Integridad y Sabiduria
Sermones

Amando a Dios, amando al hermano (parte 1)

Miguel Núñez 25 mayo, 2014

Toda la ley y los profetas cuelgan de dos mandamientos que en realidad son uno solo, como las dos caras de una misma moneda. Cuando un escriba preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más importante, recibió una respuesta que contiene la raíz de toda la vida cristiana: amar a Dios con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. La palabra griega traducida como "con" implica también procedencia, de modo que el amor a Dios debe salir de cada fibra del ser interior, sin que quede nada que no lo ame de manera absoluta.

Amar a Dios con todo el corazón significa deleitarse en lo que deleita su corazón y llorar con lo que le hace llorar. Si Dios ama su palabra, su iglesia, su pueblo y su causa, quien lo ama también amará esas cosas. La mejor evidencia de ese amor, según las propias palabras de Cristo, no es cuántas veces damos gracias sino cuántas veces obedecemos de corazón. Amar con toda la mente requiere sumergirla en la revelación de Dios, impedir que sea moldeada por los patrones del mundo y tenerla preparada para la acción. Amar con todas las fuerzas habla de intensidad y esfuerzo, no porque el esfuerzo gane méritos, sino porque es la respuesta natural a lo que Dios entregó en la cruz.

Cuando este amor se da genuinamente, amar al hermano como a uno mismo fluye de manera natural, no forzada. Los dos mandamientos coexisten inseparablemente: el primero presupone el segundo y el segundo solo es posible cuando el primero ya ocurrió en el corazón.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Muy bien! Vamos a dar comienzo. Creados para vivir en Su presencia.

En el texto que estamos a punto de leer, hay básicamente dos preguntas. Una tiene que ver con la resurrección y la otra tiene que ver con cuál es el mandamiento más importante, de mayor envergadura. La primera pregunta la trae un saduceo, que no cree en la resurrección. La segunda pregunta la trae un escriba o un experto de la ley. En la primera hay una trampa; es una pregunta que la trae alguien acerca de un tema en el que él no cree, pero él piensa que puede con su sabiduría o su astucia poner a Cristo en una posición donde Él no pueda responder y probar la irracionalidad de la resurrección.

La segunda pregunta, como mencioné, es traída por un escriba, pero por la respuesta que el escriba da —o mejor dicho, por la introducción que el escriba hace a la pregunta que le formula a Cristo, por la manera como él termina afirmando lo que Cristo dice, y por la forma en que Cristo le responde al interrogador— parece que esta segunda pregunta era bien intencionada, de alguien que realmente quería saber.

Y con eso, yo quisiera que pudiéramos leer todos juntos un texto que parece largo, pero que tiene conexión, porque es un momento en el que Cristo está bajo escrutinio. Versículo 18, Marcos 12:

"Y algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, se le acercaron y le preguntaban, diciendo: Maestro, Moisés nos dejó escrito que si el hermano de alguno muere y deja mujer y no deja hijo, que su hermano tome la mujer y levante descendencia a su hermano. Hubo siete hermanos, y el primero tomó esposa y murió sin dejar descendencia. El segundo la tomó y murió sin dejar descendencia, y asimismo el tercero. Y así los siete, sin dejar descendencia. Y por último murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten —resurrección en la que ellos no creen—, ¿de cuál de ellos será mujer, pues los siete la tuvieron por mujer? Jesús les dijo: ¿No es esta la razón por la que estáis equivocados, que no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios? Porque cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles en los cielos. En cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje sobre la zarza ardiendo, cómo Dios le habló diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Vosotros estáis muy equivocados."

"Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutiendo, y reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Jesús respondió: El más importante es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos. Y el escriba le dijo: Muy bien, Maestro, con verdad has dicho que Él es uno y no hay otro además de Él, y que amarle con todo el corazón, y con todo el entendimiento, y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y los sacrificios. Viendo Jesús que él había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y después de esto, nadie se aventuraba a hacerle más preguntas."

Aquí está nuestro Señor otra vez bajo escrutinio, bajo una prueba, donde alguien se ha acercado contando con su astucia para atraparlo en algo que Él no pueda responder. Y aquellos que se acercaban siempre presumían que la astucia de ellos podía superar la sabiduría de Cristo al responder. Pero otra vez, Jesús muestra Su sabiduría y Su entendimiento.

Ya Él ha lidiado en una ocasión anterior con fariseos; ese es el primer grupo. Ahora hay un segundo grupo representado por este saduceo. Ellos no creen en la resurrección. Este es un grupo especial en el sentido de que pertenecían a la aristocracia del momento, a la clase adinerada. No tenemos muchos detalles, pero algunas cosas Josefo, el historiador judío, nos cuenta acerca de ellos. La Palabra misma no nos dice gran cosa acerca de ellos; su nombre es mencionado 14 veces en el Nuevo Testamento, comparado con los fariseos, que es mencionado más de 100 veces. No está completamente claro cuándo este grupo surge exactamente, pero estos dos grupos, fariseos y saduceos, probablemente surgen alrededor del mismo tiempo, en el segundo siglo antes de Cristo, 150 o 200 años antes, en el período intertestamentario.

