangre ellos iban a pintar los dinteles y las puertas, los dinteles de las ventanas y las puertas. De tal manera, le dijo Dios a Moisés, que cuando la muerte venga sobre la tierra y vea, Dios vea, esta sangre del cordero puesta sobre las puertas y los dinteles, la muerte pasaría de largo esa casa. Passover, que es la traducción en inglés de Pascua, la Pascua judía. Pasaría de largo esa casa y esa casa sería liberada de la condenación, porque confió en que la sangre del cordero que Dios instruyó los liberaría de la muerte.

Y con brazo fuerte, nos dice la Palabra, Dios liberó al pueblo judío del yugo opresor egipcio a través de esa plaga de mortandad. En el pueblo egipcio lloró la condenación, pero los judíos celebraron. Hubo una algarabía de celebración por la salvación y la misericordia y la gracia y la protección de Dios, conferida, concedida al pueblo judío por medio de la sangre de los corderos.

Sucede que mil doscientos años más adelante, Juan el Bautista, cuando ve a Jesús entrar en el Jordán, dice: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".

Es entonces Cristo, es la sangre de Cristo. Cuando yo pongo mi fe en que su sangre me limpia de pecado y que su sangre cubre mis pecados, cuando yo hago ese acto, esa transacción espiritual donde yo confío en su sangre para mi redención, él me confiere entonces la protección de que la ira de Dios sobre el pecado me pasará de largo. No recibiré la mortalidad espiritual porque Dios me protegió por la sangre del Cordero Jesús. Esa es la razón por la que Pablo literalmente dice en 1 Corintios 5:6: Cristo es nuestra satisfacción. La Semana Santa no es nada más y nada menos que la celebración de la Pascua judía cristianizada.

Pero lo que nosotros celebramos, hermanos, no son las procesiones, no son los rituales, no es la ceniza, no es el ramo. Todos esos símbolos pueden tener su lugar, pero lo que nosotros celebramos es que cuando mi fe está puesta en el sacrificio de la sangre, en el sacrificio redentor de Jesús, en la sangre del Cordero, la condenación de Dios me pasa de largo. Yo soy salvado, protegido de la justa ira de Dios contra el pecado. A Dios la gloria por su salvación, por su redención. Amén.

Y Jesús dice: "He deseado intensamente celebrar esta Pascua con vosotros." Es la última, tengo cosas que decirles, pero también se corona este simbolismo: ya yo soy la Pascua de ustedes. Y requería mucho esmero preparar la Pascua. Juan y Pedro fueron delegados en Lucas 22 a preparar la Pascua. La cena necesitaba cuatro copas de vino en diferentes momentos, necesitaban especias amargas que recordaban el pecado y de dónde Dios nos sacó. Había mucho simbolismo y Juan y Pedro prepararon eso.

Pero en un momento dado nos dice Juan 13:14 que estaban cenando y de repente el Señor Jesús se pone de pie. Normalmente ellos comían tendidos en el piso, no había mesas con sillas, sino era una mesa bajita donde la gente se acostaba de lado o se sentaba en cuclillas. Y Jesús se pone de pie, toma una toalla, llena una vasija de agua y comienza a lavar los pies de los discípulos.

¿Por qué hace esto? ¿Qué tiene que ver este gesto con esta celebración? Bueno, era normal, era común, que cuando yo tenía gente invitada a mi casa, le limpiara los pies, le lavara los pies como un gesto de hospitalidad. Normalmente se contrataba a un siervo, un muchachón diríamos nosotros, un siervo de baja categoría, para hacer esta tarea que no tenía ningún requerimiento especial. Simplemente, y obviamente, era refrescar al invitado al llegar a la casa. Y era normal porque Israel era una tierra muy seca, había mucho polvo, la gente caminaba con sandalias abiertas.

