Amar a Dios con todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas tiene una implicación ineludible: amar al prójimo como a uno mismo. Jesús respondió al escriba con dos mandamientos, no porque le hicieran dos preguntas, sino porque el segundo fluye inevitablemente del primero. Si tenemos dificultad para amar a nuestro prójimo, aún no hemos podido amar a Dios. Como dice Juan: el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto.
¿Quién es el prójimo? La parábola del buen samaritano lo aclara: cualquiera que no sea yo mismo califica como prójimo. No necesito conocerlo. El samaritano cuidó de un judío —su enemigo cultural— movido por compasión genuina. No vendó las heridas para recibir reconocimiento, sino porque tuvo misericordia. Y esa compasión interna, la que solo Dios ve, es lo que califica a alguien como verdadero prójimo.
¿Cómo amarlo? Como a ti mismo. Tú comes bien: ayúdalo a comer bien. Tú te vistes: vístelo con ropa que tú usarías. Tú no te difamas ni expones tus faltas: no lo hagas con él. Tú eres paciente contigo: sé paciente con él. Pero mientras el yo siga vivo, buscaremos lo nuestro. El amor descrito en 1 Corintios 13 no busca lo suyo porque el yo ya murió.
Las divisiones, los enfriamientos, las enemistades tienen una sola causa: un amor excesivo por nosotros mismos y un amor deficiente hacia el prójimo. El escriba entendió que este amor está por encima de todos los holocaustos y sacrificios. Lo externo es fácil; lo difícil es la disposición del corazón.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
La canción que acabamos de cantar es de John Newton, es una canción muy conocida a lo largo de la historia. Y aunque yo no sabía cuál era la última canción que se había escogido para cantar, yo creo que es una canción que, por el autor que tiene, es extremadamente apropiada para el tema de hoy. Porque Newton era un vendedor y traficante de esclavos que en medio de su maldad fue encontrado por Dios. Y la sublime gracia de Dios transformó su corazón de tal manera que todo aquello que fluyó verticalmente de Dios hacia él eventualmente fluyó horizontalmente de él hacia los demás.
Y el tema de mi mensaje hoy, como fue anunciado el domingo anterior, es el amor hacia el hermano. En el contexto en que Cristo habla de esto, dijimos que tenía que ver con una pregunta que alguien le había hecho, un escriba en particular, que había venido y le había preguntado al Señor cuál era el más grande de los mandamientos. Y el Señor responde la pregunta, pero después que respondió esa pregunta diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y toda tu fuerza», lo cual nos tomó la mayor parte del mensaje anterior para explicar y exponer. Después de responder eso, el Señor respondió: «Y el siguiente, o el segundo, es este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Como no tuvimos tiempo de exponer esa frase, quedamos en el día de hoy. Eso era lo único que íbamos a hacer.
Yo quiero sugerir a la introducción que cada vez que tú entres a la Biblia, encuentres una nueva verdad o entiendas una vieja verdad de una manera nueva, que tú te detengas y te preguntes cuál es la implicación o las implicaciones de esa verdad. Porque el Señor había respondido ya la pregunta que se le hizo. Él no le hizo dos preguntas, no le dijo tampoco: «¿Cuáles son los dos primeros mandamientos?». El escriba le dice cuál es el más grande de los mandamientos y el Señor responde, pero Él continúa más allá. Y la única razón, yo entiendo, por la que el Señor hizo eso, es porque Dios Cristo le estaba revelando al escriba, y a nosotros, que la implicación del primer mandamiento es el cumplimiento del segundo mandamiento.
Y toda verdad en la Palabra de Dios sigue ese patrón: tiene una verdad que revela y luego tiene una o más de una implicación detrás de la verdad. La implicación detrás de amar a Dios de esa forma, tan absoluta como se nos describe, es que de manera consecuente yo termino amando a mi hermano, a mi prójimo de esa manera.
Y como ya expuse gran parte del texto, yo simplemente voy a limitarme hoy a revisar o a leer una vez más del versículo 28 al 34, Marcos 12:28-34: «Cuando uno de los escribas se acercó y los oyó discutir, reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Jesús respondió: El más importante es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con toda tu fuerza». Y aquí viene el texto para nosotros hoy: «El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos». El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, con verdad has dicho que Él es uno y no hay otro además de Él, y que amarle con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y los sacrificios». Viendo Jesús que él había respondido sabiamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Después de esto, nadie se aventuraba a hacerle más preguntas.