Como yo mencioné, era un grupo aristocrático, que tenía ciertas relaciones con los sacerdotes y con el poder político también. Se habían aprendido a codear; pertenecían a la clase urbana. No estaban tanto en las provincias, en Galilea, Jericó y esas otras ciudades o pueblos, sino en Jerusalén. Después de la destrucción del templo en el año 70, los saduceos desaparecen del mapa. No se sabe exactamente qué pasó con ellos. Se consideraba a los saduceos relacionados a la administración de ese templo que fue destruido.

Los fariseos, por otro lado, eran un grupo más conocido, más relacionado al día a día de la gente. Eran los maestros de la ley, tanto la ley de Dios como de la tradición oral, a la que ellos prestaban mucha atención. Por eso los grupos tenían grandes diferencias teológicas. Los saduceos, para comenzar de donde se deriva toda la deficiencia teológica que ellos tenían, solamente creían en los cinco libros de Moisés, en el Pentateuco. De manera que cualquier cosa revelada fuera del Pentateuco ellos no la podían creer, y ese es el caso con la resurrección. No hay manera de poder ver la resurrección en el Pentateuco, y la resurrección, aun en todo el Antiguo Testamento, no está tan clara. Pero tampoco creían en los ángeles, tampoco creían en los demonios, no creían en los milagros; cosas en las que los fariseos sí creían. Los fariseos del primer siglo creían que habría una resurrección. De hecho, la Mishná habla de que aquel que no cree en la vida venidera no tendrá parte en ese mundo venidero. Los saduceos en aquella época pudieran ser comparados con los liberales de hoy en día.

Y esta persona ha venido tratando de atrapar a Jesús en algo que no pueda responder, y crea una historia, una historia que circuló en la tradición judía. Está recogida hoy en documentos, como si esto realmente hubiese pasado, pero no importa; el punto es que le traen una historia a Jesús para ponerlo a prueba. Le dicen: "Jesús, Moisés nos dijo que si una mujer está casada y vive con su esposo y este muere y no le deja descendencia, que su hermano debe casarse con ella para preservar la descendencia de su hermano y también preservar las propiedades de la familia." La tierra no estaba supuesta a pasar de una familia a otra en la antigüedad.

"Y resulta, Maestro, que una mujer se casó y no tuvo hijos, y entonces enviudó. Y después que enviudó se casó otra vez, y enviudó por segunda vez, y luego se casó una tercera vez, con cada uno de los hermanos que quedaban. Pero esto pasó siete veces, Maestro. Entonces, en la resurrección tenemos una pregunta: ¿de cuál de ellos siete es que ella va a ser mujer?" Ellos pensaron: "Lo atrapamos, porque no hay resurrección. Que nos cuente ahora."

Y Jesús les dice: "Ustedes tienen un problema. Ustedes tienen un dilema por dos razones: ustedes no entienden las Escrituras, ni entienden el poder de Dios." Esas dos cosas crean el dilema, el interrogante en sus mentes.

Y si nos detuviéramos ahí para aplicar ahora parte de la enseñanza, ya nosotros pudiéramos decir que eso es parte del problema muchas veces cuando nosotros nos encontramos en dilemas y preguntas que no sabemos responder, o estamos respondiendo para nosotros mismos de manera insuficiente, inadecuada, inapropiada. Y muchas veces es porque no entendemos las Escrituras ni entendemos el poder de Dios.

Muchas veces no entendemos las Escrituras quizás porque no las estamos escudriñando. La Palabra nos deja instrucciones para que manejemos la Palabra de Dios con precisión. Si no la estoy escudriñando, muchas veces no la entiendo. Otras veces la estoy estudiando, pero yo solamente estoy estudiando una parte del consejo de Dios, y esa parte del consejo de Dios que no estoy escudriñando me deja cojo y me lleva a interpretaciones incompletas. Otras veces preferimos estudiar ciertos temas y evitamos otros que no nos llaman la atención, que no nos interesan.

Y la realidad es que muchas veces aun el predicador predica de esa manera. Yo tengo una tendencia a lo opuesto: los temas que no entiendo, los temas que no he estudiado mucho, los temas que no domino también, son los que yo quisiera enseñar y predicar, porque me van a forzar a estudiarlos. Y una vez yo los puedo estudiar y comprender para explicarlos, los voy a dominar mejor, porque entiendo que si Dios los reveló, tienen tanta importancia como aquellos temas que a mí me interesan, también revelados por Dios. Pero si ambos son revelados por la misma fuente, ambos tienen entonces importancia en el mismo corazón de Dios.