Y cuando uno llegaba a una casa, es muy bueno que le limpien los pies. Aún de hecho lo puede sentir: cuando uno a veces está medio cansado, uno no se quiere medio bañar, uno se lava los pies, uno siente que está bañado. Se lava los pies y las manos y se siente como fresquecito. Cuando uno tiene calor en la noche, uno saca el pie también. El pie tiene una función como que, si el pie es bien cuidado y tratado, genera esa sensación de bienestar. El asunto es que era común en la época y era una tarea para el más bajo de los servidores, de los siervos, de los esclavos.

Jesús, sin decir nada, comienza entonces a lavar los pies de sus discípulos. A los organizadores de la escena se les pasó esto, y Jesús entonces sorprende a todos. Yo imagino la gente sorprendida. De hecho, Pedro le dice: "No, Admitido, no me va a lavar los pies." O sea, Pedro se resistió porque era inconcebible ver a su maestro, a su rabí, lavarle los pies a él. Y Jesús, en vez de demandar de los organizadores o de demandarle a los demás que alguien lavara los pies, lo que hizo fue modelar con una actitud humilde lo que ellos debían hacer mutuamente. Él decide entonces amar de manera práctica a estos hombres.

Hay algunas enseñanzas aquí que tienen que ver con el servicio, por eso es que tienen que ver con el amor. Tiene que ver con el amor, cómo Él decide, Él opta por doblegarse a sí mismo y conceder y servir a estos hombres. Y lo primero que vemos en esta enseñanza del amor y del servicio de nuestro Señor, porque acuérdense que es como Él que estamos supuestos a amar, Él es el modelo de amor, es que en el versículo 13-14 se nos dice: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies..." O sea, Él está consciente de que Él es el Señor y Él es el Maestro. Y esto no es una mera declaración. Jesús dice: "Yo soy el Señor." En griego es Kurios, es "yo soy Dios," casi por lo que digo, y el Maestro de ustedes. "Yo, si yo lo hice, pues ustedes están supuestos a hacerlo también."

El amor y el servicio, hermanos, no tienen que ver con mi categoría, con mi nivel en la escala jerárquica de una iglesia o de una familia o de una empresa. El cristiano ama sin tener en cuenta lo que él es. Ama porque el otro necesita. Sirve porque el otro necesita que se le sirva. Jesús no tuvo en cuenta que Él era Dios y que Él era el Maestro. Sencillamente lo puso a un lado e hizo lo que el otro necesitaba que Él hiciera para complacer, para agradar, para amar al otro, para acomodar al otro.

El servicio cristiano y el amor cristiano sirven hacia abajo, hermanos. Es muy fácil, y para muchos de nosotros es mucho más fácil, servir hacia arriba. Servimos a nuestros jefes, servimos a nuestros superiores, a nuestro pastor. Hacia arriba a veces nos relacionamos muy bien. Pero cuando se trata de servir hacia abajo, hermanos, hacia el que menos tiene, hacia el que no me puede corresponder el favor, hacia el que no me puede regalar lo que yo le regalo a él porque no tiene los recursos, ahí tenemos problemas. El problema para hacer ese servicio y amar de esa manera. El amor de Cristo no considera el estatus personal para servir y amar al otro. Eso es lo primero que nosotros aprendemos.

Pero el amor de Cristo también, hermanos, tampoco considera si la tarea que necesita ser hecha es importante o no. O sea, Él ya era el Maestro de esta gente. Él estaba haciendo una función, un rol de maestro. Pero Él deja el rol de maestro y toma el rol del más bajo de los siervos para servir al otro. O sea que el amor cristiano sirve al otro sin considerar el estatus y sin considerar que lo que se exige hacer es algo menor, pequeño, sin importancia aparentemente. Y Él condescendió a estos hombres.