Padre, detrás de estas palabras de tu Hijo Jesús hay un mensaje que no es ligero, que no es común y que tiene el potencial de cambiar la vida de una iglesia o de todas las iglesias si fuese entendido, abrazado y aplicado. Eso es verdad de la IBI y eso es verdad de cada iglesia. Yo te pido en esta mañana, al final de esta mañana, que Tú puedas sostener mi voz para exponer por lo menos tu verdad, que Tú puedas perfeccionar tu poder en la debilidad y que Tú ejerzas señorío sobre mis cuerdas vocales, Dios, y ordenes a mis labios predicar tu revelación para la gloria de tu Hijo amado.
La semana pasada nosotros estuvimos exponiendo gran parte de este texto. Dijimos que este escriba se aproxima a Jesús y escucha la explicación que Jesús da a la pregunta que un saduceo le trajo con relación a la resurrección. Y el escriba, experto en la ley, tenía otra pregunta de otra índole, de otro tema, un tema común entre ellos en el primer siglo que tenía que ver con el más grande de los mandamientos: cuál es.
Dijimos que en ese primer siglo ellos entendían, y entendían correctamente, que hay mandamientos y hay mandamientos, que hay mandamientos de más peso y mandamientos de menos peso, que hay mandamientos de mayor y menor implicaciones. Lo sabemos en el Antiguo Testamento y lo sabemos en el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento había mandamientos que llevaban a la pena capital, pero no todos. En el Nuevo Testamento se nos dice en 1 Juan 5:16, segunda parte del 16 y el versículo 17: «Hay un pecado que lleva a la muerte. Yo no digo que se deba pedir por ese pecado, hay un pecado que lleva a la muerte, yo no digo que se pida por ese pecado. Toda injusticia es pecado», Juan estaba enfatizando, toda maldad, toda iniquidad es pecado, «pero hay un pecado», versículo 17, «que no lleva a la muerte».
Hay un pecado como el de Uza cuando tocó el arca del pacto, que lo llevó a la muerte. Hay un pecado como el de Ananías y Safira, cuando mintieron, que los llevó a la muerte. Hay un pecado como aquellos en la iglesia de Corinto que tomaron la cena indignamente y ese pecado los llevó a la muerte. Pero no todo pecado llevó o lleva a la muerte. Y fue esa observación en el Antiguo Testamento, y ahora nosotros en el Nuevo, lo que hace que estos discípulos y otros discípulos de otros rabinos tuvieran diferentes respuestas para esta pregunta. ¿Cuál es el mayor de los mandamientos? Era una pregunta común, frecuente para los rabinos.
Y Cristo responde, dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza, y el segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero Cristo reconocía, y reconoció en palabras, la diferenciación entre mandamientos de mayor y menor peso. En Mateo 23:23, hablamos de esto la semana pasada, Él dice: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo, del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley». Habéis llevado a cabo aquellos mandamientos o preceptos de menor cuantía, pero habéis descuidado los de mayor peso de la ley, léase entiéndase la justicia, la misericordia y la fidelidad. Y estas son las cosas que debíais haber hecho sin descuidar aquellas.
Los escribas y fariseos habían sido cautelosos en llevar a cabo aquellos preceptos que tienen que ver con algo que es más externo como el diezmar. Pero habían descuidado aquellos preceptos que tienen que ver mayormente con una disposición interna del corazón. Y la realidad es que si nosotros tenemos dificultad o nos pesa cumplir con preceptos que tienen que ver con cosas más bien externas, sería imposible para nosotros cumplir con mandamientos de la ley de Dios que tienen que ver con una disposición interna de mi corazón.
Y si usted no me cree o no me entiende, quizás estas ilustraciones le pueden ayudar inmediatamente. Es más fácil dar una limosna que tener compasión por aquel que pide la limosna. ¿Sí o no? Es mucho más fácil ofrendar por un misionero que verdaderamente interesarse en su trabajo y orar por él. Es mucho más fácil hacer un devocional que tener devoción por Dios. Es mucho más fácil diezmar que amar a Dios. Mucho más fácil cantar que adorar a nuestro Dios. Aquellas cosas que hacemos externamente son relativamente fáciles de hacer. Aquellas cosas que los hombres miran y juzgan son fáciles de llevar a cabo, pero Dios está interesado en aquellos preceptos de la ley de más peso que tienen que ver con la misericordia, la fidelidad, la justicia y cosas parecidas, cosas que solamente Él ve y cosas que solamente Él puede juzgar, medir y pesar.
Jesús entonces le dice a este escriba, en vista de la pregunta: «El mandamiento, si lo quieres saber, es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y toda tu fuerza. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos dos». Estos dos mandamientos forman el marco de referencia de todos los mandamientos. Todos los mandamientos de Dios cuelgan de esos dos, todos los profetas y todas sus revelaciones cuelgan de esos dos, toda la ley cuelga de esos dos mandamientos, de acuerdo a lo que Cristo reveló.