A veces no entendemos las Escrituras porque preferimos leer literatura cristiana de buen contenido, pero que no puede reemplazar el estudio minucioso de Su Palabra. Otras veces no entendemos las Escrituras porque asumimos que cuando Dios obra de una manera en las Escrituras, a lo largo de todas las Escrituras y en la continuación posterior, Dios continuará obrando de la misma manera. Es como asumir que, como Cristo en una ocasión le devolvió la vista a un ciego con lodo, escupiéndole Él en la cara, que a partir de ahí yo entonces diga que Cristo siempre que sanaba le escupía a la gente en la cara. A veces no entendemos las Escrituras por esas conclusiones a las que llegamos.

Pero también Cristo dice: "Y ustedes tampoco entienden el poder de Dios."

Ustedes no entienden lo que Dios es capaz de hacer, y muchas de nuestras dudas, temores e inseguridades se deben precisamente a que en ese momento tampoco estoy entendiendo el poder de Dios, que Dios es capaz de hacer lo que para mí es completamente inimaginable. Vean, acá están las dos razones detrás de una pregunta que ellos no saben cómo responder, y muchas veces son las dos razones detrás de preguntas que nosotros tampoco sabemos cómo responder.

Cristo luego continúa entonces ayudándoles a ver un poco más allá de lo que es esta vida, una vida en la que ellos no creían: la vida futura, la vida venidera. Y en el versículo 25 les dice que ustedes no entienden porque ustedes están asumiendo que esta vida tiene continuidad con la próxima vida en las mismas dimensiones en las que tú estás viviendo, con las mismas implicaciones de la vida terrenal. De tal forma que ahora tú tienes una mujer que se casó siete veces, se supone que tuvo siete maridos en esta tierra, y tú no entiendes cómo esa mujer se va a casar o va a estar casada en la próxima vida, porque tú has asumido una continuidad en la próxima vida de todas las cosas de esta tierra en todas sus dimensiones, y tienes que aprender que no es así.

Porque en la próxima vida, cuando ellos resuciten, cuando ustedes resuciten, lo primero que van a ver es que seremos como los ángeles en el sentido de que no nos casaremos ni nos daremos en casamiento. De tal forma que las razones para el matrimonio, que es una buena idea de este lado de la eternidad, terminaron. "No es bueno que el hombre esté solo": él nunca va a estar solo en la eternidad. "Él necesita una ayuda idónea": ni él ni ella necesitará tal ayuda. "Creced y multiplicaos": no habrá necesidad de procreación porque el número de los elegidos ha sido completado. Bueno, "pero a causa de la fornicación", dice Pablo, "es bueno que el hombre encuentre mujer". Bueno, es que no va a haber fornicación e inmoralidad en el reino de los cielos, de manera que todas las razones del matrimonio, buena idea para Dios de este lado de la eternidad, terminaron. De ahí que Piper en su libro le llama al matrimonio este matrimonio temporal y momentáneo. Es temporal y es momentáneo.

"Pastor, entonces en el cielo yo no voy a amar a mi esposa o a mi esposo como yo lo amo aquí". Escúchame, en el cielo nadie va a amar a nadie más que al otro. Nadie, absolutamente nadie. Pero tú vas a amar a todos más que lo que tú amas a la persona que más amas. ¿Me entendieron? Nadie va a amar a otro más que a nadie, pero vas a amar a todos más que lo que tú amas a la persona que en este momento tú más amas.

Los saduceos realmente no estaban interesados en esa respuesta. Ellos no creían en la resurrección. Ellos creyeron haber atrapado a Jesús en una pregunta que Jesús no iba a poder responder, y Jesús les ayuda a entender que una vez tú pasas el umbral de la eternidad, muchas cosas cambian. Y el matrimonio es una de ellas.

Pero Cristo continúa en el próximo versículo, el 26, y les dice: "Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés?" Ustedes que solamente creen el Pentateuco, ustedes saben quién fue el autor del Pentateuco: Moisés. Pues, ¿no habéis leído en el autor de los libros que ustedes reconocen, Moisés, en el pasaje sobre la zarza ardiendo que ustedes tanto tienen como importante, cómo Dios le habló diciendo: "Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob"?

¿Qué es lo que Dios está tratando de transmitir en ese momento? Cristo les está diciendo: ¿Y ese "cómo Dios le habló"? "Yo soy el Dios de Abraham". Cristo no le dijo: "Yo fui el Dios de Abraham, y ya que él se murió y él no existe, está muerto, ya yo no soy su Dios". No. "Yo sigo siendo el Dios de Abraham", dice, "y de Isaac y de Jacob". ¿Por qué? Ellos siguen vivos, y yo sigo siendo su Dios. Y por eso es que Cristo dice: "Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Vosotros estáis muy equivocados". "Yo soy el Dios de Abraham", que está en la presencia de Dios ahora, y de Isaac y de Jacob.

Todas las promesas de Dios carecen de sentido y de propósito si no hay resurrección. Todas las promesas de Dios descansan en la realidad, no en la posibilidad, en la realidad de una resurrección. Un Dios sin resurrección para nosotros no es mejor que una existencia sin Dios. Eso es exactamente lo que Pablo está tratando de comunicarles a los corintios en su primera carta en el capítulo 15. Escucha cómo él se lo comunica: "Pues si los muertos no resucitan" —porque había personas creyentes en Corinto que no creían en la resurrección, que no eran saduceos tampoco— "pues si los muertos no resucitan, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es falsa, y todavía estáis en vuestros pecados. Entonces también los que han dormido en Cristo han perecido. Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos de todos los hombres los más dignos de lástima".