Estos dos principios, y hay otros dos más, pero estos dos principios tienen y deben tener en nosotros una connotación especial. Y es porque yo los estoy tratando de aplicar a la vida, pero pensemos en Cristo. O sea, cuando el Señor Jesús decide hacer esto, decide no considerar su rango y no considerar la tarea como importante, sino que sencillamente hizo lo que había que hacer, tiene mucho más brillo en el caso del Señor porque estamos hablando de Dios. Es que Cristo es Dios. Es que Dios condescendió, se humilló hasta lo sumo, dice la Palabra, para nuestro beneficio, para que nos sintiéramos amados, para amarnos. Y eso lo vemos aquí en este caso.

Pero no solamente eso, sino que el amor de Cristo confronta la falta del otro de manera paciente y con gracia. Jesús no reprendió a Juan y a Pedro. Jesús no reprendió al resto de los que estaban ahí por no hacer lo que Él estaba haciendo. Jesús sencillamente hizo lo que había que hacer con humildad, con paciencia. Cuando Pedro se niega, Él lo corrige con paciencia: "Pedro, si tú no te dejas lavar, no vas a tener parte conmigo." Vemos un carácter totalmente rendido para el beneficio de los demás, para servir a los demás.

Y por último, Él sirvió y amó de manera incondicional. Le lavó los pies a Pedro, que lo va a negar. Le lavó los pies a Judas, que lo va a entregar. Y el amor cristiano nos va a llevar en momentos de nuestra vida a servir a aquel que nos es hostil. Bueno, solo dijo Jesús en su Sermón del Monte que amemos a nuestros enemigos. Cualquiera ama al que le ama. Yo amo al que me ama, aparentemente. ¿Será eso realmente amor, amar solamente al que me ama? Bueno, es un tipo de amor imperfecto, caído, egoísta. Pero este amor está en otra categoría. Es que Cristo amó al que le fue hostil. Cristo amó a su enemigo. ¿Cómo yo puedo mostrar gracia y favor y conceder y amar y servir a otro que me es hostil, como lo hizo con Judas? Obviamente tenemos que pedir la ayuda del Señor para esto.

¿Cómo hubiésemos nosotros respondido a esta situación? Si nosotros hubiésemos estado ahí y nos damos cuenta de que nadie lava los pies, bueno, lo primero que hubiésemos comenzado a pensar es eso: "Oye, por aquí nadie lava los pies. Aquí nadie se va a dignar en lavarle los pies a nadie más. Esto es increíble. No, es que si uno no hace las cosas, nadie las hace. Uno tiene que hacerlo todo. La gente no piensa. La gente, la verdad, que la gente no piensa en el otro. La gente, la gente, la gente."

"Oye, Pedro y Juan, yo les mandé a preparar una cena. Esto tiene mil años haciéndose así. ¿Ustedes no tuvieron la decencia de lavarle los pies a uno?" No, Él no hace nada de eso.

"Bueno, pues me voy a parar yo a lavar los pies, porque si nadie lo hace, me voy a parar yo." Y comienza a lavar los pies y comienza con Pedro. Digo, no, no, Pedro y Juan, a ustedes no, porque ustedes estaban supuestos a preparar esto y miren el desastre que han hecho. Voy donde Jacobo. Jacobo tiene dos o tres minutos que estaba hablando de quién iba a ser el primero en el reino junto con su hermano Juan, que quién va a tener la derecha y quién va a tener la izquierda. No, yo no te voy a lavar los pies a ti. Que si te lo hago, te hago un daño. Déjame lavarle los pies a Judas. ¿Judas? Judas, tú estás loco. Tú, traidor, tú vas a salir en unos minutos a entregarme. Tomás, Tomás no creía nada. Era un escéptico. No creía en Cristo, no creía nada. "Hasta que yo no vea, no creo." No, no, no, a ti no te voy a lavar los pies, por escéptico, por incrédulo. Y así termina el cuadro: nadie es servido. Yo me termino irritando y nadie es servido.

Y esto parece, yo también me río cuando pienso en estas realidades, pero hermanos, estas son las cosas que llegan a nuestra mente cuando estamos en el momento donde nadie sirve. Y yo, en vez de servir de manera desinteresada, sin tomar en cuenta el estatus, sin tomar en cuenta el tamaño de la tarea, y servir de manera graciosa, no cómica, graciosa, con gracia, me debato con estas luchas.