Y la semana anterior vimos uno de los dos, que tenía que ver con la forma como yo amo a Dios: cómo puedo yo amar a Dios con todo mi corazón, cómo lo amo con toda mi alma, cómo lo amo con toda mi mente, cómo lo amo con toda mi fuerza. Y a este escriba realmente eso era lo único que le interesaba saber. Pero Cristo va un paso más allá, no porque le interesaba ponerle la respuesta difícil, sino porque le interesaba, y le interesa conmigo hoy, el que yo pueda entender la implicación del primer mandamiento. Porque si yo solamente sé, recuerdo o aprendo el primer mandamiento y no sé su implicación, no puedo llevarlo a cabo, no lo puedo cumplir.
Y lo que Cristo estaba tratando de decir, no sé, es que si tú y yo tenemos dificultad en amar a nuestro prójimo, aún tú y yo no hemos podido amar a Dios, y nos será imposible amar a Dios de la manera como la Palabra nos manda amarlo. Está tan sencillo como eso. Pero tú pudieras escucharme y estar en desacuerdo. Pero si tú analizas todos los pasajes de la Palabra de Dios donde Dios habla acerca del amor a Dios y del amor al prójimo, comprenderás, cuando todo es dicho y hecho, la imposibilidad que existe de amar a Dios si no amas a tu prójimo o a tu hermano.
De hecho, como para muestra basta un botón, yo te voy a entregar el botón. Primero de Juan 4:20: "Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto." Por eso Cristo les habló a estos, y en particular a la escriba, de esos dos mandamientos en uno: no puedes hablar de uno sin el otro. ¿Amas tú? ¿Amo yo verdaderamente al prójimo? "Bueno, pastor, depende de quién es mi prójimo." Bueno, esta es una buena pregunta. Y ¿qué significa esto de amarlo como a mí mismo? Eso es lo que el texto dice. Y ¿cómo luce ese amor por el prójimo? Porque a lo mejor usted piensa una cosa, yo pienso otra. Y ¿qué impide que yo ame a mi prójimo? Si yo quisiera amarlos, yo quisiera salir esta mañana de aquí queriendo amar a ese prójimo, ¿qué lo impide? Y ¿cómo lo logro?
Yo creo que la discusión, la exposición, tiene que comenzar con la primera pregunta: ¿quién es mi prójimo? Y como estamos hablando de la Palabra de Dios, yo no puedo ir al diccionario Larousse y preguntarle al diccionario la definición de prójimo y pensar que ese es mi prójimo, lo que Larousse diga. No sé exactamente lo que dice, pero la Palabra interpreta la Palabra, y Dios, Jesús en este caso, no nos dejó la definición de prójimo a nuestra imaginación.
Porque Él estuvo conversando con un escriba que le preguntó: "Maestro, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?" Y Él le da la misma respuesta: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con toda tu fuerza, y a tu hermano o a tu prójimo como a ti mismo." Y el escriba entonces, ni corto ni perezoso, queriendo escaparse de algo tan intimidante como esa respuesta, le dice: "¿Y quién es mi prójimo?"
Y Jesús no quiso definir ni darle alguna definición de prójimo; quiso ilustrarle lo que es el prójimo. Le dice, contándole la historia: "Había un hombre una vez que iba de Jerusalén a Jericó", y por tanto se supone que era un judío que iba de Jerusalén a Jericó. Y en el camino fue asaltado, fue herido y fue dejado ahí en el camino. Asaltos hace dos mil años, nada nuevo debajo del sol. ¿Te das cuenta que no son nuevos en los caminos y en las carreteras?
Pero resulta que venía luego subiendo también un levita. En términos de hoy, un pastor evangélico. Y lo vio, le pasó por el lado y continuó su camino. Y luego vino un levita, quizás en nuestro vocabulario hoy un diácono o algo parecido. Judío también, le pasó por el lado y continuó. Pero luego vino un samaritano. Los samaritanos y los judíos no tenían trato, se odiaban mutuamente. Y acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas, y poniéndole sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: "Cuídalo, y todo lo demás que gastes, cuando yo regrese te lo pagaré." Esa es la historia. Aparece en Lucas 10.
Y Jesús le dice al escriba que le había hecho la pregunta: "¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" Él dijo: "El que tuvo misericordia de él." Y Jesús le dijo: "Ve y haz tú lo mismo."
De manera que cuando yo comienzo a pensar en la historia para descubrir quién es mi prójimo, lo primero que yo descubro es que mi prójimo yo no tengo que conocerlo. Ese samaritano que estaba en el camino, o que iba por el camino, tuvo cuidado de un judío que estaba en ese camino. No tengo que conocerlo, de tal forma que cualquiera que no sea yo mismo califica para ser mi prójimo. Eso es lo primero que yo descubro de esta parábola.