Si nosotros hemos estado esperando, pero al final de la espera nos encontramos con que solamente esperamos para esta vida, nosotros somos más dignos de lástima que el incrédulo. Porque el incrédulo por lo menos ha estado celebrando su vida, no ha estado esperando nada, celebró su vida, y cuando terminó, se encontró con el mismo panorama que nosotros que estábamos esperando, pero al final no recibimos nada. Seríamos más dignos de lástima que todos los hombres. Pero la realidad es que la resurrección es real.

Se silencian los saduceos. Hay un escriba alrededor que estaba escuchando, y él asiente, dice: "Bien, has respondido, has respondido sabiamente". Ya tratamos con la primera pregunta. La segunda pregunta es la que le da título a mi mensaje, pero para llegar a la segunda tenía que pasar por la primera. La segunda pregunta es donde está el meollo del asunto, por así decirlo. De hecho, la segunda pregunta contiene la raíz de toda la fe cristiana, de la vida cristiana que Dios quiere que tú vivieras.

Y la hace un escriba, experto en la ley. Es un escriba que cuando comienza hablando, en el versículo 28, dice: "Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir, y reconociendo que les había contestado bien..." El escriba reconoció la sabiduría de Jesús. Reconociendo eso, le preguntó: "¿Cuál mandamiento es el más importante de todos?"

En la época de Jesús, los judíos del primer siglo literalmente estaban interesados en conocer cuál era el mandamiento más importante, el mayor, el más pesado, entre los 613 mandamientos que ellos habían estipulado que la ley de Moisés tenía. Ellos tenían 365 prohibiciones y tenían 248 mandamientos positivos. Prohibiciones: no hagas esto, no hagas aquello, no toques, no comas. Y 248 mandamientos positivos: haz esto, haz aquello. Eso suma 613. De ese grupo de mandamientos, ellos estaban interesados en conocer cuál era el más importante, y hablaban incluso de los mandamientos más pesados y los mandamientos menos pesados o más ligeros.

Y eso es algo que aun Cristo mismo reconoció: la existencia de esos dos grupos de mandamientos. Si tú recuerdas las palabras de Mateo 23:23, cuando Cristo confronta precisamente a los fariseos y a los escribas, les dice: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley". Habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Y estas son las cosas que debíais haber hecho sin descuidar aquellas. Debíais haber prestado atención a los preceptos más pesados y no debíais haber descuidado aquellos que son importantes también, pero son de menor cuantía o de menor peso.

De hecho, en la literatura rabínica, más que en la literatura a la que nosotros estamos acostumbrados, hay una explicación acerca de lo que está relacionado con esto, acerca de lo que implicaba el yugo. Cuando Cristo dice: "Venid a mí todos los que estáis cargados y cansados, y yo os haré descansar, porque mi carga es ligera, mi yugo es liviano". En esa época los rabinos tenían una frase que hablaba del yugo de un rabino, y el yugo de un rabino era esa enseñanza que él consideraba la más importante, la más pesada, la más difícil de llevar a cabo. Y si tú le preguntabas a Hillel, uno de los rabinos conocidos de la época, ha quedado documentado cuál era el yugo, su yugo, cuál era el mandamiento más importante. Hillel respondía: amar a tu prójimo. Es el más difícil, el más pesado.

Cuando Cristo dice: "Mi carga es ligera, mi yugo es liviano, venid a mí, y yo os haré descansar", Él se está refiriendo a estas enseñanzas que acá les está a punto de dar. Porque si tú llevas a cabo esta enseñanza, todo lo demás se convierte en algo mucho más fácil para tú llevar, y por tanto, tú que estás cargado y cansado de estos mandamientos de la ley, te puedes sentir mucho más aligerado. Pero tienes que entender cómo se da.

Y ahora entonces Cristo le dice, este es el mandamiento más importante: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza". La palabra ahí traducida como "con", con toda tu alma, es una palabra griega, es una conjunción que es "ek". Dicen los lingüistas —yo no soy uno de ellos— que esta palabra no solamente implica hacer algo con algo, en este caso con toda mi alma o con todo mi corazón, sino que también implica procedencia. De tal forma que Cristo está diciendo: tú tienes que amar a Dios con todo o de todo tu corazón, de toda tu alma, de la procedencia, de toda tu mente y de toda tu fuerza. De ahí debe proceder tu amor hacia Dios.

De tal forma que no debe haber en mi interior, en mi hombre interior, algo que no ame a Dios de manera absoluta. Si eso se da, tú encontrarás que mis mandamientos no son gravosos. Mis mandamientos se hacen gravosos cuando eso no está. Por eso es que mi carga es ligera, mi yugo es liviano. Cristo introduce esa enseñanza en su respuesta con el Shemá.