Por ahí hay algo más aquí que está implícito, y es lo siguiente, que le da todavía mayor brillo al gesto de Jesús. El versículo 1 me dice lo siguiente: "Sabiendo Jesús que su hora había llegado." Sabiendo Jesús que su hora había llegado. ¿Saben qué hora es esa? La hora de su muerte. Jesús va a ser en unas horas matado, crucificado de la manera más cruel posible. Pero no solamente eso. En el versículo 21 Él dice, habiendo dicho Jesús esto, se angustió en espíritu. Jesús estaba afligido, angustiado. Sentía la carga de lo que venía.

En momentos así, cuando tú y yo estamos necesitados de apoyo, nosotros no tenemos en cuenta lo que los otros necesitan. O sea que Jesús, en medio de su angustia, de su dolor, sabiendo que Él va a morir en unas horas, Él está lavando los pies a estos ingratos. Este es el amor de nuestro Señor. Este es el amor de Jesús. El amor al que debemos aspirar y que es difícil vivir, estamos de acuerdo. Parece el amor al que debemos aspirar.

Esta tarea resultó tremendamente inoportuna para Jesús. Jesús pudo decir perfectamente: "Yo no puedo pensar en eso. Yo tengo demasiados problemas ahora. Mi hora ha llegado. En unas horas vienen y me van a apresar, me van a juzgar." Resultó muy inoportuna, pero aun así Él sirvió. Y el amor va a implicar que yo tenga que hacer cosas en favor de los demás en momentos inoportunos para mí. Eso es amor. Lo otro es conveniencia.

Pero no solamente eso, sino que la tarea, además de inoportuna, era incómoda. Había que ponerse una toalla, había que disponerse a agacharse, limpiarlos. Eran pies sucios. Sabe Dios lo que había en esos pies. Imagínense gente que estaba caminando en la calle. En esa época no se recogía la basura. No había Manitú Limpia, nada de eso. Era complicado, era incómodo. Y esto es lo que conlleva amar como Cristo. Es que tenemos que salir de nuestros esquemas y de nuestras comodidades y de los momentos propicios para que yo sirva, y comenzar a pensar que el amor no es así. El amor no se comporta de esa manera. No piensa en sí mismo, el beneficio personal. Busca el bien del otro, la necesidad del otro, atender la necesidad del otro, independientemente de cuándo ocurra eso en mi vida.

Y más aún, más importante aún, es que nosotros sabemos, y eso no es el enfoque de mi mensaje hoy, pero nosotros sabemos que ese gesto de Jesús de lavarles los pies simbolizaba su sacrificio por nosotros. Su humillación hasta el más bajo de los siervos en beneficio de nuestra limpieza. Él está representando aquí su sacrificio en la cruz. El amor de Jesús fue hasta la cruz. Y nosotros tenemos que amarnos los unos a los otros como yo os he amado. O sea que sí, el amor va a ser sacrificado. El amor debe ser sacrificado. Así va a ser el tipo de amor que Cristo tuvo por nosotros.

Amar resulta a veces incómodo, sacrificado, y a veces los gestos de amor son en momentos inoportunos, pero eso es el amor tipo Cristo. De eso se trata amar.

Recientemente, yo tuve una experiencia donde Dios me mostró claramente muchas de estas cosas que estamos discutiendo, de estos detalles prácticos de cómo uno ama. Quería compartirlo con ustedes. Hace unas dos o tres semanas, nosotros fuimos a Jarabacoa, mi esposa y yo, a casar una pareja de la iglesia que se casaba en un complejo allá. Era el viernes en la noche. El jueves en la noche me llama un hermano querido de aquí de nuestra iglesia, que quizás lo diga al final, pero no lo dije en el primer culto, aunque dije que iba a decir el nombre. Él no tiene problema, pero quiero mantenerlo en el anonimato para que no nos entretengamos con el nombre y fulano, sino que escuchemos la historia primero.