Lo segundo que yo aprendo de esta parábola es que lo que me califica para ser un verdadero prójimo que cuida de su prójimo es una condición que Jesús le pregunta al escriba y el escriba contesta. "¿Cuál de estos tres tú piensas que actuó como un prójimo?" "El que tuvo compasión o misericordia de él." De tal forma que ahora yo sé que lo que me califica para yo comportarme como un prójimo bíblico cuidando de su prójimo es el hecho no solamente de que vende sus heridas, de que cuides, de que cubra sus heridas, me lo lleve en mi cabalgadura, lo deje en un mesón, sino que yo haya tenido compasión de él, y que esa compasión interna, que es la que Dios ve, es lo que me haya motivado, fuera la motivación para yo entonces ir y cuidar de él y ofrecer incluso más dinero si los dos denarios no fueran suficientes.
Nota que fue la misericordia que vendó la herida, fue la compasión que cubrió las mismas heridas. Solo la compasión que lo hizo gastar dinero, que lo hizo quizás hasta desviarse de su camino. Se salió de su diario vivir, de su rutina cotidiana, y se dispuso a cuidar de su prójimo.
Pregunta: ¿es esa la manera y la actitud con la que tú y yo miramos a alguien cuando nos pide ayuda? Y nos, si pudiera crear una palabra, nos "inconvenienciamos". O sea, ¿pasamos por la inconveniencia que este samaritano pasó? Él no venda las heridas para que le digan: "Bueno, imagínate todo lo que hace." No lo hace para que le digan; lo hace porque tuvo compasión. Él no lo hace porque "bueno, era mi responsabilidad, qué voy a hacer." Y lo hace con alguien que pudo haber sido, en el contexto cultural, calificado de mi enemigo. Por eso Cristo usa esas dos ciudadanías para ilustrar quién es mi prójimo.
Bueno, ¿y cuál es la obligación, pastor, que yo tengo con ese prójimo? ¿Por qué tengo yo que hacerlo? Bueno, porque tú sabes, oh hombre, lo que Dios requiere de ti. Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno y qué es lo que demanda el Señor de ti. Lo que demanda —subraya esa palabra— lo que demanda, no lo que sugiere el Señor de ti, de mí, sino solamente practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios. Miqueas 6:8.
El Señor demanda —esa es la palabra clave ahí— que no solamente yo ande en humildad de corazón, no solamente que yo ame la justicia o que yo practique la justicia, sino que yo ame la misericordia, yo ame el ser de esa manera. Y esa misericordia y esa compasión en el corazón del samaritano es lo que lo mueve y lo que lo califica en la historia de Cristo para ser el buen prójimo que cuidó de su prójimo.
Si tú pudieras imaginar mentalmente una balanza, una balanza donde vamos a colocar, una balanza que Dios tenga, donde vamos a colocar de cada lado cualidades y características de nuestros corazones —las que son similares y las que son opuestas— del lado derecho mío, vamos a decir para el propósito de la ilustración, ahí vamos a colocar la compasión y la misericordia. Ahí está. Y del otro lado nosotros pudiéramos colocar la venganza, el rencor, el resentimiento, la falta de perdón, la crítica, la condenación, la murmuración, la calumnia, el juicio, la maquinación, la manipulación. Todo eso está del lado opuesto de lo que la misericordia y la compasión es.
La compasión me permite ser un buen prójimo. Todo esto que está del otro lado —la murmuración, la crítica, la condenación, el slander como dicen en inglés, la venganza, el rencor, el resentimiento— todo eso está del otro lado y no me permite llevar a cabo mi función de buen prójimo. Ahí está la venganza, como diríamos, la falta de perdón.
Ahora, de ese otro lado en el que la compasión no está, en el que la misericordia no está, de ese lado junto con el resentimiento y la herida y el rencor y la venganza y la calumnia, la manipulación, la maquinación, junto con todo eso, en ese otro lado de la balanza está mi orgullo, el egocentrismo, el prejuicio, el sentido de autojusticia, mi sentido de superioridad, está mi comodidad, está el creerme merecedor. Todo eso está de ese otro lado, y la razón por la que menciono esas cosas es simplemente porque son esas características en mi corazón las que me impiden amar a mi prójimo.