El Shemá era una oración que el judío piadoso hacía todos los días, al principio del día y al final del día, y era el recitar Deuteronomio 6:4-5, que dice lo siguiente: "Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza." Es el versículo que más dificulta al judío hoy en día entender la Trinidad, porque Deuteronomio 6:4 dice: "Escucha, oh Israel, el Señor tu Dios uno es," y ahora en el Nuevo Testamento me hablan de una Trinidad. Dios es Dios, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, sí, pero no son tres dioses. Es un Dios en tres personas. Para ellos se les dificulta comprender el concepto de la Trinidad basada en este Shemá.

Cristo comienza con el Shemá para responder la pregunta: "Escucha, oh Israel," y luego les dice cuál es ese mandamiento. Pero cuando Él cita Deuteronomio 6:5, "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza," Él le agrega una palabra que en Deuteronomio 6:5 no está, y es "con toda tu mente." Ahora, si hay alguien que tiene la capacidad de alterar el original, es el autor, y ese es Cristo. Nadie más que Él puede hacerlo, y Él agrega la palabra, la frase "con toda tu mente."

Entonces, si ese es el mandamiento más grande, el más pesado, el número uno en los labios de Cristo, en el entendimiento de Cristo, entonces es mi responsabilidad, a la luz de la misma Palabra, tratar de comprender qué implica amar a Dios de esa manera. Qué implica amar a Dios con todo mi corazón, sabiendo que yo nunca lo voy a poder hacer con la perfección que Cristo lo hizo, pero reconociendo que esa es la dirección a la que mi corazón tiene que ir.

Entonces, amar a Dios con todo mi corazón implica que tu corazón se deleita en las cosas en las que se deleita el corazón de Dios. Amar a Dios con todo tu corazón implica que tu corazón llora con las cosas que hacen llorar al corazón de Dios, que tu corazón se regocija con las cosas que hacen regocijar al corazón de Dios, que no hay nada en tu corazón que tú desees más que a Dios, que no hay nada en tu corazón, no importa si son cosas materiales o relaciones, que tú no estés dispuesto a dejar por Dios.

Amar a Dios con todo tu corazón implica que no hay ninguna relación en el universo por encima de tu relación con tu Dios. Amarlo con todo tu corazón implica que tú vas a amar aquellas cosas que Dios ama. Si Dios ama su Palabra, tú amas su Palabra. Como Dios ama su iglesia, tú amas su iglesia. Dios ama su pueblo, tú amas su pueblo. Dios ama su causa, tú amas su causa. Dios ama su cruz, tú amas su cruz. Tú te deleitas en su corazón.

El salmista lo dice en el Salmo 37: "Deléitate en el Señor, y Él te dará los deseos de tu corazón." Los deseos de mi corazón se me conceden cuando yo me deleito en el Señor. Y cuando yo me deleito en Él, los deleites del corazón de Dios pasan a ser los deleites de mi corazón. Y cuando los deleites de mi corazón son los suyos, entonces ahora Dios me concede sus deleites, que son los míos. ¿Me entendieron el trabalenguas? Porque no lo puedo repetir. Eso es lo que implica amar a Dios con todo tu corazón.

Y como Dios ama su causa, su cruz, su Palabra, su iglesia, su pueblo, tus emociones se mueven cuando tu mente piensa acerca de su Palabra, acerca de su causa, acerca de su cruz, acerca de su iglesia y acerca de su pueblo. Tu corazón vibra con las cosas con las que vibra el corazón de Dios. Eso es lo que implica.

Ahora, cuando Cristo, el Maestro de maestros, tuvo que definir cómo luce mi amor por Dios, cómo se traduce, cómo yo lo evalúo, cómo otros lo pueden evaluar en mí, Cristo, de una manera extraordinariamente sencilla, lo puso en una sola frase. Juan 14:15: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." En las palabras de Cristo, tu amor por mí no se mide en término de cuánto tú aprecias lo que recibes de mí, sino se aprecia en cuanto tú das de ti en la manera como tú obedeces mis mandamientos, sobre todo cuando tu obediencia es movida o sale de tu corazón.

La mejor evidencia, de acuerdo a las enseñanzas de Cristo, de mi amor por Él no es las veces que yo doy gracias, es las veces que yo lo obedezco de corazón. Muchas veces yo creo que nosotros amamos más lo que recibimos de Él. Y eso es un concepto que tiene 800 años circulando. Tomás de Aquino habló de esto en los años de 1200, de cómo nosotros muchas veces buscamos a Dios no por lo que Él es, sino por lo que recibimos de Él. Amamos que Él nos perdona, amamos que Él es fiel, amamos que Él siempre está ahí, amamos que Él siempre me entiende, amamos que Él me da sin medida, amamos los regalos. Pero muchas veces nosotros terminamos abrazando sus bendiciones y se nos olvida que tenemos que amar al que bendice.