Entonces me dice: "Eh, chacho, ustedes van para la boda mañana". Digo yo: "Sí, sí, nosotros la casamos". "Bueno, te estaba llamando para ver si me puedo ir contigo". Yo: "Sí, sí, está bien". "Bueno, también me tengo que llevar un piano", me dice. Yo: "Sí, sí, está bien, no hay problema".

Cuando yo colgué, desde ese momento comenzó una lucha dentro de mí con mis inclinaciones egoístas y el servicio a este hermano, porque esa semana había sido muy difícil para mí. Yo tenía realmente para hacerlo, él no tenía una situación difícil, yo tenía situación difícil. Y yo le dije a Charla: "Yo no me quiero ir todo el camino hablando con fulano, porque es que..." Yo soy introvertido, aunque yo predico, pero yo soy una persona introvertida, me gusta la soledad. Y le digo a Charla: "Mira, yo no quisiera irme con fulano, porque ese día ahí hay que hablar, y tú sabes que yo estoy... yo me siento mal". Y mi esposa me ayudó, entonces le conseguimos otra persona que lo llevara. Pero él me llamó y me dijo: "Pero usted se puede llevar el piano, pastor". Yo: "Sí, sí, yo me lo llevo". "Bueno, pues entonces pase a buscarlo por la iglesia mañana, que yo lo voy a dejar allá", porque hay que buscar el piano. "Entonces sí, está bien, déjamelo ahí que yo lo paso a buscar".

Bueno, yo llegué al otro día al mediodía, llego aquí a la parte de atrás, busco uno de los muchachos que trabaja con nosotros, se llama Michel. Digo: "Michel, vine a buscar el piano que dejaron aquí". Entonces Michel llama a otro: "Fulano, vamos a desmontar el piano". Digo yo: "¿Qué piano es este, qué de gente?" O sea, yo pensaba que era una cosita. Entonces pues viene Michel con el otro, una cosa, señores, de este año, de como dos metros de largo, un case con unos bordes de hierro, era un piano profesional, una cosa que... Yo le dije a Charla: "Pero... pero tú, es una camioneta que se necesita para llevar esto". Ustedes están riendo, pero yo estoy... Ahora las risas, pero yo estaba dentro de mí... Yo estaba dentro de mí, pero aquí, pues aquí se les ocurre mandar un piano de este tamaño en un vehículo de lujo.

O sea, entonces viene Michel, y entre el piano lo empujan, y ya cuando yo me desmonté, ya yo me di cuenta, ya pelaron la cosa. Le digo a Charla: "Mira, mira eso. Por eso es que no se puede, no se puede, o sea, la gente no tiene un concepto de cuidado y de un criterio". Bueno, pues todo el viaje así, porque si el piano golpea... o sea, si el piano golpea los plásticos, me va a romper la guagua. Pesaba 130 libras, para honestamente no exagerar, 130 libras. Y si el piano golpea, entonces me voy al pasito. En Jarabacoa, subiendo al pasito, llegamos allá.

Bueno, llegamos allá, que desmonte el piano, no aparece nadie para desmontar el piano. Conseguimos una gente, le digo yo: "Mire, mire, mire, mire, espere, espere, espere, espere, déjame decirle, eso hay que soliviántarlo para uno sacarlo, hay que cargarlo, no se puede arrastrar porque va a pelar el plástico". Y entonces el hermano me decía: "Chacho, perdóname, perdóname, perdóname". Yo callado. Y Charla le decía: "No te preocupes, no te preocupes". Y desmontamos el piano, y fuimos a la boda, los casé, luego vamos a la recepción, el piano estaba ahí.

Y pasa la noche, pasa la noche, el piano no lo usan. Entonces le digo yo a Charla: "O sea que yo traje el piano de balde, de fuego. O sea, yo traje el piano para nada". Al final de la noche, el novio le cantó una canción a la novia, y entonces ahí se tocó el piano. Y ya. Y digo yo: "O sea, para una canción, para una canción traje muerto, traje muerto este piano".