Es la forma egocéntrica con la que yo nazco la primera causa, o el primer impedimento, para yo amar a mi prójimo. Yo ilustraba esta mañana y decía que yo creo que cuando Dios creó a Adán y Eva, para ilustrarlo, Adán y Eva caminaban como mirando hacia arriba, mirando hacia Dios. Pero en el momento en que Adán y Eva pecaron, tomaron sus ojos y los voltearon hacia adentro, y nosotros entonces ahora nacemos egocéntricos. De tal forma que, como mis ojos están volteados hacia mi interior, yo no veo nada de lo que está a mi alrededor. No me interesa, no me importa. Este es mi mundo y este es el que yo veo y este es el que tengo que atender. Eso está del otro lado de la balanza. Pero es eso que está del otro lado de la balanza lo que Dios ve, lo que Dios mide, lo que Dios pesa.
Pero si no amo a mi hermano o a mi prójimo, no puedo amar a Dios. Primera de Juan 4:20, yo lo leí: "Si no amas a tu hermano a quien has visto, no puedes amar a Dios a quien no has visto."
"Pastor, pero entonces, ¿cómo lo amo?" Cristo tuvo una habilidad extraordinaria para decirnos volúmenes de información en una frase a veces. Y en este caso Él pudo haberse pasado varios días explicando cómo amarlo, pero Él sabía de qué manera nosotros desarrollamos artimañas para salirnos del medio de la respuesta que no nos gusta. Y le dio una simple frase, y en esa simple frase está la respuesta de cómo lo amo: "Como a ti mismo." Ahí está la frase.
La palabra "cómo" en esa frase es clave, es la palabra comparativa: cómo lo amo o cómo a ti mismo. ¿Has pensado lo que tú haces por ti? Por ejemplo, tú comes y comes bien. ¿A tu prójimo has ayudado a comer y a comer bien? De la comida que tú comes, de la calidad de la comida que tú te sirves, de esa es que tú debes darle a tu prójimo, porque si le das de otra calidad no lo estás amando como a ti mismo. Eso que le sirves a tus trabajadores, ¿es lo que tú comes? Tú te vistes a ti mismo y te vistes bien, pues cuando vayas a regalar ropa, no de la ropa rota. Consíguete algo que tú pudieras ponerte, porque así lo vas a vestir como te vistes a ti mismo. Esa sería más o menos la forma de hacerlo.
Tú te cuidas, te cuidas del peligro; cuídalo del peligro. Tú tienes necesidad, si tratas de llenar tu necesidad, pues trata de llenar la suya. He observado, podría Cristo decir, que tú no te condenas, no calumnias a ti mismo, tú no te difamas a ti mismo, tú no expones tus faltas para que otros las critiquen. Pues no hagas eso con tu prójimo, porque así lo estarías amando como a ti mismo. Tú no te crees más espiritual que tú mismo, pues no te creas más espiritual que él. Tú eres paciente contigo mismo, pues así mismo tú puedes ser paciente con él.
Realmente, ¿es lo que tú quieres decir, Jesús? Bueno, te estoy diciendo que debes amarlo como a ti mismo. Si tú te amas de otra manera, entonces lo puedes amar a él de otra manera. Si tú te sirves la peor comida, le puedes servir la peor comida. Si tú te buscas la peor ropa y te la pones, le puedes dar esa ropa, porque sería como a ti mismo.
Bueno, pues entonces, ¿cuál es la forma? El yo tiene que morir, porque si el yo muere entonces el amor no busca lo suyo. Ya no puedo buscar lo mío porque ya morí. El problema es que frecuentemente, cuando yo pienso en la muerte del yo, lo pienso en relación a Dios, no en relación al prójimo. Señor, yo quiero morir a mí mismo, pues tiene que ver contigo, claro. Pero cuando tiene que ver con el prójimo, el yo lo dejamos vivito, porque tampoco va a ser una papita, que en papá decimos en nuestro país. ¿Te das cuenta? Entonces ya Cristo me definió con eso mi prójimo.
Lo que yo no entiendo bien, pastor, todavía es que lo voy a amar como a mí mismo, pero esa ilustración que usted dio a mí no me gusta. Entonces defíneme un poco eso de amarlo, para yo saber cuando Cristo me señale a mi prójimo, qué es lo que me está diciendo. Una vez más, Cristo no nos dejó, Dios no nos dejó a nuestra propia imaginación la definición del amor. Él sabe cómo nosotros hubiéramos definido el amor. Entonces en Primera de Corintios trece me dice: Ok, si no te gustaron las ilustraciones del pastor Núñez, yo te voy a dar mi definición de cómo puedes amar a tu prójimo.
El amor es paciente, es bondadoso, no tiene envidia, no es jactancioso, no es arrogante, no es orgulloso quiere decir eso. O sea que cada vez que mi orgullo sale, no estoy amando, porque el amor no es así. No se porta indecorosamente, no busca lo suyo. No busca lo suyo porque ya el yo murió, entonces hay que buscar lo del otro. No se irrita, no toma en cuenta el mal recibido, no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Y si todavía no entiendes, escucha: el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¿Ahora entiendes cómo tú y yo tenemos que amar a nuestro prójimo? Y si no, no puedo amar a Dios.