Ese fue el problema de la iglesia de Éfeso, que es disciplinada porque perdió su primer amor hacia el Señor, aunque amó la doctrina, defendió la doctrina, descubrió los falsos apóstoles, los denunció. "Pero tengo un problema contigo." ¿E hiciste de eso un ídolo, como lo estuvieron predicando la semana pasada? Una vida de desobediencia, una vida centrada en el yo, una vida centrada en la del yo, ama al yo más que a Dios.

Alguien decía que para amar a Dios con todo nuestro corazón debemos estar convencidos de que toda nuestra felicidad está solamente en Él. Si una gran parte de mi felicidad está en Él, pero una parte pequeña no está en Él, entonces esa parte pequeña que está en mi corazón no está amando a Dios con cada una de sus fibras. Estaríamos amándolo a mitad, tres cuartos, un tercio.

Y Cristo me dice: "¿Tú quieres conocer el primer mandamiento de la ley de Dios? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y también con toda tu alma." En otras palabras, las demandas son absolutas, no parciales. Cuatro veces: toda tu alma, todo tu corazón, toda tu mente, toda tu fuerza. Todo, todo, todo, todo.

El alma habla en cierta manera de mi corazón también, pero mi alma es esa parte de mí que comulga con Dios, que tiene comunión con Dios. Es esa parte que está más interesada en aquella vida que en esta vida. Es con esa parte que el salmista escribe y clama a Dios en el Salmo 42:1-2 y dice: "Como el ciervo anhela las corrientes de agua..." Ustedes han visto en esos documentales de África en ocasiones cómo estos animales tienen días sin tomar agua, y en un momento dado comienzan a correr desesperadamente cuatro, quinientos kilómetros de distancia en busca de corrientes de agua. Y como ellos van sedientos, jadeando, el salmista dice así, esa es la imagen en su mente: "Como ese ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía." Esa es el alma que clama, que anhela la presencia de su Dios. "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente."

Es esa parte del ser que comulga con Dios, que le anhela más que a sus bendiciones mismas. Es esa parte, es esa parte nuestra que, cuando ama de esa forma, hace que el apóstol Pablo pueda escribir, clamar y decir, para mí, en Filipenses 1: "El vivir es Cristo y el morir es ganancia."

¿Tú has entendido bien lo que Pablo continuó diciendo inmediatamente después? Entendemos esta primera parte cuando él dice: "Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia." Claro, porque el cielo es ganancia con relación a lo que yo tengo aquí debajo. Eso es fácil de entender. Escucha lo que Pablo dice ahora: "Pero..." Eso es así, el cielo es ganancia, pero aquí hay un "pero." Mi alma ama tanto a Dios que si el vivir en la carne, eso significa para mí una labor fructífera para Cristo, obviamente, entonces no sé cuál escoger. Ahora sí tengo un problema. Si el quedarme en la carne implica fructificar para Cristo, ahora yo no sé si quiero irme o quiero quedarme. Yo sé lo que es mejor, pero ahora yo tengo una disyuntiva.

Porque Pablo, en el versículo 23, dice: "De ambos lados me siento apremiado." ¿De cuál lado? Del lado de la eternidad y del lado de la temporalidad. Del lado de este mundo me siento apremiado, me siento urgido, me siento compelido, me siento apretado. Del lado de la eternidad, el deseo por irme, y del lado de la temporalidad, el deseo por quedarme. Porque mi alma ama tanto a Dios que ciertamente yo quiero estar con Él, pero como Dios ama la obra que Él sigue haciendo aquí debajo, y yo lo amo a Él, yo también entonces amo esa obra que Él está haciendo. Yo entonces quiero quedarme aquí, pero yo también me quiero ir, y no sé qué hacer.

"De ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor." Y sin embargo, está el otro "pero": "Continuar en la carne es más necesario por causa de vosotros." El continuar en la carne es importante porque la obra de Dios en vosotros aún no ha terminado. Y como yo amo a Dios, y por tanto amo su obra, yo estoy dispuesto a quedarme amando su obra aquí debajo hasta que Él me llame. ¿Entienden cómo se da esto? ¿Entienden cómo esa alma ama a Dios con todo su ser, con cada fibra? Pablo se sentía apremiado, urgido, compelido, comprometido del lado eterno y del lado del destierro, porque la obra de Dios está sin terminar, y mientras está sin terminar él la sigue amando, porque el alma ama al Señor de la obra.

Y ahora que tú amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, es mucho más fácil amarlo con toda tu mente. Tu mente tiene que ver con la razón, con tu pensamiento, tiene que ver con la actitud de frente a la vida. Y cuando tú amas a Dios con toda tu mente, tu mente piensa a través de su estándar, tu mente quiere tener los pensamientos de Dios.

Pero ahora, a veces hay pensamientos que asaltan mi mente que no son de Dios, y yo no los quiero. ¿Qué hago? Dios nos dice qué hacer: yo los llevo cautivos a la obediencia de Cristo, a sus pies. Segunda de Corintios 10:5: "Y destruyo toda fortaleza que se levanta contra el conocimiento de Dios." Esa es la idea donde yo necesito ejercitar la voluntad para destruir esos pensamientos que no vienen de Dios.