Seguimos, estamos cenando, digo yo: "Bueno, Charla, ¿tú has oído algo de quién se va a llevar el piano de vuelta? Porque esto... o sea, yo no me voy a llevar ese piano otra vez". De momento, bien, el hermano que me pidió que le hiciera el favor, bien, me ha tardado, y si no dice: "Pastor, ¿usted cree que usted pueda devolverse con el piano?" Digo yo: "Sí, sí, claro. Claro, claro, claro. ¿Cómo no?" Entonces, eh, y pasó, y lo fulano, más me bajó un dedo.

Ese día yo me enteré que una hermana que estaba ahí, que venía el otro día, había ido con una camioneta. Le dije a Charla: "Mira, habla con fulana, vamos a hablar con fulana, porque ese piano yo luego lo mando en la camioneta". Y al otro día yo salí a media mañana a comprar una lona, a comprar soga, y hablamos con la hermana, y la hermana con mucho gusto pues pasó por allá. Pasó muy tarde, íbamos a comer como a la una, pero ya llegó como a las dos y media, o sea, esperando para montar el piano, ahí dando vueltas en el hotel, que no llegaba, que llegaba. Llegó.

Yo duré, hermanos, sin exagerar, una hora, una hora, 60 minutos subiendo y amansando el piano, porque cuando lo monté, no cabía. El piano salía de la cama, quedaba así como si fuera encampanado hacia atrás, y dije: "Bueno, ahí se va el piano". Lo amarré con unos cables, le digo a la hermana: "Nada, vete con el piano ese".

A todo esto, el hermano de nosotros que nos dijo que trajéramos y lleváramos el piano, está muy quitado de bulla, no se ha enterado de todo lo que está pasando con el bendito piano. En la noche, cuando estamos cenando, Charla y yo, me llama la hermana que ya llegó aquí a Santo Domingo, aquí a la iglesia. Me dice: "Chacho, aquí no hay nadie, ¿para qué dejo el piano?" Yo: "Déjalo ahí, ahí tiene que haber gente, tú déjalo ahí primero que aparezca".

Pero antes de eso, yo estoy preparando un mensaje que yo voy a dar al otro día en una iglesia, y entonces el mensaje se llama "Amándoos los unos a los otros". Y entonces yo voy saliendo de la habitación y fue como una especie de... yo no vi nada, pero fue como una revelación, así todo de repente, como que yo vi todo. Yo dije: "Charla, entendí lo del piano". "Sí, Señor, sea el amor". Es complicación en favor del otro. Y si yo voy a amar, y si yo voy a amar de la manera que Cristo amó, yo tengo que estar dispuesto a complicar mi vida por las cosas del otro.

El amor definido en términos de mi historia del piano, el amor yo lo entendí como mi complicación para descomplicar a otro. Eso es el amor. Y eso lo podemos ver en múltiples relaciones en nuestra vida, con nuestros cónyuges, hijos, padres y hermanos de la iglesia. Si nosotros no estamos dispuestos a sufrir las incomodidades de servir a los demás, nosotros no estamos amando como Cristo amó a la iglesia.

Lo grande es, hermanos, que si hubo alguien que se complicó la vida por nosotros fue Cristo. Filipenses 2 dice precisamente eso, que Él existía en forma de Dios y no lo consideró como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y de ahí fue a la cruz. Cristo se complicó la vida al extremo para descomplicarnos. Porque por su complicación yo tengo vida eterna.

Entonces cada vez que yo amo de esa manera, cada vez que yo he decidido complicarme la vida de manera graciosa, o sea, con gracia y sin problema, por el beneficio del otro, yo estoy ilustrando lo que Cristo hizo por mí. Es una ilustración del Evangelio en mi vida. Y entonces amar a otros va a implicar esta complicación, porque así fue que Cristo nos amó.