Pero mientras el yo está vivo, yo voy a buscar lo mío. Pero el amor no busca lo suyo. Yo voy a buscar lo mío, voy a buscar mi espacio, voy a buscar mi lugar, voy a buscar mi tiempo, yo voy a buscar mi comodidad, yo voy a buscar todo aquello que es mío para disfrutar.
Pero hay prójimos que yo amo. Bueno, yo también me imagino. Pero la tendencia nuestra es amar aquel prójimo que piensa como yo, que está de acuerdo conmigo, que acepta mis ideas. Al prójimo que se somete a mi persona si soy un jefe, o a mi liderazgo. Al prójimo que me sigue, al prójimo que me hace sentir bien, al prójimo que me reconoce, al prójimo que me aplaude, al prójimo que no interfiere con mis proyectos. Pero eso de amar a un prójimo que haga todo lo contrario a eso, o de amar a uno que me niegue tres veces, no, eso yo no lo voy a hacer.
El problema es que ese otro prójimo que yo describí, ese es un nice prójimo. Pero el prójimo del que estamos hablando es cualquiera que no sea yo. Pastor, por lo que me dice, si es cualquiera que no sea yo, entonces hasta a mis enemigos yo voy a tener que amar. ¿Entendiste la Palabra?
Mateo 5:43: "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos". Ellos son tus prójimos. "Y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos".
Pastor, ¿y qué hago con mi enemigo? Lo amas. Cuando tu enemigo te tire piedras y tú estés ya echando el último suspiro, tú miras hacia el cielo y dices con este van: Padre, perdónalos y no les tomes en cuenta este pecado. Tú oras por ellos.
Lo curioso es que Jesús, en el Sermón del Monte, no solamente me dice qué haga con mi enemigo, sino que me dice por qué lo debo hacer. Primero me dice que lo ame, luego me dice que ore por él, y luego me dice en el versículo 45 de Mateo 5 por qué yo debo hacer eso con mi prójimo, con mi enemigo: "Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos".
Cristo no está diciendo que la salvación se obtiene amando y orando por los enemigos. Él está diciendo que la marca distintiva de un hijo de Dios es que él ama, ama a su prójimo, y ama incluso hasta a sus enemigos. Y la razón por la que lo hace es porque a los hijos de Dios se nos llama, en Primera de Corintios, a ser imitadores de Dios. Y ese Dios es el que hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos e injustos.
Eso nos ayuda a nosotros a entender que, al final del camino, las divisiones, los alejamientos, los enfriamientos, las separaciones, toda esa cosa que tú y yo hemos experimentado a lo largo del camino, las enemistades, tienen que ver exclusivamente con un amor excesivo por nosotros mismos y un amor deficiente hacia mi prójimo. Un amor excesivo hacia mí mismo, un amor deficiente hacia mi prójimo.
Y esa revelación de cómo yo debo amar a mi prójimo y de que debo hacerlo no es algo del Nuevo Testamento, no es algo del testamento de la gracia, del pacto de la gracia. Es algo tan viejo como la ley de Moisés.
En el libro de Levítico, la ley de Moisés, capítulo 19, yo te voy a dar algunas ilustraciones para que tú puedas ver, al final de las ilustraciones, que Dios estaba hablando del prójimo. Escucha: "Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta los últimos rincones de tu campo, ni espigarás el sobrante de tu mies. Tampoco rebuscarás tu viña ni recogerás el fruto caído de tu viña. Lo dejarás para el pobre y para el forastero. Yo soy el Señor vuestro Dios".
¿Entendiste eso? Si tú tienes una finca como del tamaño de este templo, cuando todos los árboles produzcan, aquellos árboles que están en la periferia, los rincones, no vayas a quitarle el fruto de esos árboles. Déjaselo. Quizás por la vereda de ese camino, donde están esos árboles en la periferia, es que va a pasar el pobre y el forastero. Déjaselo para que aquellos puedan cogerlo y tomarlo. Aquellos frutos que caen en el suelo, en el piso, quizás el pobre y el forastero se sienta más atrevido, más llamado a tomarlo del suelo porque ya está en el suelo. Déjalo ahí para que el forastero y el pobre, tu prójimo, a donde vamos a llegar, lo pueda tomar. "Yo soy el Señor vuestro Dios". En otras palabras: tengo el derecho de demandarlo, de pedírtelo. Soy el dueño de la mies, soy el dueño de los árboles, el dueño de los frutos. Yo observo lo que haces. Esa es mi ordenanza. Levítico 19:9.