Y entonces, para yo amar a Dios con toda mi mente, yo necesito sumergir mi mente en la mente de Dios. Tú piensa acerca de la revelación de Dios, tú contempla su hermosura, tú medita su verdad, tú vuelves a rumiarla, tú la vuelves a regurgitar, tú vuelves a vivir el verso, el texto, la verdad que fue predicada en la mañana, que fue enseñada en la noche, que yo leí en mi devocional. Tu mente es dedicada a Dios.

Y hay algo más. Yo tengo instrucciones específicas en la Palabra de Dios de qué hacer con mi mente para amar a Dios con toda mi mente. Romanos 12:1-2 me dice que yo debo, con esa mente que he dedicado a Dios, yo debo impedir que mi mente y mi vida sean moldeadas conforme a los patrones del mundo, los que sean en cualquier momento de la historia, en cualquier cultura de la historia. Yo tengo que evitar, identificar los patrones del mundo y no permitir que mi mente sea moldeada por ellos. Número dos, yo tengo entonces que permitir que mi mente sí sea moldeada y transformada por la Palabra de Dios y la acción del Espíritu. Yo tengo que exponer mi mente para que ya pueda ser transformada y renovada por su Palabra y por su Espíritu. Y yo tengo algo más que Pedro me dice que yo puedo hacer con mi mente, pero vamos a llegar allá en un momento.

John Stott decía, luego lo traduzco: "Si quieres ir bien, tienes que pensar bien." ¿Y cómo pienso bien? Cuando mi mente ha sido sumergida en su Palabra, en su mente. Lo que ocurre en ocasiones es que mi corazón ya nació de nuevo, es salvación, pero no he expuesto mi mente lo suficiente a su Palabra y por tanto mi mente no ha sido lo suficientemente transformada. Ahí es donde la lucha se aumenta, porque tengo un corazón convertido con una mente no transformada. Y a veces entonces desarrollamos estos dos sistemas de valores: uno para el culto, el tiempo de oración, el tiempo de adoración y tiempo de devoción, y otro para el momento en que yo voy y salgo a vivir esas cosas.

De manera que ahora yo tengo por revelación de la Palabra. Conozco que en primer lugar Dios quiere que yo le ame con toda mi mente, aparte de todo mi corazón y toda mi alma. Dios me ha revelado por Romanos 12:1-2 que yo necesito no permitir que mi mente sea moldeada, y mi vida también, a los patrones del mundo. Número tres, que yo tengo que permitir que mi mente sea transformada por su Palabra y por su Espíritu.

Y ahora entonces Pedro me da en su primera carta, 1:13, una cosa más que yo puedo y debo hacer con mi mente, y dice: "Ceñid vuestro entendimiento", o dicho de otra manera, vuestra mente, para la acción. En la antigüedad, los soldados se preparaban para la acción recogiendo sus batas, digamos nosotros batolas, para que esas batas no los hicieran tropezar. Bueno, de esa misma manera, si voy a amar a Dios con toda mi mente, yo tengo que recoger los cabos sueltos de mi mente para que esos cabos sueltos no me hagan tropezar en la vida. Y de esa manera entonces yo tendría mi mente preparada para la acción, preparada para la batalla, preparada para responder a los embates de la vida, preparada para resistir la mentira y el error, preparada para resistir los pensamientos que asaltan mi mente. La tengo que tener preparada para la acción, dice Dios a través de Pedro en su primera carta 1:13.

Una mente que ama a Dios de esa manera es una mente resuelta a hacer la voluntad de Dios. Es una mente definida, decidida, es una mente fija en sus propósitos. Cuando tú vas a amar a Dios de esa manera, tú entrenas tu mente. Y la manera como entrenas tu mente, Pedro nos dice cómo la tengo entrenada: la tengo que tener entrenada para la acción, vía su Palabra.

Y Dios nos dice también que yo tengo que amarlo no solamente de mi corazón. Recuerda, "procedencia ex" en el griego: de mi corazón, de mi alma, de mi mente. Tengo que amarlo de todas mis fuerzas y con todas mis fuerzas, con toda intensidad, de una manera sacrificial, de una manera esforzada. No porque el esfuerzo me gana créditos, sino porque el esfuerzo es la respuesta natural a la cruz, a lo que Dios entregó en la cruz.

Esa es la razón por la que a veces nos encontramos, lo vimos en el Evangelio de Marcos alguna vez, que en ocasiones Jesús y sus discípulos, Jesús mismo no tenía tiempo ni siquiera para comer. Ahí está el esfuerzo, ahí está el sentido de urgencia, el sentido de la necesidad. Yo hablaba con alguien el día viernes y le hablaba precisamente de esas cosas, de que yo no sé si tú lo sientes, no sé si todo lo sientes, pero en mi corazón, en mi interior, sobre mis hombros, sobre mi mente, hay un sentido de urgencia y de necesidad que es continuo para nuestra región, del cual yo quisiera despegarme pero no puedo, del cual a veces yo quisiera silenciarme pero no puedo, porque su Palabra consume mis huesos.

Es una intensidad que cuando tú piensas en tu profesión, tú puedes decir: ella no ha estado por encima del Señor. Eso no dice que ahora tú dejas tu profesión y todo el mundo se queda sin profesión porque todo el mundo piensa que va a trabajar en el evangelismo. Eso no es, pero tú puedes analizar, otros pueden analizar, y pueden encontrar ciertamente que tu profesión no ha estado por encima del Señor. Cuando tú piensas en tus finanzas, tú puedes descubrir que tus finanzas no han estado por encima del Señor. Cuando tú piensas en tus seres queridos, tú puedes descubrir que aunque tú has llevado a cabo la voluntad de Dios en ellos, ellos no están por encima de tu amor por el Señor.

Y eso es algo que nosotros necesitamos aprender. Nosotros tenemos que entregar nuestros seres queridos al Señor: nuestros hijos, nuestras esposas, para que el Señor haga con ellos —el Señor, no yo, el Señor— lo que el Señor ha destinado para ellos.

De ahí que Cristo enseñara en otra ocasión, Lucas 18:29-30: "Entonces él les dijo: En verdad os digo, no hay nadie que haya dejado casa, cosas materiales, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por la causa del reino de Dios, que no reciba muchas veces más en este tiempo y en el siglo venidero la vida eterna." Tendríamos que usar otro mensaje para poder desarrollar todo lo que eso significa, pero lo que Cristo sí está dejando claro en ese verso es que no puede haber ninguna relación que esté por encima del valor que le otorgamos a nuestro Dios. Y por tanto, toda cosa, toda relación que yo termine sacrificando en aras del reino de Dios tendrá una recompensa en esta vida, en el siglo venidero, la vida eterna que él promete, que él garantiza y que él dará.

Eso es una vida que ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas.

Y Cristo entonces le dice: "Tú me preguntaste por el mandamiento más grande, más importante, más pesado de todos. Yo te lo acabo de dar, pero como yo soy tan generoso, yo te voy a dar el segundo. Es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos."

"Maestro, pero yo solamente te pedí por uno."

"Sí, lo que pasa es que yo solamente te he dado uno en un sentido. Estos dos mandamientos coexisten como una moneda donde uno está de un lado de la cara y el otro está del otro lado de la cara, y una moneda con una cara, que es la cara, no es moneda. Este mandamiento presupone el otro y el otro presupone este. Cuando amas a Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza, si verdaderamente ocurre de una manera natural, no es forzada, no gravosa, tú terminas amando al hermano como a ti mismo. Y si alguna vez llegas a amar al hermano como a ti mismo, es porque primero llegaste a amar a Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y toda tu fuerza. Es un solo mandamiento en ese sentido, pero te lo voy a dividir: el primero y el segundo."

¿Y Maestro, quién es mi prójimo? Le preguntaron eso en una ocasión. ¿Quién es mi prójimo? Maestro, ¿y cómo luce ese amor por mi prójimo? ¿Cómo lo transmito? ¿Cómo lo expreso? ¿Cómo lo manifiesto? Yo creo que tenemos que responder a estas preguntas. ¿Tú quieres saber o no quieres saber? ¿Quieres saber? Te espero aquí el próximo domingo. El próximo domingo de lo único que vamos a hablar es de ese segundo mandamiento: qué implica, cómo luce, cómo manifiesto mi amor por mi hermano.

Porque de estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. ¿Te imaginas eso? La ley entera y todos los profetas cuelgan de estos dos mandamientos. Y es la razón por la que habiendo consumido la mayor parte de la primera hora, no me iba a aventurar a responder eso de lo que depende toda la ley y los profetas junto con el primer mandamiento de la ley de Dios.

Pero tú puedes ir orando. En primer lugar, acerca de esta primera parte, de dónde estás. Quizás Dios descubrió en ti que todavía estás sin Cristo, que tienes necesidad de perdón, que tienes necesidad de un Redentor. Quizás Dios venía ya tratando contigo y a través de esta enseñanza de cómo amar a Dios, puso de manifiesto que tienes que entregar tu vida finalmente, tienes que pedir perdón en base a la cruz, que tienes que reconocerlo como Señor, como Salvador. Tú puedes orar de esa manera, lo puedes hacer hoy, ahora, mañana, esta noche. Tiene que salir de tu corazón, pidiéndole perdón y expresándole arrepentimiento y entregándole tu vida.

O quizás es parte de tu período de santificación donde tienes que pedir, todos nosotros, que Dios nos siga ayudando a amarle a él de esa manera. Pero a la vez, en preparación para el próximo domingo, quizás tú quieres ir orando para que Dios te muestre quién es tu prójimo, cómo lo amo, cómo lo expreso, cómo lo manifiesto. Eso es la Palabra de Dios, pero te voy a dar un hint, te voy a dar un vistazo. ¿Quieres saber quién es tu prójimo? Tú miras para el lado, para el frente, para atrás: todo el que tú tienes alrededor califica para ser tu prójimo.

Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos.

Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos, en satisfacción.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.