Lo del piano es un disparate. A mí me da... yo me debatía. Yo sabía que tenía que compartirlo, pero es una historia vergonzosa. Es una historia vergonzosa compartir eso. Porque ahí estoy yo, yo me decepcioné a mí mismo. En un rayahito, en el plástico de la guagua y el peso para cargar un piano, o sea, y no pensar en lo hermoso que fue tener esa pieza tocada. Debió ser más, más de una pieza. Pero se vio... sí, al menos un repertorio, una cosa como que hiciera más sentido, pero nada. Me hubiese ayudado.

Pero entonces, hermanos, ese es el amor de Cristo por nosotros. Él se complicó la vida. Y ese es el emblema del cristiano. Eso es lo que dice el versículo 35. El versículo 35 dice: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros". Ese es tu emblema y mi emblema. El amor sacrificado en favor del otro, del hermano, ese es el amor que distingue. Es el sello distintivo del cristiano. No es si yo vengo a la iglesia, si tengo 10 años leyendo la Biblia, si nací en una familia cristiana, no es nada de eso, si tengo una formación teológica. Tiene que ver con cuánto yo estoy dispuesto a entregar en beneficio del otro. Eso es lo que Cristo dice: en esto conocerán.

Y si no existe esa disposición, si no existe en mí la más mínima disposición de amar de esa forma, si cada vez que yo tengo la oportunidad de sacrificarme por el otro yo no lo quiero hacer y me resisto a hacerlo y me irrito porque tengo que hacerlo, posiblemente eso es una indicación de que yo ni siquiera soy cristiano, ni siquiera he nacido de nuevo.

Juan lo dice en estos términos. Primera de Juan 3:14, no el evangelio sino la carta, dice: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte".

Si en mí no hay un atisbo de amor de este tipo, un amor sacrificado, y lo único que existe es un afecto por aquellos que tienen afecto por mí, y yo quiero servir a aquellos que me sirven a mí, y a aquellos que me pueden devolver el favor a mí, y yo sirvo si soy servido a la vez, si yo tengo ese amor, eso es un amor absolutamente humano de este mundo. Esa no es la categoría de amor que distingue a un creyente. Y es un buen diagnóstico para yo decir: "Bueno, quizás mi alma no ha sido regenerada, quizás yo no he nacido de nuevo."

Yo debo arrepentirme, pedirle perdón al Señor y decirle: "Señor, hazme, permíteme amar como tú me amas a mí, como tú amaste." O quizás estoy en la fe, siento alguna inclinación de ese amor, pero lucho demasiado, mi ego es demasiado grande, todavía mi amor por mí es mucho más grande que el amor por Dios y por los demás.

Y Juan dice que eso puede pasar. En 1 Juan 4:7 te dice: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor." Tu grado de amor indica tu grado de conocimiento de Dios. Mientras más tú conoces a Dios, más tú amas a Dios, o más tú amas a Dios y amas a los demás también, porque el conocer a Dios nos transforma, nos cambia. De manera que el conocer a Dios, el pasar tiempo con Dios, hace que yo me parezca a Él, porque Él es amor.

Entonces, el vivir este mandamiento que Cristo nos instruye, nos manda, nos ordena, Él nos está mandando también a depender cada vez más de Dios, a conocer cada vez más a Dios. Ese mandamiento se puede vivir si nosotros permanecemos unidos a Dios, buscando de Dios, rendidos a Dios, y entonces fluirá de nosotros como el fruto del Espíritu. El amor es parte del fruto del Espíritu.

Entonces, hermanos, estas palabras del Señor Jesús en Jueves Santo son un recordatorio para nosotros de lo mucho que hemos sido amados, y entonces, en consecuencia, cómo nosotros debemos actuar, responder y amar al otro. Es difícil, es complicado, el amor es caro, es caro, costoso, pero trae mucho gozo también cuando lo vivimos. Que el Señor sea con nosotros.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.