Levítico 19:11: "No hurtaréis ni engañaréis ni os mentiréis unos a otros". Ni la mentira ni el engaño son parte del amor al prójimo.
Versículo 13: "No oprimirás a tu prójimo ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana". Hemos hablado de esto en otras ocasiones. En la antigüedad, usualmente el jornalero trabajaba un día y se le pagaba al final del día. Era gente tan pobre que, al final del día, era con lo que le pagaban que iban a ir a comer y a comprar algo para la cena. Dios dice: ese día, al final del día, págale. No te quedes con su salario hasta la mañana, porque si lo haces, yo te lo voy a demandar. Cuando retienes el salario del jornalero, yo soy tu Dios, tu Señor, y yo lo demando.
Y en el día de hoy no trabajamos de esa forma, pero cuando tú y yo estamos empeñados, y hemos hablado de esto anteriormente, en pagar aquello que es legal, en pagar aquello que es el salario mínimo que ha sido establecido por hombres inconversos sin temor de Dios, y eso es tu interés en lo que quieres pagar, entonces tú no estás mostrando el carácter de Cristo que mora en ti ni la generosidad que Cristo tuvo cuando te rescató y te sacó del fango cenagoso, porque estás reteniendo salario que no es moral, aunque sea legal, pero no es moral.
Versículo 15: "No harás injusticia en el juicio. No favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo". No exhibirás favoritismo ni hacia el pobre ni hacia el rico, hacia ninguno de los dos. Y nosotros decimos que no tenemos favoritismo, pero a mi edad, casi de 56 años, y quizá unos 30 en la fe cristiana, si hay algo que yo sé, es que el favoritismo es uno de los pecados más comunes y menos reconocido en nosotros los hijos de Dios. Aun entre los hijos hay favoritismo.
Lo hubo en la historia redentora con consecuencias, como la venta de José, a quien su padre amaba por encima de los demás. Y lo sigue viendo en la historia redentora del día de hoy. Versículo 16: "No andarás de calumniador entre tu pueblo, no harás nada contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No harás nada contra la vida de tu prójimo, no odiarás a tu compatriota en tu corazón. Podrás ciertamente reprender a tu prójimo, pero no incurrirás en pecado a causa de él."
Escucha: "No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo." Sino escucha, porque este es el final, esta es la razón de por qué no vas a hacer nada de eso que está más arriba prohibido, o la razón por la que vas a hacer todo lo demás que está más arriba ordenado: "No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor."
La frase "amarás a tu prójimo como a ti mismo" aparece en Levítico 19:18, Mateo 5:43, Mateo 19:19, Mateo 22:39, Marcos 12:31, Lucas 10:27, Romanos 13:9, Gálatas 5:14, Santiago 2:8. ¿Tú crees que es importante? Una y otra vez, una y otra vez. Lo curioso es que en varios pasajes, incluyendo en el pasaje de hoy y en otros paralelos, el Señor parece relacionar el amor al prójimo con el cumplimiento de la ley.
Cuando Cristo termina de dar los dos mandamientos en otros pasajes, dice: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza, y al prójimo como a ti mismo." Él dice: "De esos dos depende toda la ley y los profetas." Pero mira ahora, en Gálatas 5:14: "Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo." Santiago 2:8: "Si en verdad cumplís la ley real conforme a la Escritura, amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis." Romanos 13:10: "El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley."
Es el amor al prójimo que trae a Cristo, por así decirlo, a la cruz. Él vino a lo suyo y dio su vida por otro. Y amó a su prójimo que le negó tres veces, y lo dejó siendo apóstol, y confió en él otra vez.
Es increíble que cuando Dios formó la primera nación, la primera nación hebrea, y la única que ha formado de esa manera, Él les dio diez mandamientos. Y los diez mandamientos son resumidos en estos dos, y esos diez mandamientos constituirían el marco para la formulación de todas las demás leyes de cualquier nación.
Los primeros cuatro mandamientos de la ley de Dios tienen que ver con amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza. Número uno: no tendrás otros dioses delante de mí. Número dos: no te harás imagen. Número tres: no tomarás mi nombre en vano. Número cuatro: guardarás mi día de reposo. Si amas a Dios, tú harás eso.
Pero ahora tú tienes que amar a tu prójimo. Y cuando tú eres joven, cuando eres niño, cuando eras adolescente, antes de casarte, tu primer prójimo son tus padres. Honrarás a padre y madre, mandamiento número cinco. Mandamiento número seis: no le quitarás la vida a tu prójimo, no matarás. Número siete: no cometerás adulterio contra tu prójimo. Número ocho: no robarás a tu prójimo. Número nueve: no mentirás acerca de tu prójimo. Número diez: no codiciarás lo de tu prójimo.
Y todas las leyes hebreas de la nación, y en la historia del cristianismo de algunas naciones, de alguna u otra forma se relacionaban a esos dos mandamientos. Ayer yo leía algo más acerca de eso, porque estoy trabajando en esa parte de la Palabra, en la relación de los diez mandamientos a la historia de una nación.
El escriba escuchó a Jesús y le dice: "Muy bien, Maestro, con verdad has dicho que Él es uno y no hay otro además de Él, y que amarle con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y los sacrificios." El escriba escuchó y, por revelación de Dios en mi opinión, entendió algo más. Le dice: "No solamente tú has hablado con verdad, pero yo entiendo que lo que tú has dicho está por encima de los holocaustos y los sacrificios." Lo cual en el contexto hebreo era algo extraordinario, porque para ellos eso que se hacía en el templo sobre el altar de Jehová estaba quizá por encima de todo. Y ahora este escriba dice: "No, no, no, lo que tú acabas de decir está por encima de esta práctica."
Eso es exactamente lo que Samuel le revela a Saúl cuando le dice: "Misericordia quiero y no sacrificios." Eso es exactamente lo que Cristo revela en Mateo 9:13 cuando dice exactamente lo mismo: "Misericordia quiero y no sacrificio." De hecho, a Samuel, Saúl le dice: "Obediencia quiero y no sacrificio." Pero resulta que Cristo dice: "Si me amáis, obedeced mis mandamientos." De manera que si obediencia quiero y no sacrificio, amor quiero y no sacrificios. Amor por mí, amor por el prójimo.
Lo que nosotros hacemos, las obras de bien que hacemos, son relativamente fáciles de hacer. Filántropos ateos hacen esas obras de bien. Lo que es difícil de hacer son aquellas cosas que tienen que ver con una disposición interna del corazón. Lo mejor de nosotros es lo que se ve, solo lo mejor de nosotros. Nosotros dejamos ver aquellas cosas que entendemos el otro no va a condenar mucho, y aun así nos condenan. Decimos palabras que yo entiendo el otro puede oír. Lo peor de nosotros es el corazón, aquello que está ahí que no se ve, y que precisamente nosotros no lo dejamos salir porque pensamos que si lo dejamos salir todo el mundo sabría la verdad acerca de nosotros. Y en el corazón hay escondido todo tipo de pecado. De la abundancia de ese corazón hablan nuestros labios.
Cristo le dice al escriba: "Ahora que tú dices que lo que yo acabo de decir está por encima de los holocaustos y los sacrificios, yo quiero decirte: tú no estás lejos del reino de Dios." Y después de esto nadie se aventuraba a hacerle más preguntas. ¿Y quién se iba a atrever ahora? Si le estábamos haciendo preguntas para atraparlo y Él nos está atrapando a nosotros. Y yo creo que el escriba ya estaba entendiendo, ya estaba entendiendo que no es lo externo lo que salva al hombre, es lo interno. Y cuando tú amas a Dios realmente, ese amor por Dios es una obra de Dios y reflejaría la salvación de Dios.
El tiempo se nos ha ido y yo voy a cerrar con una reflexión que tú mismo vas a hacer a través de unos textos de la Palabra que yo voy a leer. Frecuentemente cerramos con alguna reflexión que el pastor hace, o una historia, una ilustración, algo similar. Y quiero que seas tú que reflexiones, pero vas a reflexionar acerca de algo que Juan dice en su primera carta, capítulo cuatro. Yo te leí algo del capítulo cinco, pero yo te quiero leer algo más completo que tiene que ver con todo esto que está en el capítulo cuatro de Primera de Juan.
Primera parte, los versículos 20 y 21: "Si alguno dice: yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto." Si alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano, es un mentiroso, porque no puedes amar a ese Dios a quien no has visto si no amas a tu hermano a quien has visto. "Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano." Versículo 21.
En ese mismo capítulo yo voy a subir ahora a los versículos 7 al 11: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios." ¿Escuchaste eso? Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. Si yo no nací de Dios y no conozco a Dios, no puedo amar. Y por otro lado, si he nacido de nuevo, Dios ha puesto en mí lo que se requiere, su Espíritu, para que yo pueda amar. Y si no amo, es mi decisión.
Versículo 8: "El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor." Si Dios es amor y Dios viene a residir dentro de mí, pues ahora el Dios que es amor está en mi interior. Yo tengo lo que se requiere para amar horizontalmente ahora, porque Dios es amor y Él ahora, en la persona del Espíritu, se ha unido a mi espíritu.
"En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros."